miércoles, 13 de octubre de 2021

EL GALLO QUE SABÍA LEER

EL GALLO QUE SABÍA LEER  

     Cuenta una antigua leyenda que una fría mañana de invierno, una vecina se acercó a su corral para recoger los huevos que el día anterior habían puesto las gallinas. Ella no tenía gallo, por aquello de que los gallos son agresivos y malos, y atacan cuando te acercas al corral. Ella iba toda confiada, con su cestillo para hacer la recova, o lo que es lo mismo, la recogida de los huevos. Casi adormilada aún por el madrugón, entró distraída hasta donde estaba el gallinero. Y allí tuvo una gran sorpresa, pues sobre el palo en el que dormían las gallinas, ahora había un gallo rojo gigante, con cresta también gigante. La mujer, completamente confundida ante tan inesperado intruso, no se atrevió a acercarse, ni siquiera hasta los ponedores donde se hallaban los huevos. Se llevó, además, un gran susto, preguntándose cómo habría podido llegar aquel animal hasta allí. ¿O era sólo un espejismo, una alucinación debida a lo temprano de la hora? No hallando la respuesta a aquel estado tan confuso, dejó el gallinero y regresó a la casa bastante aturdida. 

    Indecisa entre contar o no lo que había observado, no fuese que su marido y sus hijos la tomasen por tonta, o loca, que es aún peor, determinó regresar de nuevo al corral. Y ahora la sorpresa fue total: el gallo se había puesto unas grandes gafas y leía una historia a las gallinas, que lo escuchaban embelesadas. No se le entendía bien, o, al menos, ella no lo entendía muy bien, pero la historia que contaba el gallo debía ser muy interesante. Ya no sabía si es que se había puesto de verdad tonta, o aquello era un milagro-prodigio de los que a veces le habían contado que ocurrían. Se ocultó detrás de un portalón y sin perder ni un momento la mirada hacia el gallo, observó cómo el animal, con sus lentes puestas y un libro de cuentos sostenido por sus alas, les narraba a las gallinas una historia sobre un pequeño mono que un abuelo había regalado a su nieto. 

   El gallo leía y leía sin parar, pero no cantaba, algo impropio de un gallo a esas horas de la mañana. La señora, muy extrañada ante lo que estaba pasando, decidió volver y contárselo al marido, no fuese que ella tuviera visiones, estuviera viendo cosas irreales. Pero, no, no era así. Pues cuando volvieron al gallinero, contemplaron cómo las gallinas aplaudían la historia y pedían que la repitiese. Y el gallo, como buen galante de sus anfitrionas, repitió la historia que sigue a continuación. 

   “Ángelo era un hombre de unos cincuenta años y, como todos los hombres mayores de 15 años y menores de 60, fue llamado por el rey para ir a la guerra. A la guerra sólo iban los pobres, pues el rey había dicho que quienes pagaran mil reales de plata podrían librarse. La guerra se hacía contra el reino vecino, por unas minas de oro que se hallaban en la frontera de ambos reinos. Y, como en todas las guerras, los pobres siempre luchan para salvar los intereses de los ricos, no los propios. Las minas eran del rey y de los ricos, por eso éstos podían librarse de ir a la guerra, pues tenían mucho dinero y podían pagar los mil reales de plata. Ángelo, que no poseía ni cinco reales, tuvo que marchar a la guerra. Allí conoció a Sandro, un buen hombre, como él. Se hicieron muy amigos. Sandro no tenía nadie en el mundo, sólo un mono, tan pequeño como un puño, que lo acompañaba a todas partes. Era travieso y juguetón como ningún otro mono, saltarín y hasta burlón. Pero lo principal de “Relámpago”, -así lollamaba su dueño-, es que hasta sabía hablar. 

     Una noche, antes de que fuese la batalla al día siguiente, Sandro le dijo a Ángelo que si le ocurría algo o moría en la lucha, que se hiciera cargo de “Relámpago”, que no lo dejase abandonado. Al día siguiente tuvo lugar la batalla alrededor de un monte que se conoce como el Cerro Gurugú. Allí hubo muchas víctimas, entre otras estuvo la de Sandro. Ángelo también fue herido, pero salvó la vida. Como ya no servía para seguir batallando, fue enviado a su casa y con él llevó a “Relámpago”. 

      Cuando su nieto Pietro lo vio, se encaprichó del pequeño mono y su abuelo tuvo que regalárselo. El niño no se portaba muy bien con los animales, cosa que no se hace, pero si él estaba enfadado por lo que fuese, se desfogaba con el animal, maltratándolo, castigándolo, dejándolo sin comer, y cosas así. Pietro también tenía una gata, llamada “Minerva”, blanca y negra, preciosa. 

    Relámpago se enamoró de Minerva y no la dejaba tranquila. La besaba, le gritaba al oído, le hacía cosquillas, se subía encima de ella, haciéndole rabiar continuamente. Un día apareció por la aldea un gato romano, grande y sabio como ningún otro. Minerva lo vio y enseguida se enamoró de él. Y como estaba harta de soportar a Relámpago y ya se había dado cuenta de que el mono estaba enamorado de ella, decidió marcharse con el gato, pues no entendía que un mono se enamorase de una gata. 

     Pietro, al saber que Minerva no estaba, encerró a Relámpago en un cuarto oscuro, sin comida ni agua, durante tres días. El día que salió, el mono escapó huyendo, no tanto para escapar de Pietro, si no como para buscar a Minerva, pues sin ella no sabía vivir. Recorrió aldeas y más aldeas, pero no la encontró. Muerto de hambre y cansancio decidió regresar con su dueño, Pietro. Éste se vengó de él amarrándolo con una cuerdecilla al balcón, para que no escapara de allí. Relámpago saltaba, brincaba, hacía puenting con la cuerdecilla por fuera del balcón, y así siempre. Las gentes de la aldea, que pasaban por la calle, se detenían al ver un mono tan simpático, y lo que más les sorprendía es que el mono hablara tan bien como ellos. 

    Un día el mono se soltó, pues se había roto el cordelillo, dio un salto dela balcón al suelo y se marchó para no regresar jamás. Tal vez fuera en busca de Minerva, o quizás porque no quería que volviesen a maltratarlo. El relato finalizaba diciendo que los ricos, generalmente, abusan de los pobres y también suelen hacer daño a muchos animales, divirtiéndose con su dolor.” 

