domingo, 24 de junio de 2012

EL SEGADOR DE LORCA

"Hermosura de hembra, mil desazones siembra" (Anónimo)


A mi señor don Diego, mentor y protector de este su humilde colaborador, el Candil de la Fuentecica. Ya sabe mi señor cual es mi destino en llegando estas fechas, que ni tiempo para dirigirme a su merced tengo, pues no hay otro que el de acudir desde antes que amanezca, aguantando el mucho sueño y arrastrando las pocas ganas, al tajo de la siega.  Son días sin descanso y ya antes de que  los claros del amanecer vayan abriéndose paso, caminamos tras las bestias, aparejadas con  amugas sobre la albarda, camino del lugar que nos espera. Procuramos siempre empezar a la hora que aún  la mies reviene y blandea, pues cuando ya el Sol aprieta corre  peligro de descabezase.
Somos pocos en la cuadrilla, sólo la familia, pues  escasa es la hacienda y  aún más la cosecha. Mi abuelo, siempre que va, hace de manejero, y nos lleva con la lengua fuera, como si a destajo hubiéramos contratado el quehacer. La faena la tenemos repartida en distintos y pequeños llanos, laeros, vagas o vallejos, cañadas, atochadas y algunas arbolejas y bancales de riego y, aunque  escasa, hállase diseminada, lo que nos obliga a ir cada día a sitios tan distintos como distantes, lo que agrava más  este tiempo ya de por si infernal. En  las horas centrales del día, en esas que el canto  penetrante de las chicharras se hace insoportable, cuando el Sol más abrasa y la impotencia obliga a rendirse, buscamos alguna sombra y aprovechamos para comer algo de lo que hemos echado en el cesto: algún tomate, algo de blanco del perro, de la botija o del obispo, y pan siempre duro como las piedras. El comer alivia, pero es, sobre todo, el agua de la cántara lo que nos permite sobrevivir.
Casi toda la siega la hacemos arrancando la mies y alguna segada a hoz. Sólo cuando es trigo bien espeso o cebada  medrada, en bancal de riego, usamos aquella, pues para toda la demás basta y sobra con las manos. Cuando se utiliza la hoz,  mi trabajo es otro, pues aún no soy crecido para usarla y ni  los dediles se ajustan al tamaño de mis dedos. Tampoco sé aún cómo manejar el golpe o manojo que forma las gavillas con las que a su vez se  conforman los haces. Entonces se me encargan cien cosas distintas que bien presto debo hacer. Mientras todo esto tiene lugar,  en los rastrojos va paciendo el ganado que  nos sigue siempre  como una sombra. Cuando ya el día va perdiendo su color y   la noche empieza a extenderse como una negra telaraña, empezamos a cargar las bestias: tres haces en torno a cada amuga, bien sujetos con los ramales para que la carga no críe. Seguidamente cogemos los avíos y emprendemos el camino de regreso.  Y  cada día es una copia del anterior.
Ya ve don Diego lo dura que es la vida para el pobre,  que no ya afana por medrar, más bien diría yo que lo hace por subsistir, pero no crea que por ello faltan  momentos y ocasiones para el humor, para la bulla, para el chascarrillo o algún decir, cuento o  historia  que pongan una nota de desenfado, un matiz de solaz, una chispa de vida, que relaje penas  y constriña el sacrificio.
Sirva de ejemplo de  lo mucho que se cuece al amparo de las siegas lo que  seguidamente voy a referirle y  que hace sólo unos días contome un tío mío,   de nombre Diego, como vos,  mientras ambos  arrancábamos cebada en una pequeña vaga. El Sol habíase perdido ya por el horizonte y estábamos juntando las gavillas para los haces cuando quiso hacerme partícipe de un  secreto que yo voy a romper por contárselo a su merced, pero que espero no haga como yo. Hablome mi tío de  la mucha "priesa" que tiene porque acabemos la siega, que ya se hará la trilla en julio, pues ahora arde en ansias de  preparar su hato con dediles, hoz, zamarro y algunos otros enseres para marchar a la tarea  de segar a Espillar o al Contador, y no sé donde más, pues cada verano por estas fechas más que andar, vuela hacia esos lugares. Va primero a casa de  un tal tío Lulio, hombre mayor, viudo, con dos hijas casaderas, mozas de buen ver, la mayor de 24 y la menor de 23, según me contó, y que todavía andan en la soltería. 
A decir de mi tío, el señor  Lulio es labriego de algunas de las varias labores en las que se divide la hacienda, y se necesita buena cuadrilla. Mi tío  siempre acude, pues anda en gran familiaridad con ellos. Trabaja la cuadrilla a jornal y una de las hijas, la mayor, hace de manejera, mientras que  la otra dedícase a la casa. Cada día prepara las migas y las lleva  al tajo. Contome mi tío, y será verdad, que el primer día, tras el almuerzo, pidiole fuese con ella, mientras los demás echaban el cigarro, a ayudarle a llenar unos cántaros en un pozo cercano. Lo que pasó junto al brocal del  pozo y en un cañal próximo ese día y otros posteriores, mejor no contarlo y dejarlo para que cada imaginación recree  libremente los retoces que allí hubo. Sí direle que mi tío vive obsesionado con volver y  también que ahora me explico por qué el pasado verano, al regreso de la siega, venía más "chuchurrío"  que una pasa, hasta el punto que  mi abuela pusole sobrealimentación con huevos crudos en vino para rescatarlo de tan "escuchimizao" como llegó, aunque la pobre sólo pensó en las duras fatigas que habría pasado.
Ya ve lo que dan de sí las siegas, don Diego. Para muestra de ello, enviole un romancillo que también fue mi tío quien me lo facilitó tras hacerme partícipe de su secreto y para que comprenda cuantas aventuras de ese tipo ocurren en tal menester.  La carne flaquea, es ciega y es incapaz de resistir  a la tentación por tal de aliviar necesidades. Asegurome también mi tío  tener entendido que el hecho había sido real, y que algún ilustrado pusole verso a esta pícara historia. Es la de  " EL SEGADOR DE LORCA". Verdad o mentira podrá su merced juzgar, pero seguro que le divertirá.
Siempre suyo.

