RECUPERANDO RECUERDOS
(PEQUEÑOS RELATOS SUELTOS)
Corría el verano de 1988. Eran los primeros días del mes de julio y
aquellas vacaciones se presentaban especiales: estrenaríamos tienda de
campaña y también nos estrenaríamos en la maravillosa vida de camping. La
ilusión inundaba la imaginación. Con nerviosismo, con entusiasmo desbordado
íbamos buscando el espacio que en el pequeño maletero del R-8 nos
permitiera llevar a cabo nuestro ansiado proyecto.
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Nuestro R-8 |
Durante unos
días el coche sería nuestra casa ambulante y no podría faltar nada. Éramos
cinco de familia y hasta la "AZUL" de Javier (su inseparable
almohada) y sus juguetes debían ocupar su sitio. Nos las arreglaríamos
como fuese. A buen seguro que todo aquello sería una experiencia maravillosa.
Para nosotros era nueva. La aventura la haríamos con unos amigos, avezados ya
en la vida de acampada.
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Nacimiento río Guadalquivir |
Salimos de
Albox un día muy de mañana y nos dirigimos a Cotorríos, subiendo desde Pozo
Alcón por el Puerto
de Tíscar para, desde allí, adentrarnos en Sierra
Cazorla hasta llegar al nacimiento del río Guadalquivir, espacio
deslumbrante por su enorme belleza paisajística. Empezábamos así a hallar
la plena armonía que buscábamos, la total simbiosis con la Naturaleza, en un
entorno de ensueño, disfrutando de lo que aquella nos brindaba: el sosiego, el
agua cristalina que emergía de la tierra formando aquel primer arroyuelo
que daba origen al río. Todo era perfecto: el manantial, cada rincón, cada
planta, cada animal en su estado natural y salvaje. Fuimos después
descendiendo por las márgenes del río hacia nuestro destino: Camping de
la Chopera
de Cotorríos.
Por un tiempo
estaríamos en total comunión con todo aquello que nos rodeara. Dormiríamos cada
noche cubiertos casi sólo por el manto del cielo, mirando las estrellas, con el
sonido de algún ave nocturna, el graznido de algún animal, el concierto
monótono de los grillos con su cansado “cri, cri, cri, cri,…” o la melodía
que creaba el paso del agua. Nos despertarían quizás las primeras luces
del alba o la salida del Sol, o el ruido de cervatillos que, muy familiarmente,
se tomaban la confianza de acercarse durante la noche hasta las tiendas
olismeando y buscando, quién sabe, si alguna galguería para llevar a la
boca, pues al parecer ya estaban bastante acostumbrados.
Era toda
una infinidad de pequeñas bellezas que no percibimos en el afán diario de
nuestras vidas, el cual nos ocupa de tal manera que nos hurta la oportunidad
de recrearnos en la grandeza que encierran las pequeñas, las humildes
maravillas que nos ofrece la Tierra y que muy poco valoramos.
Una vez que
llegamos a nuestro destino nos situamos en una parcela al margen mismo del río,
en el escaso espacio que iba dejando la mucha gente que durante esos días
empezaban a poblar el camping. Ansiosos por llenar los sentidos y el
espíritu con todo aquello de lo que gozaríamos sólo unos días, aligerábamos cada
mañana para emprender la marcha hacia alguno de los infinitos lugares y
rincones que se nos ofrecían por cualquier lugar de la Sierra
de Cazorla.
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Centro "Torre del Vinagre" |
Acudimos al
museo del Centro
de Visitantes de la Torre del Vinagre, fuimos a Siles,
pasando por el Tranco, y
llegamos hasta el nacimiento del río
Mundo, que parecía estar al otro lado del mundo. Nos bañábamos en los
“chirlancos” que el agua cristalina y fría, en su veloz descenso de la montaña, iba formando en
pequeñas hondonadas, creando en su descanso un bello juego de cristalinas burbujas; serpenteábamos por caminos intrincados; ascendíamos a
lomas para divisar paisajes hechos de postal y regresábamos siempre agotados,
deseosos de caer en aquellas colchonetas que, extendidas sobre el suelo, se
habían convertido en el mejor de los lechos soñados.