     Esta es la historia que el gallo contaba a las gallinas. A la mañana siguiente la dueña del corral acudió muy temprano a ver si el gallo estaba contando otra historia, pero, no, el gallo ya no estaba. Había desaparecido como desaparece un fantasma. Estos hechos sorprendieron a los dueños del corral y a todos los vecinos, tanto que durante años y años en la aldea no se hablaba de otra cosa. Habían pasado varias generaciones y aún seguían contando lo del gallo que leía, cuando una noche de verano, en la que las gentes de la barriada tomaban el fresco bajo la brillante lamparilla de millones de estrellas, de improviso se presentó un hombre pobre, que bien se notaba que cabalgaba a lomos del hambre y la miseria. Dio las buenas noches y pidió algo de comer. Unos caritativos vecinos le saciaron el hambre. Él se sentó con ellos y les preguntó por la leyenda del “Gallo que sabía leer”. Ellos se la contaron, diciéndole que de eso habían pasado casi cien años. Fue entonces cuando él viajero los sorprendió diciéndoles que el gallo no era otro que un príncipe encantado por una bruja a estar cien años vagando y contando la historia del abuelo que regaló un mono a su nieto. Y es que el príncipe siempre se había portado muy mal con todos los animales, y también con los habitantes del reino. Cuando pasara ese tiempo volvería a desencantarse, pero antes tendría que ir visitando uno por uno todos los gallineros de todas las aldeas por las que había pasado hacía cien años, y que aquella aldea la visitaría al día siguiente. Sería la única forma de desencantarse. 

    Todos quedaron perplejos ante lo que el hombre les decía, mirándose unos a otros, sin decir palabra. De pronto se dieron cuenta de que el hombre ya no estaba, había desaparecido. Ningún vecino durmió aquella noche, esperando la madrugada. 




    Como era verano y en verano amanece muy temprano, a las cinco o así de la mañana ya estaban todos a la puerta del corral. Y, ¿sabéis qué pasó? Pues que, cuando llegaron ya estaban las gallinas despiertas y el gallo, con sus gafas puestas, leyendo la historia del abuelo que regaló un mono a su nieto. 

    Todos y todas quedaron asombrados al comprobar que la leyenda era cierta. El gallo les estaba aconsejando que jamás maltratasen a un animal. Él pasó el día en el corral, pero a la madrugada siguiente, cuando fueron los vecinos, éste ya había desaparecido.

jueves, 5 de noviembre de 2020

HISTORIAS CON ALMA

 BAJO EL "HAYA" DE LA RIERA

 

Cada fin de semana o festivo empacaban lo necesario y desaparecían de la ciudad, sin más, en busca del aire limpio del campo y la montaña. Tenían su propia residencia en las afueras de un bello pueblo del Prepirineo, una pequeña, pero coqueta masía, bastante próxima a una riera y no lejos del "viejo molí", aún habitado por un anciano matrimonio. También ellos habían sido payeses  toda la vida, no lo olvidaban. También contaban con algunos animales a los que atender cuando iban. El resto de semana se encargaba de hacerlo la vecina del "molí". De todas formas,  ellos les dejaban todo preparado antes de regresar al humo, a la contaminación, al ruido, al ajetreo propio de la urbe. Pero, la vida había cambiado tanto, que no quedaba otro remedio que buscar la supervivencia en los grandes núcleos de población.

La mañana amaneció fría y lluviosa. El hombre se vistió rápidamente, con ánimo decidido. Había pasado la noche desvelado a sabiendas de que aquel era el día que precedía a la boda. Antes de que el resto de la familia se levantara, salió sigilosamente de la pequeña masía, cruzó el jardincillo que presidía la entrada y emprendió camino adelante sin echar la vista atrás. Tenía prisa, pues ella lo esperaba.

Arreció la lluvia y el cielo se ennegrecía por momentos. Un fogonazo cegador, acompañado de un fortísimo trueno, le hizo tambalear. Sin embargo,  no se amedrantó y aligeró aún más el paso. Debía llegar cuanto antes. Ella estaría allí, aguardando en la puerta, con su vestido rojo, estampado de grandes nardos, como siempre había hecho. Su amor se había fraguado siendo ella casi una niña. Ninguno de los dos había tenido otro. Bajo un “haya”, la única que había en aquel lugar, él le había declarado su amor. Ella le había respondido con una diáfana sonrisa a la vez que le lanzaba un pequeño y blanco guijarro, piedrecilla que él había conservado como el más preciado de los tesoros. 

En aquel lugar se habían prometido amor eterno. Durante años habían acudido en múltiples ocasiones hasta allí. Durante años habían esperado, impacientes, la fecha de la boda. Y ésta había llegado. Ahora tocaba devolverle aquel insignificante objeto, aunque de incalculable valor sentimental para él. Él haría también las veces de "el vers del padrí", pues no había hallado un amigo que lo hiciera. Tampoco le entregaría ramo de flores ni había preparado un poema, lo que le entristecía. Pero, guardado en el bolsillo del pantalón, llevaba el minúsculo regalo..

Sosteniendo un paso ligero, embarrados calzado y pantalón, a la vez que aumentaba la fuerza de aquel diluvio, se aproximó a la riera. Debía cruzarla y también cruzar la pequeña montaña que separaba las masías, la propia y la de su amada. La riera iba ya muy crecida y arrastraba gran cantidad de desechos. Pero, en su mente estaba ella y debía llegar cuanto antes para entregarle aquel obsequio que, según tradición en Cataluña, los novios debían hacer a la novia el día anterior a llegar al altar.

Frenó el paso, pues comprendió que tal avenida de agua no le era propicia para cruzar por donde siempre solía hacerlo. Y, sin embargo, debía cumplir con su misión fuese como fuese. Buscó el viejo puente que cruzaba la riera, pero no lo hallaba. El ímpetu del agua al caer, la ceguera que producían los continuos relámpagos, en contraste con la tenebrosidad del día, no le permitían distinguir el lugar exacto en el que se hallaba. Buscó desesperadamente. Cayó en más de una ocasión por la fuerza del viento y del agua, y a punto estuvo de que aquella endiablada fuerza lo arrastrase. Como pudo, se sujetó al tronco de un viejo árbol. Anduvo un poco más por la ribera del arroyo, el cual producía ya un ruido atronador.

La hija, que se había levantado con el fin de resguardar algunos enseres y animales que estaban en un pequeño aprisco junto a la vivienda, volvió a la casa y se puso a preparar el desayuno para el marido y los hijos. También preparó el del padre, junto a los varios medicamentos que debía tomar diariamente. Él estaría en siete sueños, pues nunca solía levantarse temprano, y menos aún cuando había tormenta. Siempre le habían asustado las tormentas.

