¿Quién, siendo niño/a, no ha volado alguna vez sobre la alfombra mágica de la imaginación, mientras un padre o una madre, un abuelo o una abuela, relataba una historia elaborada a base de ingenio y fantasía, extraídos de lo más profundo del mundo de lo imposible, a la vez que llenaba de encantamiento su mente? Antonio Rubio, con esta bella historia de "LOS DIVINOS SEGADORES", nos recuerda y recrea en esa forma mágica que poseían los mayores para hacer sentir le belleza de la ficción a través de la palabra. Hoy, aunque todo es muy diferente, debiera la Humanidad seguir cultivando ese entrañable espacio de comunicación y contacto entre niños/as y mayores, y nada debiera usurpar ese territorio, único que es ajeno al mundo virtual que todo lo invade.
Ha sido frecuente la recurrencia de la
imaginación popular a crear cuentos con las figuras de Jesús y san Pedro,
siempre desde el respeto, pero con enorme gracejo y con situaciones divertidas en las que la figura de Cristo aparece como paternal y milagrera y una interesada, algo indolente y hasta torpe la del Santo.
Sobre Antonio también cabe agregar que fue corresponsal de un periódico
provincial y ha compuesto obras teatrales cortas, como "La reconquista de Albox",
"Cosas de celos, pero menos", "Las andanzas de
Canuto" o "La llave de la felicidad", que han representado sus alumnos en certámenes teatrales.
En el 2004 la revista Batarro le publicó "El
ángel de la noche y otros cuentos". En la actualidad se halla preparando
una obra sobre apodos y diversas anécdotas, a modo de "crónica popular".
Siempre ha sido Antonio un auténtico enamorado de las cosas de su tierra y un lomero de "pro".
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Antonio Rubio |
LOS
DIVINOS SEGADORES
Antonio Rubio Fernández
En
las noches de invierno, cuando el viento soplaba con furia y era una delicia la
seguridad que brindaba el hogar, a una señal de mi padre –ahora me doy cuenta
de que mi padre nunca daba órdenes, tal era nuestra compenetración con él que
nos bastaba una señal suya para quedar enterados de lo que había que hacer–, mi
hermano y yo dábamos las buenas noches y nos encaminábamos al dormitorio; al de
mis padres quiero decir. Mi padre se acostaba en el centro de la cama y mi
hermano y yo, uno a cada lado. Entonces mi padre decía solemnemente: “¿Por
dónde íbamos?” Y así empezaba cada noche una sinfonía, siempre vieja y siempre
nueva, de historias maravillosas, más hermosas, mucho más hermosas que esas
modernuras de los “cuentacuentos” y otras lindezas por el estilo, que frente al
calor y el sentimiento que un padre como el mío ponía en sus relatos, que él
iba hilvanando según mostrábamos nuestras preferencias, no se ha inventado
todavía sucedáneo digno de ser tenido en consideración.
Las
historias duraban una eternidad, pues el libro donde bebía era su fantasía y
ésta no tenía límites. De cualquier cosa sacaba tema para armar el cuento.
En
cierta ocasión, y esperando a que un amigo acabara de acicalarse, me senté frente
al televisor y quedé sorprendido ante lo que veía. Hice las averiguaciones
oportunas y aquella película se titulaba “Androcles y el león”, cuya temática
coincidía con una de las historias de mi padre. Sólo no encajaba el nombrecito,
que Androcles debió parecerle a mi padre algo recio para dos criaturicas de tan
tierna edad y lo cambiaría por otro menos sonoro pero más al alcance de
nuestros pocos años.
Otra
historia bastante larga e intensa fue la de san Felipe Neri, que no entendía yo
por entonces el porqué de nombre tan estrambótico –a mí me lo parecía y por eso
lo digo–, pues con Felipe a secas la historia no perdía ni un ápice de interés,
intriga y belleza. Pero callé, porque con mi padre había que andarse con
tiento.
Pasado
el tiempo, pude relacionar aquella historia con el oratorio de san Felipe Neri
de la calle Cervantes, esquina a la del Caño san Felipe, y que lo que mi padre
nos contara no era otra cosa que la vida y andanzas de este santo “cuasi”
barrialtero.
