jueves, 5 de noviembre de 2020

HISTORIAS CON ALMA

 BAJO EL "HAYA" DE LA RIERA

 

Cada fin de semana o festivo empacaban lo necesario y desaparecían de la ciudad, sin más, en busca del aire limpio del campo y la montaña. Tenían su propia residencia en las afueras de un bello pueblo del Prepirineo, una pequeña, pero coqueta masía, bastante próxima a una riera y no lejos del "viejo molí", aún habitado por un anciano matrimonio. También ellos habían sido payeses  toda la vida, no lo olvidaban. También contaban con algunos animales a los que atender cuando iban. El resto de semana se encargaba de hacerlo la vecina del "molí". De todas formas,  ellos les dejaban todo preparado antes de regresar al humo, a la contaminación, al ruido, al ajetreo propio de la urbe. Pero, la vida había cambiado tanto, que no quedaba otro remedio que buscar la supervivencia en los grandes núcleos de población.

La mañana amaneció fría y lluviosa. El hombre se vistió rápidamente, con ánimo decidido. Había pasado la noche desvelado a sabiendas de que aquel era el día que precedía a la boda. Antes de que el resto de la familia se levantara, salió sigilosamente de la pequeña masía, cruzó el jardincillo que presidía la entrada y emprendió camino adelante sin echar la vista atrás. Tenía prisa, pues ella lo esperaba.

Arreció la lluvia y el cielo se ennegrecía por momentos. Un fogonazo cegador, acompañado de un fortísimo trueno, le hizo tambalear. Sin embargo,  no se amedrantó y aligeró aún más el paso. Debía llegar cuanto antes. Ella estaría allí, aguardando en la puerta, con su vestido rojo, estampado de grandes nardos, como siempre había hecho. Su amor se había fraguado siendo ella casi una niña. Ninguno de los dos había tenido otro. Bajo un “haya”, la única que había en aquel lugar, él le había declarado su amor. Ella le había respondido con una diáfana sonrisa a la vez que le lanzaba un pequeño y blanco guijarro, piedrecilla que él había conservado como el más preciado de los tesoros. 

En aquel lugar se habían prometido amor eterno. Durante años habían acudido en múltiples ocasiones hasta allí. Durante años habían esperado, impacientes, la fecha de la boda. Y ésta había llegado. Ahora tocaba devolverle aquel insignificante objeto, aunque de incalculable valor sentimental para él. Él haría también las veces de "el vers del padrí", pues no había hallado un amigo que lo hiciera. Tampoco le entregaría ramo de flores ni había preparado un poema, lo que le entristecía. Pero, guardado en el bolsillo del pantalón, llevaba el minúsculo regalo..

Sosteniendo un paso ligero, embarrados calzado y pantalón, a la vez que aumentaba la fuerza de aquel diluvio, se aproximó a la riera. Debía cruzarla y también cruzar la pequeña montaña que separaba las masías, la propia y la de su amada. La riera iba ya muy crecida y arrastraba gran cantidad de desechos. Pero, en su mente estaba ella y debía llegar cuanto antes para entregarle aquel obsequio que, según tradición en Cataluña, los novios debían hacer a la novia el día anterior a llegar al altar.

Frenó el paso, pues comprendió que tal avenida de agua no le era propicia para cruzar por donde siempre solía hacerlo. Y, sin embargo, debía cumplir con su misión fuese como fuese. Buscó el viejo puente que cruzaba la riera, pero no lo hallaba. El ímpetu del agua al caer, la ceguera que producían los continuos relámpagos, en contraste con la tenebrosidad del día, no le permitían distinguir el lugar exacto en el que se hallaba. Buscó desesperadamente. Cayó en más de una ocasión por la fuerza del viento y del agua, y a punto estuvo de que aquella endiablada fuerza lo arrastrase. Como pudo, se sujetó al tronco de un viejo árbol. Anduvo un poco más por la ribera del arroyo, el cual producía ya un ruido atronador.

La hija, que se había levantado con el fin de resguardar algunos enseres y animales que estaban en un pequeño aprisco junto a la vivienda, volvió a la casa y se puso a preparar el desayuno para el marido y los hijos. También preparó el del padre, junto a los varios medicamentos que debía tomar diariamente. Él estaría en siete sueños, pues nunca solía levantarse temprano, y menos aún cuando había tormenta. Siempre le habían asustado las tormentas.