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Chopera de Cotorríos |
Con todo, cada
noche, tras la cena, aún estando exhaustos, nos quedaban fuerzas para charlar,
para intercambiar impresiones y opiniones, contar historias y vivencias o
para jugar a las cartas. Sobre las doce de la noche se hacía obligatorio el
silencio, algo que era sagrado y respetado por todos. Mas quiso la
fatalidad que una de las noches, regresando de efectuar la micción que precede
a la caída en brazos de Morfeo,
fuese yo a tropezar con uno de los vientos que aguantaba una minúscula
tienda, modelo “iglú”, en la que se hallaba una pareja joven, de procedencia
extranjera y que en aquel preciso instante andaban metidos en la más
fascinante faena que puede no sólo hacerse, sino hasta
imaginarse. Se deleitaban en un apareamiento interminable. Gemidos y suspiros
profundos, no de dolor o pena, sino de intenso y desaforado placer surgían del
interior de la "tienducha" cuando la mala suerte me llevó a dar
aquel inoportuno y desafortunado TROPEZÓN, arrastrando no sólo uno de los
vientos que aguantaban la tienda, sino la tienda misma, haciendo que por lo
frágil del montaje, viniera ésta a hundirse sobre sus moradores, lo que creó
tal alarma que produjo de súbito un coitus interruptus. Gritos, juramentos y maldiciones a miles salían de
entre los arreos de la tiendecilla, como si debajo de ella hubiese condenados
al Infierno o
una manada de diabólicos bichos. Juro por todos los dioses del Olimpo que no
hubo en mí intención alguna de interponerme en tan dulce y profundo deleite, pues tal comportamiento correspondería a un malvado, y que sí hubo despiste, desorientación y
mucho sobrecogimiento por los estertores que, como grandes bocanadas de un
furioso volcán, surgían de aquel interior; o puede que se debiese mi desatino al mucho cansancio y
sueño que a esa hora atenazaban mis ojos. Pero afirmo y confirmo que nada de
voluntad hubo en mí por sacar de aquel entretenimiento al que tan gustosa y
afanosamente estaban entregados los jóvenes, cabalgando por las sendas
del delirio.
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Tienda modelo "iglú" |
Fue el caso
que en cuanto la tiendecilla les cayó encima pasaron, como por arte de
"birlibirloque", de aquel profundo jadeo a un feroz vocerío, pues bien parecían fieras enloquecidas, por todo el desafuero que les había
ocasionado el desplome del chambao. Yo desperté de mi sueño, se me aligeró
el corazón y tras lograr destrabarme de aquella inoportuna atadura como buenamente pude, aligeré el paso para llegar, como un rayo, hasta donde se
hallaban mis acompañantes que, con sonoras carcajadas habían observado mi
desventurado contratiempo. Mientras, los jóvenes de la tienda intentaban
desliarse del envoltorio en el que se hallaban a la vez que lanzaban
improperios que yo no entendía y que asustaron a todo el vecindario. En un
"santiamén" me introduje en mi escondrijo, al igual que hicieran mis
acompañantes, para ocultar cualquier sospecha que pudiera delatar el inoportuno incidente. Pronto llegaron los encargados del mantenimiento del orden intentando aclarar
lo ocurrido. La pareja de infortunados, acalorada por lo acaecido, no
daban explicación suficiente y, cada cual en su lengua, jóvenes por un lado y
guardianes por otro, convirtieron el tema en una Babel indescifrable,
a la vez que nosotros intentábamos contener, a malas penas, una risa que pudo
habernos supuesto la expulsión del camping a horas tan intempestivas. Por
eso que a la mañana siguiente, antes de descubrir con nuestros propios
comentarios y chanzas la verdad de lo acontecido, levantamos las tiendas
y nos dirigimos a las Lagunas de Ruidera.
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Lagunas de Ruidera |
Conforman
estas Lagunas un paisaje exótico con estanques que se van sucediendo a
diferente altura. Es un territorio menos frondoso que Cazorla, algo más
desolado, pero de una belleza natural igualmente deslumbrante. Nuestra
estancia se abrevió por razones que no vienen al caso, pero si recorrimos todos
y cada uno de los laguillos y aprovechamos para acudir a la famosa Cueva
de Montesinos, en la que don Quijote pasara
tan sólo una hora que le pareció tres días con sus tres noches y donde estuvo
con Montesinos que,
junto a otros, había sido encantado por el mago Merlín.
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Cueva de Montesinos |
Pues bien, a
la tal cueva bajamos nosotros también, no ya por vérnoslas con Montesinos o con
su primo Durandarte, sino para conocer la sima. Y, en verdad que si media
hora estuvimos en el interior de aquel abismo, a mi me pareció una eternidad.
