martes, 4 de diciembre de 2012

UN CUENTO EN NAVIDAD

                                 
                          RECUPERANDO RECUERDOS
            
        (PEQUEÑOS RELATOS SUELTOS)

Recuerdo, no sin nostalgia, los duros y fríos inviernos en los que cada noche, tras la última "rebaná" de pan, único postre con el que finalizábamos la cena, solíamos acurrucarnos junto a  raquíticos leños que lentamente se consumían  en la humilde chimenea de la casa. El rinconcillo sólo estaba alumbrado por la luz que desprendían las llamas, mientras adoptaban formas caprichosas que creaban sombras diversas en la estancia, y por la tenue luz de un candil de aceite. Cuando la aterradora ventolera nos visitaba, la lucecilla de la candileja zigzagueaba a capricho de los impulsos de aquellos vendavales, pues ni de colarse por el cañón de la chimenea se privaban. Al calorcillo de las ascuas permanecíamos hasta que no mermaban el aceite o la "torcía" del frágil candilucho. En cuanto alguno de estos elementos empezaba a apuntar hacia su ocaso, solíamos retirarnos a  descansar con el pensamiento puesto en que tendríamos que "ser buenos" al día siguiente. En aquellas entremedias que la lumbre y el candil tenían vida, nosotros repasábamos los hechos del día, mi abuelo hacía futurología sobre el tiempo, o salían a relucir relatos que transportaban la mente hacia mundos imaginarios y fantásticos. Solía ser esto más frecuente cuando la climatología ayudaba a recrear escenas ficticias, especialmente en las noches que retumbaba la lluvia en el tejado, o en las huracanadas, cuando el turbulento y persistente gemido del viento azotaba la pared de poniente y el aguilón del tejado. Era un sonido titubeante, que amainaba a veces, enloquecía rabiosamente otras, pero mantenía siempre mil melodías amenazantes y siniestras. Su furia flagelaba por igual, en una escena interminable, todo cuanto en su camino se interponía, a la vez que producía medrosas sensaciones. Considerábamos la vivienda como un baluarte hercúleo contra aquellos vientos y estar en su interior producía en nosotros sensación de fortaleza inexpugnable, sabiéndonos a salvo de tan amedrentador poder de la Naturaleza. Era como un quite especial que hacíamos en la noche a aquellas  furiosas inclemencias de las que durante el día nos resultaba imposible escapar, pues nuestra vidas estaban atadas al campo.


Carámbanos en el tejado

Frecuente en invierno era aquella situación, producida  por el poniente,  asiduo visitante,    y que servía para despertar leyendas y cuentos, adormecidos en la memoria de los mayores, que hablaban de historias malvadas, de personajes perversos o de infortunadas  criaturas vapuleadas por la desdicha y la adversidad, o de otras visitadas, de forma inesperada, por la diosa Fortuna. Una vez acabada la historia solíamos emprender la retirada. 

En las fechas de Navidad aumentábamos el consumo de leños y candil y así permanecíamos más tiempo junto al fuego. Esto y unos mantecados y tortas de Pascua, de elaboración casera, conformaban el solo capricho del que  disfrutábamos durante esos días. Cuando el cuerpo ya no aguantaba o el sueño me doblegaba, abandonaba  el humilde rincón para ir a meterme bajo los cobertores y zaleas que cubrían la cama y que, en un primer instante, más parecían  ser los carámbanos que a menudo colgaban de aquellos vetustos tejados de la casa. Allí, oyendo aún el gruñido del viento y recreando en la imaginación detalles de las historias narradas, iba dejándome abrazar por el deleite de un maravilloso sueño.


Hoy traigo a la memoria un cuento que mi abuela me relató estando pegados a las ascuas tanto o más que el gato, por el mucho frío, una de aquellas noches de crudo invierno, próxima ya la Navidad. El cuento se titulaba: 

  "EL SOLDADO QUE NO SABÍA LEER"


Allá por los tiempos de Maricastaña, cuando Cristo y San Pedro andaban por el mundo, volvían éstos un día de regreso de una de sus múltiples andanzas cuando se cruzaron con un viejo soldado que había servido en una de las mesnadas del rey y que ya regresaba a su casa. Como casi siempre, San Pedro iba de muy mal humor, no tanto por el mucho calzado malgastado, según él,  sino por lo poco que en su estómago  entraba últimamente.

Hacía algún tiempo que el soldado había recibido carta de su esposa, pero como no sabía leer, había sido otro soldado de la mesnada el que lo había hecho. En dicha carta le comunicaba que debido a las muchas penurias por las que atravesaban, había tenido que cambiar de pueblo y que ahora se hallaba en uno llamado "Cotavieja" que estaba a más de cuatro leguas del anterior. También le decía que lo esperaba para Nochebuena, que ya eran varios los años que no la pasaban juntos y que tanto su hijo como ella estaban deseando  tenerlo a su lado. 


El soldado, al verse licenciado, hecho que se produjo más por inútil que por  viejo, salió "a escape", con su petate acuestas, cargado éste de mendrugos de pan, única ganancia que el rey le había dado en los cinco años que lo había servido. Iba el hombre bastante perdido por aquellos caminos de Dios, repitiendo el nombre de "Cotavieja" una vez y otra para así no olvidarlo:



-¡"Cotavieja, Cotavieja, Cotavieja, Cotavieja,..."!-, siempre sin parar.

Subía por una empinada trocha, desprevenido y feliz, cuando quiso la mala fortuna que tropezase en un pedrusco, dando tal vaivén que fueron él y el petate a estrellarse contra un gran árbol que había junto a la vereda. Fue tal el topetazo que allí no sólo voló el petate, sino que junto a éste también voló el nombre de "Cotavieja", pues ya no fue capaz de recordarlo. Aturdido y magullado, recogió sus enseres y siguió su camino, pero ya no era "Cotavieja" lo que le venía a la memoria, sino "Corralavieja", "Cantalavieja", "Caralavieja", "Culolavieja" y mil más, pero ninguno era el que ponía la carta.

Desesperado porque la noche se echaba encima y porque no veía un alma por aquellos caminos, quiso el azar, como queda dicho, que viniese a tropezar con el Señor y San Pedro que venían de hacer milagros de una aldea cercana y, dirigiéndose a éste último, porque era mayor y le parecía de más respeto, le preguntó:

-Oiga, señor, ¿podría decirme por dónde se va hasta la aldea de "Cabralavieja"?-, pues  éste fue  el último nombre que le vino a la mente.

San Pedro que no llevaba cara de buenos amigos, primero soltó una gran carcajada por lo del nombre y luego le dijo con voz malhumorada:

-¿Acaso no sabes leer, mendrugo? ¿No has visto, "so zoquete", el letrerillo que hay en la encrucijada de los caminos?

El soldado no quería que supieran que era analfabeto y ante la respuesta agria del Santo, le contestó que no había visto el rotulillo, que iba distraído por la mucha ansia que tenía de llegar a su casa, para ver a su mujer y a su hijo, a los que no veía desde hacía años y  que quería pasar la Nochebuena con ellos. San Pedro, dando muestra de no querer atender a más razones, aligeró el paso, mientras el Señor, al observar la respuesta avinagrada y desabrida de su acompañante, no quiso quedar al margen y se dirigió al soldado diciendo:

-¿Qué es lo que busca, buen hombre?

-Mire, señor, soy soldado que vuelvo de servir al rey y ando desorientado, pues hace muchos años que me marché y ahora regreso con mi mujer y mi hijo. Quisiera saber si éste es el camino de "Correlavieja".

-¿Cómo dice "Correlavieja" si a mi acompañante le ha dicho  "Cabralavieja"?