El Candil de la Fuentecica

                                  EL SEGADOR DE LORCA

                            Presten atención, señores,
                            pues les voy a relatar
                            una picarilla historia
                            que a todos ha de gustar.

                            Trátase de un segador
                            que vino un día a segar
                            a este campo de Lorca
                            como siempre es regular.

                             Al campo de la Merced
                             vino este hombre a parar
                             buscando como se ve
                             un amo para quien segar.

                             Llegó a un rico labrador
                             con quien principió a tratar
                             con “aqueste” buen hombre
                             y otros diez o quince más.

                             Se fueron a ver las tierras
                             que tenían que segar,
                             regresando a  la casa
                             donde habían de cenar.

                             Salió al punto la mujer,
                             a su gente fue a mirar
                             y la saludaron todos
                             con total urbanidad.

                             Ella pronto dio una silla
                             al que era más mozuelo
                             y los que asiento no lograron
                             se sentaron en el suelo

                             Él se sentó a su lado
                             para preparar las gachas
                             sin  ni por asomo pensar
                             el buen fuego que atizaba.

                             Ella  desde el principio tuvo
                             un gran calor que le ardía
                             y es que el mismo demonio
                             buena yesca ya encendía.

                             Era ella hembra hermosa,
                             que ni treinta de edad contaba,
                             su soledad era completa
                             y del placer ya abandonada.

                             Estando haciendo las gachas
                             dice el ama al segador:
                             "No se ponga usté a cocerlas
                             que de eso me encargo yo".

                             Así que echaba la harina
                             propone el ama  al chicarrón:
                             "Póngase usted como triste
                             y finja  terrible dolor,

                             Porque  me parece muy justo
                             que en esta noche de San Juan
                             le demos al cuerpo gusto
                             sin pensar en qué dirán.
                              
                             Pues es mi  deseo que cabalgues
                             a  la luz de clara luna,
                             a lomo de  yegua joven
                             sin parar sobre mi grupa.

                             Pues  bien es que trabajes
                             colocando tú en mi era
                             el mucho grano que sobre
                             de  tu buena sementera.

                             Así tendré yo en mi "troh"
                             trigo, centeno y cebada
                             pues en una plácida noche
                             daremos cuenta a la parva".