Como si se hubiese abierto el cielo, el agua no caía ya a ramales, caía a cántaros. Los pocos animales que tenían, los había dejado a buen resguardo en la minúscula establo-granero adosado a la vivienda, y estaba tranquila. Sólo se trataba de unas gallinas, unos conejos y un pato, más el perro. Con los gatos, que eran dos, no había cuenta, pues siempre campaban a sus anchas. Mientras iba preparando todo, no dejaba de mirar hacia el exterior, pues aquel negror y aquel tipo de tormentas era inusitado y le asustaba.

Los niños podrían dormir cuanto quisieran. No podrían salir a la calle a jugar, ni andar por el campo. Hacía un día de perros, y el tiempo no estaba como para atreverse a sacar ni tan siquiera la nariz.   La mañana ya hacía entender que iba a ser un día especial. Tal y como todo apuntaba, sería una magnífica ocasión para estar todos en casa. Todos bien resguardados en el interior de aquellas vetustas paredes que tantos recuerdos les traían. Tal vez encenderían el fuego, que hasta entonces había estado apagado desde finales de la primavera. Ya era otoño y el frío estaba haciendo acto de presencia. Ella aprovecharía para ayudar a los niños a hacer sus deberes, al padre a hacer ejercicios de memoria y le quedaría algún tiempo para leer la obra de Ken Follet “Las Tinieblas y el Alba”. Incluso podrían entretenerse con algún juego de mesa, tras el almuerzo, junto al fuego. Luego volvería al establo, daría de comer a los animales y recogería los huevos del día.

Se levantó el marido y, a sabiendas ya de que aquel día se había convertido en un infierno, se aseó, se envolvió en un gran chubasquero y fue hasta el pequeño corral a recoger la leña para prender el fuego. Los niños seguían durmiendo, y,…¿para qué despertarlos si no podrían salir de casa? Los dejaría dormir hasta las diez o más, igual que al padre. Mientras tanto ellos encenderían la lumbre y empezarían a calentar un poco la estancia principal de la masía. Esperarían a estar todos juntos para el desayuno.

Llegaron los gatos exigiendo, como de costumbre, su parte de alimento. Iban completamente empapados, sacudiendo el lomo y mojando parte del suelo. Subieron a una silla que había a la entrada y también la empaparon. Sí, era la hora de llamar a los niños. Después lo haría con el padre. Se dirigió al dormitorio de los pequeños, que ya estaban despiertos y jugando sobre las camas. Les avisó que dejasen el juego y fuesen a la cocina, junto al fuego para tomar el desayuno. Seguidamente se dirigió al dormitorio del padre y… ¡oh sorpresa! ¡El padre no estaba! ¿Qué había ocurrido? ¿Cómo habría podido salir sin dejar una sola huella, sin que se enteraran?  ¡Y más en un día tan aciago! Él, que siempre había temido a las tormentas, ahora no estaba. Todas las alarmas se encendieron en la pequeña masía. ¡El abuelo había desaparecido! 

Durante toda la jornada fue subiendo el nivel del agua en la riera y el ruido que hacía era ensordecedor, pues por aquel lugar transcurrían como auténticas aguas bravas. El desconcertado anciano no hallaba el paso que tantas y tantas veces había cruzado.  Desorientado,  impotente ante la situación, decidió cobijarse, mientras no cesara la lluvia, bajo un enorme árbol y allí esperaría a que cejara aquella monstruosa tempestad. Su amada lo estaría esperando y se impacientaría ante la tardanza, pero entendería el porqué. Aquella mujer era su vida. La había conocido varios años atrás, en la fiesta mayor del pueblo. Ella tenía entonces catorce años. Él dieciocho. Se habían mirado de frente y todo pareció quedar sellado en aquel instante. Ya llevaban seis años de novios y, por fin, al siguiente día sería la boda. Antes debía obsequiarla con aquella preciosa joya que llevaba en el bolsillo. Se trataba de un ritual obligado.