-Bueno, no sé. Mi mujer pone "Correlavieja"  en una carta que me escribió hace unos meses.

-Buen hombre, -replicó el Señor en tono siempre pacífico y amigable-, no se conoce por estos confines aldea que lleve ninguno de esos nombres. ¿Está usted seguro que su nombre es "Correlavieja"?

-Así creo, señor; eso es lo que yo leí. 

El Señor, al que nada se le escapa, sabía que el soldado no sabía leer y que había olvidado el nombre, así que le preguntó si llevaba la carta en el hatillo para leerla de nuevo. El soldado no quería que vieran el pan por miedo a que se lo robasen, pero, ante la insistencia del Señor, no tuvo más remedio que abrir el morralillo y sacarla. Fue en ese momento cuando San Pedro vio el pan, con lo que la boca se le hizo agua por la mucha hambre que tenía, así que le dijo que le daría un maravedí si le daba un corrusco de aquellos.

-Señor, yo no vendo el pan, que lo quiero para mi mujer y mi hijo, para tener comida para la Nochebuena, pues somos muy pobres. Ella pasa el día lavando la ropa de gentes poderosas y apenas le pagan un maravedí al día y yo sólo traigo esto. 

Intervino de nuevo el Señor, diciéndole a San Pedro:

-No seas pejigueras, Pedro, que los maravedíes no son suyos, sino de los dos. Si quieres que te de un corrusco de su pan debes  leer la carta que lleva, pues el pobre no ve bien.

De esa forma el Señor no quiso humillar al soldado, y sí dar una lección de humildad al Santo, que tampoco sabía leer.

-Señor, -dijo San Pedro-, bien sabes que se me cayeron las gafas en el pozo cuando fui a sacar agua y desde entonces ni las letras grandes veo.

-Vale, Pedro, por esta vez pase, pero la próxima lectura la harás tú, ¿de acuerdo?-, pues tampoco quiso dejar en mal lugar a su compañero de fatigas-. Ahora veamos lo que dice la carta.

Cuando ya la hubo leído, le dijo, muy contento, al soldado:

-Vaya, hombre, la aldea a la que te diriges se llama "Cotavieja" y hacia allá vamos nosotros también, aunque no sé si podremos llegar, pues el cansancio es mucho y, además, no hemos comido en todo el día. También queremos llegar para celebrar la Nochebuena, pero,...,ya ves, ya ves lo agotados que estamos.

Quería el Señor de esta forma poner a prueba la generosidad del soldado.

Éste que recordó de golpe el nombre de la aldea, dudó si aliviar o no con su pan la fatiga de aquellos hombres, pero, más por conveniencia que por otra cosa, abrió el morral y sacó tres mendrugos, dando uno a cada uno y otro para él. Se sentaron a la vera del camino, engullendo con voracidad, en especial San Pedro, el duro corrusco y siguiendo después la marcha los tres juntos, hablando de unas cosas y otras y, en especial, de cómo pasarían Nochebuena y Navidad. El soldado volvió a comentar al Señor, que iba tomando buena nota de lo que le decía, lo pobres que eran y que quizás sólo tendrían aquellos mendrugos para toda la Navidad.

Cuando llegaron a la entrada de la aldea se separaron, yendo el soldado en busca de la casucha donde le aguardaban su mujer y su hijo. Al llegar se abrazaron y seguidamente él fue a mostrar los trocillos de pan que les traía, con lo que esperaba poder pasar las Navidades. Pero,...¡vaya sorpresa!, pues al abrirlo, vieron que dentro ya no había corruscos de pan duro y florecido, sino brillantes pepitas de oro con lo que tendrían para pasar todas las Nochesbuenas y todas las Navidades que les aguardaban durante el resto de sus vidas. Y así es cómo terminó este cuento del "SOLDADO QUE NO SABÍA LEER", pero que inmediatamente fue a la escuela para aprender, pues   junto con la salud, es el mayor bien que las personas pueden poseer.
Y "colorín colorado", que este cuento se ha acabado.

GLOSARIO:
"Rebaná":  por "rebanada" corte fino y pequeño que se hace en el pan.
"Torcía" del candil: mecha que se usaba en los candiles. Un extremo estaba introducido en aceite del que se alimentaba para alumbrar. El otro extremo era el que estaba encendido.
Verse licenciado: se denomina así al hecho de finalizar el servicio militar y conceder al soldado la licencia para marchar a su casa.
Salir "a escape": salir rápido, de prisa.
Petate: especie de saco en el que el soldado llevaba sus pertenencias.
Mendrugo de pan: trozo de pan seco y duro. Corrusco.
"So zoquete": expresión con la que se indica a alguien que está equivocado o que es tonto.
Pejigueras: pesado, molesto, incómodo.
                        
                         
         
             
 

martes, 27 de noviembre de 2012

UN TROPEZÓN EN COTORRÍOS


                 RECUPERANDO RECUERDOS
             (PEQUEÑOS RELATOS SUELTOS)

      UN TROPEZÓN EN COTORRÍOS    
                   
Corría el verano de 1988. Eran los primeros días del mes de  julio y aquellas  vacaciones se presentaban especiales: estrenaríamos tienda de campaña y también  nos estrenaríamos en la maravillosa vida de camping. La ilusión inundaba la imaginación. Con nerviosismo, con entusiasmo desbordado íbamos buscando el espacio que  en el pequeño maletero del  R-8 nos permitiera llevar a cabo nuestro ansiado proyecto. 

Nuestro R-8
Durante unos días el coche sería nuestra casa ambulante y no podría faltar nada. Éramos cinco de familia y hasta la "AZUL" de Javier (su inseparable almohada) y sus juguetes debían ocupar  su sitio. Nos las arreglaríamos como fuese. A buen seguro que todo aquello sería una experiencia maravillosa. Para nosotros era nueva. La aventura la haríamos con unos amigos, avezados ya en la vida de acampada.

Nacimiento río Guadalquivir
Salimos de Albox un día muy de mañana y nos dirigimos a Cotorríos, subiendo desde Pozo Alcón por el Puerto de Tíscar para, desde allí, adentrarnos en Sierra Cazorla hasta llegar al nacimiento del río Guadalquivir, espacio deslumbrante por su enorme  belleza paisajística. Empezábamos así a hallar la plena armonía que buscábamos, la total simbiosis con la Naturaleza, en un entorno de ensueño, disfrutando de lo que aquella nos brindaba: el sosiego, el agua cristalina que emergía de la tierra formando aquel primer arroyuelo  que daba origen al río. Todo era perfecto: el manantial, cada rincón, cada planta, cada animal en su estado natural y salvaje. Fuimos después descendiendo por las márgenes del río hacia nuestro destino: Camping de la Chopera de Cotorríos


Por un tiempo estaríamos en total comunión con todo aquello que nos rodeara. Dormiríamos cada noche cubiertos casi sólo por el manto del cielo, mirando las estrellas, con el sonido de algún ave nocturna, el graznido de algún animal, el concierto monótono de los grillos con su cansado  “cri, cri, cri, cri,…”  o la melodía que creaba el paso del agua. Nos despertarían quizás  las primeras luces del alba o la salida del Sol, o el ruido de cervatillos que, muy familiarmente, se tomaban la confianza de acercarse durante la noche hasta las tiendas olismeando y buscando, quién  sabe, si alguna galguería para llevar a la boca, pues al parecer ya estaban bastante acostumbrados.

Era toda una  infinidad de pequeñas bellezas que no percibimos en el afán diario de nuestras vidas, el cual nos ocupa de tal manera que  nos hurta la oportunidad de recrearnos en la grandeza que encierran las pequeñas, las humildes maravillas que nos ofrece la  Tierra y que muy poco valoramos.

