miércoles, 20 de febrero de 2013

JUAN LANAS

                              RECUPERANDO  RECUERDOS
             
            (PEQUEÑOS RELATOS SUELTOS)


 Angelica "la Mora" vestía de luto riguroso, con un refajo que le caía hasta los tobillos,  pareciendo más una mortaja que otra cosa, y arrastrando unas alpargatas que en otro tiempo habrían sido negras, pero que ahora ya estaban desgastadas y se habían tornado en blanquecinas por los muchos trotes de ir y venir, siempre con un cestillo de esparto colgado al brazo, en el que sólo portaba la esperanza de poder meter  alguna limosna que le dieran aquellas gentes casi tan pobres como ella. Cuando caminaba, mascullaba entre dientes palabras ininteligibles que despertaban la curiosidad de grandes y pequeños, pero que jamás sabíamos qué estaba diciendo ni a qué se debían.
Su cuerpo era extremadamente alto, enjuto y feo, pero su afabilidad era tan extrema que, encontrándose con algún conocido, chiquillo o mayor, no importaba, lo besaba y besaba, sin parar, hasta llegar a la extenuación. Todos la rehuíamos por ese motivo. Eran dignas de ver las algarabías y espantadas que se producían por parte de los muchos jovenzuelos que confluían los martes en casa de "la tía Encarnación la Zopa", así que hacía su aparición Angelica. Yo, en sabiendo de su proximidad, huía despavorido, sin saber hacia donde, pues era tal la aversión que le tomé que no hallaba espacio seguro a mi alcance para escapar de aquellas manifestaciones desmedidas de afecto. A veces  la huida se hacía imposible, como ocurría cuando Angelica iba a casa de mis abuelos  a ayudar en la labor de la almendra. Llenaba entonces mi cara de besos ensalivados que yo odiaba. Me retenía con el besuqueo un tiempo que se me hacía interminable y, mientras me besaba, sujetándome como a  un prisionero, no paraba de calificarme con la palabra "¡mosico, mosico, mosico mío,...!" una vez tras otra y que, según mi madre, se correspondía con "hermosico". Así que  ponía fin a aquel terrorífico castigo,  me perdía buscando un espacio seguro y allí  me limpiaba el rostro, con lo primero que hallaba a  mano, hasta casi ensangrentarlo, no saliendo de mi escondite hasta no tener la seguridad de la  ausencia de aquella mujer.
Vivió ella siempre en una muy pobre casilla, en compañía de la madre y de una hermana que estaba loca y que  hasta su muerte la tuvieron recluida en un cuartucho sin ventilación, oscuro como "bocalobo", con una puerta con barrotes de hierro y con unas granzas en el suelo como único mobiliario. Dicen que día y noche se oían alaridos y gritos de los que, hasta los más valientes,  escapaban empavorecidos, pues parecía aquel un endemoniado y aterrador lugar. Un día cualquiera, de un año sin número, se apagaron los gritos y los alaridos de "la loca"  y entre dos hombres y una borriquilla la llevaron al cementerio dejándola allí, mezclando su cuerpo y sus aullidos con la tierra, para siempre.
La madre no tardó en acompañarla, pues pienso que de tal forma había aprendido a vivir con aquellos desgarradores chillidos  que cuando le faltaron, su propia vida quedó vacía y buscó la cercanía de la hija para, tal vez, oír en la muerte lo mismo que había oído en vida.
Cuando ya habían enterrado a "la loca", un día helado de febrero, me puso mi abuela la ropa limpia, prometió comprarme media libra de chocolate "Tárraga" que llevaba en su interior un cuento de Calleja, subimos en la burra y, más engañado que otra cosa, me llevó de visita a la casa de aquella mujer, "la tía María la Mora", como la llamaban. Tuve ocasión aquella tarde de contemplar la miseria cogida de la mano de la resignación a la espera ya de una partida que no tardaría en llegar. Al poco rato de estar allí, llegó la hija con su cesto casi vacío,  pues en él había una naranja y poco más. Después del odiado besuqueo me ofrecieron la naranja que yo acepté. Jamás olvidaré la generosidad y desprendimiento de aquellas  pobres que, sin tener nada, ofrecían todo, a diferencia de los que tienen algo y nada dan.
Allí permanecimos un rato, pegados a la chimenea, con una raquítuica lumbrecilla, hasta que mi abuela, una vez que di fin  a la naranja, me permitió ir a jugar con unos niños que  había en la calle y que se arremolinaban junto a un viejo que tomaba el sol en un poyete, al que le escuché este maravilloso cuento:

                      JUAN LANAS

Hace mucho, mucho tiempo, vivía Juan Lanas en una pequeña y perdida aldea  junto a su mujer, la cual le tenía tomada la medida a Juan. Era difícil bregar con él, pues éste iba más que sobrado en algo de torpe y en mucho de terco, pues tanto lo era que siempre hacía la contra en todo a quien se pusiese delante y no había otra razón que valiera que la suya.


No había día o noche que no tuviera alguna refriega con la mujer por cualquier motivo, siendo ella cien veces más lista y astuta para todo. Pero, ..."¡que si quieres!", pues el muy lelo jamás aceptaba sus torpezas, ni se ponía de acuerdo con ella, y menos aún aceptaba estar en un error.

El caso es que se presentó un tiempo de hambrunas y miserias y Juan Lanas, un buen día, dijo "adiós" a la mujer, dejó la aldea y se dirigió a buscar algún trabajillo que le sirviera para remediar la escasez por la que estaban pasando. Anduvo y anduvo leguas y más leguas. Preguntó y pidió trabajo por todas partes, pero en ningún lugar lo admitían ya que sólo con tratarlo se daban cuenta de su cabezonería, pues al igual que con la mujer, siempre decía " no" a lo que los demás decían " sí", o al revés. Caminó tanto que casi llegó a la otra parte del mundo. Fue allí donde encontró, en un lugar muy solitario, entre cerros y barrancos, una casa casi deshabitada, pues en ella sólo habitaba una mujer, Manuela, que nunca había estado casada, y andaba necesitada de ayuda para el cultivo de las tierras, el cuidado de los animales  y algunos otros menesteres.

Fue Juan a tropezar por allí una oscura noche de invierno, dando traspiés, pues no se veía ni gota, caían chuzos de punta y el fuerte viento lo tambaleaba como un juguete. Así que divisó a lo lejos una débil lucecilla que aparecía y desaparecía a merced del intenso viento y la lluvia,  se dirigió hacia allí.

 -¡Tac tac!, - tocó varias veces en la puerta. La mujer salió a abrir y le hizo pasar para así librarlo de aquella noche de infierno.

-Buen hombre, ¿qué le trae por aquí a estas horas?

-Mire, mujer, ando perdido. Vengo de muy lejos y llevo más de una semana buscando trabajo. Mi mujer y yo lo estamos pasando mal, pues no hay cosechas ni pasto en el campo para los animales, pues hace más de dos años que no llueve y he decidido buscar trabajo para llevar algunos maravedíes a mi mujer.

-No se preocupe, buen hombre. Podrá quedarse aquí por un tiempo y me hará algunos trabajos y guardará el ganado. Los días de lluvia hará rajas de leña en el chozón y echará paja  a las ovejas. ¿Qué le parece? Yo le pagaré bien.

A punto estuvo Juan Lanas de hacerle la contra a la mujer en varias cosas, sobre todo en qué hacer con el ganado los días de tormenta, pero se contuvo, ya que se lo había encargado seriamente  su mujer y más que nada porque temía salir despedido aquella misma noche,... ¡con la que estaba cayendo fuera!

-Vale, buena mujer. Se lo agradezco y me pongo a su servicio para todo cuanto quiera-, manifestaba Juan a cuanto Manuela decía, no sin estar carcomiéndose.