                             El bueno del segador
                             bien  que la farsa  entendió
                             y aparentando  dolor
                             pronto al suelo se cayó.

                             Como el segador se quejara
                             con lamentos doloridos
                             nadie pudo sospechar
                             que fuera tan atrevido,

                             Que por al ama consolar
                             se atreviera sin temor,
                             a pasar toda la  noche
                             simulando gran dolor.

                             Como médico no había
                             llamaron allí a un “charlero”
                             de los que por el campo andan
                             que les llaman curanderos

                             A aquel engañoso enfermo
                             le pregunta con fantasía,
                             pero él simula sordera
                             y ya delira en  la agonía.

                             Ella con disimulo  fingido
                             pronto aportó una respuesta,
                             proponiendo  medicarlo ella
                             esa  noche por su cuenta.

                             "Yo le proporcionaré un jarabe
                             compuesto de  mejorana,
                             algún jugo de ciruela
                             y refriegas de manzana "

                             Convencido el lelo esposo
                             del mal de aquel segador,
                             se  marchó a descansar,
                             lejos a otra habitación.

                             Aquella ardiente mujer
                             pronto mató una gallina,
                             que en pepitoria prepara
                             ella sola en la cocina.

                             A su galán se la lleva
                             para que fuerzas recobre,
                             y su almajara le riegue,
                             sin parar toda la noche.

                             Una vez hecho el silencio
                             se apagan candiles y velas,
                             y en la cama principal
                             comienza la polvareda.

                             Ella de placer se queja,
                             él de gusto se retuerce,
                             ambos a la misma vez
                             en buen incendio se meten.

                             Ella  suspira de goce,
                             él de disfrute y pasión,
                             y cada hora de la noche
                             debidamente él cumplió.

                             En aquella fecunda noche
                             él cavó, regó, sembró y segó
                             y mientras los otros dormían
                             la  farsa no se acabó.

                             Ya aumentan los quejidos
                             y los demás se despiertan,
                             temiendo los muy ingenuos
                             porque el mozuelo muriera.

                             Es el marido el primero
                             que a la habitación llegara
                             viendo que el jovenzuelo
                             sobre su mujer cabalga.

                             Pronto da en cavilar
                             que aquel potro tan salvaje
                             le ha jugado buena treta
                             con la que curar sus males.

                             Pues ha entrado en la cañada
                             de su fogosa mujer   
                             segando toda la noche
                             sin dejar ninguna mies.

                             Aquí el romance termina
                             de quien fue a segar “cebá”
                             y se encontró con buen trigo
                             tras fingida enfermedad.

                             Apelo, amigo lector,
                             a ese su buen entender,
                             y si cree que no fue así
                             sepa que así debió ser.
                              
                                                           Autor: Clemente Molina
 GLOSARIO:
    
