martes, 26 de marzo de 2013

BLANCAFLOR


      RECUPERANDO  RECUERDOS
             
          (PEQUEÑOS RELATOS SUELTOS)

                    UNA NOCHE INFERNAL


Ocurrió por marzo, mes del que dice el refrán “Marzo engañador ,  un día malo y otro peor.  Aquel día había sido un día extraño. Negros nubarrones amenazaron desde temprano, como una serpiente que enseña su terrorífica cabeza, con violentar el permanente ajetreo de las gentes de aquel apacible lugar, aunque no fue hasta la noche que se dejaron venir con el furor  de una alimaña que se abalanza sobre una indefensa presa, mientras vomitaba granizo, agua, rayos, centellas y truenos por igual, con tal bramido y furia que todos creíamos que sería aquella nuestra última noche. Durante el día nadie había reparado en que aquellos lejanos y oscuros nublos, que asomaban por la “Ballebona” , podían ser el preludio de una angustiosa noche, salvo el gato “Recaredo”, el único quizás que tuvo la intuición de lo que se avecinaba. 
"Recaredo" , que era un auténtico "Casanova" , solía irse de novias cada dos por tres, regresando, varios días después, magullado y escuálido como una caña de bambú. Rara vez volvía sumiso, más bien todo lo contrario, pues al regreso solía mostrarse arisco, huraño y malhumorado. Así hasta pasado algún tiempo. Aquel día, sin embargo, se mostró adulador y zalamero desde su llegada. Se restregó en todos y cada uno de nosotros y luego se subió a la puerta de media hoja abatible que guardaba la casa. Era su lugar favorito ya que desde allí controlaba tanto  el interior de la vivienda como la calle, a la vez que estaba a salvo del perro “Sultán”, con el que no hacía buenas migas. En aquella posición dormía también siestas interminables. Aquel día  "Recaredo" se marchó de la puerta sin ni tan siquiera esperar a la cena. Más tarde la noche se convirtió en un infierno y hasta llegó a derrumbarse una parte de la pared norte del pajar, cayendo ésta sobre  "Recaredo"  y apareciendo luego aplastado como  un higo seco dentro de una sera. Y no fue  "Recaredo" la única víctima de aquella atroz noche, pues una mujer mayor, habitante de un cortijo no lejano, enemiga total de las tormentas y dada a su conjuro en tanto  hacían sus aparición,  después de haber tirado a la calle las "estrébedes" y también las tenazas en forma cruz, subió al cerrillo que amparaba su casa por la parte de poniente y, quizás antes de empezar su conjuro con la oración de "Virgen de Belén, hija de Santa Ana, haz que esa nube mala eche por sierras y montañas, donde no haga perjuicios ni  a cristianos, ni a animales ni a las almas", ya debió ser víctima del furor implacable de la Naturaleza, pues al siguiente día la hallaron completamente carbonizada por el furor de un rayo.
La noche pintó toda entre la más tenebrosa oscuridad  y la luz cegadora de los relámpagos, que se alternaban, aunque estos últimos impusieron su valía sobre la primera. Nosotros sólo disponíamos de un candilillo, cuya llama oscilaba de un lado a otro, como amedrentada también por aquel estado apocalíptico.  Agua, viento y granizo castigaban la vivienda, pareciendo querer taladrarla por sus cuatro costados. Primero fueron goteras por acá o por allá, pero pronto se fueron convirtiendo en grandes chorros que, como cordeles, se desplomaban desde el techo a la vez que inundaban gran parte de los habitáculos. El pánico se apoderó  de todos  nosotros y  tan pronto nos agolpábamos junto a la chimenea como nos desperdigábamos sin destino hacia cualquier parte de la vivienda. Uno tras otro se fueron sucediendo los frentes como en una endiablada jauría que ataca con el propósito de hacer sucumbir a su presa. Mi abuela no paraba de decir una y mil veces aquello  de Santa Bárbara bendita, en el cielo estás escrita con papel y agua bendita, Padre Nuestro, amén Jesús”, pero de poco servía. Mi madre, mi abuelo y mis tíos tan pronto recogían agua como se quedaban petrificados por la luz cegadora de los relámpagos que inundaban de luz  la casa por las rendijas de la vieja puerta de la calle, o por el estruendo seco y rotundo de los truenos. Yo me refugié en la cama, el lugar más seguro, a mi entender, sin poder pegar ojo, aterrado por las furias desatadas aquella noche, y pretendiendo, sin éxito alguno, distraer la mente con un cuento que aquel mismo día me contara mi tío mientras escobillábamos garbanzos. Es uno de los más maravillosos que jamás había escuchado. Es el cuento de :