Una vez que llegamos a nuestro destino nos situamos en una parcela al margen mismo del río, en el escaso espacio que iba dejando la mucha gente que durante esos días empezaban a poblar el camping.  Ansiosos por llenar los sentidos y el espíritu con todo aquello de lo que gozaríamos sólo unos días, aligerábamos cada mañana para emprender la marcha hacia alguno de los infinitos lugares y rincones que se nos ofrecían por cualquier lugar de la Sierra de Cazorla.

Centro "Torre del Vinagre"
Acudimos al museo del Centro de Visitantes de la Torre del Vinagre, fuimos a Siles,  pasando por el Tranco, y llegamos hasta el nacimiento del río Mundo, que parecía estar al otro lado del mundo. Nos bañábamos en los “chirlancos” que el agua  cristalina y fría, en su veloz descenso de la montaña, iba  formando en pequeñas hondonadas, creando en su  descanso un bello juego de cristalinas burbujas; serpenteábamos por caminos intrincados; ascendíamos a lomas para divisar paisajes hechos de postal y regresábamos siempre agotados, deseosos de caer en aquellas colchonetas que, extendidas sobre el suelo, se habían convertido en el mejor de los lechos soñados.

Chopera de Cotorríos
Con todo,  cada noche, tras la cena, aún estando exhaustos, nos quedaban fuerzas para charlar, para  intercambiar impresiones y opiniones, contar historias y vivencias o para jugar a las cartas. Sobre las doce de la noche se hacía obligatorio el silencio, algo que era sagrado y respetado por  todos. Mas quiso la fatalidad que una de las noches, regresando de efectuar la micción que precede a la caída en brazos de Morfeo,  fuese yo a tropezar con uno de los vientos que aguantaba una minúscula tienda, modelo “iglú”, en la que se hallaba una pareja joven, de procedencia extranjera y que en aquel preciso instante andaban metidos en la más  fascinante faena que puede no sólo hacerse, sino hasta imaginarse. Se deleitaban en un apareamiento interminable. Gemidos y suspiros profundos, no de dolor o pena, sino de intenso y desaforado placer surgían del interior de la "tienducha" cuando la mala suerte me llevó a  dar aquel inoportuno y desafortunado TROPEZÓN, arrastrando no sólo uno de los vientos que aguantaban la tienda, sino   la tienda misma, haciendo que por lo frágil del montaje, viniera ésta a hundirse sobre sus moradores, lo que creó tal alarma que produjo de súbito un  coitus interruptus. Gritos, juramentos y maldiciones a miles  salían de entre los arreos de la tiendecilla, como si debajo de ella hubiese condenados al Infierno o  una manada de diabólicos bichos. Juro por todos los dioses del Olimpo que no hubo en mí intención alguna de interponerme en tan dulce y profundo deleite, pues tal comportamiento correspondería a un malvado, y que sí hubo despiste, desorientación y mucho sobrecogimiento por los estertores que, como grandes bocanadas de un furioso volcán, surgían de aquel interior; o  puede que se debiese mi desatino al mucho cansancio y sueño que a esa hora  atenazaban mis ojos. Pero afirmo y confirmo que nada de voluntad hubo en mí por sacar de aquel entretenimiento al que tan gustosa y afanosamente estaban entregados los jóvenes, cabalgando por las sendas del delirio.
Tienda modelo "iglú"

Fue el caso que en cuanto la tiendecilla les cayó encima  pasaron, como por arte de "birlibirloque", de aquel profundo jadeo a un feroz vocerío, pues bien parecían  fieras enloquecidas, por todo el desafuero que les había ocasionado el desplome del chambao. Yo desperté de mi sueño, se me aligeró el corazón y tras lograr destrabarme  de aquella inoportuna atadura como buenamente pude, aligeré el paso para llegar, como un rayo, hasta donde se hallaban  mis acompañantes que, con sonoras carcajadas habían observado mi desventurado contratiempo. Mientras, los jóvenes de la tienda intentaban desliarse  del envoltorio en el que se hallaban a la vez que lanzaban improperios que yo no entendía y que asustaron a todo el vecindario. En un "santiamén" me introduje en mi escondrijo, al igual que hicieran mis acompañantes, para ocultar cualquier sospecha que pudiera delatar el  inoportuno incidente. Pronto llegaron los encargados del mantenimiento del orden intentando aclarar lo ocurrido. La pareja de infortunados, acalorada por lo acaecido,  no daban explicación suficiente y, cada cual en su lengua, jóvenes por un lado y guardianes por otro, convirtieron el tema en una Babel indescifrable, a la vez que nosotros intentábamos contener, a malas penas, una risa que pudo habernos supuesto la expulsión  del camping a horas tan intempestivas. Por eso que a la mañana siguiente, antes de descubrir con nuestros propios comentarios y chanzas  la verdad de lo acontecido, levantamos las tiendas y nos dirigimos a las Lagunas de Ruidera.

Lagunas de Ruidera
Conforman  estas Lagunas un paisaje exótico con estanques que se van sucediendo a diferente altura. Es un territorio menos frondoso que Cazorla,  algo más desolado, pero de una belleza natural igualmente deslumbrante. Nuestra estancia se abrevió por razones que no vienen al caso, pero si recorrimos todos y cada uno de los laguillos y aprovechamos para acudir a la famosa Cueva de Montesinos, en la que don Quijote pasara tan sólo una hora que le pareció tres días con sus tres noches y donde estuvo con Montesinos que, junto a otros, había sido encantado por el mago Merlín

Cueva de Montesinos
Pues bien, a la tal cueva bajamos nosotros también, no ya por vérnoslas con Montesinos o con su primo Durandarte, sino para conocer la sima.  Y, en verdad que si media hora estuvimos en el interior de aquel abismo, a mi me pareció una eternidad. Hizo de guía un viejo que como ayuda sólo disponía de una raquítica linterna. Cobraba el hombre cinco duros por persona y una vez hecho el cupo de seis, empezaba la aventura. Le seguíamos, alumbrados sólo por la tenue luz de su linternilla e íbamos deslizándonos, uno tras otro,  hacia el interior del  antro por un pasadizo resbaladizo y más oscuro que “bocalobo”. Una vez descendimos unos metros, hallamos un estanque de aguas cristalinas, visible sólo cuando el viejo deslizaba la frágil lucecilla hacia aquella superficie. Tuvimos que  pasar "a gachas" por más de un espacio, sostener el equilibrio como buenamente podíamos en aquel trecho angosto y oscuro,  trazado en la piedra  y, con "el corazón en un puño", agarrándonos a una pared de roca viva, intentar escapar de aquel  demoníaco lugar donde me pareció podían acabar nuestros días y noches para siempre. 

Don Quijote en la Cueva de Montesinos
Quiso el viejo hacernos ver el rostro de don Quijote en uno  de los frontales que destacaban,  pero  yo sólo vi una argucia para distraer nuestro pavor. Lo que sólo era una pequeña laguna subterránea, empezó a parecerme un colosal océano que sólo en una ocasión me atreví a mirar "de repelón", pues andaba más interesado en sujetarme adonde podía  y seguir al viejo que en apreciar las lindezas de la caverna. 

