"Una persona sin sentido del humor es como una carreta sin amortiguadores: se ve sacudida por todas las piedras del camino"- (Henry Ward Beecher)
Despedirse de don Diego, tras haber compartido un año, no ha sido fácil. A él dirigí cuentos tradicionales y romances de cordel, con el ánimo de que no apareciesen como algo frío, solitarios, vacíos, sin referencia alguna a un tiempo o a un contexto. Esa fue la razón de la existencia de don Diego y de las cartas. Ha transcurrido un año y con él ha llegado a su final el ciclo previsto para dar salida a estos relatos. En cuanto a los mismos cabe decir que no están todos, pero sí una muestra suficiente de ellos. Mi deseo es que queden como reflejo de las tradiciones orales de una determinada época. Corresponden a las décadas de los años cincuenta y sesenta del pasado siglo, años de mi niñez y parte de mi adolescencia. Tal día como hoy, 12 de octubre de 1958, en mi vida daba comienzo una nueva etapa, con un giro total y para siempre. Dejé los Patricios y comencé los estudios del bachillerato de Humanidades en Cuevas. Empezaban a quedar atrás todas las vivencias de mi infancia, llevando sólo conmigo los recuerdos.
El cuento de "LAS GACHAS" será el final de estas narraciones, aunque no el final del BLOG. Éste tendrá continuación, pero con contenidos diferentes a los que ha tenido hasta ahora.
Quiero en esta ocasión dirigir mi más sincero agradecimiento a quienes un día decidieron ser seguidores del blog y, en especial a José Antonio García Ramos. Él me animó e impulsó a llevar a cabo este sencillo y humilde trabajo. Igualmente hago extensivo el agradecimiento a aquellas otras personas que un día recalaron en el blog y tuvieron la paciencia de leer u ojear alguno de los contenidos. No puedo pasar este momento sin pedir disculpas a quienes haya podido molestar o disgustar alguno de dichos contenidos.
Los cuentos y romances de cordel que oí y leí siendo aún niño y que alegraron noches invernales junto al fuego o cálidas veraniegas en la calle, corresponden a una época ya lejana, pero no quería que quedaran en el olvido total, pues, a fin de cuentas, formaron parte de la cultura popular de unas generaciones.
Al dar comienzo al blog, entendí que cada cuento, leyenda o romance podría introducirlo con algún texto que diese algo de vida a la sucesión de los relatos. Nunca sabré si fue acierto u error el hecho de las introducciones, pues jamás andamos dos caminos a la vez, lo que no nos permite conocer cómo habría sido el otro. Elegí el de las cartas a don Diego con un lenguaje inusual y cierta nota arcaica en la expresión. Con el romance “LOS DE ÍLLAR”, di por finalizada esa atapa. Don Diego de la Caparrota, totalmente ficticio, se ha marchado de la misma forma que llegó, como lo había hecho cuando me acompañaba en los juegos de cartas siendo muy niño. Él me ha ayudado a sacar adelante el trabajo. No sé si lo habría hecho sin él. Ha servido de soporte para cada cuento, para cada romance y a él le he ido contando mis cuitas y mis anhelos, mis luchas, mis alegrías y mis picardías, que tampoco eran muchas, mi análisis del mundo de entonces visto desde ahora. A él he dirigido el retrato social de aquella época de mi vida. Fue una época difícil, llena de privaciones, de luchas, de decepciones y frustraciones, como la de aquel martes en el que unos municipales tiraron por la muralla los quesos que mi abuelo había llevado a vender al mercado. En ellos estaba toda la economía de la semana. Allí iban los medicamentos de mi abuela que padecía parkinson, las judías, los garbanzos, el azúcar,… todo lo necesario para sobrevivir durante la semana. Llegaron con cara de pocos amigos, con una orden de la alcaldía, y no sé de quién más, a impedir que se vendiera más queso artesanal sin una licencia municipal y, sin mediar más explicación ni plazos, fueron lanzando a la rambla todo el queso que había para vender. La resignación, la impotencia y la rabia de todos aquellos que tenían en sus canastillos parte de sus vidas, se vio reflejada en sus rostros, pero eso sí, con una más que vergonzosa sumisión a quienes tal injusto disparate habían acordado. Era lo que había esos años, años duros, de represión, de mordaza y tiranía. Desde la muralla vimos volar hacia la rambla nuestro particular cuento de la lechera, regresando aquel martes a casa, sin aquello que tan necesario era para nosotros. He querido hacer una pequeña semblanza de estos recuerdos tristes, pensando que también deben formar parte de los relatos, para poder entender mejor el contexto de un tiempo que encerraba miseria, subdesarrollo, incultura generalizada, sumisión, resignación, opresión e injusticia a partes iguales.