Como si se hubiese abierto el cielo, el agua no caía ya a ramales, caía a cántaros. Los pocos animales que tenían, los había dejado a buen resguardo en la minúscula establo-granero adosado a la vivienda, y estaba tranquila. Sólo se trataba de unas gallinas, unos conejos y un pato, más el perro. Con los gatos, que eran dos, no había cuenta, pues siempre campaban a sus anchas. Mientras iba preparando todo, no dejaba de mirar hacia el exterior, pues aquel negror y aquel tipo de tormentas era inusitado y le asustaba.

Los niños podrían dormir cuanto quisieran. No podrían salir a la calle a jugar, ni andar por el campo. Hacía un día de perros, y el tiempo no estaba como para atreverse a sacar ni tan siquiera la nariz.   La mañana ya hacía entender que iba a ser un día especial. Tal y como todo apuntaba, sería una magnífica ocasión para estar todos en casa. Todos bien resguardados en el interior de aquellas vetustas paredes que tantos recuerdos les traían. Tal vez encenderían el fuego, que hasta entonces había estado apagado desde finales de la primavera. Ya era otoño y el frío estaba haciendo acto de presencia. Ella aprovecharía para ayudar a los niños a hacer sus deberes, al padre a hacer ejercicios de memoria y le quedaría algún tiempo para leer la obra de Ken Follet “Las Tinieblas y el Alba”. Incluso podrían entretenerse con algún juego de mesa, tras el almuerzo, junto al fuego. Luego volvería al establo, daría de comer a los animales y recogería los huevos del día.

Se levantó el marido y, a sabiendas ya de que aquel día se había convertido en un infierno, se aseó, se envolvió en un gran chubasquero y fue hasta el pequeño corral a recoger la leña para prender el fuego. Los niños seguían durmiendo, y,…¿para qué despertarlos si no podrían salir de casa? Los dejaría dormir hasta las diez o más, igual que al padre. Mientras tanto ellos encenderían la lumbre y empezarían a calentar un poco la estancia principal de la masía. Esperarían a estar todos juntos para el desayuno.

Llegaron los gatos exigiendo, como de costumbre, su parte de alimento. Iban completamente empapados, sacudiendo el lomo y mojando parte del suelo. Subieron a una silla que había a la entrada y también la empaparon. Sí, era la hora de llamar a los niños. Después lo haría con el padre. Se dirigió al dormitorio de los pequeños, que ya estaban despiertos y jugando sobre las camas. Les avisó que dejasen el juego y fuesen a la cocina, junto al fuego para tomar el desayuno. Seguidamente se dirigió al dormitorio del padre y… ¡oh sorpresa! ¡El padre no estaba! ¿Qué había ocurrido? ¿Cómo habría podido salir sin dejar una sola huella, sin que se enteraran?  ¡Y más en un día tan aciago! Él, que siempre había temido a las tormentas, ahora no estaba. Todas las alarmas se encendieron en la pequeña masía. ¡El abuelo había desaparecido! 

Durante toda la jornada fue subiendo el nivel del agua en la riera y el ruido que hacía era ensordecedor, pues por aquel lugar transcurrían como auténticas aguas bravas. El desconcertado anciano no hallaba el paso que tantas y tantas veces había cruzado.  Desorientado,  impotente ante la situación, decidió cobijarse, mientras no cesara la lluvia, bajo un enorme árbol y allí esperaría a que cejara aquella monstruosa tempestad. Su amada lo estaría esperando y se impacientaría ante la tardanza, pero entendería el porqué. Aquella mujer era su vida. La había conocido varios años atrás, en la fiesta mayor del pueblo. Ella tenía entonces catorce años. Él dieciocho. Se habían mirado de frente y todo pareció quedar sellado en aquel instante. Ya llevaban seis años de novios y, por fin, al siguiente día sería la boda. Antes debía obsequiarla con aquella preciosa joya que llevaba en el bolsillo. Se trataba de un ritual obligado.

Mientras, en la masía, se produjo la alarma. La hija acudió a la cocina. Nerviosa, profundamente alterada, comunicó la situación al marido que, en aquel momento, bregaba por encender el fuego. ¿Adónde acudir? ¿A qué echar mano? El ahogo, la desesperación cundía al mismo ritmo que aumentaban las borrascas. Salir así era imposible. Los niños, asustados, empezaron a llorar. La madre llamaba y también lloraba a la vez. El marido corrió como una exhalación hasta el pequeño corral-granero por si el abuelo se hallaba allí y no lo habían visto. Inquietud y desaliento empezaron a ser inversamente proporcionales a la esperanza de hallarlo. Buscó y rebuscó, casi como si se hubiese tratado de hallar un minúsculo alfiler. Llamó, se desesperó, todo sin resultado. Regresó a la vivienda donde el llanto y el desánimo se multiplicaban al mismo ritmo que aumentaba el aguacero. No había otro remedio que esperar a que acampara. Como pudieron, envueltos en chubasqueros, buscaron y rebuscaron en torno a la masía. El día avanzaba y las tormentas no cesaban.  Avisaron a vecinos de las proximidades, que se prestaron a colaborar en la búsqueda del anciano por los alrededores más cercanos. Pero todo quedó para el siguiente día, pues la noche se había echado encima. La lluvia no paraba ni un solo momento, acompañada, además, de fuerte  aparato eléctrico.

Envuelto en agua y barro el hombre, poco a poco, se fue amodorrando. Estaba agotado. Antes de quedar profundamente dormido, sacó de su bolsillo el obsequio para su amada, el pequeño guijarro, que apretó con fuerza entre sus dedos encallecidos. Así esperaría hasta que el agua le permitiera el paso por el puentecillo, pues seguro que estaba allí. Allí había estado siempre. Aquel puentecillo y el “HAYA” sabían todo acerca de su amor. Ambos eran testigos mudos y  guardianes  silenciosos de muchos de sus secretos, como aquel primer beso que se dieran una luminosa noche, mientras una espléndida luna llena  bañaba su rostro  plateado en las aguas  cristalinas de la pequeña riera. Sobre sus maderas aparecían grabados los nombres de su amada y el suyo propio. Y entre los nombres, grabado a fuego, aparecía un corazón, y ¡no!, ... ¡de ninguna forma podía desaparecer! El agua no podría arrastrarlo. Sería como arrastrar sus vidas, las de ambos. Con aquellos recuerdos, con aquella ansiedad por llegar hasta su amada, su cuerpo  se fue vaciando de vida hasta quedar apagado.

