Cuenta una antigua leyenda que una fría mañana de invierno, una vecina se
acercó a su corral para recoger los huevos que el día anterior habían puesto las
gallinas. Ella no tenía gallo, por aquello de que los gallos son agresivos y
malos, y atacan cuando te acercas al corral. Ella iba toda confiada, con su
cestillo para hacer la recova, o lo que es lo mismo, la recogida de los huevos.
Casi adormilada aún por el madrugón, entró distraída hasta donde estaba el
gallinero. Y allí tuvo una gran sorpresa, pues sobre el palo en el que dormían
las gallinas, ahora había un gallo rojo gigante, con cresta también gigante. La
mujer, completamente confundida ante tan inesperado intruso, no se atrevió a
acercarse, ni siquiera hasta los ponedores donde se hallaban los huevos. Se
llevó, además, un gran susto, preguntándose cómo habría podido llegar aquel
animal hasta allí. ¿O era sólo un espejismo, una alucinación debida a lo
temprano de la hora? No hallando la respuesta a aquel estado tan confuso, dejó
el gallinero y regresó a la casa bastante aturdida.
Indecisa entre contar o no
lo que había observado, no fuese que su marido y sus hijos la tomasen por tonta,
o loca, que es aún peor, determinó regresar de nuevo al corral. Y ahora la
sorpresa fue total: el gallo se había puesto unas grandes gafas y leía una
historia a las gallinas, que lo escuchaban embelesadas. No se le entendía bien,
o, al menos, ella no lo entendía muy bien, pero la historia que contaba el gallo
debía ser muy interesante. Ya no sabía si es que se había puesto de verdad
tonta, o aquello era un milagro-prodigio de los que a veces le habían contado
que ocurrían. Se ocultó detrás de un portalón y sin perder ni un momento la
mirada hacia el gallo, observó cómo el animal, con sus lentes puestas y un libro
de cuentos sostenido por sus alas, les narraba a las gallinas una historia sobre
un pequeño mono que un abuelo había regalado a su nieto.
El gallo leía y leía
sin parar, pero no cantaba, algo impropio de un gallo a esas horas de la mañana.
La señora, muy extrañada ante lo que estaba pasando, decidió volver y contárselo
al marido, no fuese que ella tuviera visiones, estuviera viendo cosas irreales.
Pero, no, no era así. Pues cuando volvieron al gallinero, contemplaron cómo las
gallinas aplaudían la historia y pedían que la repitiese. Y el gallo, como buen
galante de sus anfitrionas, repitió la historia que sigue a continuación.
“Ángelo era un hombre de unos cincuenta años y, como todos los hombres mayores
de 15 años y menores de 60, fue llamado por el rey para ir a la guerra. A la
guerra sólo iban los pobres, pues el rey había dicho que quienes pagaran mil
reales de plata podrían librarse. La guerra se hacía contra el reino vecino, por
unas minas de oro que se hallaban en la frontera de ambos reinos. Y, como en
todas las guerras, los pobres siempre luchan para salvar los intereses de los
ricos, no los propios. Las minas eran del rey y de los ricos, por eso éstos
podían librarse de ir a la guerra, pues tenían mucho dinero y podían pagar los
mil reales de plata. Ángelo, que no poseía ni cinco reales, tuvo que marchar a
la guerra. Allí conoció a Sandro, un buen hombre, como él. Se hicieron muy
amigos. Sandro no tenía nadie en el mundo, sólo un mono, tan pequeño como un
puño, que lo acompañaba a todas partes. Era travieso y juguetón como ningún otro
mono, saltarín y hasta burlón. Pero lo principal de “Relámpago”, -así lollamaba
su dueño-, es que hasta sabía hablar.
Una noche, antes de que fuese la batalla
al día siguiente, Sandro le dijo a Ángelo que si le ocurría algo o moría en la
lucha, que se hiciera cargo de “Relámpago”, que no lo dejase abandonado. Al día
siguiente tuvo lugar la batalla alrededor de un monte que se conoce como el
Cerro Gurugú. Allí hubo muchas víctimas, entre otras estuvo la de Sandro. Ángelo
también fue herido, pero salvó la vida. Como ya no servía para seguir
batallando, fue enviado a su casa y con él llevó a “Relámpago”.
Cuando su nieto
Pietro lo vio, se encaprichó del pequeño mono y su abuelo tuvo que regalárselo.