                         BLANCAFLOR

Cuentan que había una vez un joven que estaba metido de lleno en el vicio del juego de cartas. Igual jugaba a la brisca que a la ronda, al julepe que al truco, a las siete y media que al cinquillo, al “subastao” que al chinchón. A tanto había llegado su vicio que no hacía otra cosa, teniendo por tal motivo muy desconcertados y confundidos a sus padres y hermanos. El padre, que era muy poderoso, se sentía avergonzado del hijo y decidió un día hacerle una casita en las afueras de la aldea y que de esa forma hiciese lo que quisiese y permaneciera alejado de la familia, por el mal ejemplo que estaba dando. El joven se marchó a la casilla y allí recibía de día y de noche a todos los que como él estaban metidos en aquella perdición de las cartas. Pero una noche no se presentó nadie y tan desesperado se puso que no se le ocurrió otra cosa que decir:
-¿Por qué no vendrá nadie esta noche? Yo jugaría aunque fuese con el mismísimo diablo.
A todo esto tocaron a la puerta, salió a abrir y halló a un señor alto y seco, vestido todo de negro, que le dijo:
-¿Puedo pasar?
-¿Quién es usted? ¿Qué desea? - preguntó el joven
-Como me has llamado, aquí estoy-, respondió el diablo.
-¿Cómo? ¿Que yo le he llamado?
-Sí. ¿No acabas de invocar al diablo para que juegue contigo unas partidas? Pues aquí me tienes.
-¡Ah!, … pues sí, sí. Pase y siéntese que ahora mismo empezamos la partida.
Fue así como jugaron y jugaron durante toda la noche, sin parar. Y  todas las partidas las ganaba el joven. Ya casi era de día cuando dijo el demonio:
-Ya se me ha terminado el dinero y lo único que ya puedo jugarme es la vida.
El chico, al ver que había ganado todas las partidas, pensó que también le ganaría la vida al demonio, así que decidió jugársela. Se liaron, dale que te pego, a jugar y jugar, pero en aquella ocasión ganó el diablo.
-Te he ganado la vida, así que déjalo todo y vente conmigo. De mi no te podrás librar si antes no superas las tres pruebas de la vida que te voy a poner.
-Permítame, al menos, que vaya  a despedirme de mis padres- suplicó el joven.
-De acuerdo, pero en menos de tres días te quiero en el castellón de Olías. Si no vas, te buscaré y te mataré.
El muchacho fue a ver a sus padres y cuando transcurrieron los tres días cogió su caballo y salió hacia el castellón. Atravesó pueblos y ciudades, llanuras y montañas, valles y cerros. Por más que caminaba, no daba con él, hasta que se encontró con un viejo, al que le preguntó:
-Por favor, buen hombre, ¿puede decirme dónde se halla el castellón de Olías?
-Pues no, hijo, no lo sé, pero no te preocupes que esta noche le preguntaré a mi hermano, que seguro él lo sabrá y te lo dirá. Pero como el hermano no lo sabía tampoco, éste le dijo que le preguntara a una vieja, muy vieja,  que todo lo sabía y a buen seguro que aquello también lo sabría. Sin embargo, tampoco ésta conocía el lugar del castellón y decidió mandarlo a un solitario ermitaño que habitaba en las montañas, pues éste sí que lo sabía todo. Cuando llegó, preguntó el joven al ermitaño:
-Señor, ¿sabría decirme dónde está el castellón de Olías?
-Sí, sigue todo adelante, adelante, y encontrarás a una vieja. Ella te lo dirá.
Tal y como le había dicho el ermitaño hizo el muchacho, hasta que halló a la vieja. Cuando estuvo con ella, la mujer le dijo:
-Ahora llegarás a un bosque y encontrarás dos leones. Toma estos dos panes y échale uno a cada uno y así no te harán daño. Después continúa el camino en tu caballo hasta que halles un águila enorme. Es “el ave Alimaña, que nunca miente ni nunca engaña.” Ella te conducirá a tu destino.
Subió el joven en su caballo  y prosiguió su camino hasta dar con los leones a la entrada del bosque, haciendo como le había indicado la vieja, echando  un pan a cada uno. De esa forma pudo continuar adentrándose por aquella selva hasta dar con el águila que le prometió llevarlo hasta el castellón, pero si le daba la carne que necesitaba para alimentarse en el camino. El muchacho no tuvo más remedio  que descuartizar su caballo para satisfacer al águila. Lo hizo cuatro trozos y los metió en un saco. En cuanto fue de día emprendieron el viaje, colocando  el saco en el cuello del ave. Atravesaron llanuras y montañas hasta llegar al mar. De cuando en cuando el ave pedía carne, hasta que ya no quedó más. El águila dijo que se lo comería a él, pero de pronto se acordó que si lo hacía rompería la promesa que había hecho de llevarlo sano y salvo hasta el castellón y por eso desistió de aquella idea. Voló y voló sobre el mar hasta divisar tierra, dirigiéndose hacia una elevada roca y junto a ella había una fuente. Llegó hasta allí y, posándose sobre la roca, dijo al joven:
-De aquí ya no puedo pasar, pero escucha bien lo que voy a decirte: cada tarde vienen a bañarse en esa fuente tres palomas. En cuanto llegan se despojan de sus trajes de pluma y salen tres muchachas que se meten en el agua.  Cuídate de ellas, pues son las hijas del diablo. Sólo de la más pequeña, Blancaflor, te puedes fiar. Si logras su ayuda, triunfarás.
Una vez que hizo esta advertencia al joven, el ave emprendió su vuelo, dejándolo solo. Él se escondió tras unos arbustos y esperó a que llegaran. Al rato aparecieron las tres palomas que se posaron junto a la fuente. Entonces la mayor dijo:
-"¡Yo,  mujer!"Se desprendió del traje de plumas, se convirtió en mujer y se metió en el agua. A continuación la segunda paloma hizo lo mismo, dijo lo de “¡yo, mujer!”, se quitó el traje de plumas y se metió en el agua. La paloma más pequeña se hacía la remolona y las otras dos le decían:
-Venga, Blancaflor, métete en el agua que está muy tibia y jugaremos las tres.
Al final hizo lo mismo que sus hermanas, se despojó del traje de plumas y se metió con ellas. Entonces el joven salió de su escondite, cogió el traje de Blancaflor y lo escondió. Al rato las tres chicas salieron del agua y dijo la mayor:
-Vámonos que es tarde y padre nos puede castigar.
Y diciendo “¡Yo, paloma!”,  volvió a convertirse en paloma. Lo mismo hizo la segunda hermana, pero no así Blancaflor, pues no encontraba su traje de plumas.
-¡Vamos!- decían las hermanas.- Padre nos castigará si llegamos tarde.
-Bueno, id vosotras por delante que ya os alcanzo yo-, propuso Blancaflor. Una vez que se quedó sola, decía:
-Si quien cogió mi traje me lo diera, yo lo sacaría de cualquier apuro en el que estuviera.
A todo esto el chico salió de su escondite diciendo:
-Mira a ver si es éste.
-Éste es. Dime que problema tienes.
-Pues que me puse a jugar  a las cartas con el diablo, apostamos la vida  y me la ganó y ahora tengo que ir a servirle al castellón de Olías.
-¡Ay, que tontos sois los hombres! Pero no te apures que yo te salvaré.  No digas que has estado conmigo. Primero me iré yo y cuando haya pasado un rato te vas tú. Deberás cruzar ese cerro y ya verás al otro lado el castillo de mi padre.
E inmediatamente Blancaflor se convirtió  en paloma y salió volando. Al poco el chico emprendió el camino y se fue hacia el castillo. Cuando llegó tocó a la puerta  y salió el diablo a abrirle, que lo saludó diciéndole:
-Así me gusta que sean los hombres, cumplidores de su palabra, aunque ya estaba pensando que no vendrías y preparando mi caballo para ir a buscarte.
-Pues ya ve, señor, aquí estoy como prometí, dispuesto a obedecerle en todo lo que me  ordene.
-Primeramente comerás, pero no es bueno que seas un holgazán, así que deberás empezar a trabajar de inmediato.
-Como mande, mi señor.
-Ya que comió y descansó, le dijo el demonio:
-¿Qué ves allá a lo lejos?
-Un gran cerro, mi señor.
-Mañana deberás desmontarlo, sembrarlo de trigo, segar, trillar y hacer el pan. Al mediodía quiero comer de ese pan. Si no lo haces me cobraré con tu vida.
Salió muy preocupado el joven, con el rostro descompuesto por lo imposible de llevar a cabo tan desproporcionada labor. A todo eso, se tropezó con Blancaflor que al verlo en ese estado de desesperación, le preguntó:
-¿Qué te ocurre? ¿Por qué esa cara tan descompuesta?
-¿Que qué me pasa? Que soy hombre muerto.
-¿Por qué?
-Tu padre me ha mandado desmontar ese cerro, labrarlo, sembrarlo, segar, trillar y tener el pan cocido para mañana al mediodía. ¿Cómo podré hacer eso? Es imposible. Mañana estaré muerto.
-¿Eso te ha mandado mi padre? Bah, no te apures. Ve al monte y espera que pronto iré yo.
Así hizo el joven, pero cuando llegó ya estaba Blancaflor allí, sentada bajo una gran sombra, esperando, y le dijo:
-Tú no estés triste, siéntate aquí y duerme, que de lo demás ya me encargo yo.
Y así hizo Blancaflor, pues, en cuanto el joven se durmió, sacó ella un acerico, lo puso en el suelo, dio unas palmadas y los alfileres empezaron a convertirse en duendecillos, saliendo éstos por todas partes. Entonces mandó a unos a que desmontaran el cerro, a otros a labrar y sembrar, a otros a segar y trillar y otros a llevar la harina al horno y a hacer el pan. De esa forma, a la hora marcada del mediodía ya estaba el pan cocido y metido en una cesta que el joven llevó, entusiasmado, al diablo.
-Tú eres más demonio que yo o aquí ha puesto su mano Blancaflor-, dijo el demonio.
-Ni yo soy diablo ni conozco a esa Blancaflor de la que me hablas-, contestó el muchacho.
-Vale, toma la tarde libre pues mañana tendrás que hacer otro trabajo.
Al día siguiente, lo mismo, comió y bebió el joven todo cuanto quiso y seguidamente le dijo el diablo:
-No es bueno que seas holgazán, así que ven conmigo.
Lo subió a una torre del castellón y le mandó que se asomara a un patio interior, diciéndole:
-¿Qué ves ahí?
-Ahí veo una enorme serpiente de siete cabezas, mi señor.
-Pues ahora deberás convertirla en el mejor caballo de mi cuadra y me lo traes bien domado.
De nuevo el joven marchó pensativo y asustado por lo que le había mandado el demonio. Cuando ya se dirigía por los laberintos del castillo hacia el patio, se encontró con Blancaflor, que le preguntó:
-¿Por qué llevas esa cara? ¿Acaso te ha mandado mi padre algo imposible?
-¿Qué si me ha mandado algo imposible? Pues nada menos que apalear a la serpiente de siete cabezas hasta convertirla en el mejor de sus caballos. ¿Cómo podré hacer eso?
-Bah, ¿por eso te preocupas? No te apures. Ahora te llevas siete cañas de bambú que yo tengo guardadas. Con cada una de ellas das una buena paliza a cada una de las cabezas de la serpiente y cuando ya esté abatida se convertirá en caballo. Ya verás.
Cogió el chico las cañas y se dirigió al patio donde la serpiente resoplaba con terroríficos silbidos, batiendo su enorme cuerpo a la vez que soltaba latigazos capaces de matar a  un toro con cada uno de ellos. Por las siete bocas escupía un fuego infernal, alargando sus lenguas hacia todos los rincones del recinto. Pero el joven hizo tal y como le había indicado Blancaflor y con las cañas da bambú fue doblegando los aterradores y fieros latigazos de aquel monstruo y las embestidas de aquellas espeluznantes cabezas, hasta lograr abatirla por completo, convirtiéndose, al instante, en un majestuoso y bello caballo al que pudo domesticar y adiestrar en tan sólo unos minutos. Lo sujetó de las riendas y se dirigió hacia donde estaba el diablo, diciéndole:
-Señor, aquí tiene el caballo, tal y como me ordenó.
El demonio empezó a ponerse furioso, pues veía que no lograba vencer al muchacho y le dijo:
-O tú eres más demonio que yo o detrás anda Blancaflor.
-Señor, ni yo soy demonio ni conozco  a esa tal Blancaflor.
-Vale, ahora descansa que mañana tendrás un nuevo trabajo.
Así lo hizo el joven, sabiendo que cada día sería más difícil superar lo que el diablo le imponía. A la mañana siguiente, tras haber comido sobradamente, le dijo el demonio:
-No es bueno que seas holgazán, así que ven conmigo.
Subieron a una torre del castellón y le dijo el diablo:
-¿Qué ves allá, a lo lejos?
-Veo el mar, señor.
-Pues bien, ahora deberás ir hasta allí y bucear hasta hallar una sortija que mi tatarabuela perdió. Si no la traes me cobraré con tu vida. Pero si lo logras ya habrás superado las tres pruebas y podrás regresar, libre, a tu casa.
Salió el muchacho cabizbajo y abatido, pues ni nadar sabía, ya que había dedicado la vida sólo al juego. Pero de nuevo se encontró con Blancaflor a la que le contó el desafío al que lo sometía su padre. Blancaflor le dijo:
-Debemos tener cuidado, pues mi padre anda muy receloso, sospechando que soy yo quien te saca de los apuros. ¿Qué es lo que te ha mandado hoy?
-Me ha ordenado que vaya al mar y busque una sortija que su tatarabuela perdió.
-No te preocupes que yo te ayudaré, pero tendrás que hacer tal y como yo te diga. De lo contarrio, peligras tú y peligro yo. Deberás llevar un cestillo y un cuchillo y esperarme junto al mar.