Al día siguiente, temprano, varias patrullas dieron comienzo a la búsqueda del anciano. Pronto encontraron al hombre apoyado sobre la enorme “haya”. El caudal del río había bajado. El puente estaba allí, pero el gastado tablón, en el que habían estado grabados sus nombres durante más de sesenta años,  había sido arrastrado por el agua. Ésta se había llevado  para siempre los recuerdos  de aquel hombre, y con el corazón y los nombres se marchó también su vida. Su esposa lo había hecho diez años antes. Cuando lo hallaron,  su cuerpo inerte, envuelto en barro, se encontraba recostado sobre el tronco del gran árbol. Refulgentes rayos de sol, los primeros del día, centelleaban por entre el  follaje del "haya" sobre el cuerpo del anciano, que más bien parecía dormido.  En su mano, fría como el mármol, fuertemente apretada, estaba  la ofrenda que llevaba a su amada. 

Es lo que tiene el AMOR, cuando éste es AUTÉNTICO. 


Puente sobre la Riera

martes, 29 de septiembre de 2020

LA PRINCESA POBRE

 

LA PRINCESA POBRE

(Basada en la leyenda oriental del "HILO ROJO")

Cuando yo era muy niño siempre estaba pidiendo a los mayores que me contasen cuentos, historias o leyendas  que sirviesen para llenar de vida y de embrujo mi imaginación. Recuerdo cuentos maravillosos, como el de “Juanillo el Oso”, o “El castillo de irás y no volverás”, y también, otros muchos. A quien más le insistía para que me contase historias que ella supiese, era a mi madre, que se llamaba Ana, pero a la  que yo sólo le decía “mamá”. Ella nunca tenía tiempo para detenerse a contar alguna historia, pues siempre estaba trabajando. Pero, una noche,  ¡ah! …, una noche sí que me relató una historia fascinante. Aquel día, -creo que era un 19 de julio-, habíamos trillado, pero no nos había dado tiempo a recoger la parva (parva=la mies, -trigo, cebada o avena-, que ya estaba trillada, pero todavía extendida en la era). Había sido una jornada de insoportable calor. Acalorados y fatigados, como estábamos,  decidimos dormir en la era. Sobre la parva colocamos una jarapa (Tejido realizado con tiras de trapos retorcidos) y también llevamos una almohada. Una Luna llena, radiante, vestía de un tono blanco-plateado el paisaje, no permitiendo que ningún objeto, por pequeño que fuese, quedase oculto a la vista. Bajo aquel firmamento que nos cubría, sólo destacaba la belleza del astro de la noche y la albina estela que conformaba la Vía Láctea sobre nuestros cuerpos. Nos acompañaban el sonido chirriante de algún grillo y los ladridos intermitentes de varios perros. Allí, tumbados sobre aquel improvisado colchón le pedí, una vez más, a mi madre, que me contase alguna historia o cuento. Y fue entonces cuando me relató una de las más fantásticas leyendas que jamás he escuchado. Tal y como me la contó, yo la voy a contar.


Según ella en un lejano país de Oriente se contaba la siguiente leyenda de

“La Princesa Pobre”

“En una pequeña colina que daba vista a la ciudad habitaba una pobre, muy pobre niña. Su pequeño palacio estaba hecho de adobes de barro y paja y el tejado estaba formado por cañas de bambú cubiertas por hojas de acanto. La niña vivía sola con su madre, que estaba muy enferma. Ella la cuidaba con esmero, se sentaba a su lado y le daba leche y caldo, y también infusiones de  yerbas curativas que traía del mercado. No quería quedarse sin madre, pues aunque también tenía padre, éste se había tenido que marchar a trabajar muy, muy lejos, en unas minas que había en otra región del país.

Junto a la puerta de la humilde casa tenían un pequeño huerto en el que la niña había plantado lechugas, tomates, zanahorias, berenjenas y otras hortalizas. Conforme las iba cosechando las llevaba al mercado de la ciudad y allí las cambiaba por alguna ropa para su madre, alguna manta, alguna camisa para su padre o pantalón, pues en las ocasiones que volvía a visitarlas, siempre traía su vestimenta destrozada por el duro trabajo de la mina. Para ella casi nunca compraba nada, alguna vez unas alpargatas para no ir siempre descalza. Y así un día y otro: de la casa al mercado, y del mercado a la casa para cuidar a su madre y el huertecillo.

Justo al otro lado de la ciudad, sobre otra elevada colina destacaba un enorme y precioso palacio. Era el palacio del príncipe. Éste tenía  mucho interés por saber con qué princesa podría casarse y, aunque aún era muy joven, la curiosidad por conocerla lo estaba torturando.

Por la ciudad corría la leyenda de que cada persona nacía con un hilo rojo, invisible, atado al dedo meñique y que ese hilo  llegaba hasta el dedo meñique de la persona que era su alma gemela. Además, ese hilo nadie lo puede romper por mucho que lo intente, pues un anciano, que vive en la Luna, sale cada noche en busca de las almas que están destinadas a estar unidas en la tierra y cuando las encuentra les ata el hilo rojo para que no se pierdan. Esa leyenda llegó hasta los oídos del príncipe, y como los príncipes todo lo desean, también él quiso saber quién sería la joven que el anciano habría elegido para él. Se enteró de que en la ciudad había una bruja que todo lo sabía, así que llamó a su mayordomo para que la buscase  y la trajese a su presencia.

Así lo hizo el mayordomo. Buscó a la bruja, se enteró de quién era y envió a dos sirvientes para que la llevasen al castillo. Cuando la bruja ya estaba junto al príncipe le dijo que ella lo llevaría, siguiendo el hilo, hasta la que un día sería su esposa. Salieron del castillo y se dirigieron a la ciudad. Cruzaron plazas, recorrieron calles y, finalmente, fueron a parar a un pequeño y pobre mercado. Recorrían puestos y más puestos, cuando la bruja se detuvo ante uno en el que una niña pobre, de tan sólo unos ocho o nueve años, vendía las hortalizas que tenía en una cesta. La bruja señaló a la niña, a la vez que le decía al príncipe “aquí termina tu hilo”.   Él, completamente enfurecido, creyendo que se trataba de una burla de la bruja, propinó tal empujón a la pobre muchacha que cayó contra la cesta y el suelo, abriéndose una gran brecha en la frente.

Al regresar al castillo, el príncipe,  encolerizado por el vaticinio de la bruja, ordenó que le cortasen la cabeza. Y así tuvieron que hacer los guardias  de la prisión.