Amugas:  Utensilio parecido a unas "angarillas" que sirve para transportar cosas sobre las bestias, como es la mies, el serón, etc. Están formadas por dos varas gruesas paralelas, unidas por dos fuertes anudaciones en los extremos y que sujetas a la albarda permiten el soporte de la carga a lomos del animal.
Albarda: objeto de esparto y anea que se coloca sobre el lomo de la caballería para colocar aguaderas o  acarrear una carga.
Tajo: se utiliza como sinónimo de trabajo o tarea, y también punto o lugar en el que se está desarrollando la misma.
Cuadrilla: grupo de personas que desarrollan una tarea.
Manejero: persona que lleva la mano o dirección de lo que se está haciendo y los demás siguen su ritmo.
Ramal:  este término se usa para referirse a las sogas que sirven para sujetar la mies a las amugas, y también al ramal hecho con un manojo de tallos de trigo o cebada, cuando son largos, para amarrar los haces.
Destajo: trabajar a destajo o trabajar a jornal: había dos formas de "ajustar" el trabajo, o bien "a destajo" según el cual los segadores tomaban la faena por un precio y lo hacían en el menor tiempo posible. La otra fórmula era la del "jornal", pagándoles por tiempo o faena trabajada. Siempre se "ajustaba" el sistema a emplear antes de empezar la siega.
Mies "revenía"y "blandeá": cuando la mies está muy seca es fácil que la espiga caiga. Por eso la mejor siega era la de primeras horas de la mañana y últimas de la tarde que es cuando la mies estaba más  húmeda y no se descapotaba.
Ganado: término que hace referencia  al conjunto de animales que pastan en el campo (caprino, ovino y bovino)
Laero: terreno con cierto desnivel en el que también se sembraba.
Vaga: similar al laero. Este término muy empleado en esta zona debe derivar de "vaguada", pero se apocopaba para abreviar el habla.
Vallejo: es también un terreno en desnivel, comprendido entre dos cerrillos.
Atochada: bancal de secano, separado de otro terreno por pedrizas o ribazos por existir desnivel, generalmente entre montículos.
Cañada:  espacio llano entre dos montes poco distantes entre sí.
Arboleja: bancal  limítrofe a una rambla y que generalmente se regaba por inundación a través de una boquera cuando la rambla salía.
Dediles: pequeños objetos de cuero recio que en forma de dedo servían para cubrirlos y proteger al segar, evitando así posibles cortes.
Zamarro: era una especie de delantal de cuero o lona que se ponían los segadores para proteger el pantalón y las piernas del roce de la mies y de la hoz.
Blanco de botija, de obispo o  perro del cerdo: el embutido del que se llenaba la vejiga del cerdo en la matanza se le llamaba botija. Al estómago se le conocía como el perro y el obispo era el bazo. No era embutido de color blanco, sino que se hacía de la misma masa de la longaniza, pero popularmente se le conocía con el nombre de "blanco".
Criar o parir la carga: cuando una carga se deshacía o aflojaba se le llamaba parir o criar la carga.
Gavilla: cuando se llevaban varios golpes de mies en la mano se dejaban en el suelo formando una gavilla. Luego se juntaban tres gavillas para formar un haz.
Presto: rápido, pronto, ligero en el hacer.
Avíos: conjunto de enseres y cosas necesarias que se usan  para hacer algo
Labor: cada una de las partes de una gran hacienda. Por lo visto era costumbre en esa zona llamar labor a cada una de las partes en las que quedaba dividida una finca para ser trabajada por un labriego.
Chuchurrío: decaído, triste, marchito, sin fuerzas.
Escuchimizao: delgado, de mal aspecto.
Migas: comida típica que en el campo se comía casi a diario. Está hecha con harina, agua, sal y aceite. Se ayudaban las migas de alguna engañifa y algún remojón que en verano se cambiaba por gazpacho de migas,  hecho con agua lo más fresca posible, sal, vinagre, tomate, cebolla y pepino.
Gachas: comida típica hecha con harina, agua y sal. La masa se extendía en torno al borde del perol y en el centro del mismo se solía bañar con algún caldo, en especial de pescado.
Yesca: materia fácilmente inflamable, dispuesta a encenderse. Lo que intensifica cualquier pasión o sentimiento.
Era: espacio circular próximo  a la casa en el que realizaba la trilla. Primeramente se rulaba la era con un gran rulo de piedra.
Troje: espacio dividido por ntabiques para guardar cereales. Generalmente estaba en la cámara.se le denominaba comúnmente la "troh", finalizando en una especie de "H" aspirada casi imperceptible.
Parva:  cereal cortado y extendido sobre la era para trillarlo o que ya está trillado
Charlero: especie de curandero-charlatán que había en lgunos lugares del campo. Mentiroso, cuentista, mitómano.
Almajara:  terreno abonado para la pronta germinación de las semillas.

         
                                        Foto:  amugas
      
           Izquierda: cuadrilla de segadores         Derecha: dediles
           
                  
        Izquierda: segador con gavilla            Derecha: burra cargada de trigo






viernes, 8 de junio de 2012

EL GARBANCICO

 "Quien tiene pan y tocino, mejor huya de pleitos con el vecino."
   (Anónimo)