Pasado el estanque hubimos de ascender por una oquedad de la piedra, por la que apenas cabía la cabeza de un esquelético  ser humano, a lo que el viejo llamaba "subir por el ascensor". Agarrándonos a una cuerda, que más bien era una guita y que descendía por aquel agujero como si viniera del badajo de una campana, subió primero él viejo y el resto de los aventureros, uno tras otro, después. Así fuimos siendo paridos del vientre de aquella guarida. No fue un parto con dolor, sino el salir del vientre del horror para volver a  sentir el alivio de estar vivo, para regresar al simple sentido común de la vida. No me extraña que a don Quijote le parecieran tres días lo vivido en una sola hora y se encontrase allí con tanto encantamiento, aunque para él fuera un palacio lo que allí halló. El lugar fue el mismo, sin duda, para nosotros, pero sin palacio y sí como clara antesala del Infierno, pues por poco nos quedamos allí con Montesinos, Durandarte, su bella esposa Balerma y demás encantados. A veces he pensado si no sería el viejo la reencarnación misma del tal Montesinos.

Después de esto decidimos regresar a Albox y no experimentar en un tiempo más aventuras como la de la Cueva de Montesinos, no fuera que Merlín hiciese real en nosotros lo que sólo fue ficticio en don Quijote.

GLOSARIO:

Avezado: experimentado, veterano, ducho, diestro, curtido, acostumbrado.
Simbiosis: mezcla, fusión, unión.
Galguería: golosina, manjar.
Arroyuelo: diminutivo de arroyo. Torrente pequeño.
Chirlanco: estanque o charco de agua.
Hondonada: hondón, depresión, concavidad.
Iglú: habitáculo de los esquimales construido con trozos de hielo, en forma de media esfera, con una abertura para pasar
Tienducha: forma despectiva de "tienda".
Arreo: conjunto de herramientas usadas en un oficio. también los aperos que se ponen a las caballerías.
Tiendecilla: diminutivo de "tienda".
Bocanada: cantidad de aire, humo o líquido que se toma o expulsa por la boca.
Birlibirloque: por arte de magia, algo hecho de forma inexplicable, por medios ocultos y extraordinarios.
Jadeo: resuello, ahogo, ansia, fatiga, sofoco, resoplido
Desafuero: desorden, atropello, transgresión.
Chambao: techado o cubierta para guarecerse, para tener sombra, para resguardarse.
Cuerdecilla: diminutivo de cuerda.
Contratiempo:  suceso imprevisto que retrasa o impide hacer lo que se desea. Contrariedad.
Improperio: palabra o expresión con la que se insulta a una persona
Escondrijo: lugar apropiado para esconder algo.
Bocalobo: lugar muy oscuro y tenebroso.
De repelón: mirar de soslayo, de pasada, sin detenerse. Rozar algo sin golpearlo.
Guita: cuerda fina y corta. hecha de esparto o cáñamo.
Guarida: cueva, caverna, antro.

  


           
               Don Quijote y Sancho           Mago Merlín
    


       
                   Panorámica de Siles                      Pantano del Tranco

lunes, 12 de noviembre de 2012

RECUPERANDO RECUERDOS


        RECUPERANDO RECUERDOS
              (PEQUEÑOS RELATOS SUELTOS)             
     LO QUE OCURRIÓ EN DURRO
                                                      
Camping junto a Ordesa 
La mañana apareció lluviosa y, aunque julio caldeaba con implacable fuerza el ambiente, tampoco era de extrañar un tiempo tan variable en tierras pireneicas. El cielo estaba encapotado y una ligera llovizna se cernía sobre el lugar, amenazando  unas veces con ser copiosa, extinguiéndose otras, como si se tratara de una burla del cielo. Decidimos, pese a lo imprevisible que se "abarruntaba" el día,  levantar las tiendas de campaña y salir de aquel bello paraje, desde el que divisábamos la abrupta, pero majestuosa y bella cara de la entrada al Parque  de Ordesa. No temíamos la amenaza del tiempo, aún a sabiendas de que allí éste siempre es imprevisible, pues no en vano habíamos pasado ya por las tormentas habidas en el Monasterio de Piedra o de Ainsa. Con todo, otros momentos  tan espeluznantes como las que produjeran las tormentas, fueron las aventuras del paso por el Cañón de Añisclo, donde nadie me encontrará, si es que alguna vez me pierdo, o la subida al balneario de Panticosa.
Plaza de Ainsa
Llegamos a Durro en torno al mediodía, tras breve parada en Bohí Taull. La entrada se nos hizo complicada ya que en el diminuto y vetusto pueblo, que dormita sobre una apacible ladera, sólo hallamos una calle, con solera de piedra, por la que acceder y poder atravesarlo, y era ésta  tan sumamente angosta, que a malas penas podían cruzarse dos coches. Estaba la calle cubierta de fanguillo, un repugnante mejunje negruzco, mezcla de excrementos de vacas y ovejas y el agua con la que la ligera lluvia había ido rociando la población durante la noche anterior y aquella mañana. Salir del coche y zambullirse en aquella lechada de mugre, era todo lo mismo.  Nuestra intención era la de hacer una visita rápida a la pintoresca población, detenernos a tomar algún alimento para recuperar energía, algo que ya echábamos en falta y, seguidamente, aligerar la marcha para montar nuestro siguiente campamento en Viella, ya en el Valle de Arán,                                                                      
Pasaba ya la hora del almuerzo cuando cruzamos el pueblo y, como digo, el hambre  y la necesidad hacían por igual  mella en nuestros cuerpos, siendo los niños los que más exigían. No vimos en la estrecha calle restaurante, bar, tasca o taberna donde  aliviar el apetito y la sed, y si lo había, que a buen seguro lo habría, pasó desapercibido a nuestra vista, nublada ya tanto por la necesidad de yantar como por la infecta imagen de la calle. Nuestra ansia fue en aumento, pues tampoco hallábamos espacio en el que estacionar los cinco vehículos que conformaban nuestra extraña caravana. Viéndonos en tal apuro, decidimos detenernos a unos doscientos metros del pueblo, en las afueras, cerca de la ermita de San Quirc.  Junto al camino vallado había pequeños prados en desnivel que los lugareños tienen para pacer su ganado en verano y abastecerse del heno que lo alimenta durante el invierno. El vehículo que encabezaba la peculiar comitiva tuvo la ocurrencia de acceder a uno de aquellos prados por la abertura que el vallado de piedra permitía desde el camino, para cumplir con la necesidad que ya  nos venía atormentando. Se trataba de un reducido espacio no cultivado, a la entrada de  una pequeña propiedad, pero sí suficiente para la superficie que nosotros necesitábamos. La intención era tomar algún  alimento de la despensa que siempre llevábamos en  los maleteros.
Cola de caballo en glaciar de Monte Perdido
Uno tras otro, guiados por la ingenuidad, fuimos tomando posición con los coches en el interior del pradillo, pero por no quedar espacio para el mío, hube de dejarlo a la entrada que daba acceso al mismo. Entre risas y comentarios empezábamos a devorar nuestro más que endeble almuerzo cuando, sin saber cómo ni por dónde, como si emanara de lo más profundo de los infiernos, se nos vino encima un viejo, por lo demás, una de las pocas criaturas que vimos en aquella minúscula y aletargada población. Es posible que todo se desencadenara por aproximarse dos de los niños  a unas vaquillas que pastaban entre unos pinares y fuese esa la razón que provocara en el hombre tal enajenación mental que, poseído por todas las Furias y enarbolando un enorme bastón, vino hacia nosotros lanzando los más terroríficos improperios y maldiciones que de boca humana puedan salir. Ni el mismísimo Polifemo lo igualara contra Ulises. Blandiendo una descomunal vara sobre nuestras cabezas amenazaba con segárnoslas a todos, a la vez que clamaba contra Dios, Santos y Vírgenes, llevándose la peor parte la del Pilar, contra la que gastó sus más innobles blasfemias y abominaciones. Desconozco la razón por la que debía tener tanta aversión y tirria a dicha Virgen.

