sábado, 28 de septiembre de 2013

LA ZORRA, LA LIEBRE Y EL GALLO

Así que la tarde avanzaba, la furia desatada durante la noche anterior y la mañana, y que se había ensañado en el lugar como una terrorífica bestia, empezaba a dar paso a la calma, aunque aún se mostraba espantosa en sus últimos coletazos con aquellos nubarrones que seguían apareciendo en  retaguardia.
La niña, mientras tanto, esperaba, no sin ansiedad, al mendigo que había dejado allí sus míseras pertenencias y, aunque, en un principio, la presencia de aquel hombre en la cueva le inspirara pánico, ahora no dejaba de ser la única persona en la que tenía puesta su esperanza para escapar de aquel sinsentido de la Naturaleza. Sentía el escalofrío propio de quien se sabe desprotegido, desvalido, solo. Ni fuerzas para llevar un mendrugo de pan a la boca, de aquellos que había en el canasto del pobre, tuvo y que él, con tanto ahínco, le había ofrecido. Sólo bebió un poco de agua para mitigar la sequedad cuando ya sentía su estómago apretado y engurruñido y en su boca apreciaba la aridez de los desiertos.
En ese estado se hallaba cuando se percató de un extraño ruido en las cercanías de la cueva. No dudó ni un momento en asomarse a la entrada con la firme creencia de que sería el pobre que estaba de vuelta. Miró hacia un lado y otro y a nadie vio, sólo  un paisaje dantesco. Transcurridos unos segundos se escuchó el mismo ruido, pero, en esta ocasión, el miedo hizo que permaneciera inmóvil en el interior del covacho, a la vez que apretaba firmemente contra su pecho el retrato de la madre. A ella elevó una plegaria de socorro. Era su único alivio. Pronto su miedo se transformó en alegría cuando, un instante después,  vio aparecer por la puerta de la cueva a un viejo y conocido pastor cuyo tiempo transcurría, en su mayor parte, en el monte,  guardando su ganado.
Ante aquel inesperado encuentro la niña se abalanzó en los brazos del hombre, que la tranquilizó y le prometió llevarla de inmediato hasta la aldea. Irían vadeando la rambla por su parte más ancha. Ella apretó el retrato sobre su pecho agradeciendo a su madre el haberla salvado. Pronto salieron el pastor y la niña sorteando barrancos por los que aún discurría agua con la bravía de un toro, montículos de piedras, lodo y arbustos desechos  y semienterrados, mostrando la cara de la destrucción y la ruina. 
Cuando  llegaron a la aldea, ésta se hallaba desierta, sin un alma por aquellos lugares, salvo el perro del pastor que apareció, cojo y embarrado, entre unos escombros de la cuadra en la que solía guardar sus ovejas.
Subieron hacia una pequeña cima, en un altozano. Allí se hallaba la escuela y la casa del maestro, y allí hallaron también a todos los vecinos, lamentando la calamidad, unos; dando gracias al cielo, otros, porque, pese al infortunio, estaban a salvo. El regocijo del vecindario fue indescriptible cuando los vieron llegar, pues ya los daban por desaparecidos. La niña contó el motivo de su escapada a  la cueva y cómo el mendigo había salido y no regresó. Después, todo fueron elucubraciones y, mientras doña Engracia       preparaba unas tortas fritas y café de malta para todos los presentes, el maestro entretenía a un grupo de niños, todavía asustados, refiriéndoles el cuento de "LA ZORRA, LA LIEBRE Y EL GALLO". La niña prestó escasa atención al mismo, pues de su mente no se apartaba la espantosa sensación que le dejara aquella terrorífica tormenta, a lo que su madre solía llamar "robina" y que había dejado la aldea y los campos devastados y arruinados para mucho tiempo. Mientras, elevó a su madre una oración en acción de gracias, sosteniendo la pequeña foto entre sus temblorosas manos.