Tampoco he querido pasar por alto el hacer una sencilla descripción de algunas fiestas, faenas y tareas más comunes y destacadas en el medio rural. No se trata de una descripción exacta, pero sí lo suficiente como para rememorar la forma de vida que en esos años había en esta tierra.
Por último, deseo expresar mi recuerdo agradecido a quienes me enseñaron cuentos, romances y leyendas, pero de forma especial quiero hacerlo en recuerdo a mi madre que tanto bien hizo en mi vida y a ella debo, sin duda, el que yo haya llegado a ponerlos aquí. Ella me transmitió el interés por la sabiduría, por los libros, la sencillez de la vida reflejada en la belleza de las cosas más humildes. Ella me transmitió un sentido de justicia social, de respeto a todo y a todos que me acompañará hasta el final de mis días; pero también la no resignación ante lo injusto. Ella me hizo comprender que en el esfuerzo, en el trabajo y en la honradez descansa la grandeza del ser humano. Ella me enseñó hasta el día mismo de su muerte la importancia del humor, de reírnos de todo, empezando por nosotros mismos, salvo de la desgracia propia o de la ajena. Para su memoria vaya este última historia, real o no, nunca supe bien si una cosa u otra, y que ella tantas veces me contaba. Es la historia de “LAS GACHAS”. Según me decía, había ocurrido en realidad. El protagonista principal fue José “El Chorroluces”, tío de mi madre, que fue invitado por su tío y padrino, Ignacio “El Gallinaza”, a comer gachas al “Royo ( por Arroyo) Olías”. Yo tengo dudas de que tales hechos ocurrieran, pero algo pudo haber de cierto cuando tanto me insistía en ello.
LAS GACHAS
Cuentan los del lugar que es cierto lo que aconteció a dos jóvenes, Ignacio y José, tío y sobrino, un día del mes de agosto del año la nana. Ignacio, que era tío de José y además su padrino, tenía una novia, "la Juana", en el “Royo Olías”. Distaba bastante de las Ramblicas, lugar de residencia de Ignacio. Éste la visitaba los domingos, haciendo el recorrido, una legua o más, en una vieja mula torda que su padre tenía. Aquel domingo no disponía de la bestia, así que habló con su sobrino José, zagalón de unos catorce años, para que pidiese la yegua a su padre y a la vez lo acompañase al “Royo”, pues la novia deseaba conocerlo por lo mucho que Ignacio le había hablado de él, alabando su gracia, sus caídas y sus dichos. Así que sin pensarlo dos veces fue a verlo, diciéndole:
-José, sabes las muchas ganas que “la Juana”, mi novia, tiene de conocerte, ¿por qué no le pides la yegua a tu padre y vamos esta tarde al “Royo”?
-Vale, tío Ignacio. Hablaré con mi padre y seguro que nos la deja, pues él también quiere que vaya saliendo los domingos y no me vaya por los cerros detrás de los pollos de perdiz.