Así hizo el joven. Cuando llegó ya estaba Blancaflor allí, esperando con un guitarrillo.
-Ahora, – dijo Blancaflor-, debes matarme con el  cuchillo, hacerme tajadillas y meter todo en el cestillo. Recuerda que nada deberá caer en la arena.
-Eso sí que no lo haré yo-, respondió el muchacho.
-Pues si no lo haces seremos muertos tú y yo. Cuando tengas las tajadillas hechas, tiras el cestillo al mar y empiezas a tocar el guitarrillo, sin parar. Cuanto más toques antes saldré yo con la sortija.
Así hizo el muchacho, mató a Blancaflor, haciéndola trocitos, metiendo todo en el cesto, pero con la mala suerte de que una gran gota de sangre cayera en la arena. Entonces tiró el cestillo al agua y se puso a tocar el guitarrillo con toda su fuerza “¡tarrán, tarrán, tarrán,…!”. Pero, como Blancaflor no salía, al poco rato se quedó dormido. Entonces  salió Blancaflor diciendo:
-¡Por favor, por tu vida y por la mía, toca, toca,…, no dejes de tocar!
Él se puso de nuevo a tocar y al momento salió Blancaflor de las olas con la sortija en la mano.
-Te dije que nada cayera al suelo y del dedo meñique cayó una gran gota de sangre y ahora se nota el hueco, pero no te preocupes porque eso nos ayudará. Toma, lleva la sortija a mi padre.
Así hizo el muchacho, llegando hasta donde estaba el demonio y diciendo:
-Aquí está la sortija, señor.
-O tú eres más diablo que yo o detrás está Blancaflor.
-Ni yo soy diablo ni conozco a la tal Blancaflor. Yo ya he cumplido con lo que me exigió. Ahora cumpla usted con su promesa.
-Irte te irás, pero antes deberás casarte con una de mis hijas. Y has de elegir sin ver. 
Llevó el padre a las tres hijas a una habitación oscura en la que había una puerta vieja que tenía tres agujeros y mandó que cada una de las hijas metiera un brazo por uno de aquellos huecos. El joven, que estaba al otro lado, debía tantear la mano de cada una y elegir a la que quisiera. Tocó una mano, y no, tocó otra, y tampoco; tocó la tercera y se dio cuenta de la falta del dedo meñique, eligiendo de esa forma a Blancaflor, a la vez que decía:
-A ver, ésta toco, ésta dejo,…¡con ésta me quedo!
-Bien, suéltala que ya sabemos quién es.
-Señor, no la soltaré hasta que vea a las otras dos fuera.
Tuvieron que salir las dos hermanas y el demonio no tuvo más remedio que casar a Blancaflor con el joven. Cuando llegó la noche y  el joven matrimonio estuvo en la habitación, la joven, que sabía más que su padre, le dijo al muchacho:
-Mira, mi padre va a venir esta noche a matarnos, tenemos que huir. Ayúdame a poner estos pellejos, uno de vino y otro de tuera, en la cama y después ve a la cuadra a por un caballo. Verás dos, uno lustroso y otro flaco. Tráete el flaco, que es el del Pensamiento. El otro es el del Viento, que corre mucho, pero el del Pensamiento corre más. Mientras, yo dejaré la cama hecha.
Él fue a la cuadra y cuando vio aquel caballo tan flacucho pensó que no podría con ellos y cogió el del Viento. Ella  colocó los pellejos en la cama como si fuesen personas, tapándolos bien, echó una salivita sobre el pellejo del vino y fue en busca del muchacho que ya la esperaba a la entrada del castillo.
-Pero, hombre, ¿cómo no has cogido el del Viento?
-Es que como el del Pensamiento está tan seco pensé que no podría llevarnos a los dos.
-Bien, ya no podemos cambiarlo, pues no hay tiempo que perder.
Subieron al caballo del Viento y salieron volando. Mientras tanto, el diablo le dijo a la diabla:
-Ya se habrán dormido, ¿no crees?
-Seguro-, contestó la diabla.- ya puedes llamar.
El diablo llamó a la puerta:
-Blancaflor, hija mía, ¿duermes o velas?
Y le contestó la salivita desde el pellejo:
-¡Velo, padre, que todavía no duermo!
-Todavía están despiertos- le dijo a la diabla. Y al rato:
-Blancaflor, hija mía, ¿duermes o velas?
-Velo, padre, que todavía no duermo-, pero ya la voz era más débil. Así cada vez que el diablo llamaba, mientras la salivita no se secó del todo. Cuando ya estuvo seca, sólo pudo decir, casi imperceptible:
-Veeeeeeelo, paaaaaaaaadre……
-Ya está, ya se han dormido- dijo el diablo.
Cogió entonces un gran cuchillo y entró muy despacio, dando primero un  cuchillazo sobre el pellejo de vino. Saltó un chorro que le llegó a la boca, y dijo el demonio:
-¿Cómo puede ser tan dulce y fría la sangre de mi hija?
Luego dio otro tajo sobre el pellejo de tuera que saltó a su boca y decía el diablo:
-¿Cómo puede ser tan amarga y fría la sangre de mi yerno?-, descubriendo así la burla de la que había sido objeto.
-Bien te la han urdido,- le decía la diabla. –Seguro que se habrán llevado el caballo del Pensamiento. Ve rápido a la cuadra a ver qué caballo han dejado.
-Menos mal que se han equivocado, pues el caballo del Pensamiento está aquí. Ahora sí que están perdidos-, contestó el diablo.
Se montó en el caballo del Pensamiento y emprendió su galope tras los jóvenes. Ya los alcanzaba cuando el chico se dio cuenta y dijo:
-Blancaflor, que nos alcanza tu padre.
Allí mismo hizo Blancaflor que el caballo se convirtiera en una huerta, el joven en lechugas y ella en hortelana. Al llegar el diablo le preguntó:
-Oiga, buena señora, ¿ha visto pasar a dos jóvenes a caballo por su huerta?
-Con lechuga y mejorana persona enferma al punto sana.
-No es eso lo que le pregunto, buena mujer.
-¿Está usted sordo?- decía Blancaflor.
-Que no es eso, señora, ¿qué si ha visto pasar por aquí a dos jóvenes a caballo?
-Yo le digo que con lechuga y mejorana, persona enferma, al punto sana.
Así una y otra vez hasta que el diablo, en vista de que la hortelana no le daba otra respuesta, decidió regresar al castellón. Al llegar, le preguntó la diabla:
-¿Los has podido coger?
-¡Qué va! Llegué a una huerta y había una hortelana que sólo decía que “con lechuga y mejorana, persona enferma al punto sana”, y de ahí no la pude sacar. Aquella mujer era sorda o tonta.
-¡Anda que sí! El tonto eres tú, pues seguro que esa era Bancaflor y otra vez se ha burlado de ti. Vuelve de nuevo tras ellos.
Eso hizo el demonio, montar en el caballo del Pensamiento y salir a galope. Mientras, Blancaflor había deshecho el encanto de la huerta y habían seguido su camino en el caballo del Viento. Ya iba otra vez el diablo que los alcanzaba cuando dijo el joven:
-Blancaflor, que nos alcanza tu padre.
-Pues que aquí mismo el caballo se convierta en ermita, tú en ermitaño y yo seré la campana.
Y así ocurrió. Al poco llegó el diablo a lomos de su caballo, el Pensamiento, y preguntó al ermitaño:
-Buen hombre, ¿vio por casualidad pasar por aquí a dos jóvenes a lomos de su caballo?
-¡Talín, talán, talín, talán! El primer toque a misa van a dar.
-Señor, le pregunto que si ha visto a una joven pareja pasar a lomos de su caballo.
Y la misma respuesta:
-¡Talín, talán, talín, talán! El segundo toque a misa van a dar.
Ya aburrido, el diablo subió al caballo y al instante regresó al castellón.
-¿Los has encontrado?- preguntó la diabla.
-¿Qué si los he cogido? En todo el trayecto sólo he encontrado una ermita y a un ermitaño que decía “talán, talín, talán, talín, el primer toque a misa van a dar”. Así una vez y otra, mientras tocaba la campana. Aquel hombre estaba sordo o era tonto.
-Tú si que eres tonto. Seguro que eran ellos y otra vez te han engañado.  El ermitaño es el joven y la campana es tu hija. Ahora iré yo, pues está visto que eres tonto y no lograrás detenerlos.
Montó la diabla en el caballo y salió a galope tras los jóvenes que ya se habían desencantado y seguían su camino hacia el mar en el caballo del Viento. Ya casi los alcanzaba, cuando el muchacho la vio aproximarse y dijo:
-¡Ay, Blancaflor, que ahora es tu madre la que nos persigue!
-No te preocupes. Toma esta horquilla del pelo y lánzala al suelo.
Al instante se formó un inmenso bosque de espinos y matorrales que a malas penas pudo la diabla atravesar, costándole mucho tiempo el conseguirlo y produciéndose heridas por todo el cuerpo, pero sin detenerse por tal de alcanzarlos.
-¡Ay, Blancaflor, que es tu madre ahora quien nos sigue!
-No te preocupes. Toma esta sal y tírala hacia atrás.
Eso hizo el joven y al momento ya había un desierto de sal que se le metió a la diabla por todas las heridas que se había hecho al atravesar el bosque. Daba unos gritos que temblaba la tierra, pero sin detenerse pese a los escozores que la sal le producía en las heridas.
-¡Ay, Blancaflor, que tu madre nos alcanza de nuevo!
-Toma este pañuelo y lánzalo por detrás del caballo.