Una
noche, en la que el viento parecía más enfurecido y el agua bajaba por la calle
Salitre con la virulencia de una riada impetuosa, mi padre empezó así:
Esta historia que os voy a contar es
verdaderamente verdad y ocurrió cuando Nuestro Señor Jesucristo aún andaba por
el mundo.
Iba el Señor por esos campos de Dios en
compañía de san Pedro, que, dicho sea de paso y a pesar de ser santo, era algo quisquilloso y poco amigo de meterse
en cuestiones complicadas. Andaban sin rumbo fijo y a san Pedro empezó a
picarle el hambre, por lo que dijo a Nuestro Señor:
-Señor, hora es de que proveamos algo a
lo que hincar el diente, pues para dos días va que no comemos nada y las tripas
empiezan a hablar entre ellas de muy mala manera.
-No te preocupes, Pedro –dijo el Señor–;
veremos de arreglar ese asunto.
Iban por un camino flanqueado por dos
auténticos muros de sazonadas espigas, pues era el tiempo de la siega. Al poco,
a lo lejos, descubrieron un cortijo, todo blanco que daba gloria verlo, y en la
puerta un campesino y su mujer que hablaban gesticulando mucho.
Como el Señor conocía el tema y sabía,
pues el Señor lo sabe todo como atinadamente dice el catecismo, cuál era la
conversación que marido y mujer se traían entre manos, dijo a san Pedro:
-Mira, Pedro, seguro que esos campesinos
andan preocupados porque la mies está ya en sazón y posiblemente no encuentren
segadores. Así que vamos a ofrecernos nosotros y así tendremos la comida
asegurada y un buen jornal.
San Pedro echó una mirada a aquel mar de
trigo, que a él le pareció más grande que el mismo mar, y, como no era muy
goloso para el trabajo, hizo un mohín de disgusto, pero calló, pues no se
atrevía a replicar al Maestro, y con estas llegaron a la puerta del cortijo.
Lo que el Señor había supuesto,
lógicamente, es lo que pasaba. Llegaron pronto a un acuerdo, ya que el Señor,
como es natural, no era nada avaricioso y quedó ajustado que aquella misma
tarde, tras la comida del mediodía, empezarían el trabajo.
Bien comidos y armados con afiladas
hoces, los divinos segadores se encontraron frente a aquel muro rubio y
rumoroso. Los pajarillos iban y venían buscando los granos que se desprendían
de las espigas y la brisilla, suave y cadenciosa, cantaba alabanzas a Dios por
entre aquel mar de oro.
-Fíjate, Pedro –decía el Señor–, cómo
nuestro Padre Celestial alimenta a las avecillas que ni tienen que sembrar, ni
segar, ni trillar…, pero a las que no falta el alimento. O esas hormiguillas,
que, laboriosas y sin descanso, transportan, porque así lo dispone Él, el
sustento para el crudo invierno…
Y así siguió hablando el Señor, y san
Pedro, que tiene el alma cándida de un poeta, escuchaba embelesado, de tal
manera que llegó la noche y nada se había hecho del trabajo encomendado.
-Bien –dijo san Pedro–; mañana
madrugaremos y recuperaremos lo perdido.
Llegaron, cenaron y se fueron a la cama.
Bueno, esto de irse a la cama es una forma de hablar, pues el labriego les
había entregado dos jergones de perfollas y les había indicado un cobertizo
para descansar. Como la noche era muy calurosa, dejaron la puerta abierta y
echaron allí mismo los jergones; san Pedro junto a la puerta y el Señor algo
más adentro.
A la mañana siguiente, el campesino
madrugó y fue a visitar el tajo y al ver que no habían segado ni un solo haz,
volvió al cortijo airado y con una correa la emprendió a correazos con el que
más cerca estaba, con lo que san Pedro quedó el pobre magullado.
Volvieron al trabajo, pero, claro, como
el Señor también tiene alma de poeta, comenzó con que mira, Pedro, con qué
primor nuestro Padre Celestial viste las florecillas del campo; cómo esas
abejas, libando sin asomo de pereza el néctar, nos dan la riquísima miel…
Total, que llegaron las sombras de la noche y el trabajo sin empezar.