Eso hizo José y su padre estuvo encantado con que fuese con su cuñado Ignacio a conocer a la novia de éste. Era agosto y el calor abrasaba cuando los dos montaron en el animal y emprendieron camino. Hablaron durante el trayecto de cosas muy distintas, enseñando Ignacio a su sobrino mil y una astucias diferentes para conseguir novia, o cómo hacer para estar a solas con ella sin la mirada siempre perseguidora de la madre. José iba tomando nota de todo a la vez que alababa y reía las argucias de su tío para darse algún que otro revolcón con la novia, que en esto ella era más valiente que él, como se dice, era de armas tomar. Cuando ya se acercaban al cortijo, Ignacio le dijo a José que cenarían en casa de la novia y que allí, los domingos por la noche, siempre hacían gachas, unas gachas con caldo de pimientos “coloraos” y “golondrina”, pues pasaba una “pescaora” los domingos, y sabían a gloria. Como Ignacio sabía lo tragón que era José, le pidió que no fuera agonioso en el comer, sino prudente y que dejase de comer cuando le pisase el pie, que sería la señal de que ya había comido su parte.
-Así haré, tío, que yo también me conozco. Cuando me pise usted soltaré la cuchara y ya dejaré de comer.
-Así quiero que hagas, José, que es bueno ser prudente donde no lo conocen a uno y quiero que dejes imagen de persona educada.
A todo esto llegaron a la puerta del cortijo donde ya estaba “la Juana” esperando, arreglada con el vestido dominguero. También estaba la madre, y saludaron muy cariñosamente a José, haciendo grandes alabanzas del mismo por lo buen mozo y gracioso que les parecía. Una vez que pasaron los saludos y habían metido la yegua en la cuadra, fueron los novios, acompañados de José, que esta vez hacía de carabina, a dar una vuelta por los alrededores y llegar adonde estaba el padre de María, guardando sus ovejas, para saludarlo. Mientras tanto, la madre se quedó preparando un gran perol de gachas con su caldo de pimientos y “pescao” que seguro estarían para chuparse los dedos, pensaba José. A la vuelta encerraron el ganado y echaron unos vasos de vino del país que ya con el primer trago mareaba a un cristiano, y que era el que “toda la vida de Dios” se tomaba allí, como dijo el padre, y que servía “pa hacer hombres machos y hembras forzudas y embraguetás”. Seguidamente se sentaron a la mesa, dando comienzo, no sin antes haber bendecido las gachas, extraordinario banquete en aquellos tiempostodo lo. Comían sin respiro, pero no llevaba José en sus tripas más de diez cucharadas de aquel exquisito manjar, cuando quiso la mala suerte que un gran gato romano acertase a pasar por allí y pisarle el pie, de forma que él creyó que sería su tío, que éste habría entendido que había comido ya lo suficiente y debería mostrar mesura y no gula, como le había dicho. Así que dejó la cuchara anunciando que ya estaba satisfecho, que había almorzado bien y no deseaba comer más. Los demás quedaron sorprendidos, pues apenas llevaban unos minutos comiendo y aún estaban casi todas las gachas en el perol, cuando José tomó esta decisión. Ignacio no lo entendía, pues él no le había pisado y la familia de la novia, por su parte, pensaron que las gachas no estarían buenas o que no serían del gusto del muchacho. Le insistieron todos en que comiera, preguntándole que si era porque no estaban buenas o porque no le gustaban. Él repitió de todas las formas posibles que sí estaban buenas, pero que no podía más, que en su estómago no cabía ni una sola cucharada más. Creó un poco de disgusto aquello y pronto terminaron los demás también de comer, dejándose más de la mitad de las gachas. Con este pequeño disgusto se retiraron a sentarse en el poyo de la calle, a tomar el fresco, mientras la mujer colocaba el perol con las sobras debajo de la cantarera, pues era el lugar más fresco de la casa y allí se podrían mantener en buen estado. Pasó la velada entre comentarios, dichos y otras ocurrencias, aunque a José ya los minutos se le hacían siglos, pues sus tripas pedían misericordia con urgencia. Les pidieron que pasaran la noche allí, que bien podían regresar a la mañana siguiente. Tanto insistieron que aceptaron dormir allí. Esto agravaba el hambre de José al que una noche, en aquel estado de necesidad, le parecía una eternidad. Cuando ya decidieron ir a la cama, José tuvo que dormir en un catre, en la misma habitación que su tío. Al poco de acostarse y ya que todo estaba en silencio, dijo Ignacio a José:
-Sobrino ¿cómo que has comido tan pocas gachas?
