viernes, 27 de marzo de 2015

RELATOS PRESTADOS: "EL ESCARMIENTO DE LA TÍA PANOCHA"

                     
 RELATOS PRESTADOS: 
"EL ESCARMIENTO DE LA TÍA PANOCHA"
Antonio Rubio Fernández


Antonio Rubio
Antonio Rubio ha dedicado su vida a la más noble de las tareas: la enseñanza. Su entrega   a la misma fue siempre encomiable y a ella unió su pasión por el teatro. Constante e incansable organizador de representaciones infantiles y juveniles le otorgaron esa otra fantástica dimensión que sólo la aventura de la escena concede. Hoy, ya retirado, busca y bebe en  las esencias mismas de la tierra que lo vio nacer. A  él se debe este fabuloso relato que narra la realidad auténtica de lo que, en un tiempo ya remoto, era la vida de vecindad. Si esa vida se repitiera, quizás todo seguiría siendo igual allá por los Marcelinos, ... por el Caño, ... por los Servilletas, ... por la almazara del Trabalón, y quizás ..., hasta  encontraríamos agua en la Balsa del Pino. Pero mejor pasemos al relato que Antonio cuenta:

                                            

         Era mi madre una mujer extraordinaria a la hora de contar anécdotas, chascarrillos y cuentos. Hasta con la novela se atrevía. Yo recuerdo aquellas tardes en las que en el patio de mi casa, rodeada de vecinas y mozuelas, contaba, con profundo sentimiento, la historia de Genoveva de Brabante, una leyenda del s. VIII, de la que recuerdo muy poco, pero que trataba de una esposa virtuosa a la que el marido, conde o algo así, repudia estando en la guerra por falsas acusaciones de su mayordomo Golo –y, al conjuro de este nombre, era el crujir y rechinar de dientes, pues tal era el desprecio y la repugnancia que mi madre ponía en su pronunciación, que las mozas, capitaneadas por la chacha Carmen, apretaban los dientes delectando el sabor de su justicia si el tal a su alcance se pusiera–. Ya en las profundidades del bosque, donde había sido abandonada por dos soldados que no tuvieron “entrañas” –esto es lo que decía mi madre– para matarla a ella y a su “hijico”, que esa era la orden recibida, se dedicó, con la ayuda de una corza, a criar al susodicho, al que llamó “Ecichaíco” –palabra mágica que debía ser, pues a su conjuro allí lloraba a moco tendido todo el auditorio–. Aclarado todo el asunto, Genoveva volvía al castillo con su esposo y su hijo y la corza, y el malvado Golo recibiría, digo yo, el castigo merecido, ya que de no ser así, la chacha Carmen, que era la que más lloraba, hubiera puesto el grito en el cielo.


        Ya digo, mi madre toda una maravilla en esto de contar historias.


         Una tarde, en la que el sol caía a plomo y las criaturas creían llegado el final de los tiempos, mi madre, rodeada de un noble auditorio que perfumaban los geranios del patinillo, contó la historia que sigue y que ella decía haber ocurrido en Los Marcelinos.


          En Los Marcelinos, y esto lo digo yo, brilla el sol como en ninguna otra parte del mundo conocido. Es un sol radiante, puro, cristalino…, tan denso que diríase una lluvia de oro sobre la tierra y las piedras, haciéndolas más nuevas, como si sobre esta tierra y estas piedras milenarias el tiempo pasara de puntillas. En las heridas en flor de sus cerros, asoma la “piedra de Los Marcelinos, de sólida firmeza y brillo áureo que encandila cuando la mano del artista la acaricia, dulce y enamorada.


           Pero aquí, como en tu pueblo y en todas partes del mundo, también ocurren cosas que están marcadas por la rutina de los días y el comportamiento vulgar y anodino de las criaturas que, aquí, allá y acullá, se empeñan en hacer que la vida sea como es y que no haya cristo que la entienda.


          Y así decía aquel día mi madre, poco más o menos, a su auditorio:



        Contaban que subiendo por la rambla de la Balsa del Pino, hacia la izquierda, y antes de llegar a la almazara que hoy duerme el sueño de días hermosos de otros tiempos, había dos cortijos, separados ambos por no más de ciento cincuenta metros. 
        En el primero de estos cortijos vivía con su marido la tía Panocha, por otro nombre María, y en el de más arriba, la tía Peñones, parienta suya, que respondía al más cristiano de Lorenza. Y es lo cierto que en ocasión ya lejana por aquellos días, en razón al asunto de una gallina que a la tía Peñones había desaparecido, armaron trifulca las dos mujeres, con profusión de palabrería y diciendo cosas que al caso conviene callar, porque cosas se dicen que una breve reflexión nos muestra que es de sabios no tomar correntilla en estos menesteres. Pero como no se trataba de sabios ni cosas por el estilo, sino que se trataba de la tía Panocha y la tía Peñones, que acusaba, sin asomo de urbanidad, a la primera de haberle robado la gallina, aquello fue “la de dios es cristo”, acabando el asunto en declaración bilateral de enfado pertinaz y retirada de la palabra por ambas partes.