Uno de los niños junto a las vacas

En honor a la verdad debo decir que nadie escapó ese día en el Cielo sin recibir sobrada dosis de afrentas y agravios de aquel ser enloquecido.  Su furia era tal que, aterrorizados, sin saber cómo escapar de tamaña maldición, uno de nosotros, mi amigo Juan, sacando fortaleza de espíritu, pues allí no servía otra, no sé cómo pudo tratar de amainar el furor de aquel salvaje, pues  los demás, quien más y quien menos ya tenía todo humedecido, a la espera de una primera fatal ejecución de alguien de la comitiva.  Fue Juan el único atrevido que intentó convencerlo de que nunca estuvo en nuestro ánimo perjudicar su hacienda y, que si habíamos parado allí, había sido con la intención de tomar un bocado y que de inmediato partiríamos. Aquello no sólo no lo apaciguó, sino que duplicó, si cabe, su histerismo hasta límites imprevisibles, maldiciéndonos a grandes voces, diciendo que "de Alicante teníamos que ser", pues creyó que de tal provincia debíamos proceder, al ver las iniciales de matrícula de los coches, que en todos empezaba por AL. Tampoco entendí su aversión hacia los alicantinos. Nosotros, en ningún momento descubrimos nuestra procedencia almeriense, no fuese su rabia aún mayor con quienes tenemos dicho origen, así que preferimos pasar por alicantinos.
Nuestro pánico crecía por segundos, creyendo que aquel poseído terminaría por enviar al infierno a alguno de los presentes, temiendo, sobre todo, por los niños que ya, totalmente descompuestos, lloraban a grandes gritos, confundiéndose su clamor ante aquel espanto,  con el vocerío del ogro aparecido.  Y, no sólo sentíamos la amenaza sobre nuestras cabezas, sino que también se extendía ésta sobre los coches, pues decía que los haría añicos, que los destrozaría en mil pedazos. -¡Maldito día en el que vine aquí!, -pensaba yo para mis adentros, pues acababa de estrenar el mío. Era su primer viaje. Aquel ser endemoniado no se apartaba de él, a la vez que nos tenía a todos acorralados dentro del recinto. Hubo un momento en el que, por ser  mi coche el más cercano a aquel desencajado personaje, aunque no estaba dentro de su propiedad, a punto estuvo de arrearle un estacazo, que si no fuera porque el valiente de Juan que, a costa de jugarse su propio pellejo, seguía haciendo de hombre bueno, influyera en la dirección del golpe de la vara, yendo la misma a estrellarse sobre el muro de piedra.  En un descuido, como llevado por un impulso sobrehumano, aprovechando aquel desacierto del perturbado, salí como un rayo, entré en el coche y escapé zumbando de aquel infierno, sin esperar a nada ni a nadie. Ni las pedruscos del camino, ni el propio Hércules que lo hubiese intentado, me habría detenido en mi huida, por tal de salvar el coche. Si pude lograrlo fue,  o bien porque la Virgen del Pilar, enfadada con aquel iracundo ser, debió apiadarse más de mí que de él, o porque tal vez Juan tenga un poder divino, como quedó allí más que probado. Así fue como me zafé de aquella quema, más veloz que un rayo.
El coche tenía la llave colocada en el contacto, arranqué y, con el maletero abierto y sin mirar atrás, saltando sobre las enriscadas del camino, salí  como alma que lleva el diablo yendo a parar a la ermita de la que nos separaban unos doscientos metros, convirtiéndome en un auténtico desertor, algo que no sé si me han perdonado  los demás, mi mujer creo que no. Fue entonces cuando ella, aterrada por el pavor que producía aquel monstruo, tras  haberla abandonado con los niños, por tal de salvar el coche y no a ellos, arremetía con voces tales contra mí que atronaban aquellas montañas, superando ya a las del mismísimo energúmeno.
Oía las voces, pero nada me detuvo, ni tampoco presencié el desencadenamiento final de tal odisea, sólo sé que unos en coche y otros haciendo de sus piernas alas, llegaron al montecillo de la ermita tan pronto como lo hiciera yo. Hasta el mismo Juan dejó su plato de lentejas sobre las piedras y, creyendo más en la huida que en tranquilizadoras palabras, abandonó al loco, sin echar la vista atrás y sí dando gracias al milagro de haber sobrevivido. Hoy lo contamos como una graciosa aventura, pero juro por todos los dioses que nada tuvo de jocosa ni de divertida.  
Cuántas veces he pensado que de no ser por Juan, puede que hoy no contara esto y sí que todos hubiésemos sido víctimas del delirio de aquel monstruo. Pienso también que nunca le hemos agradecido lo suficiente el serle deudores de nuestras vidas y la salvación de los vehículos,  apoyado, eso sí, por la Virgen del Pilar, que de cierto no andaría muy de buenas con aquel desequilibrado personaje. 
No sé de donde saqué fuerza para escapar ni cómo lo hizo el resto, pero sí sé que antes casi de que llegara yo a la ermita de Sant Quirc, ya llegaban todos.
Ermita de San Quirc
En la puerta misma de la ermita nos sentamos sobre las piedras, (aunque primero recibí una  sonora  reprimenda de mi mujer y de mis hijos), no ya para dar gracias al santo, que no lo hicimos y con el que tal vez aún estemos en deuda,  como dijera María, componente del grupo, pues ella siempre andaba con rezos y salmodias; ni tampoco a  tomar ya  alimento alguno, pues la tripa se nos había estrechado tanto como la tuviera un lazarillo, sino a reírnos, con risa agitada y nerviosa, de la más grande aventura que en aquel viaje tuvimos. 
Yo aquí lo cuento para que los que recalen por Durro  tengan muy presente dónde pisan, que en Cataluña..., "la hacienda es la hacienda" y "la pela es la pela" y en la "pela" se hallan todas las Furias escondidas. 

                                                                                                                      
GLOSARIO: 
"Abarruntar":   es normal en muchos hablantes el uso del término "abarruntar",  en vez de "barruntar". Conjeturar o presentir que va a ocurrir una cosa. 
Pirriarse:  Desear vehementemente una cosa.
Mejunje: Sustancia pastosa; mezcla de aspecto desagradable.
Solera: Suelo (junto a otros diferentes significados)
Lechadal: Líquido que tiene en disolución cuerpos insolubles muy divididos.
Tasca: Establecimiento de carácter popular en el que se venden y consumen bebidas alcohólicas y en algunos casos comidas. Taberna.
Despensa: Conjunto de alimentos almacenados. Lugar donde se almacenan.
Tirria: Odio o manía que se tiene a alguien o algo.
Hacer añicos:  Pedazos o piezas pequeñas en que se divide alguna cosa al romperse.
Jugarse el pellejo: exponerse a una situación extrema por tal de conseguir algo.
Zafarse de la quema:  Escaparse o esconderse para evitar un encuentro o peligro Librarse de un peligro o un daño.
Enriscada: Lugar o espacio formado por riscos.
Lazarillo: se aplica a los pícaros, personajes famosos en la Literatura Española del Renacimiento, cuyas vidas estaban marcadas por el hambre y la necesidad. Toman su nombre de la obra anónima "El Lazarillo de Tormes" (1554)

                  
                 Vista de Durro                     Iglesia de Bohi Taull

                    

          Carretera del Cañón de Añisclo       Monasterio de Piedra    


  



viernes, 12 de octubre de 2012

LAS GACHAS

"Una persona sin sentido del humor es como una carreta sin amortiguadores: se ve sacudida por todas las piedras del camino"-       (Henry Ward Beecher)
                                                  
