RELATOS PRESTADOS:
"EL ESCARMIENTO DE LA TÍA PANOCHA"
Antonio Rubio Fernández
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Antonio Rubio |
Ya digo, mi madre toda una maravilla
en esto de contar historias.
Una tarde, en la que el sol
caía a plomo y las criaturas creían llegado el final de los tiempos, mi madre,
rodeada de un noble auditorio que perfumaban los geranios del patinillo, contó
la historia que sigue y que ella decía haber ocurrido en Los Marcelinos.
En Los Marcelinos, y esto lo digo yo, brilla el sol como
en ninguna otra parte del mundo conocido. Es un sol radiante, puro,
cristalino…, tan denso que diríase una lluvia de oro sobre la tierra y las
piedras, haciéndolas más nuevas, como si sobre esta tierra y estas piedras
milenarias el tiempo pasara de puntillas. En las heridas en flor de sus cerros,
asoma la “piedra de Los Marcelinos, de sólida firmeza y brillo áureo que
encandila cuando la mano del artista la acaricia, dulce y enamorada.
Pero aquí, como en tu
pueblo y en todas partes del mundo, también ocurren cosas que están marcadas
por la rutina de los días y el comportamiento vulgar y anodino de las criaturas
que, aquí, allá y acullá, se empeñan en hacer que la vida sea como es y que no
haya cristo que la entienda.
Y así decía aquel día mi
madre, poco más o menos, a su auditorio:
Contaban que subiendo por la rambla de la
Balsa del Pino, hacia la izquierda, y antes de llegar a la almazara que hoy
duerme el sueño de días hermosos de otros tiempos, había dos cortijos,
separados ambos por no más de ciento cincuenta metros.
En el primero de estos cortijos vivía con su marido la tía Panocha, por otro nombre María, y en el de más arriba, la tía Peñones, parienta suya, que respondía al más cristiano de Lorenza. Y es lo cierto que en ocasión ya lejana por aquellos días, en razón al asunto de una gallina que a la tía Peñones había desaparecido, armaron trifulca las dos mujeres, con profusión de palabrería y diciendo cosas que al caso conviene callar, porque cosas se dicen que una breve reflexión nos muestra que es de sabios no tomar correntilla en estos menesteres. Pero como no se trataba de sabios ni cosas por el estilo, sino que se trataba de la tía Panocha y la tía Peñones, que acusaba, sin asomo de urbanidad, a la primera de haberle robado la gallina, aquello fue “la de dios es cristo”, acabando el asunto en declaración bilateral de enfado pertinaz y retirada de la palabra por ambas partes.
En el primero de estos cortijos vivía con su marido la tía Panocha, por otro nombre María, y en el de más arriba, la tía Peñones, parienta suya, que respondía al más cristiano de Lorenza. Y es lo cierto que en ocasión ya lejana por aquellos días, en razón al asunto de una gallina que a la tía Peñones había desaparecido, armaron trifulca las dos mujeres, con profusión de palabrería y diciendo cosas que al caso conviene callar, porque cosas se dicen que una breve reflexión nos muestra que es de sabios no tomar correntilla en estos menesteres. Pero como no se trataba de sabios ni cosas por el estilo, sino que se trataba de la tía Panocha y la tía Peñones, que acusaba, sin asomo de urbanidad, a la primera de haberle robado la gallina, aquello fue “la de dios es cristo”, acabando el asunto en declaración bilateral de enfado pertinaz y retirada de la palabra por ambas partes.
Así pasaron los días, los meses y los
años, empeñada la tía Peñones en el robo de su gallina y jurando y perjurando
la tía Panocha no tener nada que ver en el lance.
No desdeñaba la tía Peñones ocasión en
la que proclamar tan injusto robo, acusando, tan sin piedad como sin pruebas, a
la tía Panocha, con lo que las relaciones se enconaban cada vez más, hasta que
el Padre Eterno decidió mandar una prueba a la tía Peñones en forma de dolor
que le arrancaba en el colodrillo y le llegaba, cual latigazo, hasta donde la
espalda pierde su casto nombre.
Comentó la buena mujer con otras vecinas
el asunto, alumbrándole una de ellas la aparición de un fármaco que era mano de
santo para estos casos. “El tío del bigote” llamábase el milagroso elixir, así
que al pueblo enderezó sus pasos –más bien los de su borrica–, regresando al
poco con el preciado ungüento.