Mientras, en la masía, se produjo la alarma. La hija acudió a la cocina. Nerviosa, profundamente alterada, comunicó la situación al marido que, en aquel momento, bregaba por encender el fuego. ¿Adónde acudir? ¿A qué echar mano? El ahogo, la desesperación cundía al mismo ritmo que aumentaban las borrascas. Salir así era imposible. Los niños, asustados, empezaron a llorar. La madre llamaba y también lloraba a la vez. El marido corrió como una exhalación hasta el pequeño corral-granero por si el abuelo se hallaba allí y no lo habían visto. Inquietud y desaliento empezaron a ser inversamente proporcionales a la esperanza de hallarlo. Buscó y rebuscó, casi como si se hubiese tratado de hallar un minúsculo alfiler. Llamó, se desesperó, todo sin resultado. Regresó a la vivienda donde el llanto y el desánimo se multiplicaban al mismo ritmo que aumentaba el aguacero. No había otro remedio que esperar a que acampara. Como pudieron, envueltos en chubasqueros, buscaron y rebuscaron en torno a la masía. El día avanzaba y las tormentas no cesaban.  Avisaron a vecinos de las proximidades, que se prestaron a colaborar en la búsqueda del anciano por los alrededores más cercanos. Pero todo quedó para el siguiente día, pues la noche se había echado encima. La lluvia no paraba ni un solo momento, acompañada, además, de fuerte  aparato eléctrico.

Envuelto en agua y barro el hombre, poco a poco, se fue amodorrando. Estaba agotado. Antes de quedar profundamente dormido, sacó de su bolsillo el obsequio para su amada, el pequeño guijarro, que apretó con fuerza entre sus dedos encallecidos. Así esperaría hasta que el agua le permitiera el paso por el puentecillo, pues seguro que estaba allí. Allí había estado siempre. Aquel puentecillo y el “HAYA” sabían todo acerca de su amor. Ambos eran testigos mudos y  guardianes  silenciosos de muchos de sus secretos, como aquel primer beso que se dieran una luminosa noche, mientras una espléndida luna llena  bañaba su rostro  plateado en las aguas  cristalinas de la pequeña riera. Sobre sus maderas aparecían grabados los nombres de su amada y el suyo propio. Y entre los nombres, grabado a fuego, aparecía un corazón, y ¡no!, ... ¡de ninguna forma podía desaparecer! El agua no podría arrastrarlo. Sería como arrastrar sus vidas, las de ambos. Con aquellos recuerdos, con aquella ansiedad por llegar hasta su amada, su cuerpo  se fue vaciando de vida hasta quedar apagado.

Al día siguiente, temprano, varias patrullas dieron comienzo a la búsqueda del anciano. Pronto encontraron al hombre apoyado sobre la enorme “haya”. El caudal del río había bajado. El puente estaba allí, pero el gastado tablón, en el que habían estado grabados sus nombres durante más de sesenta años,  había sido arrastrado por el agua. Ésta se había llevado  para siempre los recuerdos  de aquel hombre, y con el corazón y los nombres se marchó también su vida. Su esposa lo había hecho diez años antes. Cuando lo hallaron,  su cuerpo inerte, envuelto en barro, se encontraba recostado sobre el tronco del gran árbol. Refulgentes rayos de sol, los primeros del día, centelleaban por entre el  follaje del "haya" sobre el cuerpo del anciano, que más bien parecía dormido.  En su mano, fría como el mármol, fuertemente apretada, estaba  la ofrenda que llevaba a su amada. 

Es lo que tiene el AMOR, cuando éste es AUTÉNTICO. 


Puente sobre la Riera

martes, 29 de septiembre de 2020

LA PRINCESA POBRE

 

LA PRINCESA POBRE

(Basada en la leyenda oriental del "HILO ROJO")

Cuando yo era muy niño siempre estaba pidiendo a los mayores que me contasen cuentos, historias o leyendas  que sirviesen para llenar de vida y de embrujo mi imaginación. Recuerdo cuentos maravillosos, como el de “Juanillo el Oso”, o “El castillo de irás y no volverás”, y también, otros muchos. A quien más le insistía para que me contase historias que ella supiese, era a mi madre, que se llamaba Ana, pero a la  que yo sólo le decía “mamá”. Ella nunca tenía tiempo para detenerse a contar alguna historia, pues siempre estaba trabajando. Pero, una noche,  ¡ah! …, una noche sí que me relató una historia fascinante. Aquel día, -creo que era un 19 de julio-, habíamos trillado, pero no nos había dado tiempo a recoger la parva (parva=la mies, -trigo, cebada o avena-, que ya estaba trillada, pero todavía extendida en la era). Había sido una jornada de insoportable calor. Acalorados y fatigados, como estábamos,  decidimos dormir en la era. Sobre la parva colocamos una jarapa (Tejido realizado con tiras de trapos retorcidos) y también llevamos una almohada. Una Luna llena, radiante, vestía de un tono blanco-plateado el paisaje, no permitiendo que ningún objeto, por pequeño que fuese, quedase oculto a la vista. Bajo aquel firmamento que nos cubría, sólo destacaba la belleza del astro de la noche y la albina estela que conformaba la Vía Láctea sobre nuestros cuerpos. Nos acompañaban el sonido chirriante de algún grillo y los ladridos intermitentes de varios perros. Allí, tumbados sobre aquel improvisado colchón le pedí, una vez más, a mi madre, que me contase alguna historia o cuento. Y fue entonces cuando me relató una de las más fantásticas leyendas que jamás he escuchado. Tal y como me la contó, yo la voy a contar.


