XIV.-Carla, otra víctima más
Carla fue, desde su rapto, el ejemplo más palpable de las injusticias de este mundo, un mundo bastante más repugnante de lo que parece. Para ella, que sólo contaba con cinco añitos, todo se convirtió de golpe en tortura, en desventura. Arrastrando sus frágiles y entumecidos pies por maltrechos caminos, a remolque siempre de las malvadas raptoras, las luces y sombras la abrazaban un día y otro, bajo la capa de un firmamento que recordaba su abominable destino.
A veces se topaban con algunos de aquellos viandantes vagabundos que llevaban algún carromato, cuando ellas ya habían perdido el suyo, y se les reblandecía el corazón viendo el sufrimiento e impotencia de la niña, y la subían en el carruaje.
Trotamundos, trúhanes, pícaros de
toda clase, vividores, ilusionistas, estafadores, miserables bellacos a
cientos, nómadas, vagabundos y bohemios a miles, frailes andariegos,
chantajistas y otros diversos tipos de rufianes, conformaron durante muchos
años un siniestro mundo para Carla.
De un lugar a otro siempre, de
trotar por un camino polvoriento a hacerlo por otro embutido de cieno. El
destino la había hecho compañera inseparable de la miseria y la esclavitud. Sin
saber nunca dónde estaría cada día, ni qué cielo la cubriría cada noche.
Tampoco le importaba, ni tampoco preguntaba por ello. Había hecho de la
docilidad y la mansedumbre sus únicas amigas, sus otras inseparables compañeras
de viaje, sus armas de supervivencia. Asumió sin rechistar, su desgraciada
realidad. Así se fue desarrollando la vida de aquella chiquilla desde aquel
triste día que la separaron de su madre.
Una de las noches tocó viajar junto a unos aventureros
que se dirigían hacia una pequeña ciudad amurallada. Sería ya la novena o
décima noche sin descansar, pues era cuando aprovechaban para ir de una
población a otra, siempre errantes, siempre huyendo, siempre pensando en una
gloria que no existía para ellas.
Sólo durante el día descansaban,
siempre que se dispusiese de un momento para ello. Ya se aproximaban a aquella
minúscula ciudad, débilmente iluminada por candiles de gas, que más bien
parecía de otros tiempos, sitio que parecía como un embrujo. Estupor y asombro
fue lo primero que sintió Carla. Nunca había visto una población igual. Fue uno
de aquellos compañeros de viaje quien le contó una leyenda extraña sobre
aquella población. (En las largas caminatas siempre había alguien que contaba
historias). “Según la misma, la reina Carcas viendo su ciudad férreamente asediada
por sus enemigos durante más de cinco años, decidió engordar el único
cochinillo que les quedaba, con el único saco de trigo que también les quedaba.
Una vez engordado ordenó que lo lanzaran
por la muralla. Cuando el jefe de los asediadores vio el cerdo, pensó que allí
estaban sobrados de alimentos y ordenó la retirada. Este hecho salvó a la
ciudad.” Todo este tipo de historias y leyendas dejaban a la niña
boquiabierta. En aquella ocasión Carla sólo pensó en una cosa, que en aquella
fiesta habría cochinillo para todos, también para ella, fatigada como iba, y
nublada como se hallaba su mente por el mucho cansancio y el escaso alimento.
Al día siguiente era la fiesta
principal de la pequeña población amurallada, y Carla continuó divirtiendo a la concurrencia con
sus equilibrios y cabriolas, con sus sonrisas y sus muecas de extrañeza, con su
dolor y su resignación. Pero aún le restaban por cruzar las barreras más
denigrantes y humillantes que pueda atravesar el ser humano.
Así ocurrió durante mucho tiempo,
hasta que llegaron a aquella otra enorme urbe, donde se estableció con las pitonisas para
entretener, o más bien para importunar a las gentes. Aquellas mujeres seguían
explotándola cada día con mayor desdén. Ella no era otra cosa que un animal de feria.
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