“Díjole don Quijote que contase algún cuento para entretenerle, como se lo había prometido, a lo que Sancho dijo que sí hiciera si lo dejara el temor de lo que oía." (D. Quijote de la Mancha. Miguel de Cervantes)
Mi señor don Diego de la Caparrota, no ha más de unas semanas recibí su carta en respuesta a la que yo os envié remitiéndole uno de los varios cuentos que nárranse por esta tierra. En ella dice estar muy interesado en uno que oyolo contar a un arriero de los de aquí, en una humilde posada del Contador, durante una fría noche y que, aunque el mes de abril andaba ya a escape, una fea borrasca habíales obligado a permanecer al abrigo de la dicha posada durante dos días con sus respectivas noches. Dice que fue la casualidad la que llevolo a guarecerse allí, siendo durante tal tiempo cuando el arriero relatara el citado cuento a quienes compartían posada. Expresa su merced el mucho enojo que tiene porque su memoria ya no le responde y que se sentiría muy complacido por recuperarlo. Direle que por lo que me describe, el tal cuento debe ser, sin duda, el de “JUANILLO EL OSO” y que para mí es el más preciado y fantástico que jamás escuchara, siendo que desde que lo oyera, cautivó mi imaginación de tal forma que pasé a convertir a sus protagonistas en seres reales, transformando los lugares en los que desarrollaban sus acciones en aquellos que piso y veo cada día, o al revés. No quiero decir con ello que ande de averiado como anduviera don Quijote, me valga Dios, aunque algo de su extraño comportamiento también habrá en mi imaginación, cuando ésta convierte en realidad lo que sólo es un cuento. Tampoco creo que en ello influya el que mi madre exíjame leer un capítulo del Quijote cada noche, pues según ella es éste el cuento más maravilloso de cuantos existen.
En fin, volvamos a aquel cuento, mi señor, que es de lo que se trata. Siempre que puedo acudo a visitar a mi tío-abuelo, Diego “El Chorroluces”. Hállolo en mil sitios distintos: en el horno, en su casa, en su huerto o en sus bancales, siempre hacendoso, pero siempre afable y afectuoso y, pese a mi insistencia pidiéndole una vez y otra me relate sus historias, jamás se enfada ni molesta. Paréceme además único en el relato, en el énfasis que le da, en la vida que imprime a los personajes, y por la mucha maestría con la que transforma en lugares fantásticos aquellos mismos que yo cada día pateo, logrando de esa manera que quede boquiabierto y no pretenda, éste su servidor, hacer otra cosa que estar junto a él.
Siempre que se me permite ir adonde se encuentre, suplícole me relate alguno de los muchas historias que sabe, pero siempre quiero termine éstas con el cuento de “Juanillo el Oso” por ser, como le he dicho, el más fantástico que yo en mi vida escuchara. Ahora echo mano de papel y lápiz y aprovecho para hacerlo llegar a su merced, con la seguridad de que su alegría al recuperarlo será total, pero no me lo agradezca a mi, sino a quien me lo contó.
Siempre suyo
El Candil de la Fuentecica
JUANILLO EL OSO
Cuentan las gentes que hace cientos de años existió en este lugar una atractiva y encantadora muchacha que cada día, muy de mañana, acudía al Rosalico, preciosa fuentecilla que hay al cruzar la rambla, a llenar sus cantarillos de agua. No sabía ella que desde bastante tiempo atrás la vigilaba un enorme oso que, escondido entre las bardas de cañas, siscas y zarzas, no dejaba de seguir todos sus movimientos. Y es que el oso se había enamorado de la joven. Una espléndida mañana del mes de mayo, cuando aún el Sol no había hecho su aparición, se dirigió la moza a la fuente con su cántaro, mientras el oso aguardaba escondido.
Ya estaba llenando cuando el salvaje animal se abalanzó sobre ella, la asió fuertemente tapándole la boca y, sin más, arreó rápido hacia su guarida. Era ésta una gran cueva en un cerro no lejano de la fuente. Allí la introdujo y cerró la puerta con una gigantesca piedra que ni diez bueyes habrían podido con ella. Pasado un tiempo, la joven dio a luz a un niño que había engendrado del oso. Allí se vio obligada a pasar varios años con su hijo, hasta que un día el chico, con una fuerza descomunal, movió la piedra, pudiendo así escapar con su madre. Regresó ésta a su aldea con el hijo y allí todos lo llamaban Juanillo el Oso. Lo primero que hizo la madre fue llevar al niño a la escuela, pues era un niño salvaje. Al maestro no le resultaba fácil educarlo ya que Juanillo peleaba con todos, pegaba a todos y nada le interesaba el aprender. Al no mucho tiempo dijo a su madre:
-Madre, yo ya soy mayor y no quiero volver a la escuela. Sólo quiero hacerme de una cachiporra de hierro e irme por el mundo en busca de aventuras.
