RECUPERANDO RECUERDOS
(PEQUEÑOS RELATOS SUELTOS)
Recuerdo, no sin nostalgia, los duros y fríos inviernos en los que cada noche, tras la última "rebaná" de pan, único postre con el que finalizábamos la cena, solíamos acurrucarnos junto a raquíticos leños que lentamente se consumían en la humilde chimenea de la casa. El rinconcillo sólo estaba alumbrado por la luz que desprendían las llamas, mientras adoptaban formas caprichosas que creaban sombras diversas en la estancia, y por la tenue luz de un candil de aceite. Cuando la aterradora ventolera nos visitaba, la lucecilla de la candileja zigzagueaba a capricho de los impulsos de aquellos vendavales, pues ni de colarse por el cañón de la chimenea se privaban. Al calorcillo de las ascuas permanecíamos hasta que no mermaban el aceite o la "torcía" del frágil candilucho. En cuanto alguno de estos elementos empezaba a apuntar hacia su ocaso, solíamos retirarnos a descansar con el pensamiento puesto en que tendríamos que "ser buenos" al día siguiente. En aquellas entremedias que la lumbre y el candil tenían vida, nosotros repasábamos los hechos del día, mi abuelo hacía futurología sobre el tiempo, o salían a relucir relatos que transportaban la mente hacia mundos imaginarios y fantásticos. Solía ser esto más frecuente cuando la climatología ayudaba a recrear escenas ficticias, especialmente en las noches que retumbaba la lluvia en el tejado, o en las huracanadas, cuando el turbulento y persistente gemido del viento azotaba la pared de poniente y el aguilón del tejado. Era un sonido titubeante, que amainaba a veces, enloquecía rabiosamente otras, pero mantenía siempre mil melodías amenazantes y siniestras. Su furia flagelaba por igual, en una escena interminable, todo cuanto en su camino se interponía, a la vez que producía medrosas sensaciones. Considerábamos la vivienda como un baluarte hercúleo contra aquellos vientos y estar en su interior producía en nosotros sensación de fortaleza inexpugnable, sabiéndonos a salvo de tan amedrentador poder de la Naturaleza. Era como un quite especial que hacíamos en la noche a aquellas furiosas inclemencias de las que durante el día nos resultaba imposible escapar, pues nuestra vidas estaban atadas al campo.
Carámbanos en el tejado |
Frecuente en invierno era aquella situación, producida por el poniente, asiduo visitante, y que servía para despertar leyendas y cuentos, adormecidos en la memoria de los mayores, que hablaban de historias malvadas, de personajes perversos o de infortunadas criaturas vapuleadas por la desdicha y la adversidad, o de otras visitadas, de forma inesperada, por la diosa Fortuna. Una vez acabada la historia solíamos emprender la retirada.
En las fechas de Navidad aumentábamos el consumo de leños y candil y así permanecíamos más tiempo junto al fuego. Esto y unos mantecados y tortas de Pascua, de elaboración casera, conformaban el solo capricho del que disfrutábamos durante esos días. Cuando el cuerpo ya no aguantaba o el sueño me doblegaba, abandonaba el humilde rincón para ir a meterme bajo los cobertores y zaleas que cubrían la cama y que, en un primer instante, más parecían ser los carámbanos que a menudo colgaban de aquellos vetustos tejados de la casa. Allí, oyendo aún el gruñido del viento y recreando en la imaginación detalles de las historias narradas, iba dejándome abrazar por el deleite de un maravilloso sueño.
Hoy traigo a la memoria un cuento que mi abuela me relató estando pegados a las ascuas tanto o más que el gato, por el mucho frío, una de aquellas noches de crudo invierno, próxima ya la Navidad. El cuento se titulaba:
"EL SOLDADO QUE NO SABÍA LEER"
Allá por los tiempos de Maricastaña, cuando Cristo y San Pedro andaban por el mundo, volvían éstos un día de regreso de una de sus múltiples andanzas cuando se cruzaron con un viejo soldado que había servido en una de las mesnadas del rey y que ya regresaba a su casa. Como casi siempre, San Pedro iba de muy mal humor, no tanto por el mucho calzado malgastado, según él, sino por lo poco que en su estómago entraba últimamente.
Hacía algún tiempo que el soldado había recibido carta de su esposa, pero como no sabía leer, había sido otro soldado de la mesnada el que lo había hecho. En dicha carta le comunicaba que debido a las muchas penurias por las que atravesaban, había tenido que cambiar de pueblo y que ahora se hallaba en uno llamado "Cotavieja" que estaba a más de cuatro leguas del anterior. También le decía que lo esperaba para Nochebuena, que ya eran varios los años que no la pasaban juntos y que tanto su hijo como ella estaban deseando tenerlo a su lado.
