PEQUEÑOS RELATOS
¿Quién era ella?
Pasó junto a él y ambos se miraron fijamente. Era la primera
vez que se veían. Aquellas miradas se cruzaron de forma casi accidental. Ella
continuó pasillo adelante. Él hizo lo mismo, pero en sentido contrario. El día
era apacible, de los que se agradecen. Era el último día de octubre, pero el
sol caldeaba el ambiente. El más absoluto de los silencios reinaba en el
recinto. Algún gorrión dejaba escapar su nada bucólico gorjeo desde alguno de
aquellos gigantescos árboles. Él observó aquel reducido espacio, que sólo
visitaba una vez al año, y entendió que
necesitaba limpieza, como siempre. Ya iba preparado para eso. Tomó el pequeño
cubo y se dirigió hacia una de las fuentecillas que servían para tal menester.
Al salir al pasillo, otra vez ella. Demasiado hermosa. Demasiado joven. No
pasaría de los veinticinco años, pensó. Se cruzaron y sus miradas chocaron de
nuevo, tanto como si dos trenes quisieran
estrellarse voluntariamente, uno contra otro. Él no supo entender si aquella
mirada que parecía taladrarlo, era desafiante o dulce. Le pareció ambas cosas. Siguió su camino y ella
hizo lo mismo. Lo hacía sin rumbo, sin objetivo, sólo observaba. Iba sola. A él
le pareció todo demasiado extraño. Cuando regresaba de abastecerse de agua del
grifo, también regresaba ella, tratando de escudriñar aquel solitario lugar,
que sólo contenía vidas que fueron y ya no eran. Las miradas, como amenazantes espadas,
se retaron nuevamente. Él se sintió confuso y, hasta aturdido. Lo cierto es que
siempre había sido cobarde e indeciso; y más lo estaba siendo en aquel momento
y en aquel lugar; un espacio que tanto respeto le imponía. Así que intentó continuar
con su tarea. Extrajo unos trapos que portaba en una bolsa de plástico, los
mojó y se dispuso a limpiar aquel frontal, demasiado abandonado, pues sólo lo visitaba una vez al
año, trató de pensar, pero no pudo. La algarabía ruidosa
de los gorriones continuaba como único sonido en aquel lugar tranquilo.
Intentaba llevar a cabo la tarea que tenía entre manos, pero, cierto nerviosismo
se había apoderado de él. Con el rabillo del ojo la vio adentrarse por la
estrecha calle en la que él se hallaba. Lo sobrepasó sin pronunciar una
palabra. A él le temblaban las manos, el corazón le latía fuerte y
desacompasado. Ella llegó hasta el final, se paró donde terminaba el pasillo,
observó sin precisión alguna y regresó sobre sus pasos. Al llegar donde se hallaba él, se detuvo, dándole, esta vez sí, los buenos días. Él no supo reaccionar. La
miró algo extrañado. Era demasiado hermosa. Lo encandilaba. No sabía cómo
reaccionar. Tuvo miedo. Nunca le había aterrado tanto aquel lugar como lo hizo entonces,
y no precisamente, por la soledad del mismo y por el significado que tenía. Eran
otros fantasmas los que se le presentaron. Estaba arrodillado y si no hubiera
sido porque apoyó una de las manos contra el suelo, habría caído como un
pajarillo del nido. Fue entonces cuando ella tomó el trapo y limpió el frontal
de aquella pieza de pizarra oscura. Él se repuso un poco, lo que ella aprovechó
para ayudarle a que se incorporara. El sol se filtraba por un lateral de la
calle, quedando partida en dos mitades: una con sombra; la otra, soleada.
Lo miró fijamente y, aproximándose a él, lo besó en los labios. Seguía
escuchándose el alboroto de los gorriones perdidos entre los cipreses. Se apoyó
en aquella fría piedra, sobre la que rezaba una inscripción, y lo atrajo hacia
sí. Él experimentó un temblor que le hizo tambalearse junto a un inaudito
placer jamás sentido. Notó un sudor intenso y cómo su cuerpo quedaba a la
deriva. Su mente cayó en un abismo. Ella abrió su camisa y le brindó sus
pechos, tersos, maduros, atrapados por un sujetador negro. Él no supo qué
hacer. Pensó que sería la muerte que venía a llevárselo. A continuación, ella
dejó caer su falda y él se estremeció. Salió huyendo y ni el cubo cogió. Nunca
regresó al cementerio.
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