Cuando ya se encontraba en el cortijo,
la cuestión se volvió de una dificultad
no esperada. Había que frotar el medicamento y ella no llegaba a ciertas
partes, y a las que llegaba no lo hacía con la presión que aquello,
seguramente, demandaba. El dilema era de no te menees, pues exponer su cuerpo
gentil a las miradas y toqueteos de terceras personas con las que la relación
era más bien escasa –porque no lo hemos dicho, pero ahora lo decimos, Lorenza
era soltera, y una mujer soltera, así se llame tía Peñones o tía demonios, es
una mujer soltera; es decir, pudorosa y “mu mirá”– se le antojaba una tragedia,
así que tomó la heroica resolución de “echar pelillos a la mar” con su parienta
María y así resolver tan ardua cuestión.
Que sí, que tampoco había sido para
tanto la cosa y que dos buenas vecinas, y además familia, deben dejar a un lado
cualquier divergencia y llevarse como hermanas, porque hoy puede ser por ti y
mañana por mí. Así razonaba la tía Panocha ante la demanda de su vecina y
quedaron en que aquella misma tarde se acercaría a su cortijo y le daría una
pasá con el mejunje aquel.
Desnuda de cintura para arriba, la tía
Peñones esperaba la friega, al tiempo que la tía Panocha, sentada a espaldas de
ella, manipulaba un frasco que en la
faltriquera
traía y, echando en su mano un chorreón de lo que el mismo contenía, comenzó a
frotar sobre la espalda de Lorenza en el modo y arbitrio en que aquella
indicaba.
Al principio fue un resquemorcillo, que
la tía Peñones identificó con que el ungüento empezaba a hacer efecto. Después,
el resquemor se fue tornando ardor, y después… Sí, después, aquello fue tomando
tal cariz que a la tía Peñones le hizo
pensar que las calderas de Pedro Botero, en comparación con aquel suplico,
debían ser cosa de críos. Saltó, brincó, se retorció, se restregó contra las
paredes, se revolcó por el suelo… y hasta el agua del tiesto de las gallinas
fue a parar a aquella su maltrecha espalda, pero el fuego no cesaba de
martirizarla. Tales “aleríos” daba, que allí dijérase que habitaban todos los
demonios.
Mientras, la tía Panocha aseguraba no
haber hecho sino aplicar el elixir, que aquello debía ser una
reacción normal y que Lorenza debía resignarse para alcanzar los beneficios del
“Tío del bigote”. Esto decía al tiempo que se solazaba y reía por dentro por el
castigo infringido a quien tan injustamente la había acusado de ladrona de
gallinas.
Fueron cuatro días de horribles
padecimientos, que por fin fueron cediendo en su furor, dejando que la tía
Peñones hallara algún momento de descanso.
Cuando
todo hubo pasado, agarrando aquel infame frasco para zambombearlo a los quintos
infiernos, dio en advertir que el mismo estaba intacto, sin asomo de haber
usado su contenido. Esto hizo sonreír maliciosamente a la tía Peñones,
relamiéndose con sólo pensar en el escarmiento que haría en la tía Panocha,
que, si lo hubo, yo no lo sé y por eso no lo cuento.
GLOSARIO:
Chacha: en gran parte
de la comarca del Almanzora se utiliza el término “chacha” en sustitución del
término de parentesco “tía” (generalmente se aplica a los hermanos/as de los
padres)
Tener entrañas: se trata de
“tener sentimientos” a la hora de llevar a cabo alguna acción.
Susodicho: término que
se emplea para referirse a una persona anteriormente citada.
Ecichaíco: viene a significar “desdichado”, persona
desgraciada, con mala suerte en la vida.
Almazara: lugar en el que
se muele la aceituna de la se obtiene el aceite de oliva.
Correntilla: hacer o
decir algo de forma rápida o “de corrido”; que no se para a pensar lo que dice.
El tío del bigote: medicación
líquida para tratar el reúma, la artrosis y dolores musculares y óseos que se
aplicaba por frotación con la parte dolorida del cuerpo. Se denominaba así
porque en el envase aparecía el rostro de un hombre con gran bigote.
Mu mirá: persona muy
apreciada, muy querida, a la que se le tiene gran admiración y respeto.
Pasá: darle una
aplicación o frote por la zona dolorida.
Resquemorcillo: en este caso
la acepción se refiere al resquemor o ardor que le producía la aplicación del
ungüento.