LA TORMENTA
Mientras la tormenta se alejaba dejando por doquier el rastro de su ira, la claridad del amanecer empezaba a inundar tímidamente un paisaje enfangado, con bancales y atochadas que vomitaban agua de unos a otros a través de "sangraores" y "portillos". Ramblas y barrancos bramaban ya con un ruido ensordecedor. Un olor a tarquines penetraba hasta el interior de la cueva dando a entender cuál podía ser la magnitud de lo que la tempestad había ido dejando a su paso.
Mientras la tormenta se alejaba dejando por doquier el rastro de su ira, la claridad del amanecer empezaba a inundar tímidamente un paisaje enfangado, con bancales y atochadas que vomitaban agua de unos a otros a través de "sangraores" y "portillos". Ramblas y barrancos bramaban ya con un ruido ensordecedor. Un olor a tarquines penetraba hasta el interior de la cueva dando a entender cuál podía ser la magnitud de lo que la tempestad había ido dejando a su paso.
Antes aún de que la tormenta dejara de escupir sus últimas gotas de retaguardia y la tronarrera sonara distante, el mendigo salió "a escape" de la cueva, arrastrando sus enormes zapatones, quizás heredados de alguien que luchó en la guerra de Cuba, llevando con él todas sus pertenencias. Por el corazón de la niña cruzó un destello de compasión hacia aquel desdichado, aunque en desdicha ella le sacaba ventaja.
Tímidamente se aproximó a la puerta de la cueva cuando un nuevo destello amenazaba con otro frente nuboso desde la distancia. Atemorizada por aquella infortunada situación se adentró hacia el lugar en el que había permanecido durante la noche, mientras miles de pensamientos se entremezclaban en su cerebro, como si de un nido de serpientes se tratase, sumiéndola en la desesperación y en la impotencia. No sabía qué hora podría ser. Quizás la estarían buscando por la aldea. Quizás la habrían dado por muerta, víctima de aquel tremebundo diluvio que durante la noche se había cernido sobre el poblado.
A esa hora los demás niños y niñas estarían ya en la escuela o tal vez aquel día no acudirían. Pensó también en el maestro, quien parecía un ciprés alto y enjuto, más serio que un entierro, vestido siempre con un traje negro y llevando unas gafas redondas, tras las que aparecían unos ojos que a ella se le antojaban los de un búho. Tras la muerte de su madre, el maestro y su mujer, doña Engracia, la habían querido adoptar, pues no tenían hijos, pero su familiares no habían cedido a tal pretensión.
En estos y otros muchos pensamientos andaba, acurrucada en el extremo de la cueva, cuando nuevamente vio aparecer al mendigo, al que, ...¡ironías de la vida!..., apodaban "Relámpago", arrastrando sus zapatones y portando sus escasos enseres. Seguro que el barro y los devastación, junto a la amenaza de la nueva tormenta que se avecinaba, le habrían hecho recapacitar y retroceder. Ahora sí que no podría permanecer oculta ni callada. Lo más acertado sería ir a su encuentro. Y así hizo, tragándose su miedo y sacando fuerza de la flaqueza.
El mendigo se mostró amable y le contó que la había oído suspirar la noche anterior y que, para no asustarla, había decidido marcharse con los primeros claros del día. Le contó que barrancos y ramblas corrían asolándolo todo y que por el horizonte se apresuraban nuevos frentes, amenazantes como bestias furiosas y que, si nada lo remediaba, la devastación sería total. La animó a no estar preocupada ni asustada, pues estaban en lugar seguro. Además, él contaba con una pequeña cántara de agua y algunos mendrugos de pan con lo que podrían subsistir mientras durase aquel infierno que ya se cernía de nuevo sobre ellos. Las borrascas se sucedían unas a otras, pareciendo no tener fin aquel azote de la Naturaleza.
La tarde se echaba encima y, en un claro, el mendigo decidió ojear lo que de tragedia se respiraba en el ambiente. Salió sin nada, dejando sus enseres en la cueva, pero nunca más volvió. Jamás se volvió a saber de él.
La niña, mientras tanto, recordaba un bello cuento que le contara el maestro y que trataba acerca de la imprudencia de algunas personas, el cual enseña que en la vida cuenta, sobre todo, el ser prácticos y prudentes, como lo fuera el protagonista de "EL BARQUERO"
La tarde se echaba encima y, en un claro, el mendigo decidió ojear lo que de tragedia se respiraba en el ambiente. Salió sin nada, dejando sus enseres en la cueva, pero nunca más volvió. Jamás se volvió a saber de él.
La niña, mientras tanto, recordaba un bello cuento que le contara el maestro y que trataba acerca de la imprudencia de algunas personas, el cual enseña que en la vida cuenta, sobre todo, el ser prácticos y prudentes, como lo fuera el protagonista de "EL BARQUERO"
EL BARQUERO
Un antiguo cuento hindú dice lo siguiente:
Una vez un joven erudito, engreido y muy orgullosos de sí mismo por los conocimientos de que gozaba, hubo de coger una barca para cruzar un caudaloso río. Silencioso y sumiso, el barquero, un hombre de avanzada edad, comenzó a remar con diligencia. De súbito, una bandada de aves surcó por el cielo azulado y el joven, dirigiéndose al barquero, le preguntó:
-Buen hombre, ¿has estudiado la vida de las aves?
-No, señor- repuso el barquero.
-Entonces, amigo -dijo el petulante joven- has perdido una cuarta parte de tu vida.
La barca se deslizaba por las aguas del río, donde aparecieron, de pronto, unas plantas exóticas flotando en su superficie. El joven preguntó al barquero:
-¿Has estudiado algo sobre las plantas?
-No, señor- contestó el barquero.
-Entonces, has perdido la mitad de tu vida.
Pacientemente el barquerto siguió remando. Unos minutos después el joven preguntó:
-Barquero, llevas muchos años deslizándote con tu barca sobre las aguas de este río, ¿has estudiado algo sobre la naturaleza del agua?
-No, señor, nada -repuso el barquero.
-Entonces debo decirte que has perdido las tres cuartas partes de tu vida.
Cuando la barca estaba en el centro del caudaloso río, comenzó a hacer agua. No había manera de evitarlo y la barca se iba llenando cada vez de más agua y comenzaba a hundirse. Entonces el barquero le preguntó al joven:
-Señor, ¿sabe nadar?
-No -repuso el joven.
Y el barquero dijo:
-Pues me temo, señor, que has perdido toda la vida.
EL MAESTRO DECLARA:
El intelecto ocupa un lugar en la vida, pero sólo eso; la inteligencia práctica es imprescindible.
(Cuentos Espirituales de la India. Ramiro A. Calle)
GLOSARIO:
Tarquín: cieno, légamo que las riadas depositan en los campos que inundan
"Sangraor": abertura hecha de piedra por donde desaguan los bancales tras las tormentas
Portillo: hendidura en el terreno de un ribazo causado por el agua que se acumula en un bancal y que desangra por ahí.
Rambla: cauce amplio por donde discurre el agua de forma ocasional tras las tormentas. Es propia de la zona mediterránea.
"Salir a escape": salir muy rápido y sin avisar.
El barquero |