Pasó el tiempo, y el dueño de las minas donde trabajaba el padre de la princesita pobre, se arruinó por el juego y otros muchos vicios. Entonces decidió vender la mina y fue el padre de la niña quien se la compró, pues con su trabajo había ahorrado mucho dinero. Cuando él se hizo cargo de la mina contrató a obreros muy diligentes y cumplidores con el trabajo, teniendo la enorme suerte de dar con un gran filón de oro. Volvió el hombre inmediatamente a la humilde casa y entonces se llevó con él a la mujer y a la hija. La niña  ya no tuvo que volver a vender en el mercado y la esposa fue curada por los mejores médicos del reino. Con las muchas riquezas que ya tenían adquirieron un bello palacio y allí se instalaron.


Transcurrido algún tiempo, el príncipe decidió contraer matrimonio. Se informó de quiénes eran las personas más ricas de su reino y le dijeron que la persona más poderosa y rica era el dueño de la mina de oro más grande que había en todo el país y que tenía una hija muy joven y hermosa, y que,  si él príncipe quería, podría convertirla en su esposa. Y así se decidió. Él  envió a su mayordomo  para que concertase la boda con el padre de la joven, pues  estaba deseoso de que llegara el día para comprobar que la predicción de la bruja no se cumpliría. Una vez en el templo, la joven iba con el rostro cubierto por un velo, como van todas las novias. Cuando el sacerdote, oficiante de la ceremonia, dijo a la novia que ya podía descubrirse la cara, ni imaginar pudo el príncipe que la joven que se había convertido en su esposa tenía una cicatriz muy peculiar en su frente, la misma que se había hecho al caer tras el empujón que él la había propinado. Él se arrepintió mucho de las malas acciones que había cometido, no volviendo a hacer daño a nadie en su reino”.

Esto venía a demostrar que todos estamos predestinados y que el destino ya nos tiene señalada nuestra alma gemela, pues el anciano de la Luna no cesa en atar cada noche los hilos rojos, pero invisibles, que nos unen con quien será nuestro compañero o compañera de vida.

Y ésta fue la maravillosa historia que mi madre me contó aquella calurosa  y luminosa noche de julio, tumbados sobre la parva. Esta historia también nos demuestra que jamás debemos despreciar a nadie porque sea pobre o de otro color. Así me lo enseñaba a mí mi madre Ana.

jueves, 3 de septiembre de 2020

"LA CUEVA DEL GATO" (Cuento original)



 Diré que siempre fui apasionado amante de leyendas mágicas y extrañas, tanto que, en mi 

fantasía, las llegaba a convertir en reales. Envolvían mi imaginación, la secuestraban y 

terminaba dándoles vida, la que yo quería.


Así ocurrió con aquella leyenda misteriosa que mi abuelo me contaba acerca de una cueva que había dentro de un terreno de su pertenencia, en una zona bastante distante de donde vivíamos. Raramente frecuentaban dicha heredad por su lejanía, sólo una vez o dos al año con la finalidad de arar los árboles, que eran pocos, o recoger la almendra que allí se cosechaba. El hecho de esta circunstancia de  lejanía convertía para mí en un misterio aún más agrandado aquel enigmático lugar. Diré que la susodicha cueva recibía el nombre de “CUEVA DEL GATO”, y en torno a la misma había una extraña y fantasiosa leyenda que me tenía impresionado y que relataré seguidamente. 



                                          LA CUEVA DEL GATO


Contaban los más antiguos pobladores del lugar que en dicha cueva, desde tiempos inmemoriales, habitaba un gato negro, grande casi como un tigre, que sólo era visto una vez al año: el día de San Juan. Contaban también que el animal salía de la cueva a eso de la salida del Sol y que no regresaba hasta la puesta del mismo. También decían que el resto del año no volvía a aparecer. 
Nadie osaba aproximarse a la cueva. Miedo y superstición corrían de la mano, y cada vez que surgía la leyenda se magnificaba la misma con elementos tan extraños como inconsistentes, saturados de todo tipo de patrañas, si es que a la leyenda se le podían añadir más. En realidad todo servía para añadir más misterio, intriga y ansias por descubrir la verdad de tal historia, si es que aquella verdad existía. Y así andaba yo. Tanto si me contaron la leyenda mil veces, mil cien rogué, supliqué, insistí en que me llevaran hasta el misterioso lugar. Quería ver con mis propios ojos tanto la cueva como al gato, si es que coincidía con el día y la hora en la que el animal abandonaba su escondite dirigiéndose hacia el famoso Castellón de Olías.



Imagen del  Castellón coronando la montaña

Y aquí viene la segunda parte, la parte más misteriosa de la leyenda, pues según la misma, el gato no era más que un espectro encantado de un príncipe moro que había existido siglos atrás en el Castellón. Contaban que aquel príncipe residía en el lugar con  una bellísima joven cristiana, a quien tenía secuestrada, no permitiéndole apartarse de los aposentos del castillo ni tan siquiera para tomar el sol. La joven, totalmente desconsolada por aquel infortunio, pudo en una ocasión comprar la voluntad de uno de los guardianes, prometiéndole importantes bienes si conseguía que ella lograra escapar de allí. Y no porque no hubiese estado enamorada del príncipe moro, -que lo estuvo, pues nada enamora más que aquello que nos está prohibido-, sino por la dura vida a la que la tenía sometida por sus celos, suponiendo que ella, al menor descuido, lo abandonaría. Las voluntades nunca son imposibles de doblegar, y menos cuando hay promesas que conllevan a la avaricia, o tal vez a poder escapar, a la vez que la joven, del despotismo al que aquel príncipe tenía sometido a todo su personal. Y tal ocurrió con el guardián del Castellón de Olías, pues pronto estuvo de acuerdo con la joven en traicionar a su príncipe. Debía ser precavido, contar tan sólo con guardianes de su máxima y total confianza, dispuestos a correr la misma suerte que él. No le sería fácil, pero la crueldad a la que los sometía el príncipe agudizó el ingenio y la imaginación para escapar del castillo. Una vez que ya contaba con la complicidad de algunos, el guardián empezó a preparar su plan.  Transcurrido no mucho tiempo pudo ponerse en contacto con unos cazadores cristianos que merodeaban aquellos contornos de la sierra. Mediante un emisario de confianza determinaron unos y otros una estratagema. Este convenido plan se llevaría a cabo una mañana del día de San Juan, antes de la salida del Sol. El guardián del portalón del castillo sería abordado y amordazado por varios cazadores, si es que se resistía y no se unía a los sediciosos. El príncipe estaría aún en siete sueños, pues la noche anterior su ayudante le habría proporcionado un elixir que le haría dormir profundamente. La chica y quienes con ella abandonarían el Castellón deberían estar preparados, por supuesto, sin que el príncipe sospechara nada, ni tampoco sus secuaces.


