XV.-El dasahucio. La muerte de Francesca
Alguien dijo que “Los recuerdos
sólo son el acantilado por el que dejamos caer el pasado, mientras intentamos
sujetarnos al presente”. Francesca ya había desprendido todos sus recuerdos por
el abismo de la amargura y no le restaba más porvenir que la muerte. Lo que le quedara por vivir sólo sería ya un
tiempo nulo e inhumano. La vida para ella se había convertido en “nada”.
Deseaba morir con toda su alma, pero ni siquiera eso sabía hacer.
El día había amanecido frío y
ventoso, tanto que fuertes rachas de vendaval amenazaban con devastar la frágil
y humilde vivienda que habitaba la anciana, en una zona de los arrabales de la
población. Desde algunos años atrás el dueño de aquellas humildes viviendas,
que no era otro que un poderoso banco extranjero, amenazaba con expulsarla,
pues una importante firma inmobiliaria andaba detrás de echar el guante a la
zona para construir un residencial de lujo. Como de costumbre, los políticos de
turno, siempre a la expectativa de sacar tajada, habían dado su aval a los promotores.
Francesca había afrontado los
gastos de alquiler mientras los hijos le hicieron aportaciones económicas, pero
éstas no llegaban desde hacía un tiempo. Tampoco sabía nada de ellos. Ahora,
gracias al pequeño sueldo que Marta aportaba, se habían afrontado todos los
gastos.
Sin embargo, de repente todo había
cambiado. “¿Qué había pasado con Marta y con su niña? ¿Dónde estaban? ¿Dónde se
habían metido? ¿Por qué se había marchado sin decir nada? ¿Acaso merecía ella
eso?” Esas y otras muchas interrogantes se hacía Francesca, pues Marta y Carla
llevaban más de tres meses sin aparecer por la casa. Tras el secuestro de la
niña, sólo en una ocasión regresó Marta y lo hizo sólo por saber si a Francesca
le había llegado alguna noticia acerca del paradero de su hija. Pero cuando
Marta fue a visitar a Francesca, ésta ya
no estaba.
Y es que a Francesca la vida
también la había machacado a golpes y ahora le faltaba la desaparición de
aquellas dos mujeres que le habían aportado un último rayo de luz, asestándole
un duro e inesperado zarpazo. Sin embargo, aún habría más, quedaba otro golpe,
el definitivo, para sesgarle lo que de vida le restaba. Fue un mediodía. Se
presentaron dos policías acompañados de un agente judicial con una orden de
desahucio por impago de alquiler. Le leyeron la orden y le comunicaron que
tendría quince días para abandonar la vivienda. Transcurridos esos días
volverían para desalojarla, si es que ella no lo había hecho. Francesca, que
nada tenía, que su vida había sido un rosario de desgracias, una tras otra, se
veía ahora abocada a vivir sus últimos momentos en la calle.
Exhausta, derrotada, trató de
beberse a grandes tragos la aterradora noticia mientras un escalofrío
sobrecogedor le congeló el alma, un alma, la suya, que ya no le pertenecía,
pues el abismo del tiempo tiraba de ella para llevarla hasta donde sólo pueden
estar los menesterosos: bajo las sombras
que imponen las botas del poderoso.
Ella no tenía ya nada ni a nadie, y
sólo habitaba con los fantasmas de los desposeídos. Sin embargo, el jefe que
mandaba ejecutar aquella orden de desahucio contaba sus ganancias diarias por
millones. ¿Podía ser la realidad tan injusta, tan indigna para con ella?, ¿para
con los menesterosos? Sólo los ricos parecían tener derecho a la vida. Con su
dinero podían comprarlo todo, también a Dios, su Dios, bondadoso para con los
poderosos, implacable y castigador de los menesterosos Sin embargo, siempre
queda algo que no es asequible con dinero: la dignidad. Y en eso sí que ella
era millonaria. ¿Pero de qué valía su dignidad si se le negaba la existencia
misma?
Sólo deseaba ya una cosa: que
aquella fuera la última amenaza, que no hubiese otra, que antes de que llegara
aquel momento, haber rendido cuentas de una vida plagada de fatalidades. ¿Qué había hecho ella para
merecer tanta desdicha? Así se encontraba Francesca, absorta por la noticia que
colmaba el vaso de su triste destino, cuando la muerte, que llega cuando es su
momento, apareció por allí, funesta, enlutada, sin dar tiempo a que los de la
justicia volvieran con su orden maldita. Cayó de rodillas y, como un pajarillo
helado por el frío invierno, se desplomó su cuerpo sin un solo aleteo. Morir es
sólo cuestión de tiempo y el suyo se había cumplido. La dignidad se la llevaba
ella. Los ricos se quedaban con todo lo demás.
No hubo plañideras, ni nadie fue a
rezarle; ni siquiera se presentó alguien a despedirla o a darle un último
“adiós”. Como un número más fue depositada en la tumba común de los
desheredados, de los desconocidos y anónimos.
A los varios días, muchos, Marta
apareció por donde había vivido Francesca, pero ésta ya no estaba. Tampoco estaba la casa, ni las otras casas,
ni la vecina que le había ayudado a traer al mundo a su pequeña Carla. Una
pieza más se sumaba a su enorme puzle de desgracias. En ese momento Marta
rompió en incontenidos e interminables
sollozos. Esa noche, como otras muchas, la joven se embargó en una
melancolía espesa, en un llanto infinito.
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