Hacía algún tiempo que el soldado había recibido carta de su esposa, pero como no sabía leer, había sido otro soldado de la mesnada el que lo había hecho. En dicha carta le comunicaba que debido a las muchas penurias por las que atravesaban, había tenido que cambiar de pueblo y que ahora se hallaba en uno llamado "Cotavieja" que estaba a más de cuatro leguas del anterior. También le decía que lo esperaba para Nochebuena, que ya eran varios los años que no la pasaban juntos y que tanto su hijo como ella estaban deseando tenerlo a su lado.
El soldado, al verse licenciado, hecho que se produjo más por inútil que por viejo, salió "a escape", con su petate acuestas, cargado éste de mendrugos de pan, única ganancia que el rey le había dado en los cinco años que lo había servido. Iba el hombre bastante perdido por aquellos caminos de Dios, repitiendo el nombre de "Cotavieja" una vez y otra para así no olvidarlo:
Subía por una empinada trocha, desprevenido y feliz, cuando quiso la mala fortuna que tropezase en un pedrusco, dando tal vaivén que fueron él y el petate a estrellarse contra un gran árbol que había junto a la vereda. Fue tal el topetazo que allí no sólo voló el petate, sino que junto a éste también voló el nombre de "Cotavieja", pues ya no fue capaz de recordarlo. Aturdido y magullado, recogió sus enseres y siguió su camino, pero ya no era "Cotavieja" lo que le venía a la memoria, sino "Corralavieja", "Cantalavieja", "Caralavieja", "Culolavieja" y mil más, pero ninguno era el que ponía la carta.
Desesperado porque la noche se echaba encima y porque no veía un alma por aquellos caminos, quiso el azar, como queda dicho, que viniese a tropezar con el Señor y San Pedro que venían de hacer milagros de una aldea cercana y, dirigiéndose a éste último, porque era mayor y le parecía de más respeto, le preguntó:
-Oiga, señor, ¿podría decirme por dónde se va hasta la aldea de "Cabralavieja"?-, pues éste fue el último nombre que le vino a la mente.
San Pedro que no llevaba cara de buenos amigos, primero soltó una gran carcajada por lo del nombre y luego le dijo con voz malhumorada:
San Pedro que no llevaba cara de buenos amigos, primero soltó una gran carcajada por lo del nombre y luego le dijo con voz malhumorada:
-¿Acaso no sabes leer, mendrugo? ¿No has visto, "so zoquete", el letrerillo que hay en la encrucijada de los caminos?
El soldado no quería que supieran que era analfabeto y ante la respuesta agria del Santo, le contestó que no había visto el rotulillo, que iba distraído por la mucha ansia que tenía de llegar a su casa, para ver a su mujer y a su hijo, a los que no veía desde hacía años y que quería pasar la Nochebuena con ellos. San Pedro, dando muestra de no querer atender a más razones, aligeró el paso, mientras el Señor, al observar la respuesta avinagrada y desabrida de su acompañante, no quiso quedar al margen y se dirigió al soldado diciendo:
-¿Qué es lo que busca, buen hombre?
-Mire, señor, soy soldado que vuelvo de servir al rey y ando desorientado, pues hace muchos años que me marché y ahora regreso con mi mujer y mi hijo. Quisiera saber si éste es el camino de "Correlavieja".
-¿Cómo dice "Correlavieja" si a mi acompañante le ha dicho "Cabralavieja"?
-Bueno, no sé. Mi mujer pone "Correlavieja" en una carta que me escribió hace unos meses.
-Buen hombre, -replicó el Señor en tono siempre pacífico y amigable-, no se conoce por estos confines aldea que lleve ninguno de esos nombres. ¿Está usted seguro que su nombre es "Correlavieja"?
-Así creo, señor; eso es lo que yo leí.
El Señor, al que nada se le escapa, sabía que el soldado no sabía leer y que había olvidado el nombre, así que le preguntó si llevaba la carta en el hatillo para leerla de nuevo. El soldado no quería que vieran el pan por miedo a que se lo robasen, pero, ante la insistencia del Señor, no tuvo más remedio que abrir el morralillo y sacarla. Fue en ese momento cuando San Pedro vio el pan, con lo que la boca se le hizo agua por la mucha hambre que tenía, así que le dijo que le daría un maravedí si le daba un corrusco de aquellos.
