XIII.-La locura de Marta
El día en el que Marta se dirigía
al mercado, llevando de la mano a su hija Carla, fue el más aciago y negro en
la ya de por sí su negra vida. El destino de algunas personas resulta ser un engarce de desgracias que, al igual que
las cuentas de un collar, cuando se suelta una, todas las demás caen seguidas.
Y así le pasaba a ella. Lo poco que la vida le había sonreído se descomponía
como un árbol taladrado por el rayo. Durante aquellos últimos años el presente
presagiaba un futuro de esperanza, pero aquel último mazazo sólo predecía un
futuro de terror. Su desventura era permanente. Su sino no era otro que el
infortunio.
Como un cristal hecho añicos, como
una brújula incapaz de marcar orientación alguna, salió Marta de la enfermería
del mercado. El reloj de su vida había quedado sin manecillas que le marcaran
los tiempos. Los espacios tampoco volverían a ser los mismos. En adelante jamás
volvería a ser nada igual. En qué poco tiempo se puede descomponer todo, en qué
poco tiempo pueden los sueños convertirse en perturbación y tortura. Así le
ocurrió a ella una vez más. Ya le había ocurrido en diversas ocasiones, pero
ésta superaba con creces todo lo imaginable.
Como un esperpento, desaliñada su
humilde vestimenta, con pelo totalmente desgreñado, ojos bañados en lágrimas de
desesperación y mirada perdida, así tomó Marta la calle, un día y otro, tal
como si de una posesa se tratara. Y, en realidad, es lo que era.
Aquella primera noche, recién
escapada de la enfermería, se dirigió hacia la plaza. No había nadie. Imperaban
el silencio y el vacío que la noche impone. Corrió hacia un lado y otro,
llamaba infructuosamente a su pequeña. Sin éxito alguno se detenía ante sombras
que sólo emanaban de su perturbada imaginación, tratando de averiguar en ellas
lo que la tenue luz de los farolillos, que
refulgían por las esquinas, le negaban.
No hubo callajuela que no
recorriera, no quedó plaza que no pateara; penetró, sin miedo, por callejones
más oscuros que la noche, no dejó de escudriñar en tantos portales y soportales
como a su paso halló. Lo mismo lloraba a grito pelado que vociferaba el nombre
de su hija, a la vez que maldecía con imprecaciones de todo tipo a las mujeres
que habían cometido con ella el más horrendo de los crímenes que con una madre
se pueda cometer. Como una perturbada se rasgaba el vestido, como una demente
se arañaba la cabeza, convirtiendo el
cabello en mechones arrancados de cuajo, haciendo, incluso, brotar sangre del
rostro, taladrado con furia por mil arañazos, con la rabia de una bestia
incontenida. Vomitaba de desesperación y reabsorbía su propio vómito. Tal era
su locura.
La vida acababa de sesgarle el
alma, de romperle la ilusión y el deseo de vivir. Pero, a la vez, algo en ella
le gritaba desde su interior, como vigía incandescente, la esperanza de hallar
a Carla, a su Carla, cuando fuera y donde fuera.
Aquel primer día, destrozada,
herida de muerte, no regresó a la vivienda. Permaneció girando sobre si misma
en un bucle infinito de amargura, tormento y búsqueda. Tampoco regresó durante
otros muchos días, días en los que no salió de aquel arroyo al que había
vuelto, ese en el que suelen encontrarse los desposeídos, los indigentes, los
apátridas, los oprimidos, los indeseables, los atrapados por la adversidad. A
ese arroyo, que también era el suyo, había retornado, desesperada, víctima de
un destino fatalista y cruel. Pero allí,
en ese submundo de desposeídos y desheredados, tal vez pudiera hallar algún
hilo que la condujera hasta su pequeña. A fin de cuentas, aquellas que habían
sustraído a su niña pertenecían a esa categoría de seres que para muchos son
desechos humanos, basura. En ese bajo
mundo permanecería Marta ya por mucho tiempo, tanto como quince años, sólo con
una obsesión: hallar a su hija, a su Carla.
Los días pasaban, apagados como una
candileja sin aceite, como apagados eran los rastros que pudieran conducirla
hasta su niña. Ni una señal, ni un detalle que le diera una pista, hasta que se
fue habituando al tránsito de días y noches, todos iguales. Su vida era ahora
como el gorjeo triste del avecilla que ha perdido sus crías, como la lluvia
cadenciosa y pertinaz, interminable, que produce, con su goteo monótono, un
ritmo de tristeza, de postración y abatimiento sin límite, igual que el que anidaba
en su alma. Esta fue la vida de la joven madre durante mucho tiempo, sin salir
de aquel espacio que la obsesionaba y que, a la vez, la destruía y la carcomía.
Fueron quince años en los que se consumió, en los que vivió como un animal
acosado por la fuerza de una locura desenfrenada y sin rumbo.
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