Atizó  la mujer el fuego y luego que hablaron, le puso la cena con unas longanizas y una buena hogaza de pan  que sabían a gloria. Ya que se calentaron y hablaron, a la vez que el gato ronroneaba junto a las cenizas de la chimenea, le indicó la mujer el catre en el que debía dormir y que estaba junto al suyo, pues sólo existía aquella habitación con camas en toda la casa, salvo que quisiera hacerlo en el pajar o en el cobertizo del horno. Puso el hombre sus reparos, pero prefirió el catre, pues así aliviaría mejor el frío. La mujer era bravía y roncaba más que una manada de leones. Pese a eso él durmió profundamente la primera noche, pero no así  la siguiente, ni  la siguiente ni las otras, pues a los ronquidos hubo  que sumar otros menesteres que bien se pueden imaginar, trabajando, a veces, más de noche que de día. Pronto le mermaron las fuerzas y empezó Juan a tener miedo por si no podía escapar de las garras de aquella tigresa, así que no tardó en pedir la cuenta, diciendo que había dejado a su mujer enferma y que  quería regresar. Manuela, a regañadientes, le dio veinte maravedíes, y Juan cogió  su hatillo  y salió zumbando camino adelante, huyendo de aquel terrible volcán en el que había estado dos semanas.

Iba alegre, pues se había ganado unos maravedíes y seguro que su mujer se pondría también muy contenta. Pero, ...-"¿cómo no llevarle un regalo, un detalle?"- pensó para sus adentros. Y..., pensando, pensando, decidió parar en la primera aldea que encontrara y comprar media arroba de lana para relleno del colchón y la almohada, que buena falta tenían.

Y dicho y hecho, tropezó con una aldea y un tendero le pesó la media arroba por cinco meravedíes. Juan se la echó al hombro y prosiguió su camino. No habría andado un cuarto de legua cuando, muy apesadumbrado, dio en cavilar lo siguiente:

-El tendero me ha engañado. Me ha cobrado media arroba de lana, pero sólo  ha debido echar un cuartillo de arroba, pues quizás ni eso pesa este hatillo.

Un buen rato estuvo sentado en un mojón del camino con el remordimiento del que se siente engañado y a punto estuvo de volver e ir al señor juez para denunciar al tendero; pero Juan era enemigo de juicios y prosiguió su camino. Anduvo y anduvo por trochas y veredas hasta que llegó a otro mojón sentándose de nuevo a descansar. En ese momento ya dudaba y creía que había sido un malpensado, que el tendero era un hombre justo y que había hecho bien en no ir al juez, pues el hato a buen seguro que pesaba justo la media arroba que había comprado. Así que decía para sí:

-No debemos los hombres pensar mal de los demás, pues el tendero ha sido justo en el peso y yo un desconfiado.

Ya que hubo descansado sobradamente, cogió el hatillo y prosiguió camino adelante. Cada vez la lana se le hacía más pesada y así que hubo llegado a otro mojón, aprovechó de nuevo para descansar. Ya entonces decía para sus adentros:

-El tendero ha debido equivocarse, pues bien parece que aquí viene, no media arroba, sino que deben venir tras cuartillas de arroba, al  menos. Bien haré si regreso y le devuelvo lo que es justo, pues no está bien que me quede con lo que no me pertenece.

Con ese remordimiento andaba, cuando cargó de nuevo el hatillo y continuó andando hacia su casa, que ya estaba a menos de media legua. Ya estaba la casa  a la vista cuando halló otro mojón. Tal era el cansancio que decidió parar un poco antes de llegar. La mujer que lo vio, no esperó a que llegara, sino que se fue adonde estaba Juan, diciéndole:

-Marido, ¿qué haces ahí sentado?

-Ya ves mujer, rendido llego, pues te he comprado media arroba de lana para los colchones, pero el tendero se ha equivocado y, seguro que en vez de media,  ha echado una arroba completa. Justo es que vaya y se la devuelva, ¿no crees?.

La mujer, que sabía cómo era de simple y las pocas luces que tenía, le contestó:

-Juan, ¿cómo dices que te ha echado una arroba en vez de media? ¿Acaso la has pesado tú?