Despedirse de don Diego, tras haber compartido un año, no ha sido fácil. A él dirigí cuentos tradicionales  y romances de cordel, con el ánimo de que no apareciesen como algo frío, solitarios, vacíos, sin  referencia alguna a un tiempo o a un contexto. Esa fue la razón de la existencia de don Diego y de las cartas. Ha transcurrido un año y con él ha llegado a su  final el ciclo previsto para dar salida a estos relatos. En cuanto a los mismos cabe decir que no están todos, pero sí una muestra suficiente de ellos.  Mi deseo es que queden como reflejo de las tradiciones orales de una determinada época. Corresponden a las décadas de los años cincuenta y sesenta del pasado siglo, años de mi niñez y parte de mi adolescencia. Tal día como hoy, 12 de octubre de 1958, en mi vida daba comienzo una nueva etapa, con un giro total y para siempre. Dejé los Patricios y comencé los estudios del bachillerato de Humanidades en Cuevas. Empezaban a quedar atrás todas las vivencias de mi infancia, llevando sólo conmigo los recuerdos.
El cuento de "LAS GACHAS" será el final de estas narraciones, aunque no el final del BLOG. Éste tendrá continuación, pero con contenidos diferentes a los que ha tenido hasta ahora. 
Quiero en esta ocasión dirigir mi más sincero agradecimiento a quienes un día decidieron ser seguidores del blog y, en especial a José Antonio García Ramos. Él me animó e impulsó a llevar a cabo este sencillo y humilde trabajo. Igualmente hago extensivo el agradecimiento  a aquellas otras personas que un día recalaron en el blog y tuvieron la paciencia de leer u ojear alguno de los contenidos. No puedo pasar este momento sin pedir disculpas a quienes haya podido molestar o disgustar alguno de dichos contenidos.
Los cuentos y romances de cordel que oí y leí siendo aún niño y que alegraron  noches invernales junto al fuego o cálidas veraniegas en la calle, corresponden a una época ya lejana, pero no quería que quedaran en el olvido total, pues, a fin de cuentas, formaron parte de la cultura popular de unas generaciones.
Al dar comienzo al blog, entendí que  cada cuento, leyenda o romance podría introducirlo con algún texto que diese algo de vida a la sucesión de los relatos. Nunca sabré si fue acierto u error el hecho de las introducciones, pues jamás andamos dos caminos a la vez, lo que no nos permite conocer cómo habría sido el otro. Elegí el de las cartas a don Diego con un lenguaje inusual y cierta nota arcaica en la expresión. Con el romance “LOS DE ÍLLAR”,  di por finalizada esa atapa. Don Diego de la Caparrota, totalmente ficticio, se ha marchado de la misma forma que llegó, como lo había hecho cuando me acompañaba en los juegos de cartas siendo muy niño. Él me  ha  ayudado a  sacar  adelante el trabajo. No sé si lo habría hecho sin él. Ha servido de soporte para cada cuento, para cada romance y a él le he ido  contando mis cuitas y mis anhelos, mis luchas, mis alegrías y mis picardías, que tampoco eran muchas, mi análisis del mundo de entonces visto desde ahora. A él he dirigido el retrato social de aquella época de mi vida. Fue una época difícil, llena de privaciones, de luchas, de decepciones y frustraciones, como la de aquel martes en el  que unos municipales tiraron por la muralla los quesos que mi abuelo había llevado a vender al mercado. En ellos estaba toda la economía de la semana. Allí iban los medicamentos de mi abuela que padecía parkinson, las judías, los garbanzos, el azúcar,… todo lo necesario para sobrevivir durante la semana. Llegaron con cara de pocos amigos, con una orden de la alcaldía, y  no sé de quién más, a impedir que se vendiera más queso artesanal sin una licencia municipal y, sin mediar más explicación ni plazos, fueron lanzando a la rambla todo el queso que había para vender. La resignación, la impotencia y la rabia de todos aquellos que tenían en sus canastillos parte de sus vidas,  se vio reflejada en sus rostros, pero eso sí, con una más que vergonzosa sumisión  a quienes tal injusto disparate habían acordado. Era lo que había esos años, años duros, de represión, de  mordaza y tiranía. Desde la muralla vimos volar hacia la rambla nuestro particular cuento de la lechera, regresando aquel martes a casa,  sin aquello que tan necesario era para nosotros. He querido hacer una pequeña semblanza de estos recuerdos tristes, pensando que también deben formar parte de los relatos, para poder entender mejor el contexto de un tiempo que encerraba miseria, subdesarrollo, incultura generalizada, sumisión, resignación, opresión e injusticia a partes iguales.
Tampoco he querido pasar por alto el hacer una sencilla descripción de algunas fiestas, faenas y tareas más comunes y destacadas en el medio rural. No se trata de una descripción exacta, pero sí lo suficiente como para rememorar la forma de vida que en esos años había en esta tierra.
Por último, deseo expresar mi recuerdo agradecido a quienes me enseñaron cuentos, romances y leyendas, pero de forma especial quiero hacerlo en recuerdo a mi madre que tanto bien hizo en mi vida y a ella debo, sin duda, el que yo haya llegado a  ponerlos aquí. Ella me transmitió el interés por la sabiduría, por los libros, la sencillez de la vida reflejada en la belleza de las cosas más humildes. Ella me transmitió un sentido de justicia social, de respeto a todo y a todos que me acompañará hasta el final de mis días; pero también la no resignación ante lo injusto. Ella me hizo comprender que en el esfuerzo, en el trabajo y en la honradez descansa la grandeza del ser humano. Ella me enseñó hasta el día mismo de su muerte la importancia del humor, de reírnos de todo, empezando por nosotros mismos, salvo de la desgracia propia o de la ajena. Para su memoria vaya este última historia, real o no, nunca supe bien si una cosa u otra, y que ella tantas veces me contaba. Es la historia de “LAS GACHAS”. Según me decía, había ocurrido en realidad. El protagonista principal fue José “El Chorroluces”, tío de mi madre, que fue invitado por su tío y padrino, Ignacio “El Gallinaza”, a comer gachas al “Royo ( por Arroyo) Olías”.  Yo tengo dudas de que tales hechos ocurrieran, pero algo pudo haber de cierto cuando tanto me  insistía en ello.