-¿Eso me pregunta usted, tío Ignacio? ¿Acaso no me dijo que fuera moderado y que en cuanto me pisara el pie dejara de comer?
-Sí, eso te dije, pero yo no te he pisado.
-¿Cómo que usted no me ha pisado? Entonces,…¿quién me ha pisado?
-No lo sé, José. Puede haber sido el perro o el gato. Te juro que yo no he sido.
-Pues, tío, no vea cómo tengo yo las tripas. A mañana seguro que no llego. Esta misma noche moriré de hambre. Si yo llego a saber esto, ¿cómo es posible que viniera a conocer a su novia? Me arrepentiré el resto de mi vida, si es que no “espicho” de hambre hoy mismo.
-No digas eso, José. Mira, debajo de la cantarera han dejado el perol casi lleno de gachas. Ahora está todo en silencio, todos duermen. ¿Por qué no te levantas y con mucho cuidado vas y comes todas las que quieras? Mañana seguro que pensarán que han sido los gatos.
-Pero, ¿cómo voy a ir a tientas?
-Sí, hombre, no pasa nada. Tienes que ir con cuidado para no tropezar, que no se despierten. ¡Ah!, una cosa te encargo: como yo me he quedado también con hambre, ¿por qué no me traes una “almostrá” también a mí?
-Vale, compadre. Eso haré. Me atiborraré de gachas y le traeré a usted una buena “almostrá”.
Sin más, muy despacio, a tientas, procurando no hacer ruido, se dirigió hacia la cantarera, y sin mucha dificultad dio con ella. Fue su alegría y el alivio de su estómago ponerse ante el perol, zambullir la mano en él y comer a boca llena, hasta casi reventar. Una vez harto, cogió en las manos cuantas gachas cabían y se marchó a llevárselas a su tío como habían acordado. Volvió satisfecho y, a oscuras, intentando no dar trompicones, pero la mala fortuna quiso que fuera a meterse en la habitación contigua a la que ocupaba con su tío. Esa fue la siguiente desgracia de aquel día. En la habitación estaba la novia, que dormía boca abajo, como un tronco y como Dios la trajo al mundo. Andaba la pobre sobrada de gases, con el muelle flojo y expulsaba grandes ventosidades, de las que se llaman “follones”, sin parar. José, que estaba muy nervioso, no comprendió su error, creyendo que aquello era que su tío, entre sueños, soplaba por si las gachas aún estaban calientes y él, en voz muy baja, le insistía que no lo hiciera:
-Tío Ignacio, no sople usted, si ya no queman. Si ya no queman, compadre.
La novia seguía en su profundo sueño, sin oír a José, y con sus desafíos al mozo, pues a un soplo le seguía otro, …y otro, …y otro, tanto que parecía ventolera aquello más que otra cosa. Ya que José se cansó de insistirle en que no quemaban y, a la vista de que no le hacía caso, le estampó las gachas en todo el pompi, el cual tenía sin una sola tela que lo cubriera, a la vez que le decía:
-¡Compadre, cómase usted de una vez las gachas, que no queman!