Mi señor don Diego, estando a la espera de sus noticias, sirva la presente para poner en su conocimiento alguno de los hechos más recientes que a este servidor suyo han acaecido y que sirva ello además para olvidar preocupaciones por un momento y sí de guasa  por lo que de extravagante y anecdótica tuvo, aunque a este servidor ni pizca de gracia le hiciera el suceso. Pero sí  hubo quienes se mofaron y los que han convertido en chanza la trastada de la burra. 
Hace tan sólo unos días empeñose mi madre en que habríamos de ir esa tarde a la Loma a comprar algunas cosillas y tendría que acompañarla, pues también habría de comprarme unos zapatos, pues desde antes que falleciera mi padre no había recibido otros. Por eso que no rechisté. Aparejamos la “Churri” (es el nombre de la burra), nos subimos en ella, yo en la culata,  y emprendimos la marcha bajo un sol de justicia,  como la gente dice, “un sol que partía las piedras”. El camino se hizo pesado, pues la bestia caminó lenta, como de costumbre, pero eso sí,  siempre llega. Una vez en la Loma, dirigimosnos adonde los zapatos, pues para mí era lo urgente, y más contento que unas castañuelas me puse cuando ya los tenía en mi poder. Desde allí marchamos a casa de las Periquitas o Periquinas,  que así  les llaman, donde se hospeda el cura, para pedir orientación en los trámites para hacer estudios lejos de Albox. Al llegar a la entrada de la calle “Los Hileros” quedé atrapado por la imagen de los hombres con sus madejas de cáñamo a la cintura, estirando los  cordeles  a lo largo de toda la calle, desde una rueca o torno, o lo que sea, que había arriba de la misma. Siempre me ha seducido a la vez que ejercido sobre mi una especial atracción la Loma por su vida  artesanal, por su ajetreo continuo, habiendo buscavidas de todo tipo, en su  lucha continua por salir adelante.
Ya íbamos a entrar casa de las Periquitas o Periquinas ( o como sea),  cuando unos zagalotes bajaban atropelladamente otra calle de al lado en un carruaje de madera, espantando la burra de tal forma que tiró del ramal, se soltó y salió como una loca,  nunca la había visto así, dando saltos a la vez que lanzaba coces al cielo, con rebuznos ensordecedores y con intermitentes y escandalosos cuescos,  uno tras otro, logrando que tanto las aguaderas como todo lo que en ellas había   fuera a hacer puñetas, desperdigándose por doquier. Pero no fue eso todo, sino que no habría valiente que se atreviera a retenerla en su huida, atropellando todo a su paso y, un lañador que en la puerta de la posada lañaba un lebrillo, saltó despavorido para librarse de aquel endiablado animal, mas hizolo con tan mala fortuna que tropezó en el lebrillo haciéndolo mil pedazos, tantos que no habría lañas suficientes en el mundo para recomponerlo de nuevo. Vino el hombre enfurecido, diciendo a mi madre que había de pagar los daños ya que el animal era el culpable de lo acaecido, a lo que mi madre opusose rotundamente ya que la culpa no fue de la bestia sino de los chiquillos,  y tratábase además y por de contado de un lebrillo roto. Amenazó él con llevar el caso al Mindas o al Bautista o  hasta el juez si no lo resarcía de la desgracia. Estaban así en la contienda cuando llegose  un hombre, el Alfonsico, que dijo haberlo presenciado todo y que la culpa sólo era de los zagalones poniendo así fin al pleito. De todas formas diole mi madre dos pesetas al lañador para que no lo perdiese todo. Andaba yo  mientras a  por el animal y me moría de vergüenza al ver a unas muchachas que se findangaban de risa y hacían mofa  de lo que para mí suponía una humillación bestial. Don Diego, habría querido que en ese momento me tragase la tierra, no haber existido, y no habría ido a por la burra de no ser porque por allí debían estar mis zapatos. Las jovenzuelas más se desternillaban al verme correr tras el animal, siendo para mí más una afrenta que otra cosa todo lo que acontecía.  Parose la bestia en la puerta misma de la Iglesia, como si hallase allí  sosiego por su mucho alboroto, pudiendo hacerme entonces con las riendas. Coloquele albarda, cincha, atarres y aguaderas como pude, recogí los enseres, eso sí, los zapatos lo primero, aunque hasta estos ya se me habían atragantado, y regresé adonde las Periquitas o Periquinas, a la vez que las muchachas perdiéronse con la burla calle Ancha arriba. Yo ni ganas tenía de ver al cura ni a nadie. Fue por ello que la visita duró poco, pues me consumía la vergüenza.
Habría deseado regresar cuanto antes pero  debíamos ir a  comprar un libro a una papelería de la calle  por donde las zagalonas se habían marchado. Ya en la papelería contó mi madre  la anécdota a unas mujeres, a la vez que yo callaba y palidecía. A una de ellas ocurriósele decir que pareciase lo del lañador al protagonista de un cuento, lo que hizo recuperarme del sonrojo y rogarle me lo contase, a lo que accedió con mucha amabilidad.  Mi madre, por su parte,  ha hecho broma de lo acontecido, y contolo aquella noche, mientras tomábamos la fresca, a los vecinos sirviendo de guasa   la acción de la Churri.
Aprovecho ésta para contar  a su merced el cuento y lo de la burra también, aunque esto último suplícole no lo divulgue, pues aunque no es deshonroso sí que pareciéronme suficientes y sobradas  las chanzas de aquel  aciago día. Remítole por tanto el cuento “DEL GARBANCICO” que, de seguro, será de su agrado y podrá  juzgar lo tramposas que  algunas personas son  y cómo tratan de sacar aprovecho  de cuanto pueden.
Saludale con afecto su siempre servidor