                                           LAS GACHAS

Cuentan los del lugar que es cierto lo que aconteció a dos jóvenes, Ignacio y José, tío y sobrino,  un día del mes de agosto del año la nana. Ignacio, que era tío de José y además su padrino, tenía una novia, "la Juana", en el “Royo Olías”. Distaba bastante de las Ramblicas, lugar de residencia de Ignacio. Éste la visitaba los domingos, haciendo el recorrido, una legua o más, en una vieja mula torda que su padre tenía. Aquel domingo no disponía de la bestia, así que habló con su sobrino José,  zagalón de unos catorce años, para que pidiese la yegua a su padre y a la vez lo acompañase al “Royo”, pues la novia deseaba conocerlo por lo mucho que Ignacio le había hablado de él, alabando su gracia, sus caídas y sus dichos. Así que sin pensarlo dos veces fue a verlo, diciéndole:
-José, sabes las muchas ganas que “la  Juana”, mi novia, tiene de conocerte, ¿por qué no le pides la yegua a tu padre y vamos esta tarde  al “Royo”?
-Vale, tío Ignacio. Hablaré con mi padre y seguro que nos la deja, pues él también quiere  que vaya saliendo los domingos y no me vaya por los cerros detrás de los pollos de perdiz.
Eso hizo José y su padre estuvo encantado con que fuese con su cuñado Ignacio a conocer a la novia de éste. Era agosto y el calor abrasaba cuando los dos montaron en el animal y emprendieron  camino. Hablaron durante el trayecto de cosas muy distintas, enseñando Ignacio a su sobrino mil y una astucias diferentes  para conseguir novia, o cómo hacer para estar a solas con ella sin la mirada siempre perseguidora de la madre. José iba tomando nota de todo a la vez que alababa y reía las argucias de su tío para darse algún que otro revolcón con la novia, que en esto ella era más valiente que él, como se dice, era de armas tomar. Cuando ya se acercaban al cortijo, Ignacio le dijo a José que cenarían en casa de la novia y que allí, los domingos por la noche, siempre hacían gachas, unas gachas con caldo de pimientos “coloraos” y “golondrina”, pues pasaba una “pescaora” los domingos, y sabían a gloria. Como Ignacio sabía lo tragón que era José, le pidió que no fuera agonioso en el comer, sino prudente y que dejase de comer cuando le pisase el pie, que sería la señal de que ya había comido su parte.
-Así haré, tío, que yo también me conozco. Cuando me pise usted soltaré la cuchara y ya  dejaré de comer.
-Así quiero que hagas, José, que es bueno ser prudente donde no lo conocen a uno y quiero que dejes imagen de persona educada.
A todo esto llegaron a la puerta del cortijo donde ya estaba “la Juana” esperando, arreglada con el vestido dominguero. También estaba la madre, y saludaron muy cariñosamente a José, haciendo grandes alabanzas del mismo por lo buen mozo y gracioso que les parecía. Una vez que pasaron los saludos y habían metido la yegua en la cuadra, fueron los novios, acompañados de José, que esta vez hacía de carabina, a dar una vuelta por los alrededores y llegar adonde estaba el padre de María, guardando sus ovejas, para saludarlo. Mientras tanto, la madre se quedó preparando un gran perol de gachas  con su caldo de pimientos y “pescao” que seguro estarían para chuparse los dedos, pensaba José. A la vuelta encerraron el ganado y echaron unos vasos de vino del país que ya con el primer trago mareaba a un cristiano, y que era el que “toda la vida de Dios” se tomaba allí, como dijo el padre, y que servía “pa hacer hombres machos y hembras forzudas y embraguetás”. Seguidamente se sentaron a la mesa,  dando comienzo, no sin antes haber bendecido las gachas,  extraordinario banquete en aquellos tiempostodo lo. Comían sin respiro, pero no llevaba José en sus tripas más de diez cucharadas de aquel exquisito manjar, cuando quiso la mala suerte que un gran gato romano acertase a pasar por allí y pisarle el pie, de forma que él creyó que sería su tío,  que éste habría entendido que  había comido ya lo suficiente y debería mostrar mesura y no gula, como le había dicho. Así que dejó la cuchara anunciando que ya estaba satisfecho, que había almorzado bien y no deseaba comer más. Los demás quedaron sorprendidos, pues apenas llevaban unos minutos comiendo y aún estaban casi todas las gachas en el perol, cuando José tomó esta decisión. Ignacio no lo entendía, pues él no le había pisado y la familia de la novia, por su parte, pensaron que las gachas no estarían buenas o que no serían del gusto del muchacho. Le insistieron todos en que comiera, preguntándole que si era porque no estaban buenas o porque no le gustaban. Él repitió de todas las formas posibles que sí estaban buenas, pero que no podía más, que en su estómago no cabía ni una sola cucharada más. Creó un poco de disgusto aquello y pronto terminaron los demás también de comer, dejándose más de la mitad de las gachas. Con este pequeño disgusto se retiraron a sentarse en el poyo de la calle, a tomar el fresco, mientras la mujer colocaba el perol con las sobras debajo de la cantarera, pues era el lugar más fresco de la casa y allí se podrían mantener en buen estado. Pasó la velada entre comentarios, dichos y otras  ocurrencias, aunque a José ya los minutos se le hacían siglos, pues sus tripas pedían misericordia con urgencia. Les pidieron que pasaran la noche allí, que bien podían regresar a la mañana siguiente. Tanto insistieron que aceptaron  dormir allí. Esto agravaba el hambre de José al que una noche, en aquel estado de necesidad, le  parecía una eternidad. Cuando ya decidieron ir a la cama, José tuvo que dormir en un catre, en la misma habitación que su tío.  Al poco de acostarse y ya que todo estaba en silencio,  dijo Ignacio a José:
-Sobrino ¿cómo que has comido tan pocas gachas?
-¿Eso me pregunta usted, tío Ignacio?  ¿Acaso no me dijo que fuera moderado y que en cuanto me pisara el pie dejara de comer?
-Sí, eso te dije, pero yo no te he pisado.
-¿Cómo que usted no me ha pisado? Entonces,…¿quién me ha pisado?
-No lo sé, José. Puede haber sido el perro o el gato. Te juro que yo no he sido.
-Pues, tío, no vea cómo tengo yo las tripas. A mañana seguro que no llego. Esta misma noche moriré de hambre. Si yo llego a saber esto, ¿cómo es posible que viniera a conocer a su novia? Me arrepentiré el resto de mi vida, si es que no “espicho” de hambre hoy mismo.
-No digas eso, José. Mira, debajo de la cantarera han dejado el perol casi lleno de gachas. Ahora está todo en silencio, todos duermen. ¿Por qué no te levantas y con mucho cuidado vas y comes todas las que quieras? Mañana seguro que pensarán que han sido los gatos.
-Pero, ¿cómo voy a ir a tientas?
-Sí, hombre, no pasa nada. Tienes que ir con cuidado para no tropezar, que no  se despierten. ¡Ah!, una cosa te encargo: como yo me he quedado también con hambre, ¿por qué no me traes una “almostrá” también a mí?
-Vale, compadre. Eso haré. Me atiborraré de gachas y le traeré a usted una buena “almostrá”.
Sin más, muy despacio, a tientas, procurando no hacer ruido, se dirigió hacia la cantarera, y sin mucha dificultad dio con ella. Fue su alegría y el alivio de su estómago ponerse ante el perol, zambullir la mano en él y comer a boca llena, hasta casi reventar. Una vez harto, cogió en las manos cuantas gachas cabían y se marchó a llevárselas a su tío como habían acordado. Volvió satisfecho y, a oscuras, intentando no dar trompicones, pero la mala fortuna quiso que fuera  a meterse en la habitación contigua a la que ocupaba con su tío. Esa fue la siguiente desgracia de aquel día. En la habitación estaba la novia, que dormía boca abajo, como un tronco y como Dios la trajo al mundo. Andaba  la pobre sobrada de gases, con el muelle flojo y expulsaba grandes ventosidades, de las que se llaman “follones”, sin parar. José, que estaba muy nervioso, no comprendió su error, creyendo que aquello era que su tío, entre sueños, soplaba por si las gachas aún estaban calientes y él, en voz muy baja, le insistía que no lo hiciera:
-Tío Ignacio, no sople usted, si ya no queman. Si ya no queman, compadre.
La novia seguía en su profundo sueño, sin oír a José, y con sus desafíos al mozo, pues a un soplo le seguía otro, …y otro, …y otro, tanto  que parecía ventolera aquello más que otra cosa. Ya que José se cansó de insistirle en que no quemaban y, a la vista de que no le hacía caso, le estampó las gachas en todo el pompi, el cual tenía sin una sola tela que lo cubriera, a la vez que le decía:
-¡Compadre, cómase usted de una vez las gachas, que no queman!
Salió José  de la habitación sin darse cuenta del error y se dirigió de nuevo a la cantarera, esta vez para lavarse las manos de tan pringosas que las llevaba con tanta gacha. Como no veía nada, pensó que lo más efectivo sería meter una mano en un cántaro y lavarla así, y después la otra. Pero aquello no daba resultado, pues la mano salía igual de pringosa que entraba. Fue entonces cuando metió ambas mano, una detrás de otra, por la boca del cántaro, para lavarlas y, …sí que lo logró, pero entonces, ¡menuda desgracia!, …no podía sacarlas. Se desesperaba, tiraba de una, luego de la otra y…¡que si quieres! Sudaba, maldecía su mala suerte y no sabía ya qué hacer para salir de aquel atasco. Mientras tanto, la novia se había despertado, embarrada hasta la cabeza de gachas, pero que ella creyó ser otra cosa. Se lió la pobre en una sábana y, como pudo, se fue al descubierto de los animales a limpiarse con lo que encontrara, agachándose en una esquina y allí, con piedras, fue quitando aquella masa que le taponaba totalmente el trasero. José que, por otro lado, ya no sabía qué hacer, pensó en ir al corral y romper el cántaro contra lo primero que encontrara, y… ¡vaya si encontró! Encontró nada más y nada menos, en el claroscuro con el que la Luna iluminaba parte del corral,  una gran piedra blanca en un extremo del descubierto. Al menos eso fue lo que a él le pareció aquel bulto blanco del rincón. Sin pensarlo dos veces se fue hacia el mismo, estrellando el cántaro con todas sus fuerzas sobre la pobre novia, que dio tal grito que retumbó en las sierras de Oria y del Saliente más que lo hicieran los gritos de Polifemo cuando perseguía a Ulises. José, al darse cuenta del disparate que acababa de cometer salió huyendo hacia la habitación de Ignacio que bien había oído el grito y estaba ya preparado para lo peor esperando al sobrino. José entró y, muy asustado, dijo a su tío:
-¡Tío, he matado a la Juana! ¡Yo no quería, tío! Parecía una piedra grande en el descubierto, pero era la Juana.  Yo he roto el cántaro en su espalda. Seguro que le he partido el espinazo y las costillas, y todo.
-José, vámonos  antes de que nos cojan, pues si nos pillan nos matarán.
Los dos salieron huyendo, tanto que dejaban el culo atrás, y ni a llevarse la yegua se detuvieron, escapando de allí como almas que lleva el diablo. A todo correr llegaron hasta la balsa del “Royo”. Ya no podían más y se detuvieron a descansar. Estaban haciendo cábalas sobre lo ocurrido, cuando se les ocurrió refrescarse en la balsa, pues era la medianoche y nadie iría por allí a aquellas horas. Así que se quedaron en el traje de Adán, dejando la ropa en un a orilla, se zambulleron en el agua. A todo esto venían por allí unos mozos que habían estado de ronda en el “Royo Medina” y  oyeron ruido en la balsa. Se acercaron con mucho sigilo, viendo cómo se bañaban, ocurriéndosele a uno coger la ropa y llevársela.  Era lo que les faltaba para completar la noche, pues al salir de la balsa tuvieron que ir arroyo abajo con una mano delante y la otra detrás para cubrir las vergüenzas. Pero no fue eso todo, pues no llevaban andados más de quinientos metros cuando unos perros, al verlos tan descamisados, les atacaron sin piedad. Había por allí unas tinajas abandonadas y cada uno de ellos se metió en una. Acertaron a pasar por allí otros mozos que también regresaban de  ronda y no se les ocurrió otra cosa que balancear las tinajas y, entre risas y bromas, decidieron lanzar las más pesadas rodando por una barranquera. Ellos temblaban en su  el interior y, en este caso la descomposición intestinal fue tal que nada de gachas ni de lo que en la tripa tenían, se resistió a salir, pues ya sí que contaban con una muerte segura en aquellos tinajos. Pero, pese a los tumbos, escaparon “de aquella”, aunque de milagro, continuando el camino una vez que se recuperaron. Por fin llegaron, cuando aún no había despuntado el día, a las Ramblicas. A José lo castigó su madre por haber perdido la ropa a guardar pavos durante dos semanas. Éste que no escarmentaba, parece que se dedicó a hacer algunas cosas raras con las pavas, lo que le valió otro castigo mayor. Pero no llegó a cumplirlo, pues se escapó a la Aljambra, donde vivía su comadre, joven y “echá palante” que también le acarreó algunos problemas. Pero esa es ya otra historia que escapa a la de las gachas, de la que bien pudieron  decir lo del zorro que acompañó al cuervo en su viaje por el cielo: “Si de aquella había escapado sin morir nunca más volvería a comer  gachas al “Royo”.
Y verdadera o falsa, esta fue la historia de las GACHAS.