                      LA ZORRA, LA LIEBRE Y EL GALLO

Éranse una vez una zorra y una liebre. La zorra tenía una casita de hielo, y la liebre otra, de corteza de tilo. Cuando llegó la primavera, apretó el sol y la casita de la zorra se derritió; pero a la liebre, nada le pasó.
La zorra le pidió entonces a la liebre que la dejase entrar para calentarse, y lo que hizo fue echar a la liebre de su propia casa. Iba andando la liebre, y a la vez llorando, cuando se encontró con unos perros.
-¡Guau, guau, guau! ¿Por qué lloras, liebre?
-¡Ay, si supierais!... ¿Cómo no voy a llorar? Yo tenía una casita de corteza de tilo, y la zorra tenía otra, pero de hielo. Me pidió que la dejara entrar, y luego me echó sin más.
-No llores -le dijeron los perros a la liebre-. Nosotros la echaremos a ella.
-¡Quía! No la echaréis.
-¡Vaya si la echaremos!
Llegaron hasta la casita, y los perros le gritaron  a la zorra:
-¡Guau, guau, guau! ¡Lárgate de aquí!
Pero la zorra les contestó desde el rellano de la estufa, donde estaba tan a gusto:
-¡Como me baje de un salto, ni los rabos os dejo salvos! 
Y los perros escaparon de allí asustados.
Otra vez caminaba la liebre llorando , cuando se cruzó con un oso.
-¿Qué te pasa, liebre? ¿Por qué lloras?
La liebre contestó:
-¡Ay, si supieras!... ¿Cómo no voy a llorar? Yo tenía una casita de corteza de tilo, y la zorra tenía otra, pero de hielo. Me pidió que la dejara entrar, y luego me echó sin más.
-No llores -le dijo el oso-. Yo la echaré a ella.
-¡Quía! No la echarás. Probaron a echarla los perros, y no la echaron. conque tampoco tú la echarás. 
-¡Vaya si la echaré!
Allá fueron a echarla.
-¡Lárgate de aquí! -le gritó el oso a la zorra.
Y ella, desde el rellano de la estufa:
-¿Como me baje de un salto, ni el rabo te dejo salvo!
Conque el oso escapó de allí asustado.
Volvía la liebre a caminar llorando, y se encontró con un toro.
-¿Por qué lloras? -le preguntó el toro.
-¿Ay, si supieras!... ¿Cómo no voy a llorar? Yo tenía una casita de corteza de tilo, y la zorra tenía otra, pero de hielo. Me pidió que la dejara entrar, y luego me echó sin más.
-Vamos allá, y yo la echaré.
-¡Quía! No la echarás. Probaron a echarla los perros, y no la echaron; probó el oso, y no la echó... Tampoco tú la echarás.
-¡Vaya si la echaré!
Llegaron cerca de la casita, y el toro le gritó a la zorra:
-Lárgate de aquí!
Y ella, desde el rellano de la estufa:
-¡Como me baje de un salto, ni el rabo te dejo salvo!
Conque el toro escapó de allí asustado.
Volvió la liebre a caminar llorando, y se cruzó con un gallo que llevaba una guadaña al hombro.
-¡Quiquiriquí! ¿Por qué lloras? -le preguntó  a la liebre.
-¡Ay, si supieras!... ¿Cómo no voy a llorar? Yo tenía una casita de corteza de tilo, y la zorra tenía otra, pero de hielo. Me pidió que la dejara entrar, y luego me echó sin más.
-Vamos, yo la echaré.
-¡Quía! No la echarás. Probaron los perros a echarla, y no la echaron; probó el oso, y no la echó; probó el toro, y no la echó... Tampoco tú la echarás.
-¡Vaya si la echaré!
Llegaron hasta la casita, y el gallo gritó:
-¡Quiquiriquí! Quien se esconde en esa casa va a morir... con la guadaña que traigo aquí... ¡Lárgate!
La zorra se asustó al oírle, y contestó:
-En seguida me visto...
Pero el gallo gritó de nuevo:
¡Quiquiriquí! Quien se esconde en esa casa va a morir... con la guadaña que traigo aquí... ¡Lárgate!
Y la zorra:
-Ya me pongo la pelliza...
Entonces el gallo, por tercera vez:
-¡Quiquiriquí! Quien se esconde en esa casa va a morir... con la guadaña que traigo aquí... ¡Lárgate!
La zorra salió huyendo, y el gallo la degolló con la guadaña. Luego entraron la liebre y el gallo en la casita y allí vivieron tan campantes muchos años.
Y aquí se termina el cuento con sal y pimiento y rábano tierno.

                                                 (Cuento popular ruso. A. N. Afanásiev)

GLOSARIO:

Mendrugo de pan: trozo de pan seco y duro.
Canasto: cesto de caña o esparto
Paisaje dantesco: se aplica al paisaje o situación que causa horror o impresiona enormemente
Altozano: monte de poca altura, en terreno bajo.
Elucubración: hipótesis o especulación no fundamentada y producto de la imaginación
"Robina":  por deformación tal vez de la palabra "ruina" se solía denominar en la comarca de Albox "robina" a cualquier tormenta que causara grandes destrozos. Así lo recoge también en  "Aragonesismos y voces de filiación oriental en el léxico andaluz"  MARÍA DOLORES GORDÓN PERAL
Tiloárbol muy alto, de tronco recto, con hojas anchas en forma de corazón y flores olorosas, blancas o amarillas: las flores del tilo se usan en infusión 
Rellano de la estufa: la estufa rusa es una construcción de ladrillo, muy ancha en la base y con bancos a los lados para sentarse.
Guadaña: herramienta que se usa para segar a ras de tierra, formada por un mango largo y una cuchilla ancha, curva y puntiaguda.
Pelliza: prenda de vestir de abrigo, con el cuello y los puños de tela fuerte, que cubre desde el cuello hasta las rodillas.
Vivir campante: vivir tranquilo y despreocupado.