Salió José de la habitación sin darse cuenta del error y se dirigió de nuevo a la cantarera, esta vez para lavarse las manos de tan pringosas que las llevaba con tanta gacha. Como no veía nada, pensó que lo más efectivo sería meter una mano en un cántaro y lavarla así, y después la otra. Pero aquello no daba resultado, pues la mano salía igual de pringosa que entraba. Fue entonces cuando metió ambas mano, una detrás de otra, por la boca del cántaro, para lavarlas y, …sí que lo logró, pero entonces, ¡menuda desgracia!, …no podía sacarlas. Se desesperaba, tiraba de una, luego de la otra y…¡que si quieres! Sudaba, maldecía su mala suerte y no sabía ya qué hacer para salir de aquel atasco. Mientras tanto, la novia se había despertado, embarrada hasta la cabeza de gachas, pero que ella creyó ser otra cosa. Se lió la pobre en una sábana y, como pudo, se fue al descubierto de los animales a limpiarse con lo que encontrara, agachándose en una esquina y allí, con piedras, fue quitando aquella masa que le taponaba totalmente el trasero. José que, por otro lado, ya no sabía qué hacer, pensó en ir al corral y romper el cántaro contra lo primero que encontrara, y… ¡vaya si encontró! Encontró nada más y nada menos, en el claroscuro con el que la Luna iluminaba parte del corral, una gran piedra blanca en un extremo del descubierto. Al menos eso fue lo que a él le pareció aquel bulto blanco del rincón. Sin pensarlo dos veces se fue hacia el mismo, estrellando el cántaro con todas sus fuerzas sobre la pobre novia, que dio tal grito que retumbó en las sierras de Oria y del Saliente más que lo hicieran los gritos de Polifemo cuando perseguía a Ulises. José, al darse cuenta del disparate que acababa de cometer salió huyendo hacia la habitación de Ignacio que bien había oído el grito y estaba ya preparado para lo peor esperando al sobrino. José entró y, muy asustado, dijo a su tío:
-¡Tío, he matado a la Juana! ¡Yo no quería, tío! Parecía una piedra grande en el descubierto, pero era la Juana. Yo he roto el cántaro en su espalda. Seguro que le he partido el espinazo y las costillas, y todo.
-José, vámonos antes de que nos cojan, pues si nos pillan nos matarán.
Los dos salieron huyendo, tanto que dejaban el culo atrás, y ni a llevarse la yegua se detuvieron, escapando de allí como almas que lleva el diablo. A todo correr llegaron hasta la balsa del “Royo”. Ya no podían más y se detuvieron a descansar. Estaban haciendo cábalas sobre lo ocurrido, cuando se les ocurrió refrescarse en la balsa, pues era la medianoche y nadie iría por allí a aquellas horas. Así que se quedaron en el traje de Adán, dejando la ropa en un a orilla, se zambulleron en el agua. A todo esto venían por allí unos mozos que habían estado de ronda en el “Royo Medina” y oyeron ruido en la balsa. Se acercaron con mucho sigilo, viendo cómo se bañaban, ocurriéndosele a uno coger la ropa y llevársela. Era lo que les faltaba para completar la noche, pues al salir de la balsa tuvieron que ir arroyo abajo con una mano delante y la otra detrás para cubrir las vergüenzas. Pero no fue eso todo, pues no llevaban andados más de quinientos metros cuando unos perros, al verlos tan descamisados, les atacaron sin piedad. Había por allí unas tinajas abandonadas y cada uno de ellos se metió en una. Acertaron a pasar por allí otros mozos que también regresaban de ronda y no se les ocurrió otra cosa que balancear las tinajas y, entre risas y bromas, decidieron lanzar las más pesadas rodando por una barranquera. Ellos temblaban en su el interior y, en este caso la descomposición intestinal fue tal que nada de gachas ni de lo que en la tripa tenían, se resistió a salir, pues ya sí que contaban con una muerte segura en aquellos tinajos. Pero, pese a los tumbos, escaparon “de aquella”, aunque de milagro, continuando el camino una vez que se recuperaron. Por fin llegaron, cuando aún no había despuntado el día, a las Ramblicas. A José lo castigó su madre por haber perdido la ropa a guardar pavos durante dos semanas. Éste que no escarmentaba, parece que se dedicó a hacer algunas cosas raras con las pavas, lo que le valió otro castigo mayor. Pero no llegó a cumplirlo, pues se escapó a la Aljambra, donde vivía su comadre, joven y “echá palante” que también le acarreó algunos problemas. Pero esa es ya otra historia que escapa a la de las gachas, de la que bien pudieron decir lo del zorro que acompañó al cuervo en su viaje por el cielo: “Si de aquella había escapado sin morir nunca más volvería a comer gachas al “Royo”.