                                      Estado actual del Castellón de Olías

Así se hizo. Muy temprano, antes de que las primeras luces del alba ejercieran su destello sobre la sierra, llegaron los cazadores provistos de sus armas con la intención de asaltar la fortaleza, algo que fue innecesario, pues a la fuga también se sumaba el vigilante del portalón. Fueron pocos los que permanecieron fieles al príncipe, no se sabe si por pura lealtad o por miedo al mismo. Lo que sí fue cierto es que cuando aquel despertó y se dio cuenta de que la joven cristiana había desaparecido, él montó en tal estado de cólera que dio muerte a todos los que allí habían permanecido, despeñándolos después por aquellos acantilados de la montaña. Tal fue su locura que aún no había extendido sus rayos el sol sobre la sierra, cuando él ya había abandonado el castillo, llevado por la furia y por el frenesí, corriendo como un poseso hacia los territorios cristianos en busca de la joven. Parecía tener alas cuando llegó a un territorio colindante a la  montaña, conocido como los Azules (por el color azulado de aquellas tierras). Ya el Sol arrojaba sus primeros destellos sobre los campos, presagiando un día de fulgor sin igual. Corría el príncipe y corría, cuando una vieja mujer, desaliñada, con una ca
bellera suelta y sucia, cubierta con una vestimenta de esparto, apareció ante él, obstaculizándole el alocado paso. Esta mujer, que se llamaba Manuela vivía a menos de  media legua, en un lugar solitario, inhóspito  y olvidado de la mano de Dios, conocido como Los Ularios. A decir de las gentes, gozaba de los poderes propios de una bruja. Y, en realidad, así era, pues  al contemplar al príncipe con ojos ensangrentados por la ira, a la vez que escupía cólera y odio y lanzaba perjurios  hacia todo lo existente, decidió la vieja lanzar sobre él un tremendo sortilegio por el que, de inmediato, quedaría convertido en un felino que permanecería encerrado durante mil años en una cueva. Esta cueva, con forma de madriguera grande, se hallaba próxima al lugar. Aquella maldición de encantamiento conllevaba  el no poder abandonarla ni de día ni de noche. Tan sólo podría salir al amanecer  de cada día de San Juan de cada año y visitar el castillo, para regresar antes de la puesta de Sol.” Hasta aquí la historia de aquella cueva, “La Cueva del gato”. Mi pregunta es: ¿Cómo no sentirse atrapado por aquella leyenda?

Mi perseverancia pudo finalmente convencer a mi abuelo para que me llevase con él y así descubrir con mis propios ojos el famoso antro en el que decían estaría por mil años aquel gato tan enigmático como escalofriante. Para que todo cuadrara le pedí que me llevara un día de San Juan. Yo estaba obstinado en ver la cueva, pero también en ver al gato. Mi abuelo accedió, a regañadientes, poniendo por fin fecha, que no sería otra que la de la siguiente festividad de San Juan, muy próxima ya, pues  sería tan sólo una semana después. 

Debo confesar que para mí fue una semana de absoluta ansiedad y zozobra, tanto de ensueño como de suspense, de máxima inquietud y enorme impaciencia, anhelando la llegada de aquel momento tan esperado. Y como nada hay que más de cien años dure, también llegó la noche del 23 de junio. Todo quedó preparado para la madrugada siguiente en la que partiríamos hacia el enigmático y misterioso lugar. Me acosté sin saber si dormiría o no. Sin embargo, no tardé en caer en un profundo sueño. 

                                                                        Imagen del gato
  

“Llegaba la madrugada y al primer canto del gallo  mi madre ya me estaba despertando. Con dos burras, portando una de ellas los aperos de labranza, partíamos mi abuelo y yo. Íbamos ambos a lomos de una de las bestias. Él delante, sobre la albarda, yo a la culata. Tardábamos un tiempo que se me hacía eterno y cuando ascendíamos hacia las cordilleras que se levantan más arriba del cortijo de la Sacristana, ya apuntaba el día con toda su claridad. No tardaría el Sol en extender sus primeros rayos sobre aquellos montes, revistiendo de colores variopintos cerros, valles y vallejos, a la vez que aumentaba mi anhelo por ver al gato saliendo de su misterioso escondite, aunque sabedor de que ya no llegaría en el momento adecuado. El paso lento y tedioso de las bestias me causaba  desazón y exasperación a partes iguales. No podía ser que tanta ilusión fuera arrebatada por un desajuste de un tiempo que no habíamos precisado suficientemente.  Un camino pedregoso y encumbrado en la mayor parte de su recorrido dificultaba el avance y lo hacía lento hasta la desesperación. Cumbres arriba el Sol despertó, ahogando así toda mi esperanza de ver a la terrorífica fiera salir de su escondite. Sólo me restaba descubrir la cueva. Con esa angustia caminaba y con esa especie de desilusión permanecí el resto del día.