Según ella en un lejano país de Oriente se contaba la siguiente leyenda de

“La Princesa Pobre”

“En una pequeña colina que daba vista a la ciudad habitaba una pobre, muy pobre niña. Su pequeño palacio estaba hecho de adobes de barro y paja y el tejado estaba formado por cañas de bambú cubiertas por hojas de acanto. La niña vivía sola con su madre, que estaba muy enferma. Ella la cuidaba con esmero, se sentaba a su lado y le daba leche y caldo, y también infusiones de  yerbas curativas que traía del mercado. No quería quedarse sin madre, pues aunque también tenía padre, éste se había tenido que marchar a trabajar muy, muy lejos, en unas minas que había en otra región del país.

Junto a la puerta de la humilde casa tenían un pequeño huerto en el que la niña había plantado lechugas, tomates, zanahorias, berenjenas y otras hortalizas. Conforme las iba cosechando las llevaba al mercado de la ciudad y allí las cambiaba por alguna ropa para su madre, alguna manta, alguna camisa para su padre o pantalón, pues en las ocasiones que volvía a visitarlas, siempre traía su vestimenta destrozada por el duro trabajo de la mina. Para ella casi nunca compraba nada, alguna vez unas alpargatas para no ir siempre descalza. Y así un día y otro: de la casa al mercado, y del mercado a la casa para cuidar a su madre y el huertecillo.

Justo al otro lado de la ciudad, sobre otra elevada colina destacaba un enorme y precioso palacio. Era el palacio del príncipe. Éste tenía  mucho interés por saber con qué princesa podría casarse y, aunque aún era muy joven, la curiosidad por conocerla lo estaba torturando.

Por la ciudad corría la leyenda de que cada persona nacía con un hilo rojo, invisible, atado al dedo meñique y que ese hilo  llegaba hasta el dedo meñique de la persona que era su alma gemela. Además, ese hilo nadie lo puede romper por mucho que lo intente, pues un anciano, que vive en la Luna, sale cada noche en busca de las almas que están destinadas a estar unidas en la tierra y cuando las encuentra les ata el hilo rojo para que no se pierdan. Esa leyenda llegó hasta los oídos del príncipe, y como los príncipes todo lo desean, también él quiso saber quién sería la joven que el anciano habría elegido para él. Se enteró de que en la ciudad había una bruja que todo lo sabía, así que llamó a su mayordomo para que la buscase  y la trajese a su presencia.

Así lo hizo el mayordomo. Buscó a la bruja, se enteró de quién era y envió a dos sirvientes para que la llevasen al castillo. Cuando la bruja ya estaba junto al príncipe le dijo que ella lo llevaría, siguiendo el hilo, hasta la que un día sería su esposa. Salieron del castillo y se dirigieron a la ciudad. Cruzaron plazas, recorrieron calles y, finalmente, fueron a parar a un pequeño y pobre mercado. Recorrían puestos y más puestos, cuando la bruja se detuvo ante uno en el que una niña pobre, de tan sólo unos ocho o nueve años, vendía las hortalizas que tenía en una cesta. La bruja señaló a la niña, a la vez que le decía al príncipe “aquí termina tu hilo”.   Él, completamente enfurecido, creyendo que se trataba de una burla de la bruja, propinó tal empujón a la pobre muchacha que cayó contra la cesta y el suelo, abriéndose una gran brecha en la frente.

Al regresar al castillo, el príncipe,  encolerizado por el vaticinio de la bruja, ordenó que le cortasen la cabeza. Y así tuvieron que hacer los guardias  de la prisión.