La madre que conocía bien al hijo y sabía que no lo convencería de lo contrario, le contestó:
-Como quieras, Juan. Procura no hacer daño a los demás y espero que un día vuelvas.
Así que, dicho y hecho, Juan fue al herrero para encargarle una cachiporra que pesara siete arrobas. El herrero pensó que Juanillo no podría con algo tan pesado y la hizo de la mitad, o sea, de tres y media. Cuando Juan fue a por ella vio que no pesaba lo acordado. Cogió la cachiporra levantándola con una sola mano y, con tan mala suerte, que vino a darle tal golpe al herrero que éste cayó descalabrado y medio muerto, pero convencido de que debía hacerla de siete. Y eso hizo. A los pocos días volvió Juan a por la cachiporra, que en esta ocasión ya si tenía el peso convenido. Pagó al herrero y, emprendiendo el viaje, dio comienzo a sus andanzas por el mundo.
Por esos caminos de Dios iba Juan el Oso cuando halló a un hombre que labraba un campo con una yunta de bueyes. Juan le preguntó:
-Buen hombre, ¿sabría decirme cuál es el camino para llegar hasta el Chirivel?
El labrador cogió con una sola mano la esteva del arado y levantando éste, bueyes y todo junto, como si fueran un muñeco de trapo, le indicó por donde debía de seguir. Juan el Oso se sorprendió al ver la fuerza que el hombre tenía, y le dijo:
-Y tú, ¿cómo te llamas?
-Yo me llamo Labracerros-, respondió el hombre.
-Y, ¿cuánto ganas?- preguntó Juan.
-Yo gano tres reales-, repuso Labracerros.
-Pues yo te pago cuatro si te vienes conmigo.
Labracerros dejó su arado y sus bueyes y se fue con Juanillo el Oso. Siguieron andando, andando y al llegar a la sierra vieron a un hombre que arrancaba pinos. Lo hacía con una sola mano y de cada brazada arrancaba diez pinos. Esto sorprendió a Juanillo y éste le dijo:
-Y tú, ¿qué haces?
-Ya ves, arranco pinos.
-¿Para quién los arrancas?- volvió a preguntar Juan.
-Los arranco para el rey-, contestó el hombre.
-Y, ¿cuánto te paga?- insistió Juan.
-Cinco reales.
-Pues yo te pago seis si te vienes conmigo.
Y los tres, Juan el Oso, Labracerros y Arrancapinos siguieron su camino y llegaron al Contador. En la plaza había un mozalbete jugando al tejo y jugaba con una rueda de molino. Juan se extrañó y le propuso que se fuera con ellos si quería tener aventuras y que le pagaría bien por ello. Siguieron caminando y se les hizo muy tarde, así que decidieron meterse en una cueva. Allí pasaron la noche y a la mañana siguiente, como no tenían comida, Juan propuso que tres irían a cazar y se quedaría en la cueva Juegatejos. Así lo hicieron. Juegatejos encendió un fuego y puso un puchero para calentar un aguachirle con unos huesecillos de cabrito que aún les quedaban. Y en eso estaba cuando por la chimenea oyó un graznido como de corneja. Miró hacia arriba y vio a un duendecillo que saltaba y reía. Juegatejos, asombrado, le preguntó:
-¿Quién eres tú? ¿Qué haces ahí?
-¡Cu, cu, yo soy el duendecillo que se mea en tu pucherillo! ¡Cu, cu, yo soy el duendecillo que se mea en tu pucherillo!- respondía el duende.
Y dicho y hecho, el duendecillo se orinó por la chimenea en el caldo y salió huyendo. Al volver los otros, que nada habían cazado, les contó lo ocurrido. Decidió Juan el Oso que al siguiente día se quedara Arrancapinos y así lo hicieron. A la misma hora del día anterior, mientras hervía el caldo, se presentó el duendecillo y ocurrió lo mismo. E igualmente pasó el tercer día con Labracerros. En vista de que no podían con el duende, fue Juan el Oso el que se quedó al siguiente día, pero no puso puchero, aunque sí había dejado su sombreo colgado en la chimenea para que se secara, pues se había mojado con la lluvia. Cuando apareció el diablillo, Juan le dijo:
-¿Quién eres tú?