-Señor, yo no vendo el pan, que lo quiero para mi mujer y mi hijo, para tener comida para la Nochebuena, pues somos muy pobres. Ella pasa el día lavando la ropa de gentes poderosas y apenas le pagan un maravedí al día y yo sólo traigo esto.
Intervino de nuevo el Señor, diciéndole a San Pedro:
-No seas pejigueras, Pedro, que los maravedíes no son suyos, sino de los dos. Si quieres que te de un corrusco de su pan debes leer la carta que lleva, pues el pobre no ve bien.
De esa forma el Señor no quiso humillar al soldado, y sí dar una lección de humildad al Santo, que tampoco sabía leer.
-Señor, -dijo San Pedro-, bien sabes que se me cayeron las gafas en el pozo cuando fui a sacar agua y desde entonces ni las letras grandes veo.
-Vale, Pedro, por esta vez pase, pero la próxima lectura la harás tú, ¿de acuerdo?-, pues tampoco quiso dejar en mal lugar a su compañero de fatigas-. Ahora veamos lo que dice la carta.
Cuando ya la hubo leído, le dijo, muy contento, al soldado:
-Vaya, hombre, la aldea a la que te diriges se llama "Cotavieja" y hacia allá vamos nosotros también, aunque no sé si podremos llegar, pues el cansancio es mucho y, además, no hemos comido en todo el día. También queremos llegar para celebrar la Nochebuena, pero,...,ya ves, ya ves lo agotados que estamos.
Quería el Señor de esta forma poner a prueba la generosidad del soldado.
Éste que recordó de golpe el nombre de la aldea, dudó si aliviar o no con su pan la fatiga de aquellos hombres, pero, más por conveniencia que por otra cosa, abrió el morral y sacó tres mendrugos, dando uno a cada uno y otro para él. Se sentaron a la vera del camino, engullendo con voracidad, en especial San Pedro, el duro corrusco y siguiendo después la marcha los tres juntos, hablando de unas cosas y otras y, en especial, de cómo pasarían Nochebuena y Navidad. El soldado volvió a comentar al Señor, que iba tomando buena nota de lo que le decía, lo pobres que eran y que quizás sólo tendrían aquellos mendrugos para toda la Navidad.
Éste que recordó de golpe el nombre de la aldea, dudó si aliviar o no con su pan la fatiga de aquellos hombres, pero, más por conveniencia que por otra cosa, abrió el morral y sacó tres mendrugos, dando uno a cada uno y otro para él. Se sentaron a la vera del camino, engullendo con voracidad, en especial San Pedro, el duro corrusco y siguiendo después la marcha los tres juntos, hablando de unas cosas y otras y, en especial, de cómo pasarían Nochebuena y Navidad. El soldado volvió a comentar al Señor, que iba tomando buena nota de lo que le decía, lo pobres que eran y que quizás sólo tendrían aquellos mendrugos para toda la Navidad.
Cuando llegaron a la entrada de la aldea se separaron, yendo el soldado en busca de la casucha donde le aguardaban su mujer y su hijo. Al llegar se abrazaron y seguidamente él fue a mostrar los trocillos de pan que les traía, con lo que esperaba poder pasar las Navidades. Pero,...¡vaya sorpresa!, pues al abrirlo, vieron que dentro ya no había corruscos de pan duro y florecido, sino brillantes pepitas de oro con lo que tendrían para pasar todas las Nochesbuenas y todas las Navidades que les aguardaban durante el resto de sus vidas. Y así es cómo terminó este cuento del "SOLDADO QUE NO SABÍA LEER", pero que inmediatamente fue a la escuela para aprender, pues junto con la salud, es el mayor bien que las personas pueden poseer.
Y "colorín colorado", que este cuento se ha acabado.
"Rebaná": por "rebanada" corte fino y pequeño que se hace en el pan.
"Torcía" del candil: mecha que se usaba en los candiles. Un extremo estaba introducido en aceite del que se alimentaba para alumbrar. El otro extremo era el que estaba encendido.
Verse licenciado: se denomina así al hecho de finalizar el servicio militar y conceder al soldado la licencia para marchar a su casa.
Salir "a escape": salir rápido, de prisa.
Petate: especie de saco en el que el soldado llevaba sus pertenencias.
Mendrugo de pan: trozo de pan seco y duro. Corrusco.
"So zoquete": expresión con la que se indica a alguien que está equivocado o que es tonto.
Pejigueras: pesado, molesto, incómodo.