La cueva no daba mucho de sí. Bajo unos peñascos se escondía la boca de una caverna recubierta de malezas vegetales, y a la que me dio no poco reparo penetrar. También me espantaba en aquel momento la idea de que hubiese algún animal salvaje o serpientes, tanto o más que la del mismo gato. Además, si la leyenda tenía algo de cierta, a esa hora el gato estaría muy lejos, estaría ya en el Castellón. Así que decidí no investigar demasiado y esperar la hora de regreso. Mientras tanto, mi abuelo llevaba a cabo la labranza y yo me entretenía persiguiendo unos chorlitejos novatos que piaban por aquel cerro, o iba de un cerrete a otro contemplando el escuálido paisaje. Desde una de las cumbres se contemplaba el desnivel que presentaba el Arroyo de Olías, debido a la erosión de siglos, mejor, de milenios. Se veía algún que otro cortijo diseminado, al igual que si extendía la mirada haca los Azules, donde también los había. Mi imaginación, en una alocada combinación de cuadros, colores y paisajes, cambiaba de un lugar a otro, de una fotografía a otra, pero siempre  sin perder de vista la mirada hacia el Castellón, lugar de ficción en el que a aquellas horas al gato deambularía sobre restos que ya eran historia y adonde él volvería a reencarnarse en príncipe transcurridos mil años. Así pasé el día y se hizo la tarde. Mi abuelo preparó nuevamente las bestias y emprendimos el regreso. Ya se teñía de oscuridad el paisaje cuando dimos vista nuevamente al cortijo de la Sacristana. Es un cortijo solitario, alzado sobre un leve montículo, abrazado éste, a su vez, por dos pequeñas ramblas que confluyen a sus pies. Por allí se deslizaban las bestias a paso lento, aupados nosotros sobre una de ellas, cuando mi abuelo me hizo observar un detalle del que, en mi abstracción por el desengaño vivido, yo no me había percatado. Corría un leve airecillo y, a aquella altura, aún podíamos apreciar negros  nubarrones,  de variadas y caprichosas formas  que cubrían la sierra donde se hallaba el Castellón. De ellas empezaba a escapar, de cuando en cuando, un lejano relámpago que aportaba cierta luz a la estrecha y quebrada senda por la que descendíamos hacia la rambla de “Enmedio”. Él, con su experiencia de viejo conocedor de caminos solitarios, tal vez ya hubiese vivido algo similar. El caso fue que, cuando ya nos acercábamos a la rambla, me indicó que mirara hacia atrás, que una corta, pero gruesa hebra de lana se arrastraba desde hacía algún tiempo detrás de nosotros, siguiendo nuestros pasos. Al principio, y ante la oscuridad que se cernía sobre el lugar, pensé que se trataba de una broma que él me estaba jugando. Pero no era así. Con la iluminación de uno de aquellos relámpagos pude comprobar la veracidad de sus palabras. El camino se me hacía cada vez más lento, la distancia hasta la vivienda más infinita. Bajamos toda la rambla y en ningún momento la negra hebra de lana nos abandonó, nos seguía, avanzando rápida en unos momentos, o deteniéndose otros, impelida o no por el airecillo que corría o amainaba, según en qué instante. Al llegar a los cañares del Saltador, donde ya abandonábamos la rambla y emprendíamos de nuevo empinadas y tortuosas cuestas, comprobamos que la hebra no estaba, que había sido sustituida por una perfolla (Hoja que cubre la panocha o fruto de maíz, especialmente cuando está seca. Con perfollas se rellenaban colchones a falta de lana) negra que realizaba el mismo cometido que la hebra de lana: seguirnos. 

El desconcierto y el miedo, -y eso que mi abuelo era un valiente entre los valientes-, se adueñó de nosotros. Las bestias renqueaban lentamente  cuesta arriba. Los relámpagos se hacían más frecuentes, aproximándose la tormenta, en una noche tenebrosa y aterradora, a la vez que nos mostraban aquella insólita visión de la perfolla perseguidora. Nuestras  gargantas estaban  secas, obstruidas no ya por el miedo, sino por un indefinible pánico. Ni a respirar nos atrevíamos, y eso que no restaba ni un kilómetro para llegar a nuestra casa. Jamás había tenido tanta ansia por desparecer en el interior de la vivienda, echar el pestillo en la puerta y que ni mil gigantes pudieran abrirla. El cielo se había convertido en una permanente luminaria, la tormenta ya nos pisaba los talones, zumbidos atronadores rompían nuestra ya exigua capacidad para la supervivencia dentro de aquel infierno en el que se había convertido la noche, y con ella mi experiencia. Cruzamos el barranco de los Graneros y fue entonces cuando a la luz de uno de aquellos fulgurantes relámpagos apreciamos que la perfolla había desparecido y, en su lugar, un espeluznante gato negro nos seguía a corta distancia. El terror nos desarmó completamente.  El dios Fobos (dios del pánico en la Mitología griega) se había convertido en nuestro dios. Al subir a los Graneros, cuando ni cuatrocientos metros nos faltaban para llegar, descabalgamos de la bestia, dejando ambas a su libre albedrío y emprendimos una carrera sin igual, pues tal era velocidad que ni el mismísimo dios Hermes (dios de la velocidad en la Mitología griega) nos hubiese alcanzado. Cruzamos la rambla del Saliente y la huerta de los Patricios en dos zancadas, como se suele decir, yo sujeto siempre a la mano de mi abuelo, que me arrastraba como si de un muñeco se tratara. Ya subiendo la cuesta que da a la vecindad, vimos que el espantoso y horrible gato negro nos había adelantado, dejándonos sin respiración, exhaustos, desarmados, derrotados.”

Fue entonces cuando mi madre me despertó sacudiéndome con fuerza, pues había oído mi ahogo desesperado, producido por aquella terrible pesadilla. Además, era la hora de partir. Las bestias estaban preparadas y mi abuelo esperaba para ir a la Cueva del Gato. Pero una vez más quedaba claro para mí que el “miedo nunca  anda en burro”, aunque sólo fuera en sueños. Yo decidí no acompañarlo. Me encontraba enfermo. Nunca fui a la “CUEVA DEL GATO"

                   

                                          
                          El gato saliendo de su cueva

lunes, 27 de junio de 2016

EL RATÓN DE CANARIAS



"EL RATÓN DE CANARIAS" es un gracioso y divertido romance que pone en entredicho de forma desmesurada la capacidad que los humanos tuvieron a lo largo de los tiempos para lograr dominar a estos pequeños roedores. En una especie de exagerada hipérbole, el ratoncillo no sólo se burla de todo cuanto se cruza en su camino, sino que usa tal astucia y tan descomunal fuerza que hasta llega a provocar la fatalidad de quienes quieran reducirlo o eliminarlo. 


José Antonio García Ramos
José Antonio García Ramos no sólo dedica su tiempo a una profesión esencial para la vida, como es la medicina, sino que es además un verdadero estudioso de todo lo que tiene que ver con la cultura popular. Es conocedor profundo, (diría que persona erudita), de temas relacionados con su profesión, temas que van desde lo científico-popular a lo histórico o a lo literario. Sería demasiado prolijo el hacer referencia a todas sus publicaciones, e incluso hasta enumerarlas.
A él le debo este romance, así como otros textos publicados en el blog. Pero, sobre todo, le debo el haberme incentivado en la creación del mismo, para dar a conocer relatos que, o bien eran desconocidos para la mayoría, o bien habían quedado en el desván de la memoria de quienes en algún momento habían tenido la oportunidad de conocerlos. Por tal motivo, vaya para el doctor García Ramos mi total agradecimiento, así como el reconocimiento a su excelente labor.
Hoy, 27 de junio de 2016, José Antonio ha fallecido. Ha sido de manera fulminante. Desde aquí quiero ofrecerle, como homenaje póstumo, este simpático romance que él me hizo llegar para que lo publicase en esta sección. Nunca pensé que tuviera que hacerlo así.Descanse en paz. 