Pasó el tiempo, y el dueño de las minas donde trabajaba el padre de la princesita pobre, se arruinó por el juego y otros muchos vicios. Entonces decidió vender la mina y fue el padre de la niña quien se la compró, pues con su trabajo había ahorrado mucho dinero. Cuando él se hizo cargo de la mina contrató a obreros muy diligentes y cumplidores con el trabajo, teniendo la enorme suerte de dar con un gran filón de oro. Volvió el hombre inmediatamente a la humilde casa y entonces se llevó con él a la mujer y a la hija. La niña  ya no tuvo que volver a vender en el mercado y la esposa fue curada por los mejores médicos del reino. Con las muchas riquezas que ya tenían adquirieron un bello palacio y allí se instalaron.


Transcurrido algún tiempo, el príncipe decidió contraer matrimonio. Se informó de quiénes eran las personas más ricas de su reino y le dijeron que la persona más poderosa y rica era el dueño de la mina de oro más grande que había en todo el país y que tenía una hija muy joven y hermosa, y que,  si él príncipe quería, podría convertirla en su esposa. Y así se decidió. Él  envió a su mayordomo  para que concertase la boda con el padre de la joven, pues  estaba deseoso de que llegara el día para comprobar que la predicción de la bruja no se cumpliría. Una vez en el templo, la joven iba con el rostro cubierto por un velo, como van todas las novias. Cuando el sacerdote, oficiante de la ceremonia, dijo a la novia que ya podía descubrirse la cara, ni imaginar pudo el príncipe que la joven que se había convertido en su esposa tenía una cicatriz muy peculiar en su frente, la misma que se había hecho al caer tras el empujón que él la había propinado. Él se arrepintió mucho de las malas acciones que había cometido, no volviendo a hacer daño a nadie en su reino”.

Esto venía a demostrar que todos estamos predestinados y que el destino ya nos tiene señalada nuestra alma gemela, pues el anciano de la Luna no cesa en atar cada noche los hilos rojos, pero invisibles, que nos unen con quien será nuestro compañero o compañera de vida.

Y ésta fue la maravillosa historia que mi madre me contó aquella calurosa  y luminosa noche de julio, tumbados sobre la parva. Esta historia también nos demuestra que jamás debemos despreciar a nadie porque sea pobre o de otro color. Así me lo enseñaba a mí mi madre Ana.

jueves, 3 de septiembre de 2020

"LA CUEVA DEL GATO" (Cuento original)



 Diré que siempre fui apasionado amante de leyendas mágicas y extrañas, tanto que, en mi 

fantasía, las llegaba a convertir en reales. Envolvían mi imaginación, la secuestraban y 

terminaba dándoles vida, la que yo quería.


Así ocurrió con aquella leyenda misteriosa que mi abuelo me contaba acerca de una cueva que había dentro de un terreno de su pertenencia, en una zona bastante distante de donde vivíamos. Raramente frecuentaban dicha heredad por su lejanía, sólo una vez o dos al año con la finalidad de arar los árboles, que eran pocos, o recoger la almendra que allí se cosechaba. El hecho de esta circunstancia de  lejanía convertía para mí en un misterio aún más agrandado aquel enigmático lugar. Diré que la susodicha cueva recibía el nombre de “CUEVA DEL GATO”, y en torno a la misma había una extraña y fantasiosa leyenda que me tenía impresionado y que relataré seguidamente. 



                                          LA CUEVA DEL GATO


Contaban los más antiguos pobladores del lugar que en dicha cueva, desde tiempos inmemoriales, habitaba un gato negro, grande casi como un tigre, que sólo era visto una vez al año: el día de San Juan. Contaban también que el animal salía de la cueva a eso de la salida del Sol y que no regresaba hasta la puesta del mismo. También decían que el resto del año no volvía a aparecer. 
Nadie osaba aproximarse a la cueva. Miedo y superstición corrían de la mano, y cada vez que surgía la leyenda, ésta se magnificaba con elementos tan extraños como inconsistentes, saturados de todo tipo de patrañas, si es que aún se le podían añadir más. En realidad todo servía para crear mayor misterio, intriga y ansias por descubrir la verdad de tal historia, si es que aquella verdad existía. Y así andaba yo. No sé si me contaron la leyenda mil veces, pero sí que más de mil cien rogué, supliqué, insistí en que me llevaran hasta el misterioso lugar. Quería ver con mis propios ojos tanto la cueva como al gato. Para que fuese así debían coincidir con el día y la hora en la que el animal abandonaba su escondite dirigiéndose hacia el famoso Castellón de Olías.



