LA PRINCESA POBRE
(Basada en la leyenda oriental del "HILO ROJO")
Cuando yo era muy niño siempre estaba pidiendo a los mayores que me contasen cuentos, historias o leyendas que sirviesen para llenar de vida y de embrujo mi imaginación. Recuerdo cuentos maravillosos, como el de “Juanillo el Oso”, o “El castillo de irás y no volverás”, y también, otros muchos. A quien más le insistía para que me contase historias que ella supiese, era a mi madre, que se llamaba Ana, pero a la que yo sólo le decía “mamá”. Ella nunca tenía tiempo para detenerse a contar alguna historia, pues siempre estaba trabajando. Pero, una noche, ¡ah! …, una noche sí que me relató una historia fascinante. Aquel día, -creo que era un 19 de julio-, habíamos trillado, pero no nos había dado tiempo a recoger la parva (parva=la mies, -trigo, cebada o avena-, que ya estaba trillada, pero todavía extendida en la era). Había sido una jornada de insoportable calor. Acalorados y fatigados, como estábamos, decidimos dormir en la era. Sobre la parva colocamos una jarapa (Tejido realizado con tiras de trapos retorcidos) y también llevamos una almohada. Una Luna llena, radiante, vestía de un tono blanco-plateado el paisaje, no permitiendo que ningún objeto, por pequeño que fuese, quedase oculto a la vista. Bajo aquel firmamento que nos cubría, sólo destacaba la belleza del astro de la noche y la albina estela que conformaba la Vía Láctea sobre nuestros cuerpos. Nos acompañaban el sonido chirriante de algún grillo y los ladridos intermitentes de varios perros. Allí, tumbados sobre aquel improvisado colchón le pedí, una vez más, a mi madre, que me contase alguna historia o cuento. Y fue entonces cuando me relató una de las más fantásticas leyendas que jamás he escuchado. Tal y como me la contó, yo la voy a contar.
“La Princesa Pobre”
“En una pequeña colina que daba
vista a la ciudad habitaba una pobre, muy pobre niña. Su pequeño palacio estaba
hecho de adobes de barro y paja y el tejado estaba formado por cañas de bambú
cubiertas por hojas de acanto. La niña vivía sola con su madre, que estaba muy
enferma. Ella la cuidaba con esmero, se sentaba a su lado y le daba leche y
caldo, y también infusiones de yerbas
curativas que traía del mercado. No quería quedarse sin madre, pues aunque
también tenía padre, éste se había tenido que marchar a trabajar muy, muy
lejos, en unas minas que había en otra región del país.

Justo al otro lado de la ciudad,
sobre otra elevada colina destacaba un enorme y precioso palacio. Era el
palacio del príncipe. Éste tenía mucho
interés por saber con qué princesa podría casarse y, aunque aún era muy joven,
la curiosidad por conocerla lo estaba torturando.
Por la ciudad corría la leyenda
de que cada persona nacía con un hilo rojo, invisible, atado al dedo meñique y
que ese hilo llegaba hasta el dedo
meñique de la persona que era su alma gemela. Además, ese hilo nadie lo puede
romper por mucho que lo intente, pues un anciano, que vive en la Luna, sale
cada noche en busca de las almas que están destinadas a estar unidas en la
tierra y cuando las encuentra les ata el hilo rojo para que no se pierdan. Esa
leyenda llegó hasta los oídos del príncipe, y como los príncipes todo lo
desean, también él quiso saber quién sería la joven que el anciano habría
elegido para él. Se enteró de que en la ciudad había una bruja que todo lo
sabía, así que llamó a su mayordomo para que la buscase y la trajese a su presencia.
Así lo hizo el mayordomo. Buscó a
la bruja, se enteró de quién era y envió a dos sirvientes para que la llevasen
al castillo. Cuando la bruja ya estaba junto al príncipe le dijo que ella lo
llevaría, siguiendo el hilo, hasta la que un día sería su esposa. Salieron del
castillo y se dirigieron a la ciudad. Cruzaron plazas, recorrieron calles y,
finalmente, fueron a parar a un pequeño y pobre mercado. Recorrían puestos y
más puestos, cuando la bruja se detuvo ante uno en el que una niña pobre, de
tan sólo unos ocho o nueve años, vendía las hortalizas que tenía en una cesta.
La bruja señaló a la niña, a la vez que le decía al príncipe “aquí termina tu
hilo”. Él, completamente enfurecido, creyendo
que se trataba de una burla de la bruja, propinó tal empujón a la pobre
muchacha que cayó contra la cesta y el suelo, abriéndose una gran brecha en la
frente.
Al regresar al castillo, el príncipe, encolerizado por el vaticinio de la bruja, ordenó que le cortasen la cabeza. Y así tuvieron que hacer los guardias de la prisión.
Pasó el tiempo, y el dueño de las minas donde trabajaba el padre de la princesita pobre, se arruinó por el juego y otros muchos vicios. Entonces decidió vender la mina y fue el padre de la niña quien se la compró, pues con su trabajo había ahorrado mucho dinero. Cuando él se hizo cargo de la mina contrató a obreros muy diligentes y cumplidores con el trabajo, teniendo la enorme suerte de dar con un gran filón de oro. Volvió el hombre inmediatamente a la humilde casa y entonces se llevó con él a la mujer y a la hija. La niña ya no tuvo que volver a vender en el mercado y la esposa fue curada por los mejores médicos del reino. Con las muchas riquezas que ya tenían adquirieron un bello palacio y allí se instalaron.
Transcurrido algún tiempo, el
príncipe decidió contraer matrimonio. Se informó de quiénes eran las personas
más ricas de su reino y le dijeron que la persona más poderosa y rica era el
dueño de la mina de oro más grande que había en todo el país y que tenía una
hija muy joven y hermosa, y que, si él
príncipe quería, podría convertirla en su esposa. Y así se decidió. Él envió a su mayordomo para que concertase la boda con el padre de
la joven, pues estaba deseoso de que
llegara el día para comprobar que la predicción de la bruja no se cumpliría.
Una vez en el templo, la joven iba con el rostro cubierto por un velo, como van
todas las novias. Cuando el sacerdote, oficiante de la ceremonia, dijo a la
novia que ya podía descubrirse la cara, ni imaginar pudo el príncipe que la
joven que se había convertido en su esposa tenía una cicatriz muy peculiar en
su frente, la misma que se había hecho al caer tras el empujón que él la había
propinado. Él se arrepintió mucho de las malas acciones que había cometido, no
volviendo a hacer daño a nadie en su reino”.
Esto
venía a demostrar que todos estamos predestinados y que el destino ya nos tiene
señalada nuestra alma gemela, pues el anciano de la Luna no cesa en atar cada
noche los hilos rojos, pero invisibles, que nos unen con quien será nuestro
compañero o compañera de vida.
Y
ésta fue la maravillosa historia que mi madre me contó aquella calurosa y luminosa noche de julio, tumbados sobre la
parva. Esta historia también nos demuestra que jamás debemos despreciar a nadie
porque sea pobre o de otro color. Así me lo enseñaba a mí mi madre Ana.