       Así pasaron los días, los meses y los años, empeñada la tía Peñones en el robo de su gallina y jurando y perjurando la tía Panocha no tener nada que ver en el lance.
       No desdeñaba la tía Peñones ocasión en la que proclamar tan injusto robo, acusando, tan sin piedad como sin pruebas, a la tía Panocha, con lo que las relaciones se enconaban cada vez más, hasta que el Padre Eterno decidió mandar una prueba a la tía Peñones en forma de dolor que le arrancaba en el colodrillo y le llegaba, cual latigazo, hasta donde la espalda pierde su casto nombre.
       Comentó la buena mujer con otras vecinas el asunto, alumbrándole una de ellas la aparición de un fármaco que era mano de santo para estos casos. “El tío del bigote” llamábase el milagroso elixir, así que al pueblo enderezó sus pasos –más bien los de su borrica–, regresando al poco con el preciado ungüento.
       Cuando ya se encontraba en el cortijo, la cuestión  se volvió de una dificultad no esperada. Había que frotar el medicamento y ella no llegaba a ciertas partes, y a las que llegaba no lo hacía con la presión que aquello, seguramente, demandaba. El dilema era de no te menees, pues exponer su cuerpo gentil a las miradas y toqueteos de terceras personas con las que la relación era más bien escasa –porque no lo hemos dicho, pero ahora lo decimos, Lorenza era soltera, y una mujer soltera, así se llame tía Peñones o tía demonios, es una mujer soltera; es decir, pudorosa y “mu mirá”– se le antojaba una tragedia, así que tomó la heroica resolución de “echar pelillos a la mar” con su parienta María y así resolver tan ardua cuestión.
       Que sí, que tampoco había sido para tanto la cosa y que dos buenas vecinas, y además familia, deben dejar a un lado cualquier divergencia y llevarse como hermanas, porque hoy puede ser por ti y mañana por mí. Así razonaba la tía Panocha ante la demanda de su vecina y quedaron en que aquella misma tarde se acercaría a su cortijo y le daría una pasá con el mejunje aquel.
       Desnuda de cintura para arriba, la tía Peñones esperaba la friega, al tiempo que la tía Panocha, sentada a espaldas de ella, manipulaba un frasco que en la faltriquera traía y, echando en su mano un chorreón de lo que el mismo contenía, comenzó a frotar sobre la espalda de Lorenza en el modo y arbitrio en que aquella indicaba.
       Al principio fue un resquemorcillo, que la tía Peñones identificó con que el ungüento empezaba a hacer efecto. Después, el resquemor se fue tornando ardor, y después… Sí, después, aquello fue tomando tal cariz que a la tía Peñones le hizo pensar que las calderas de Pedro Botero, en comparación con aquel suplico, debían ser cosa de críos. Saltó, brincó, se retorció, se restregó contra las paredes, se revolcó por el suelo… y hasta el agua del tiesto de las gallinas fue a parar a aquella su maltrecha espalda, pero el fuego no cesaba de martirizarla. Tales “aleríos” daba, que allí dijérase que habitaban todos los demonios.
       Mientras, la tía Panocha aseguraba no haber hecho sino aplicar el elixir, que aquello debía ser una reacción normal y que Lorenza debía resignarse para alcanzar los beneficios del “Tío del bigote”. Esto decía al tiempo que se solazaba y reía por dentro por el castigo infringido a quien tan injustamente la había acusado de ladrona de gallinas.
       Fueron cuatro días de horribles padecimientos, que por fin fueron cediendo en su furor, dejando que la tía Peñones hallara algún momento de descanso.
Cuando todo hubo pasado, agarrando aquel infame frasco para zambombearlo a los quintos infiernos, dio en advertir que el mismo estaba intacto, sin asomo de haber usado su contenido. Esto hizo sonreír maliciosamente a la tía Peñones, relamiéndose con sólo pensar en el escarmiento que haría en la tía Panocha, que, si lo hubo, yo no lo sé y por eso no lo cuento.


GLOSARIO:

Chacha: en gran parte de la comarca del Almanzora se utiliza el término “chacha” en sustitución del término de parentesco “tía” (generalmente se aplica a los hermanos/as de los padres)

Tener entrañas: se trata de “tener sentimientos” a la hora de llevar a cabo alguna acción.

Susodicho: término que se emplea para referirse a una persona anteriormente citada.

Ecichaíco: viene  a significar “desdichado”, persona desgraciada, con mala suerte en la vida.

Almazara: lugar en el que se muele la aceituna de la se obtiene el aceite de oliva.

Correntilla: hacer o decir algo de forma rápida o “de corrido”; que no se para a pensar lo que dice.

El tío del bigote: medicación líquida para tratar el reúma, la artrosis y dolores musculares y óseos que se aplicaba por frotación con la parte dolorida del cuerpo. Se denominaba así porque en el envase aparecía el rostro de un hombre con gran bigote.

Mu mirá: persona muy apreciada, muy querida, a la que se le tiene gran admiración y respeto.

Pasá: darle una aplicación o frote por la zona dolorida.

Resquemorcillo: en este caso la acepción se refiere al resquemor o ardor que le producía la aplicación del ungüento.

Aleríos: gritos, voces de pánico o dolor.

Zambombearlolanzar algo lejos y con cierta rabia o enojo.


Generalmente las gallinas andaban sueltas
"El tío del bigote"



 
Reconciliación entre Peñones y Panocha