GLOSARIO:

Año la nana: expresión referida a un tiempo pasado, no determinado, tal vez referida al mucho tiempo que debe tener algo, como las nanas que se cantan a los niños.
Alabar las caídas de alguien: alabar a alguien por su originalidad en el hablar y por su gracia.
Ser de armas tomar: Persona valiente, atrevida y decidida.
Gachas con caldo de pimientos “coloraos” y golondrina: comida muy corriente en época de escasez y que se hacía a base de harina cocinada formando una masa blanda que se extendía sobre las paredes del recipiente y se agregaba un caldo hecho a base de pimientos y un tipo de pescado que recibía el nombre de golondrina, parecido a la caballa. También podían ser de leche en vez de caldo.
Pasaba una “pescaora”: ciertos días de la semana solían ir por el campo mujeres vendiendo pescado. Lo llevaban en anchas canastas cubierto de sal para que no se echara a perder.
Saber a gloria: se dice de algo que tiene un exquisito sabor.
Ser agonioso: ser egoísta, ansioso, quererlo todo.
Hacer de carabina: en tiempos aún no lejanos la mayoría de las mozas no podían ir solas con los novios, haciéndose acompañar por alguien en todo momento para que no hubiese roce entre los novios.
Estar para chuparse los dedos: se dice de aquellos alimentos que están tan buenos que uno termina chupando los restos que quedan en los dedos cuando ya ha finalizado el último bocado.
Toda la vida de Dios: expresión bastante corriente y que expresa que algo viene desde tiempos ya muy lejanos o durará hasta la eternidad.
“Embraguetá”: por “embraguetada” persona valiente, capaz de enfrentarse a cualquier peligro o dificultad.
Poyo: muro de baja altura que había junto a las puertas de algunas casas, destinado a sentarse en él.
Espichar: morir, fallecer, palmarla, doblar
Cantarera: objeto de madera con cuatro patas como soporte y en el que se colocaban los cántaros con el agua que abastecía la casa.
Ir  a tientas: ir a oscuras, tanteando para no tropezar y poder detectar los obstáculos.
“Almostrá”: por “almostrada”. Algo que  cabe en el hueco que forman las dos manos juntas.
Atiborrarse:  llenar el estómago de alimento o bebida hasta no poder más.
Muelle flojo: cuando no se controlan suficientemente los esfínteres.
Follones: Ventosidades que se hace sin ruido.
Pompi: parte inferior y posterior del tronco del ser humano sobre la que descansa el cuerpo al sentarse. Culo, trasero.
Hacer cábalas: hacer conjeturas sobre lo que puede ocurrir.  Suposición o juicio que se forma a partir de datos incompletos o supuestos
Tinaja: vasija grande de barro, más ancha por el centro que por el fondo y la boca; se utiliza normalmente para guardar líquidos. tina.
Barranquera: barranco pequeño producido por la acción del agua. Pequeña erosión en el terreno.
Terrero: desnivel no muy elevado del terreno. Tierra escarpada de no mucha altura.

   

           Cantarera con sus cántaros                          Perol de gachas con caldo

      
                "Pescaora"                                  Entremiso, pleita y queso

        
         Barranquera hecha  en el terreno                           Tinajas