Volvieron, cenaron y a la cama. Pero san
Pedro, escarmentado y dolorido por lo ocurrido aquella mañana, dijo:
-Mira, Señor; tengo mis posaderas tan
doloridas que esto es un sinvivir, y como temo que mañana pueda ocurrir lo
mismo con este iracundo campesino, me pido el jergón de dentro.
Dijo el Señor que bueno, que llevaba
razón, y no hubo más que hablar.
A la mañana siguiente todo ocurrió tal y
como san Pedro había pensado y el labriego, tomando la correa, se dirigió al
cobertizo dándole aire al fatídico instrumento.
-Como ayer zurré al que dormía fuera,
hoy le toca al que duerme dentro.
Así dijo el campesino y soltó tal
somanta de correazos al bueno de san Pedro que lo dejó hecho una lástima.
Vueltos al lugar de la faena, vino el
Señor a extasiarse ante la dulce melodía de las avecillas, acompañadas por el
coro que la brisa levantaba del rubio trigal entonando loores al Creador, pero
san Pedro, con el miedo en el cuerpo y las posaderas ardiendo ante aquellos
correazos que con tanta pericia y arte repartía aquel hombre terrible, de esta
manera hablo:
-Señor, nadie duda de la grandeza del Padre
Eterno ni de las maravillas con las que, para goce de los hombres, adornó la
creación, pero mis posaderas no pueden aguantar más y mucho me temo que ha de
ocurrir mañana tal y como ocurriera en las dos precedentes, así duerma fuera
como dentro, que este hombre descomunal y violento conmigo parece haberla
tomado. Así, Señor, que vamos a dejarnos de contemplaciones y, aunque mi
trasero demanda reposo y melecinas, entremos al tajo para ver de amortiguar la
cólera del campesino o mis nalgas quedarán definitivamente maltrechas por los
siglos.
Sonrió Jesús con esa sonrisa suya que
encandila los corazones y, subiendo a una loma desde donde todo el campo se
divisaba, extendió sus manos y al punto aquel océano de rubias mieses quedó
transformado en múltiples gavillas amontonadas aquí y allá, que hicieron las
delicias del campesino cuando, aquella misma tarde, pasó por allí por si
aquellos segadores suyos necesitaban una ración extra de “ánimo” antes de
acostarse.
Al día siguiente, los divinos segadores
reanudaron su camino para seguir repartiendo la bondad entre los hombres, que,
tercos y cazurros, a duras penas son capaces de alcanzar un mínimo provecho de
este regalo divino.
GLOSARIO:
Modernura: término empleado en el habla popular y que equivale a "modernidad", a decir que algo es novedoso o de actualidad.
Sucedáneo: sustituto, que es similar o parecido.
Androcles: rey de Mesina en el s. VIII a. de C. Se le considera hijo y sucesor del rey Fintas y descendiente de la diosa Afrodita y de faetón.
Acicalarse: arreglarse, asearse, adornarse.
Criaturica: término diminutivo de "criatura". Es bastante usual la terminación "ico/ica" en toda esta comarca. Es un Aragonesismo
Cuasi: equivale a casi y en el diccionario, uno remite al otro. Cuasi es la forma más cercana a la etimología latina "quasi". En realidad se trata del término culto latino.
Barrialtero: natural del Barrio Alto, la parte más antigua del pueblo de Albox.
San Felipe Neri: apóstol de Roma (1515-1595). Fue fundador de la orden del Oratorio. Nombre de una de las calles de Albox.
Quisquilloso: se dice de la persona que es muy meticulosa y susceptible.
Hincar el diente:morder, dar un mordisco, clavar los dientes en algo
Estar la mies en sazón: la mies (trigo, cevada, avena, centeno) está madura y a punto para la siega.
Mohín: gesto, guiño, mueca que se hace con cara de disgusto.
Jergón de perfollas: colchón relleno con la farfolla del maíz. En esta zona el término "perfolla" es más usado que el de "farfolla". Se trata de la hoja ya seca que cubre el fruto del maíz o panizo.
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El Señor y S. Pedro en el cobertizo |
Sinvivir: estado de preocupación, angustia e intranquilidad en el que se halla una persona.
Cobertizo: sitio cubierto torpemente para guarecerse de la intemperie.
Zurrar: castigar a alguien con azotes y golpes.
Melecinas: desviación vulgar del término "medicina"
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El Señor explica a S. Pedro la belleza de la Naturaleza |