El Candil de la Fuentecica 

                       EL GARBANCICO

Érase una vez un hombre que cada martes acudía al mercado para comprar las cuatro cosillas que necesitaba y a la vez vender algunas otras, como huevos a los recoveros, algún gallo o gallina a los gallineros, conejos, quesos,,, . Así siempre, cada martes. Pero al llegar ese día se encontraba con un problema, pues tenía un GARBANCICO y no sabía donde ni con quien dejarlo, ni tampoco quería llevarlo al mercado no fuese a perderlo. Agobiado por este pequeño problema, un día acudió a una vecina y le dijo:
-¿Puedo dejar aquí mi garbancico que tengo que ir al mercado?
-Sí, déjelo usted aquí- contestó la señora.
El hombre dejó su garbancico encima de una mesilla que había a la entrada. Era casa de campo y había animales que andaban sueltos, como las gallinas y los pavos que, aunque estaban en la calle, siempre iban de un lado para otro, entrando con frecuencia a la casa en busca de algo que llevarse al pico.  Entró una gallina, dio un salto y subió a la mesa y ... ¡adiós garbancico!, pues  se lo tragó al primer picotazo. Pasado un buen rato volvió el hombre del mercado y fue a recoger su garbancico. Al llegar le dice a la mujer:
-Buena mujer, ya he vuelto. ¿Dónde está mi garbancico?
-¡Ay, buen hombre! No sé cómo decirle, pero ha venido la gallina, ha saltado a la mesa y por más que he aligerado no he podido evitar que se lo comiera.
-¡Ah, sí!, pues por descuidada ahora tendrá usted que darme la gallina.
-¿Qué dice usted? ¿Una gallina por un garbancico? Ni hablar.
-¿Cómo que ni hablar?  Pues si no me da la gallina iré al juez.
La mujer estaba enfurecida, pero pensando en lo que le costaría le justicia vio que era preferible darle la gallina antes que ir al juez. Así que le dijo:
-Vale, llévese usted la gallina y déjeme en paz y no vuelva por aquí.
El hombre cogió la gallina y se la llevó a su casa. Al llegar el martes siguiente también quería ir al mercado. No sabía a quien dejar la gallina, pues no la iba a llevar con él, así que se dirigió a otra casa de la aldea y le dice al dueño:
-Buen hombre, ¿puedo dejar aquí mi gallinica que tengo que ir al mercado y no tengo donde dejarla?
-Claro que  puede usted dejarla aquí- contestó el hombre.
Dejaron la gallina por unas paletas que había al lado de la casa para que picara chumbos e insectos y se revolcara en la tierra. En medio de las paletas había un almendro y allí tenían amarrada una marrana de cría. Llegó la gallina por allí, picoteando a un lado y otro, pero en un descuido la marrana le dio un mordisco y la mató.
A todo esto regresó el hombre del mercadoy fue a recoger su gallina.
-Vecino, ¿dónde estás? Vengo a por mi gallina.
El vecino que se había entretenido preparando aperos de labranza, sale del cobertizo y le dice:
-Pues ahí estará vecino, en la paletas.
Fueron a las paletas y se encontraron con las plumas que había dejado la marrana.
-¡Ah, vecino, la marrana se ha comido mi gallina! Ahora tienes que darme la marrana.
-¿Cómo? Eso no puede ser. ¿Es que acaso va a valer una gallina como una marrana de cría?
-Pues si usted no me da la marrana, lo llevaré ante la justicia.
El dueño de la marrana echaba sapos por la boca, pero por temor a ser llevado ante el juez, se la dio.
Pasaron varios días y de nuevo llegó el martes, entonces el hombre acudió con la marrana a otro vecino y le dijo:
-Vecino, ¿puedo dejar aquí mi marranica que tengo que ir al mercado?
-Por supuesto que sí, vecino. Déjela ahí atada en ese olivo, que a la sombra estará mejor.
Al rato volvió a llevarse su marrana y dice:
-Vecino, vengo a por la marrana.