Imagen del  Castellón coronando la montaña

Y aquí viene la segunda parte, la parte más misteriosa de la leyenda, pues según la misma, el gato no era más que un espectro encantado de un príncipe moro que había existido siglos atrás en el Castellón. 
Contaban que aquel príncipe residía en el lugar con  una bellísima joven cristiana, a quien tenía secuestrada, no permitiéndole apartarse de los aposentos del castillo ni tan siquiera para tomar el sol. La joven, totalmente desconsolada por aquel infortunio, pudo comprar la voluntad de uno de los guardianes, prometiéndole importantes bienes si conseguía que ella lograra escapar de allí. Y no porque no hubiese estado enamorada del príncipe moro, -que lo estuvo, pues nada enamora más que aquello que nos está prohibido-, sino por la dura vida a la que la tenía sometida por sus celos, creyendo que ella, al menor descuido, lo abandonaría. 
Las voluntades nunca son imposibles de doblegar, y menos cuando hay promesas que conllevan a la avaricia, o tal vez a poder escapar, a la vez que la joven, del despotismo al que aquel príncipe tenía sometido a todo su personal. Y así ocurrió con el guardián del Castellón de Olías, pues pronto estuvo de acuerdo con la joven en traicionar a su príncipe. Debía ser precavido, contar tan sólo con guardianes de su máxima y total confianza, dispuestos a correr la misma suerte que él. No le sería fácil, pero la crueldad a la que los sometía el príncipe agudizó el ingenio y la imaginación para escapar de aquel cautiverio. Una vez que ya contaba con la complicidad de algunos, el guardián empezó a preparar su plan.  Transcurrido no mucho tiempo pudo ponerse en contacto con unos cazadores cristianos que merodeaban aquellos contornos de la sierra. Mediante un emisario de confianza determinaron una estratagema. Este convenido plan se llevaría a cabo una mañana del día de San Juan, antes de la salida del Sol. El guardián del portalón del castillo sería abordado y amordazado por varios cazadores, si es que se resistía y no se unía a los sediciosos. El príncipe estaría aún en siete sueños, pues, el día solía pasarlo cazando y, junto a su agotamiento natural, su ayudante le proporcionaría un elixir que le haría dormir tan profundamente que no despertaría en muchas horas. Era importante que tanto la chica como los que con ella abandonarían el Castellón debieran estar preparados, teniendo muy en cuenta que ni el príncipe ni sus secuaces tuviesen la menor sospecha.


                                      Estado actual del Castellón de Olías

Así se hizo. Muy temprano, antes de que las primeras luces del alba ejercieran su destello sobre la sierra, llegaron los cazadores provistos de sus armas con la intención de asaltar la fortaleza, algo que fue innecesario, pues a la fuga también se sumaba el vigilante del portalón. Fueron pocos los que permanecieron fieles al príncipe, no se sabe si por pura lealtad o por miedo al mismo. Lo que sí fue cierto es que cuando aquel despertó y se dio cuenta de que la joven cristiana había desaparecido, montó en tal estado de cólera que dio muerte a todos los que allí habían permanecido, despeñándolos por los enormes acantilados de la montaña. Tal fue su locura que aún no había extendido sus rayos el sol sobre la sierra, cuando él ya había abandonado el castillo, llevado por la furia y por el frenesí, corriendo como un poseso hacia los territorios cristianos, en busca de la joven. Parecía tener alas cuando llegó a un territorio colindante a la  montaña, conocido como los Azules (por el color azulado de aquellas tierras). Ya el Sol arrojaba sus primeros destellos sobre los campos, presagiando un día de fulgor sin igual. Corría el príncipe y corría, cuando una vieja mujer, desaliñada, con una ca
bellera suelta y sucia, cubierta con una vestimenta de esparto, apareció ante él, obstaculizándole el alocado paso. Esta mujer, que se llamaba Manuela, vivía a menos de  media legua, en un lugar solitario, inhóspito  y olvidado de la mano de Dios, conocido como Los Ularios. A decir de las gentes, gozaba de los poderes propios de una bruja. Y, en realidad, así era, pues  al contemplar al príncipe con ojos ensangrentados por la ira, a la vez que escupía cólera y odio, lanzando perjurios  hacia todo lo existente, decidió la vieja lanzar sobre él un tremendo sortilegio por el que, de inmediato, quedaría convertido en un felino que permanecería encerrado durante mil años en una cueva. Esta cueva, con forma de madriguera grande, se hallaba próxima al lugar. Aquella maldición de encantamiento conllevaba  el no poder abandonarla ni de día ni de noche. Tan sólo podría salir al amanecer  de cada día de San Juan de cada año y visitar el castillo, para regresar antes de la puesta de Sol.” Hasta aquí la historia de aquella cueva, “La Cueva del gato”. 
Mi pregunta es: ¿cómo no sentirse atrapado por aquella leyenda?