-¡Yo soy el diablillo que se mea en tu sombrerillo!
-Pues si es así, baja y echamos un cigarrillo- le propuso Juan.
El duende bajó y pronto empezaron a discutir. El duende daba saltos y más saltos, tirando todos los cacharros que había en la cueva. Juan cogió la cachiporra lanzándola hacia un lado y hacia otro para ver si alcanzaba al diablillo. En esa pelea estaban cuando acertó a darle un golpe con la cachiporra en una oreja, arrancándosela de cuajo. El duende, dando grandes alaridos, le dijo a Juanillo:
-Guarda la oreja y siempre que estés en apuros, muérdela y ella te salvará.
Al decir esto dio un gran salto y salió huyendo a todo correr, a la vez que dejaba un pequeño reguero de sangre. Así que volvieron los otros, Juan les contó lo ocurrido y decidieron ir al siguiente día tras el rastro de la sangre. Caminaron y caminaron hasta llegar a un pozo donde el rastro se perdía.
-Aquí debe estar el diablillo- dijo Juan-. Haremos una gran cuerda de esparto y bajaremos al pozo. Tú serás el primero Labracerros.
Se pusieron a hacer la cuerda y en un santiamén la tuvieron terminada. Sujetaron al primero y empezó a bajar. No llevaba mucho recorrido hecho cuando empezó a dar grandes voces diciendo:
-¡Frío, frío, que me congelo!
Ellos al instante lo subieron. A continuación fue Arrancapinos el que decidió bajar y no llevaba cien metros cuando se le oía gritar:
-¡Calor, calor, que me abraso!
Rápidamente lo subieron y entonces probó Juegatejos. No llevaba más de treinta metros cuando ya gritaba:
-¡Frío, calor, calor, frío! Esto no es lo mío.
En vista de que ninguno era capaz de llegar hasta el fondo, fue Juan el Oso el que decidió hacerlo. Conforme iba bajando él aguantaba todo el frío y el calor hasta lograr por fin llegar hasta lo más profundo de aquel pozo. Una vez allí miró a su alrededor y todo estaba más oscuro que “bocalobo”. Ya que se repuso un poco, encontró una puerta, la empujó y, al entrar, halló a una bellísima princesa que le dijo que se hallaba encantada y de allí no podría salir si antes no derrotaba alguien al diablo, pero que para hacerlo debería pasar pruebas muy difíciles. Juan se comprometió a conseguirlo. Entró primero a una habitación donde había animales salvajes enfurecidos: toros, leones, hienas, tigres, panteras,…Él no se asustó, sino que con su cachiporra empezó a dar golpes a un lado y otro, no dejando ninguno vivo. A continuación entró a otra terrorífica habitación en la que los silbidos de las serpientes, los graznidos de terroríficas aves, los nidos de mortíferas avispas y escorpiones aterrorizaban al más valiente de los humanos. Él, sin miedo alguno, entró en aquella caverna infernal y dio muerte con la cachiporra a todos aquellos horribles bichos. Pero aún le quedaba lo peor, enfrentarse al diablo que estaba en la última habitación. Una vez que se abrió la puerta, Juan entró, siendo recibido muy cortésmente e invitado a sentarse en aquel oscuro y tenebroso antro. Antes de empezar el combate, el diablo le ofreció a Juanillo una espada de plata que, según le dijo, había pertenecido a su tatarabuelo. Juan no aceptó, pues prefería su cachiporra para la pelea. Decidieron empezar la lucha y aquello fue aterrador y espantoso. Cada uno blandía su arma en el aire intentando alcanzar al otro, pues sólo uno saldría victorioso y se quedaría con la princesa. Duró y duró la pelea, pero en un fatal descuido del diablo, éste fue mortalmente herido y dando horrorosos alaridos agonizó ante los ojos atónitos de Juan.
