lunes, 5 de enero de 2026

LA CUEVA DE SANTA ROSALÍA

 

XII.-El rapto de Carla

Eran cuatro y las cuatro estaban proscritas por el resto de la Humanidad. No habían nacido malas. Nadie nace siendo malo, pero las circunstancias de la vida te retuercen, a veces, el alma, y así la tenían ellas. Habían pasado por todo tipo de calamidades: persecuciones, hambre, torturas, vejaciones y abusos de toda índole. Deportadas de acá para allá, ilegales aquí y allí, apátridas en todos sitios. Para más inri pertenecían a la etnia gitana, siempre denigrada, siempre perseguida. Vulneraban leyes, socavaban moral y valores, minaban convivencia y costumbres, repudiaban lo diferente, burlaban lo desconocido, mostraban una cara y la contraria; eran, en definitiva, una cosa y la otra, las dos caras de una misma moneda, de la verdad y de la mentira. Así se comportaban. Habrían sido buenas si la vida hubiese sido justa con ellas, pero ésta les había dado la espalda desde su llegada a la misma. Pertenecían a la escoria de la Tierra.

Por eso que no sintieron remordimiento alguno, ni miedo, ni reparo en narcotizar a Marta cuando ésta se desplomó. Como si lo tuvieran previsto, la mayor de aquellas mujeres, que guardaba un botecillo de cloroformo en su faldón, bajo un estropeado delantal, en un abrir y cerrar de ojos, le empapó nariz y boca con aquel producto, antes de que se acercaran otros viandantes. Lo mismo hizo con la niña, aunque en menor grado, sólo lo suficiente como para que no llorara, apartándola seguidamente del círculo de curiosos que se iba formando en torno a la madre. Allí, disimulando, permanecieron dos de ellas, aportando la tracería que, para su negocio, habían aprendido en la universidad de la vida. Las otras dos marcharon, con la niña en volandas, a todo correr. La suerte de Carla estaba echada.

Minutos más tarde se encontraron en una de las calles más estrechas de la ciudad, con la niña adormecida y con la decisión clara de escapar de allí cuanto antes. En su poder tenían lo que podrían convertir, sin duda, en una mina de oro. Dos días fueron suficientes para poner a salvo su estrategia, los mismos que bastaron para cruzar una frontera que, aunque siempre les resultó complicada, en esta ocasión no hallaron dificultad, pese a ir con Carla.

Temían que la policía las detuviese y pusiera en conocimiento de las autoridades la maldad de la acción cometida, pues ¿cómo demostrar que la niña les pertenecía? Pero, escaparon al control policial y, por ende, también al gubernamental. A partir de entonces, con total osadía, emprendieron el insidioso y macabro plan que tendría como protagonista a la indefensa pequeña. Usaron en ocasiones una caravana. Recorrieron pueblos y ciudades. Acudían a cuantos mercados y fiestas llegaban a su conocimiento. Durante  aquel eterno peregrinaje, solían dormir, las más de las veces,  en una vieja tartana que les servía de habitáculo. Pero, en otras muchas ocasiones se veían obligadas a dormir bajo el resplandor de las estrellas, bajo el halo imprevisible de la Luna.

La más joven de las gitanas se hizo cargo de la pequeña Carla, a la que intentó seducir, en un principio, con melosas palabras, con objetos desconocidos que ella le entregaba como juguete. Pero todo resultó más complicado de lo esperado, así que optó por métodos más convincentes, pasando a emplear castigos corporales, amenazas y exabruptos continuos. Pasado el tiempo la niña fue entrando en razón obligada. Comenzaron con ejercicios de acrobacia y equilibrios. La pequeña Carla llegó, por fin, a comportarse como un dócil animalillo, siempre a las órdenes de aquella verduga.

Aprovechaban los circos ambulantes, con los que en muchas ocasiones compartían camino y población, para que Marta aprendiese algunos de los juegos, trucos o equilibrios propios a su edad. Cada año hacían los mismos recorridos, los mismos pueblos, las mismas plazas, las mismas fiestas. En aquel ambiente de miseria, explotación y podredumbre creció Carla, víctima de la inicuidad de una sociedad completamente corrupta. Fue lo que aprendió, lo que clavaron en su alma.

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