              EL RATÓN DE CANARIAS

                    Aunque todos mis oyentes
                    me acrediten de bufón,
                    voy a divertir al pueblo
                    con un chusco notición.


                    Escuchen todos a una
                    con silencio y atención
                         y oígan en breves versos
                    las hazañas de un ratón.

                    Desde las Islas Canarias
                    un amigo me escribió
                    en el correo pasado
                    la siguiente relación.


                    Sin saber cómo ni cuándo
                    un ratón se descubrió
                    en casa de un tejedor
                    en el pueblo de Vilaflor.


                    Durmiendo como un perrazo
                    estaba el buen tejedor
                    al tiempo que en los telares
                    grandes ruidos oyó.


                    Levántose de la cama
                    luego un candil encendió
                    para averiguar la causa
                    de estrépito tan atroz.


                    Pero en el mismo instante
                    que vio la luz el ratón
                    parece cosa increíble
                    lo que entonces sucedió.


                    Dio tan formidable soplo
                    que candil y tejedor
                    creo que no han aparecido
                    porque el aire los llevó.


             Y esta es la primera hazaña
             del referido ratón.


                    Ahora empiezan sus lances,
                    señores, ahora aquí, chitón,
                    pues llegó a casa de un sastre
                    y en su lenguaje pidió


                   Que le hiciera un pantalón
                   de muy rico terciopelo
                   que él al punto le pagaría
                   aunque costase un millón.


                   Hízolo el sastre inocente
                   y al punto sí que lo cobró,
                   pues con dos pares de coces,
                   tela y traje le pagó.


                   Tan recias fueron las coces
                   que el pobre sastre llevó
                   que quedó inutilizado
                   y al tercer día se murió.


                    A casa de un comerciante
                    desde allí se encaminó
                    por creerse más seguro,
                    libre de persecución.


                    Halló cerrada la puerta,
                    pero sin más detención,
                    de la primera dentellada
                    la cerradura partió.


                    Entre dos piezas de paño,
                    a descansar se acostó,
                    dejando el paño lo mismo
                    que redes de un pescador.


                    Juntáronse diez mil hombres
                    con armas y munición.
                    Tiraron fieras descargas
                     para matar al ratón.


                     En el hocico le dieron,
                     cañonazos treinta y dos,
                     partiendo todas las balas
                     con los dientes el ratón.


                    Y fue imposible matarlo,
                    y aunque la guerra duró
                    más de dos meses y medio,
                    el ratón no se rindió.


                    A la casa de una vieja,
                    se fue a tomar posesión
                    y estando en la dicha casa
                    así habló un mocetón.


                   "Pueblo todo que me oís,
                    yo me atrevo a darle muerte
                    a ese filibustero,
                    a ese taimado roedor.


                    Para poder hacerlo
                    tengo por medio mejor,
                    darle de comer bastante,
                    queso, tocino y jamón."


                    Se llevaron  a la casa
                    para la tal operación
                    ochenta libras de queso
                    y otras tantas de jamón.


                    Viendo la vieja en su casa
                    junta tanta provisión
                    daba saltos de alegría
                    con notable admiración.


                    En un pernil del gorrino
                    hizo su composición,
                    un brebaje de veneno,
                    según ella se pensó.


                    A la hora de la siesta
                    en la cuadra colgó el pernil
                    por si el ratón caía
                    en aquella trampa sutil.


                    Pero al avispado animal
                    pronto le dio en la nariz
                    que lo que la vieja quería
                    era verlo allí morir.


                    Al tanto pensó el roedor
                    en darle el cambiazo al pernil
                    quitando el emponzoñado
                    y poniendo el bueno allí.


                    La vieja ni se enteró
                    de la burla del ratón 
                    siendo ella la víctima
                    del implacable roedor.


                    Amedrantose tanto la gente
                    que acordaron en contubernio
                    dar muerte a aquel bichejo
                    aunque fuera en el infierno.


                     Llegáronse a los Realejos
                     y también  a la Orotava
                     en busca de bravos felinos
                     que pusieran fin a la trama.


                    Mas el pícaro animal
                    sintiéndose acorralado
                    urdió  el mayor pérfido plan
                    que se hubiese imaginado.


                    Colocose el muy truhán
                    un pequeño cascabel
                    y con suma gallardía
                    al gato mayor fue a ver.


                    Hablole seriamente
                    el minúsculo animal
                    invitando a que se fueran
                    si no querían funeral.


                    Tan serio se puso el tema
                    pues mostró el ratón al gato
                    el camino del infierno
                    si no se avenía a buen trato.


                   Advirtiole que al instante
                   aparecerían más de mil canes
                   llagados de toda la isla
                   y acabarían con los planes.


                   Dijole el ratón al señor gato:
                   "con los perros confabulé
                   que aquí no habrá un solo gato
                   que  vaya sin cascabel"


                    Los mininos, por si las moscas,
                    pusieron pie en polvorosa,
                    achacando esta escapada
                    a lo fea que estaba la cosa.


                    Dejó de estar acorralado
                    por las huestes del lugar
                    ya que todos le temían
                    como si fuera Satán.


                   Y así nuestro amigo el roedor
                   de la situación se adueñó,
                   y de todos fue conocido
                   como el ratoncillo cabrón.

                                                      Anónimo
  GLOSARIO:

Bufón: payaso, persona que se dedica a divertir a los demás.
Chusco: persona con gracia y picardía.
Chitón: expresión que se usa para hacer callar a alguien.
Filibustero: nombre que se daba a ciertos piratas en el siglo XVII y que actuaban en el mar de las Antillas.
Pernil: pata trasera  de un animal, en especial la del cerdo.  Es más pequeña que la delantera, a la que se conoce como paleta o paletilla.
Gorrino: cerdo, cochino. En Latinoamérica "chancho".
Emponzoñado: envenenado
Contubernio: acuerdo entre varias personas para hacer algo ilícito y perjudicial para otras.
Felino: gato; perteneciente a la familia de los gatos.
Confabular: acuerdo secreto entre personas para cometer alguna fechoría.
Minino: denominación cariñosa que se suele dar a los gatos. 
Poner pie en polvorosa: salir huyendo de forma precipitada y a toda velocidad.


Gatos y ratones
Pernil del cerdo