Así hizo el joven, apareciendo al instante un mar enorme que ni las aves más poderosas podían atravesarlo. Ya la diabla no pudo cruzarlo y decía a grandes voces:
-¡Blancaflor, Blancaflor, vuelve tu cara que al menos te pueda decir adiós!
La joven no hacía caso a lo que su madre le decía y por eso le dijo el muchacho:
-Anda, despídete de tu madre, al menos.
-No, no puedo mirarla, pues si la miro me aborrecerás.
-¿Cómo te voy a aborrecer? Eso será imposible. Anda, despídete que es tu madre. 
Tanto insistió el joven que al final Blancaflor volvió la vista hacia su madre, diciendo:
-¡Mande usted, madre!
-¡Blanacaflor, tan olvidada y despreciada te veas de tu esposo como maldita me encuentro yo en los infiernos!- fueron las únicas palabras de la diabla.
Ellos prosiguieron su camino hasta el pueblo del joven. Antes de llegar, como llevaban la ropa destrozada, le dijo el muchacho:
-Mira, tú espérame aquí que yo iré a por ropa nueva para que no te vean tan desaliñada.
-No quiero que me dejes, pues como te vayas, me aborrecerás y me olvidarás.
-¿Qué dices? ¿Aborrecerte yo? ¿Olvidarte? Eso es imposible
-Pues sólo te encargo una cosa, que no te dejes abrazar por nadie, ni siquiera por tus familiares.
Llegó el muchacho al pueblo y, claro, todos se tiraban a abrazarlo y a besarlo, aunque él a todos rechazaba diciendo:
-No, que nadie me abrace, que me está esperando mi esposa.
A todo esto llegó la abuela por detrás y sin que él se diera cuenta lo abrazó y él ya no volvió a acordarse de Blancaflor. Le preguntaba la madre:
-¿No decías que te estaba esperando tu esposa? ¿Dónde está?
-¿Esposa yo? Yo no tengo esposa-, contestaba el joven.
Por más que le insistían y le preguntaban él siempre decía que no tenía esposa. Como no iba  a buscarla, Blancaflor se puso de modistilla en el pueblo y como cosía que era un primor, pronto consiguió mucha fama. Mientras tanto el joven se echó una novia y cuando ya iban a casarse decidieron ir a la modistilla forastera a que les hiciera los trajes. Ella les hizo unos trajes tan maravillosos que decidieron invitarla a la boda y la sentaron a su mesa. Ya estaban en los postres cuando el novio se levantó y dijo:
-Por favor, atiendan un momento, ahora quien quiera de los presentes podrá hacer algún juego o contar alguna historia para diversión de todos.
Varios de los asistentes entretuvieron a los invitados con sus ocurrencias, siendo Blancaflor la última que se levantó y pidió permiso para hacer una función con dos muñecos de trapo que ella misma había fabricado de forma primorosa.
-¡Sí, sí, que la haga, que la haga!- pedían todos de forma alborozada.
Sacó Blancalor los dos muñecos, varón uno y hembra el otro,  los colocó sobre la mesa y, sin más, los muñecos empezaron a hablar entre ellos, diciendo de esta manera el muñeco que era mujer al otro que era hombre:
-¿Te acuerdas que mi padre te mandó desmontar un cerro, labrarlo, sembrarlo, segarlo, trillarlo y hacer el pan?
A todo esto el muñeco se quedó pensando y decía:
-Sí, sí que quiero recordar algo.
-Y, … ¿ no recuerdas que después te pidió que convirtieras una serpiente de siete cabezas en un magnífico caballo?
-Sí, sí que quiero recordarlo-, iba respondiendo el muñeco.
-¿Y no recuerdas acaso que mi padre te exigió que fueras al mar para sacar la sortija de su bisabuela?
-¡Vaya que si me acuerdo!- decía el muñeco.
-¿Y no recuerdas que te dije que si alguien te abrazaba me olvidarías?
El joven, el novio, que fue recordando a la vez que los muñecos hablaban, se puso de pie, tomó la palabra y dijo:
-Señores y señoras, la modista es mi verdadera mujer. Ella me salvó de todas las adversidades y es con ella con la que me desposaré.
Como también estaban presentes el cura, el sacristán y los monaguillos, allí mismo se celebraron los esponsales que fueron espléndidos y  a todos conmovió la historia que Blancaflor y el joven habían tenido. Y en adelante, nunca más jugó el chico a las cartas, trabajó afanosamente, ayudaron él y Blancaflor a los pobres de la aldea, tuvieron muchos hijos y además, por si fuera poco, ... fueron felices y comieron perdices.
Y "colorín colorado" que este cuento se ha acabado y "colorín colorete" que por la chimenea cae un cohete