Mi perseverancia pudo finalmente convencer a mi abuelo para que me llevase con él y así descubrir con mis propios ojos el famoso antro en el que decían estaría por mil años aquel gato tan enigmático como escalofriante. Para que todo cuadrara le pedí que me llevara un día de San Juan. Yo estaba obstinado en ver la cueva, pero también en ver al gato. Mi abuelo accedió, a regañadientes, poniendo por fin fecha, que no sería otra que la de la siguiente festividad de San Juan, muy próxima ya, pues tan sólo faltaba una semana. 

Debo confesar que para mí fue una semana de absoluta ansiedad y zozobra, tanto de ensueño como de suspense, de máxima inquietud y enorme impaciencia, anhelando la llegada de aquel momento tan esperado. Y como nada hay que más de cien años dure, también llegó la noche del 23 de junio. Todo quedó preparado para la madrugada siguiente en la que partiríamos hacia el enigmático y misterioso lugar. Me acosté sin saber si dormiría o no. Sin embargo, no tardé en caer en un profundo sueño. 

                                                                        Imagen del gato
  

“Llegaba la madrugada, al primer canto del gallo,  mi madre ya me estaba despertando. Con dos burras, portando una de ellas los aperos de labranza, partíamos mi abuelo y yo. Íbamos ambos a lomos de una de las bestias. Él delante, sobre la albarda, yo a la culata. Tardábamos un tiempo que se me hacía eterno y cuando ascendíamos hacia las cordilleras que se levantan más arriba del cortijo de la Sacristana, ya apuntaba el día con toda su claridad. No tardaría el Sol en extender sus primeros rayos sobre aquellos montes, revistiendo de colores variopintos cerros, valles y vallejos, a la vez que aumentaba mi anhelo por ver al gato saliendo de su misterioso escondite, aunque sabedor de que ya no llegaría en el momento adecuado. El paso lento y tedioso de las bestias me causaba  desazón y exasperación a partes iguales. No podía ser que tanta ilusión se viese frustrada por desajuste de un tiempo que no habíamos precisado suficientemente.  Un camino pedregoso y encumbrado en la mayor parte de su recorrido dificultaba el avance y lo hacía lento hasta la desesperación. Cumbres arriba, el Sol despertó, ahogando así toda mi esperanza de ver a la terrorífica fiera salir de su escondite. Sólo me restaba descubrir la cueva. Con esa angustia caminaba y con esa especie de desilusión permanecí el resto del día.

La cueva no daba mucho de sí. Bajo unos peñascos se escondía la boca de una caverna recubierta de malezas vegetales, y a la que me dio no poco reparo penetrar. También me espantaba  la idea de que hubiese algún animal salvaje o serpientes, tanto o más que la del mismo gato. Además, si la leyenda tenía algo de cierta, a esa hora el gato estaría muy lejos, estaría ya en el Castellón. Así que decidí no investigar demasiado y esperar la hora de regreso. Mientras tanto, mi abuelo llevaba a cabo la labranza y yo me entretenía persiguiendo unos chorlitejos novatos que piaban por aquel cerro, o iba de una colina a otra contemplando el escuálido paisaje. Desde una de las cumbres se contemplaba el desnivel que presentaba el Arroyo de Olías, debido a la erosión de siglos, mejor, de milenios. Se veía algún que otro cortijo diseminado. Lo mismo ocurría si lanzaba la mirada haca los Azules, donde también los había. Mi imaginación, en una alocada combinación de cuadros, colores y paisajes, cambiaba de un lugar a otro, de una fotografía a otra, pero siempre  sin perder de vista la mirada hacia el Castellón, lugar de ficción en el que a aquellas horas al gato deambularía sobre restos que ya eran historia y adonde él volvería a reencarnarse en príncipe transcurridos mil años. 