-Santo Dios-, responde el vecino-, se ha soltado la vaca y ha embestido a la marrana y la ha matado. ¿Qué hacemos ahora?
-¡Cómo!, ¿que la vaca ha matado mi marrana? Pues ahora tendrá usted que darme la vaca.
-¿Cómo le voy a dar la vaca? ¿Usted está loco? ¿Acaso valía la marrana lo que vale la vaca?
-Pues si no me da la vaca lo denunciaré a la justicia.
El dueño de la vaca que ya había tenido problemas con la justicia por otros asuntillos de nada, pero que  le temía como a una vara verde, por lo mucho que saca y lo poco que arregla, cedió y se la entregó. El hombre se llevó la vaca y se fue tan feliz. Al llegar el martes siguiente cogió la vaca y se fue a casa de otro vecino y le dice:
-Vecino, mire, que quiero ir al mercado y no tengo con quien dejar la vaca. ¿Podría dejarla aqui?
-Si, vecino. Puede usted dejarla en la puerta de la casa, ahí  atada a ese árbol.
El hombre ató  la vaca al árbol y se marchó al mercado. En la casa comieron aquel día pescado del que tiene muchas raspas y una muchacha huerfanilla que tenían de sirvienta, sin imaginar lo que podría ocurrir, le echó las sobras de la comida a la vaca, con raspas y todo, además de unos huesos de choto que aún andaban en la basura. La vaca se atragantó con todo aquello y por más empeño que pusieron en salvarla, no pudieron, y se ahogó. Al rato llegó el dueño preguntando por su vaca:
-Vecino, ya estoy aquí. Y mi vaca, ¿dónde está?
-¡Ay, vecino, no sabe cuánto lo sentimos, pero la muchacha le ha echado las raspas del pescado a la vaca y se ha ahogado! No hemos podido hacer nada por salvarla.
-¡No me diga que se ha ahogado mi vaca! ¡Eso no puede ser! Ahora tendrá que entregarme a la sirvienta o de lo contrario lo llevaré al juez.
-¿Cómo le voy a entregar a la sirvienta? ¡Es imposible! Además, ella no querrá irse con usted.
-¡Cómo que no se va a querer venir conmigo! Pues si no se viene también irá ante el juez.
La criada lloraba, los demás echaban maldiciones por haberse quedado con la vaca, pero al final tuvieron que ceder para no vérselas con la justicia y la muchacha se marchó con el hombre. Iban por el camino, hacía mucho calor y se pararon a descansar. La muchacha se durmió y el hombre aprovechó para meterla en un saco. Se la echó al hombro y siguió el camino hasta que llegó a una casa en la que estaban cociendo el pan. Él entró al cobertizo del horno y dijo:
-¿Puedo dejar aquí mi saquico que tengo que ir al mercado y no tengo donde dejarlo?
-Sí, claro, déjelo en ese rincón, que ahí no estorba.
El hombre lo dejó y se marchó al mercado. La mujer estaba "iñendo" el pan y le dice su hijo:
-Mamá, yo quiero un bollico. Hazme un bollico.
-¡Y yo quiero una rosquica!-, dijo una voz que salía del saco.
-Mamá, el saco habla,  la voz sale del saco. Vamos a abrirlo para ver lo que hay dentro.
Así lo hicieron y se llevaron  una sorpresa tremenda al ver a la chiquilla allí. La sacaron y la escondieron y antes de que el hombre regresara llenaron el saco de bichos, de los más malos y venenosos que hay en el mundo y lo cerraron otra vez. Al rato volvió el hombre a por el saco y dice:
-¿Dónde está mi saquico?
-Ahí lo tiene usted-, dijo la mujer.
Él cogió el saco  y se lo echó al hombro. Se fue a la fuente a beber agua, lavarse y refrescarse un poco. Cuando ya terminó abre el saco y dice:
-Moza hermosa, sal y dame un beso en esta boca tan hermosa.
Al abrirlo, saltaron como furias sobre él  todos aquellos bichos y le picaron, le mordieron y lo destrozaron sin dejar una parte de su cuerpo libre de aquella rabia. Y así acabó el hombre por su avaricia y su maldad y ... "colorín, colorete" que por la chimenea cae un cohete, y "colorín, colorao" que este cuento se ha "acabao".