Hizo de guía un viejo que como ayuda sólo disponía de una raquítica linterna.
Cobraba el hombre cinco duros por persona y una vez hecho el cupo de seis,
empezaba la aventura. Le seguíamos, alumbrados sólo por la tenue luz de su
linternilla e íbamos deslizándonos, uno tras otro, hacia el interior
del antro por un pasadizo resbaladizo y más oscuro que “bocalobo”. Una
vez descendimos unos metros, hallamos un estanque de aguas cristalinas, visible
sólo cuando el viejo deslizaba la frágil lucecilla hacia aquella
superficie. Tuvimos que pasar "a gachas" por más de un
espacio, sostener el equilibrio como buenamente podíamos en aquel trecho
angosto y oscuro, trazado en la piedra y, con "el corazón en
un puño", agarrándonos a una pared de roca viva, intentar escapar de aquel
demoníaco lugar donde me pareció podían acabar nuestros días y
noches para siempre.
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Don Quijote en la Cueva de Montesinos |
Quiso el viejo
hacernos ver el rostro de don Quijote en uno de los frontales que
destacaban, pero yo sólo vi una argucia para distraer nuestro
pavor. Lo que sólo era una pequeña laguna subterránea, empezó a parecerme un colosal
océano que sólo en una ocasión me atreví a mirar "de repelón",
pues andaba más interesado en sujetarme adonde podía y seguir al viejo
que en apreciar las lindezas de la caverna.
Pasado el
estanque hubimos de ascender por una oquedad de la piedra, por la que
apenas cabía la cabeza de un esquelético ser humano, a lo que el viejo
llamaba "subir por el ascensor". Agarrándonos a una cuerda, que más
bien era una guita y que descendía por aquel agujero como si viniera del badajo
de una campana, subió primero él viejo y el resto de los aventureros, uno tras otro, después. Así fuimos siendo
paridos del vientre de aquella guarida. No fue un parto con dolor, sino
el salir del vientre del horror para volver a sentir el alivio
de estar vivo, para regresar al simple sentido común de la vida. No me
extraña que a don Quijote le parecieran tres días lo vivido en una sola hora y
se encontrase allí con tanto encantamiento, aunque para él fuera un palacio lo
que allí halló. El lugar fue el mismo, sin duda, para nosotros, pero sin palacio y sí como clara antesala del Infierno, pues
por poco nos quedamos allí con Montesinos, Durandarte, su bella esposa Balerma y
demás encantados. A veces he pensado si no sería el viejo la reencarnación
misma del tal Montesinos.
Después de esto decidimos regresar a Albox y no experimentar en
un tiempo más aventuras como la de la Cueva
de Montesinos, no fuera que Merlín hiciese
real en nosotros lo que sólo fue ficticio en don Quijote.
GLOSARIO:
Avezado: experimentado, veterano, ducho,
diestro, curtido, acostumbrado.
Simbiosis: mezcla, fusión, unión.
Galguería: golosina, manjar.
Arroyuelo: diminutivo de arroyo. Torrente
pequeño.
Chirlanco: estanque o charco de agua.
Hondonada: hondón, depresión, concavidad.
Iglú: habitáculo de los esquimales
construido con trozos de hielo, en forma de media esfera, con una abertura para
pasar
Tienducha: forma despectiva de "tienda".
Arreo: conjunto de herramientas usadas en
un oficio. también los aperos que se ponen a las caballerías.
Tiendecilla: diminutivo de "tienda".
Bocanada: cantidad de aire, humo o líquido que se
toma o expulsa por la boca.
Birlibirloque: por arte de magia, algo hecho de forma
inexplicable, por medios ocultos y extraordinarios.
Jadeo: resuello, ahogo, ansia, fatiga,
sofoco, resoplido
Desafuero: desorden, atropello, transgresión.
Chambao: techado o cubierta para guarecerse, para
tener sombra, para resguardarse.
Cuerdecilla: diminutivo de cuerda.
Contratiempo: suceso imprevisto que retrasa
o impide hacer lo que se desea. Contrariedad.
Improperio: palabra o expresión con la que se
insulta a una persona
Escondrijo: lugar apropiado para esconder algo.
Bocalobo: lugar muy oscuro y tenebroso.
De repelón: mirar de soslayo, de pasada, sin
detenerse. Rozar algo sin golpearlo.
Guita: cuerda fina y corta. hecha de esparto o
cáñamo.
Guarida: cueva, caverna, antro.