Así pasé el día y se hizo la tarde. Mi abuelo preparó nuevamente las bestias y emprendimos el regreso. Ya se teñía de oscuridad el paisaje cuando dimos vista nuevamente al cortijo de la Sacristana. Es un cortijo solitario, alzado sobre un leve montículo, abrazado éste, a su vez, por dos pequeñas ramblas que confluyen a sus pies. Por allí se deslizaban las bestias a paso lento, aupados nosotros sobre una de ellas, cuando mi abuelo me hizo observar un detalle del que, en mi abstracción por el desengaño vivido, yo no me había percatado. Corría un leve airecillo y, a aquella altura, aún podíamos apreciar negros  nubarrones,  de variadas y caprichosas formas  que cubrían la sierra donde se hallaba el Castellón. De aquellas nubes empezaba a escapar, de cuando en cuando, un lejano relámpago que aportaba cierta luz a la estrecha y quebrada senda por la que descendíamos hacia la rambla de “Enmedio”. Él, con su experiencia de viejo conocedor de caminos solitarios, tal vez ya hubiese vivido algo similar. 

El caso fue que, cuando ya nos acercábamos a la rambla, me indicó que mirara hacia atrás, que una corta, pero gruesa hebra de lana se arrastraba desde hacía algún tiempo detrás de nosotros, siguiendo nuestros pasos. Al principio, y ante la oscuridad que se cernía sobre el lugar, pensé que se trataba de una broma que  me estaba jugando. Pero no era así. Con la iluminación de uno de aquellos relámpagos pude comprobar la veracidad de sus palabras. El camino se me hacía cada vez más lento, la distancia hasta la vivienda, más infinita. Bajamos toda la rambla y en ningún momento la negra hebra de lana nos abandonó, nos seguía, avanzando rápida en unos momentos, o deteniéndose otros, impelida siempre por un airecillo que corría o amainaba, según en qué instante. Al llegar a los cañares del Saltador, donde ya abandonábamos la rambla y emprendíamos de nuevo empinadas y tortuosas cuestas, comprobamos que la hebra no estaba, que había sido sustituida por una perfolla (Hoja que cubre la panocha o fruto de maíz, especialmente cuando está seca. Con perfollas se rellenaban colchones a falta de lana) negra que realizaba el mismo cometido que la hebra de lana: seguirnos. 

El desconcierto y el miedo, -y eso que mi abuelo era un valiente entre los valientes-, se adueñó de nosotros. Las bestias renqueaban lentamente  cuesta arriba. Los relámpagos se hacían más frecuentes, aproximándose la tormenta, en una noche tenebrosa y aterradora, a la vez que nos mostraban aquella insólita visión de la perfolla perseguidora. Nuestras  gargantas estaban  secas, obstruidas no ya por el miedo, sino por indefinible pánico. Ni a respirar nos atrevíamos, y eso que no restaba ni un kilómetro para llegar a nuestra casa. Jamás había tenido tanta ansia por desparecer en el interior de la vivienda, echar el pestillo en la puerta y que ni mil gigantes pudieran abrirla. El cielo se había convertido en una permanente luminaria, la tormenta ya nos pisaba los talones, zumbidos atronadores rompían nuestra ya exigua capacidad para la supervivencia dentro de aquel infierno en el que se había convertido la noche, y con ella mi experiencia. 

Cruzamos el barranco de los Graneros y fue entonces cuando, a la luz de uno de aquellos fulgurantes relámpagos, apreciamos que la perfolla había desparecido y, en su lugar, un espeluznante gato negro nos seguía a corta distancia. El terror nos desarmó completamente.  El dios Fobos (dios del pánico en la Mitología griega) se había convertido en nuestro dios. Al subir a los Graneros, cuando ni cuatrocientos metros nos faltaban para llegar, descabalgamos de la bestia, dejando ambas a su libre albedrío y emprendimos una carrera sin igual, pues tal era velocidad que ni el mismísimo dios Hermes (dios de la velocidad en la Mitología griega) nos hubiese alcanzado. Cruzamos la rambla del Saliente y la huerta de los Patricios en dos zancadas, como se suele decir, yo sujeto siempre a la mano de mi abuelo, que me arrastraba como si de un muñeco se tratara. Ya subiendo la cuesta que da a la vecindad, vimos que el espantoso y horrible gato negro nos había adelantado, dejándonos sin respiración, exhaustos, desarmados, derrotados.”

Fue entonces cuando mi madre me despertó sacudiéndome con fuerza, pues había oído mi ahogo desesperado, producido por aquella terrible pesadilla. Además, era la hora de partir. Las bestias estaban preparadas y mi abuelo me esperaba para ir a la Cueva del Gato.  Yo decidí no acompañarlo. Me encontraba enfermo. Nunca fui a la “CUEVA DEL GATO"

                   

                                          
                          El gato saliendo de su cueva