GLOSARIO:

Alimaña: Animal salvaje que ataca o hace daño a los animales domésticos o a la caza menor
Centella: Rayo de baja intensidad
Sera: Cesto grande sin asas de forma bien rectangular o bien circular , generalmente hecho de esparto, que se utilizaba para almacenar, principalmente, alimentos para los animales. En las seras se metían los higos una vez que se habían secado y se pisaban para poder meter la mayor cantidad posible y para que no hubiese entre los mismos circulación de aire y no se agusanasen.
"Estrébedes": deformación que se producía en el habla popular por "trébede", objeto te hierro, con tres patas, sobre el que se colocaba la sartén, caldera, olla o puchero, en el fuego.
Descalabro: Circunstancia adversa que provoca un perjuicio o un daño grandes
Dale que te pego:  emprender una tarea y no parar hasta finalizarla.
Ermitaño: persona que en una ermita o lugar apartado, como una cueva, dedica su vida a la oración, el sacrificio, la meditación y la contemplación.
Acerico: pequeña almohadilla que sirve para colocar alfileres pinchados en ella.
Cestillo: cesto pequeño. Objeto de esparto o mimbre para llevar pequeñas cosas, como fruta, grano, etc.
Guitarrillo: guitarra pequeña.
Pellejo de vino: odre. Recipiente de piel en el que se transportaban líquidos, especialmente vino.
Tuera:  (Citrullus colocynthisColoquíntida o tuera: planta nativa del norte de África y extendida por la cuenca del Mediterráneo. tiene un sabor extremadamente amargo y es utilizada en medicina. 
Urdir: preparar algo en secreto. Tramar
Mejorana:    (Origanum majorana) Comúnmente llamada mejorana o mayorana, es una hierba perenne  cultivada por su uso aromático. Su hábitat natural es el este de Asia y la región mediterránea. Su cultivo está muy extendido en España donde vegeta en zonas soleadas y secas.
Aborrecer: odiar, despreciar, detestar.
Modistilla: diminutivo de "modista". Mujer que confecciona y cosa ropa para si misma y para otras personas.
Muñeco de trapo: muñeco realizado con trozos de desechos de tela.
Sacristán: persona que en las iglesias se encarga de todos los preparativos, desde la sacristía hasta toques de campana y demás.
Monaguillo: niño que suele acompañar y ayudar al cura en los oficios sagrados.

           
Recaredo en la puerta

Noche de tormenta

Castillo del diablo

Caballo del Pensamiento

Caballo del Viento

Esponsales de Blancaflor