jueves, 15 de enero de 2026

LA CUEVA DE SANTA ROSALÍA

 

XIII.-La locura de Marta

El día en el que Marta se dirigía al mercado, llevando de la mano a su hija Carla, fue el más aciago y negro en la ya de por sí su negra vida. El destino de algunas personas resulta ser  un engarce de desgracias que, al igual que las cuentas de un collar, cuando se suelta una, todas las demás caen seguidas. Y así le pasaba a ella. Lo poco que la vida le había sonreído se descomponía como un árbol taladrado por el rayo. Durante aquellos últimos años el presente presagiaba un futuro de esperanza, pero aquel último mazazo sólo predecía un futuro de terror. Su desventura era permanente. Su sino no era otro que el infortunio.

Como un cristal hecho añicos, como una brújula incapaz de marcar orientación alguna, salió Marta de la enfermería del mercado. El reloj de su vida había quedado sin manecillas que le marcaran los tiempos. Los espacios tampoco volverían a ser los mismos. En adelante jamás volvería a ser nada igual. En qué poco tiempo se puede descomponer todo, en qué poco tiempo pueden los sueños convertirse en perturbación y tortura. Así le ocurrió a ella una vez más. Ya le había ocurrido en diversas ocasiones, pero ésta superaba con creces todo lo imaginable.

Como un esperpento, desaliñada su humilde vestimenta, con pelo totalmente desgreñado, ojos bañados en lágrimas de desesperación y mirada perdida, así tomó Marta la calle, un día y otro, tal como si de una posesa se tratara. Y, en realidad, es lo que era.

Aquella primera noche, recién escapada de la enfermería, se dirigió hacia la plaza. No había nadie. Imperaban el silencio y el vacío que la noche impone. Corrió hacia un lado y otro, llamaba infructuosamente a su pequeña. Sin éxito alguno se detenía ante sombras que sólo emanaban de su perturbada imaginación, tratando de averiguar en ellas lo que la tenue luz de los farolillos, que  refulgían por las esquinas, le negaban.

No hubo callajuela que no recorriera, no quedó plaza que no pateara; penetró, sin miedo, por callejones más oscuros que la noche, no dejó de escudriñar en tantos portales y soportales como a su paso halló. Lo mismo lloraba a grito pelado que vociferaba el nombre de su hija, a la vez que maldecía con imprecaciones de todo tipo a las mujeres que habían cometido con ella el más horrendo de los crímenes que con una madre se pueda cometer. Como una perturbada se rasgaba el vestido, como una demente se arañaba la cabeza, convirtiendo  el cabello en mechones arrancados de cuajo, haciendo, incluso, brotar sangre del rostro, taladrado con furia por mil arañazos, con la rabia de una bestia incontenida. Vomitaba de desesperación y reabsorbía su propio vómito. Tal era su locura.

La vida acababa de sesgarle el alma, de romperle la ilusión y el deseo de vivir. Pero, a la vez, algo en ella le gritaba desde su interior, como vigía incandescente, la esperanza de hallar a Carla, a su Carla, cuando fuera y donde fuera.

Aquel primer día, destrozada, herida de muerte, no regresó a la vivienda. Permaneció girando sobre si misma en un bucle infinito de amargura, tormento y búsqueda. Tampoco regresó durante otros muchos días, días en los que no salió de aquel arroyo al que había vuelto, ese en el que suelen encontrarse los desposeídos, los indigentes, los apátridas, los oprimidos, los indeseables, los atrapados por la adversidad. A ese arroyo, que también era el suyo, había retornado, desesperada, víctima de un destino fatalista y cruel.  Pero allí, en ese submundo de desposeídos y desheredados, tal vez pudiera hallar algún hilo que la condujera hasta su pequeña. A fin de cuentas, aquellas que habían sustraído a su niña pertenecían a esa categoría de seres que para muchos son desechos humanos,  basura. En ese bajo mundo permanecería Marta ya por mucho tiempo, tanto como quince años, sólo con una obsesión: hallar a su hija, a su Carla.

Los días pasaban, apagados como una candileja sin aceite, como apagados eran los rastros que pudieran conducirla hasta su niña. Ni una señal, ni un detalle que le diera una pista, hasta que se fue habituando al tránsito de días y noches, todos iguales. Su vida era ahora como el gorjeo triste del avecilla que ha perdido sus crías, como la lluvia cadenciosa y pertinaz, interminable, que produce, con su goteo monótono, un ritmo de tristeza, de postración y abatimiento sin límite, igual que el que anidaba en su alma. Esta fue la vida de la joven madre durante mucho tiempo, sin salir de aquel espacio que la obsesionaba y que, a la vez, la destruía y la carcomía. Fueron quince años en los que se consumió, en los que vivió como un animal acosado por la fuerza de una locura desenfrenada y sin rumbo.

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