-No, mujer, pero por lo que pesa sé que debe de haber una arroba o más.

-¡Quita, hombre! Vamos ahora al vecino que tiene una buena romana con la que pesa los cerdos y ya veremos cuánta lana traes en el fardillo.

Así hicieron y, al pesarla, comprobaron que en el hato había justamente media arroba. De esa manera Juan pudo entender una vez más que su mujer sí que era lista y en todos sus juicios llevaba siempre razón, aunque él no se la quisiera dar. Desde entonces Juan confió en la palabra y buen entender de ella y nunca más le contradijo en sus decisiones.

Y colorín, colorado que este cuento se ha acabado.

GLOSARIO:

Refajo: falda que llevaban las mujeres encima de las enaguas..
Luto riguroso: ir de negro de pies a cabeza, incluso cubriendo ésta con pañuelo o mantón.
Granzas: paja más recia y dura que queda como residuo tras separar la paja y el grano en la trilla.
Chiquillo: persona de corta edad. Niño.
Algarabía: alboroto, jaleo.  Griterío o parloteo bullicioso y confuso de gente que grita o habla a la vez.
Chocolate "TÁRRAGA": marca de chocolate que durante un tiempo encerró en la envoltura librillos de cuentos de Calleja.
Poyete: asiento de obra que hay cercano a la puerta de algunas casa en el campo.
Bregar: luchar, batallar contra las dificultades para superarlas. Afanarse.
Legua: (Wikipedia) La legua (proveniente del latín leuca) es una antigua unidad de longitud que expresa la distancia que una persona, a pie, o en cabalgadura, pueden andar durante una hora. Su equivalencia no es la misma en todos los países, ni siquiera en todas las provincias. La legua castellana tiene una equivalencia entre 5.572 y 5.914 metros.
Caer chuzos de punta: lluvia acompañada de nieve y con frío intenso.
No verse ni gota: estar completamente a oscuras. No ver nada.
Maravedí: (Wikipedia) El maravedí fue una antigua moneda española utilizada entre los siglos XI y XIV, que también sirvió como unidad de cuenta hasta el siglo XIX
Rajas de leña: leña troceada mediante un hacha. Se hacía con los grandes troncos para facilitar su uso en la chimenea.
Chozón: choza próxima a las viviendas en el campo que servía para resguardar animales, bien del calor o del frío y la lluvia.
Longaniza: embutido que se hacía con magra y tocino del cerdo, condimentado con pimentón rojo y otras especies.
Pajar: lugar en el que se guardaba la paja después de la trilla y con  la que se alimentaba a las bestias y otros animales.
Cobertizo: Construcción hecha con materiales toscos que sirve para resguardar de la intemperie personas, animales o cosas.
Regañadientes: cuando algo se hace de mala gana, protestando.
Arroba: (Wikipedia) Una arroba equivalía a la cuarta parte de un quintal, es decir, 25 libras en Castilla, 26 en Cataluña y 36 en Aragón (11,502, 10,4 y 12,5 kg respectivamente).[1] El término proviene del árabe الربع (ar-rubʿ), con el significado de 'el cuarto, la cuarta parte'. 
Mojón: piedra hincada en un terreno y que separa lindes de propiedades o de territorios (municipios, provincias, etc.) Suele estar clavada de forma vertical y acompañada por otras dos piedras laterales en forma horizontal. 
Tener pocas luces: no ser listo, astuto. Ser tardío para darse cuenta de las cosas.
Romana: (Wikipedia) La romana (del latín statera romāna, estátera) es un instrumento que sirve para pesar. Se compone de una palanca de brazos muy desiguales, con el fiel sobre el punto de apoyo. El cuerpo que se ha de pesar se coloca en el extremo del brazo menor, y se equilibra con un pilón o peso constante que se hace correr sobre el brazo mayor, donde se halla trazada la escala de los pesos.

                                                         ROMANA
              
                                                                                                            
                                                         
                                      MOJÓN                             MARAVEDÍ
                                                            
                                                

             
                               Cuentos de CALLEJA               CHOZÓN