Y verdadera o falsa, esta fue la historia de las GACHAS.
GLOSARIO:
Año la nana: expresión referida a un tiempo pasado, no determinado, tal vez referida al mucho tiempo que debe tener algo, como las nanas que se cantan a los niños.
Alabar las caídas de alguien: alabar a alguien por su originalidad en el hablar y por su gracia.
Ser de armas tomar: Persona valiente, atrevida y decidida.
Gachas con caldo de pimientos “coloraos” y golondrina: comida muy corriente en época de escasez y que se hacía a base de harina cocinada formando una masa blanda que se extendía sobre las paredes del recipiente y se agregaba un caldo hecho a base de pimientos y un tipo de pescado que recibía el nombre de golondrina, parecido a la caballa. También podían ser de leche en vez de caldo.
Pasaba una “pescaora”: ciertos días de la semana solían ir por el campo mujeres vendiendo pescado. Lo llevaban en anchas canastas cubierto de sal para que no se echara a perder.
Saber a gloria: se dice de algo que tiene un exquisito sabor.
Ser agonioso: ser egoísta, ansioso, quererlo todo.
Hacer de carabina: en tiempos aún no lejanos la mayoría de las mozas no podían ir solas con los novios, haciéndose acompañar por alguien en todo momento para que no hubiese roce entre los novios.
Estar para chuparse los dedos: se dice de aquellos alimentos que están tan buenos que uno termina chupando los restos que quedan en los dedos cuando ya ha finalizado el último bocado.
Toda la vida de Dios: expresión bastante corriente y que expresa que algo viene desde tiempos ya muy lejanos o durará hasta la eternidad.
“Embraguetá”: por “embraguetada” persona valiente, capaz de enfrentarse a cualquier peligro o dificultad.
Poyo: muro de baja altura que había junto a las puertas de algunas casas, destinado a sentarse en él.
Poyo: muro de baja altura que había junto a las puertas de algunas casas, destinado a sentarse en él.
Espichar: morir, fallecer, palmarla, doblar
Cantarera: objeto de madera con cuatro patas como soporte y en el que se colocaban los cántaros con el agua que abastecía la casa.
Ir a tientas: ir a oscuras, tanteando para no tropezar y poder detectar los obstáculos.
“Almostrá”: por “almostrada”. Algo que cabe en el hueco que forman las dos manos juntas.
Atiborrarse: llenar el estómago de alimento o bebida hasta no poder más.
Muelle flojo: cuando no se controlan suficientemente los esfínteres.
Follones: Ventosidades que se hace sin ruido.
Pompi: parte inferior y posterior del tronco del ser humano sobre la que descansa el cuerpo al sentarse. Culo, trasero.
Hacer cábalas: hacer conjeturas sobre lo que puede ocurrir. Suposición o juicio que se forma a partir de datos incompletos o supuestos
Tinaja: vasija grande de barro, más ancha por el centro que por el fondo y la boca; se utiliza normalmente para guardar líquidos. tina.
Barranquera: barranco pequeño producido por la acción del agua. Pequeña erosión en el terreno.
Barranquera: barranco pequeño producido por la acción del agua. Pequeña erosión en el terreno.
Terrero: desnivel no muy elevado del terreno. Tierra escarpada de no mucha altura.
"Pescaora" Entremiso, pleita y queso
Barranquera hecha en el terreno Tinajas