GLOSARIO:

Rechistar: responder, hablar protestando
Culata de la burra: la parte trasera del lomo del animal, junto a la cola, no cubierto por la albarda, donde se solía subir a los niños para que fueran montados, cuando no se podía en la albarda.
Cáñamo:  planta cannabácea de unos dos metros de altura, con tallo erguido y velloso, de fibra textil, usada en tejidos y cordamenta. Con ellas se hacían suelas de alpargata y otros objetos, como sogas y cordeles.
Cuesco: eufemismo de pedo, ventosidad.
Aguaderas: objeto que se hacía de forma artesanal, normalmente de esparto y que servía para transportar cántaros o cualquier otro enser en las bestias de carga.
Albarda: objeto que se coloca sobre el lomo de las bestias para protegerlas del roce y poder sujetar así  la carga.
Cincha: objeto con forma de cinturón que servía para sujetar la albarda y que rodea la panza del animal.
Atarres: elemento de la albarda que la sujetaba a la cola del animal.
Hacer puñetas: expresión muy popular y campechana de enfado o enojo con la que se mandaba a alguien que se marchara por estar estorbando o dando la lata.
Lañador: artesano, por lo general ambulante, que reparaba lebrillos, orzas, pucheros, tinajas y otros utensilios de loza o porcelana con lañas o grapas.
Lebrillo: vasija grande, de barro vidriado, más ancho por el borde que por el fondo y que se utilizaba para lavar ropa, para baños y otros usos, sobre todo en la matanza.  
El Mindas y el Bautista: eran los municipales con los que contaba Albox por los años cincuenta. Se encargaban de todo, también de dar recados, llevar avisos y hasta acompañar al pregonero en sus pregones.
El Alfonsico: personaje típico (siempre con su camisola negra), muy conocido en Albox. Vivía en la calle los Hileros. Vendía pipas, garbanzos torrados y algunas otras golosinas en los mercados y en la puerta del cine de verano.
Recovero: comprador de huevos en los mercados.
Gallinero: no sólo se le llamaba así  al espacio del corral ocupado por las gallinas, sino también a los compradores de gallinas en los mercados, que en Albox solían colocarse con sus cajas de madera enrejada en la calle del Muro los martes.
Paletas: es la denominación popular que en la comarca del Almanzora recibe la chumbera (Opuntia) . Planta de la familia de las cactáceas, con más de 300 especies diferentes, originaria de América y extendida por Canarias, por Andalucía y por todo el Levante. Tiene fruto comestible, el chumbo.
Marrana de cría: era la expresión más usual en el habla coloquial del medio rural, conjuntamente con china, para referirse a una cerda, guarra o cochina.
Echar sapos por la boca: expresión popular que hace referencia a estar seriamente enfadado y lanzar expresiones malsonantes.
Eñir: término de uso común con el que se indica que se está preparando la masa del pan o las tortas para dejarla en su punto exacto.
Choto: cabrito de corta edad.

        
       Izquierda: burra, aguaderas y cántaros   Derecha: marrana de cría

             
                  Izquierda: torno de hilandero             Derecha: lañador    
         Izquierda: paletas o chumberas                   Derecha: eñir el pan