Éste, una vez victorioso, fue adonde estaba la princesa, que ya había abandonado el encantamiento para el resto de la eternidad. Ella, antes de que la sacaran al exterior del pozo los compañeros de Juan, le hizo entrega de media naranja de oro, en gratitud por su hazaña. A continuación Juan la sujetó a la cuerda y sus amigos la sacaron al exterior. Éstos, al ver que era una princesa, se marcharon con ella hasta el castillo en busca de la recompensa, dejando a Juan abandonado para siempre en el pozo. Él llamó, gritó, buscó la forma de salir, pero nada encontró. Pasó tiempo, y casi había perdido toda esperanza, cuando, metiendo la mano en el bolsillo, dio con la oreja del duende, recordando al instante lo que le había dicho. La mordió y salió de aquella profundidad como por un milagro.
Los compañeros ya estaban en el castillo pidiendo los tres al rey casarse con ella, pero en esto llegó Juan el Oso, mostrando la media naranja. La princesa lo reconoció y dijo al rey que había sido Juan el que la había salvado de su encantamiento. El rey le concedió la mano de la princesa y se celebró una gran boda en el castillo y una magnífica tornaboda. Los compañeros de Juan fueron obligados a trabajar de por vida: Labracerros araba las tierras del rey, Arrancapinos cuidaba las plantas y Juegatejos se encargaba de los molinos del castillo. Juan no olvidó a su madre, que ya estaba muy mayor, y se la llevó a vivir al palacio, y todos fueron muy felices, comieron perdices, pero a mí no me dieron porque no quisieron. Y colorín colorado que este cuento se ha acabado.
GLOSARIO:
Arriero: personas que iban de unos lugares a otros con animales de carga (burras o mulas) transportando mercancías que intercambiaban o vendían.
Andar a escape: expresión popular muy frecuente cuyo significado es el de "estar finalizando".
Gresca: pelea, trifulca, riña, altercado.
Esmero: cuidado, atención, ilusión, pasión por algo
Grandullón: aumentativo de grande de forma un tanto despectiva.
Rosalico: lugar que se halla en la rambla de Enmedio, en el municipio de Albox
Guarida: escondite. Lugar donde se escondía.
Aldea: pequeña agrupación de viviendas en el campo.
Cachiporra: gran porra con un largo mango. Es frecuente en el habla popular decir “un cacho de…” referido a algo que es muy grande, que es exagerado.
Arroba: del árabe الربع ("ar-rub", la cuarta parte). Antigua unidad de capacidad y peso del sistema castellano (usado en España e Hispanoamérica) y portugués (usado en Portugal y Brasil). Como medida de capacidad o volumen, la arroba es utilizada para medir líquidos variando su valor dependiendo no sólo de las zonas, sino también del propio líquido medido. Así, si el líquido cuantificado es el aceite, la arroba equivale a 12,563 litros, mientras que si se trata de medir vino su equivalencia es de 16,133 litros. Como unidad de peso, en España equivale a 11,502 kilogramos, mientras que en Argentina equivale a 340 kilogramos.
Chirivel y Contador: poblaciones al norte de la provincia de Almería (Comarca de los Vélez)
Arado: objeto de madera y hierro con el que se labraba desde muy antiguo.
Esteva del arado: un de las partes del arado, por donde el labrador lo empuña para guiarlo.
Tejo: juego muy popular en diferentes partes de España que se jugaba con un tejo o trozo de cascote de yeso.
Puchero: olla pequeña y de boca estrecha en el que se cocía la comida.
Aguachirle: bebida o alimento líquido, como vino, caldo, miel, etc., sin fuerza ni sustancia, especialmente por estar muy aguado
Calducio: dícese de un caldo en forma despectiva por su baja calidad.
Mear: orinar
Cacharro: utensilio de escaso o nulo valor. Aparato viejo, deteriorado o que funciona mal.
Alarido: grito fuerte y lastimero.
Reguero: señal continuada que deja una cosa que se va derramando,sea líquida o no.
Estar en un apuro: tener un gran problema. Un apuro es un aprieto, un conflicto, una dificultad,
Un santiamén: en un instante, en un período muy breve de tiempo.
Bocalobo: expresión muy frecuente en esta comarca que indica que un lugar o un determinado tiempo es muy oscuro.
Antro: cueva, caverna.
Tornaboda: era la fiesta que seguía a la boda. Solía ser al siguiente día de la boda y se celebraba, por lo general, en la casa del novio. Asistían menos invitados que a la boda.
Izquierda: arrieros Centro: don Quijote y Sancho Derecha: el oso y la chica
Izquierda: cachiporra Centro: duende Derecha: princesa desencantada