El niño no se portaba muy bien con los animales, cosa que no se hace, pero si él
estaba enfadado por lo que fuese, se desfogaba con el animal, maltratándolo,
castigándolo, dejándolo sin comer, y cosas así. Pietro también tenía una gata,
llamada “Minerva”, blanca y negra, preciosa.
Relámpago se enamoró de Minerva y
no la dejaba tranquila. La besaba, le gritaba al oído, le hacía cosquillas, se
subía encima de ella, haciéndole rabiar continuamente. Un día apareció por la
aldea un gato romano, grande y sabio como ningún otro. Minerva lo vio y
enseguida se enamoró de él. Y como estaba harta de soportar a Relámpago y ya se
había dado cuenta de que el mono estaba enamorado de ella, decidió marcharse con
el gato, pues no entendía que un mono se enamorase de una gata.
Pietro, al saber
que Minerva no estaba, encerró a Relámpago en un cuarto oscuro, sin comida ni
agua, durante tres días. El día que salió, el mono escapó huyendo, no tanto para
escapar de Pietro, si no como para buscar a Minerva, pues sin ella no sabía
vivir. Recorrió aldeas y más aldeas, pero no la encontró. Muerto de hambre y
cansancio decidió regresar con su dueño, Pietro. Éste se vengó de él amarrándolo
con una cuerdecilla al balcón, para que no escapara de allí. Relámpago saltaba,
brincaba, hacía puenting con la cuerdecilla por fuera del balcón, y así siempre.
Las gentes de la aldea, que pasaban por la calle, se detenían al ver un mono tan
simpático, y lo que más les sorprendía es que el mono hablara tan bien como
ellos.
Un día el mono se soltó, pues se había roto el cordelillo, dio un salto
dela balcón al suelo y se marchó para no regresar jamás. Tal vez fuera en busca
de Minerva, o quizás porque no quería que volviesen a maltratarlo. El relato
finalizaba diciendo que los ricos, generalmente, abusan de los pobres y también
suelen hacer daño a muchos animales, divirtiéndose con su dolor.”
Esta es la
historia que el gallo contaba a las gallinas. A la mañana siguiente la dueña del
corral acudió muy temprano a ver si el gallo estaba contando otra historia,
pero, no, el gallo ya no estaba. Había desaparecido como desaparece un fantasma.
Estos hechos sorprendieron a los dueños del corral y a todos los vecinos, tanto
que durante años y años en la aldea no se hablaba de otra cosa. Habían pasado
varias generaciones y aún seguían contando lo del gallo que leía, cuando una
noche de verano, en la que las gentes de la barriada tomaban el fresco bajo la
brillante lamparilla de millones de estrellas, de improviso se presentó un
hombre pobre, que bien se notaba que cabalgaba a lomos del hambre y la miseria.
Dio las buenas noches y pidió algo de comer. Unos caritativos vecinos le
saciaron el hambre. Él se sentó con ellos y les preguntó por la leyenda del
“Gallo que sabía leer”. Ellos se la contaron, diciéndole que de eso habían
pasado casi cien años. Fue entonces cuando él viajero los sorprendió diciéndoles
que el gallo no era otro que un príncipe encantado por una bruja a estar cien
años vagando y contando la historia del abuelo que regaló un mono a su nieto. Y
es que el príncipe siempre se había portado muy mal con todos los animales, y
también con los habitantes del reino. Cuando pasara ese tiempo volvería a
desencantarse, pero antes tendría que ir visitando uno por uno todos los
gallineros de todas las aldeas por las que había pasado hacía cien años, y que
aquella aldea la visitaría al día siguiente. Sería la única forma de
desencantarse.
Todos quedaron perplejos ante lo que el hombre les decía,
mirándose unos a otros, sin decir palabra. De pronto se dieron cuenta de que el
hombre ya no estaba, había desaparecido. Ningún vecino durmió aquella noche,
esperando la madrugada.
Como era verano y en verano amanece muy temprano, a las
cinco o así de la mañana ya estaban todos a la puerta del corral. Y, ¿sabéis qué
pasó? Pues que, cuando llegaron ya estaban las gallinas despiertas y el gallo,
con sus gafas puestas, leyendo la historia del abuelo que regaló un mono a su
nieto.
Todos y todas quedaron asombrados al comprobar que la leyenda era cierta.
El gallo les estaba aconsejando que jamás maltratasen a un animal. Él pasó el
día en el corral, pero a la madrugada siguiente, cuando fueron los vecinos, éste
ya había desaparecido.
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