sábado, 29 de noviembre de 2025

LA CUEVA DE SANTA ROSALÍA

 

III.-Marta dentro de un infierno

Blas era un hombre rechoncho casi como un tonel. De estatura normal, entendiendo por tal el que no era ni alto ni bajo. Su cara era deforme y agrietada.  Su cuerpo más bien parecía el de Balor, monstruo de la mitología celta, el que tenía un solo ojo, pues también a él sólo le funcionaba uno, ya que el otro se lo había quemado en la fragua y se le había vaciado. Su mirada, la propia de un cíclope, era hosca y torva; y su voz, ronca y repulsiva. Estaba cojo y, por si fuera poco, era persona de malas entrañas, sin ningún amigo y sí abominado de cuantos lo conocían, por sus constantes acciones marcadas por la ruindad y la vileza.

Solía pasar Blas los días y parte de las noches en “La tasca de los hombres machos”, consumiendo vino peleón, como peleón era él, pues siempre andaba metido en pendencias. Acostumbraba a comer en la tasca, haciéndolo como un cerdo, mientras que estercolaba en su casa, donde lo hacía como una vaca. Como ya queda dicho, su naturaleza era de las que son desviados engendros humanos, debido a la mucha crueldad de su alma.

Poseía una fragua en la que apenas ardía el horno y raro era escuchar el golpe del martillo castigando el yunque. No era lo que se dice “un hierro viejo”, ya que apenas aparecía por el lugar de trabajo, y no porque se lo impidiera su cojera, que era leve, sino porque lo detestaba como se detesta un dolor de muelas. Usaba muleta para sostener el cuerpo por la mucha cantidad de vino que almacenaba en su abultado vientre, más que por necesidad. Si alguna vez aparecía por su lugar de trabajo y ganaba algo, ese algo siempre tenía el mismo destino: la tasca.

Blas siempre regresaba a su casa, un reducido y maltrecho habitáculo, echada la noche encima. Y mejor así, pues siempre regresaba borracho y siempre la liaba con Lucrecia, su pobre mujer, y con Marta, la única hija del matrimonio. Al llegar, destrozaba cuanto a su paso encontrase, que era poco o nada, y amenazaba a ambas por igual.  Siempre abofeteaba a Lucrecia,  la pateaba con la pierna sana, mientras se apoyaba en la muleta, o la arrastraba del pelo, o bien la estampaba contra la pared. Y no hablemos, por supuesto, de sus abusos en el lecho, donde actuaba como un perro rabioso. Cuando se cansaba de maltratar a la mujer, la emprendía con la niña, si es que estaba aún levantada, y la amenazaba de muerte. Estas amenazas sobrecogían y espantaban de tal modo a Lucrecia que, despavorida, corría a proteger a la pequeña, cuyo  aterrorizado llanto podía crispar el alma más dura.

La bondadosa mujer hubiese deseado morir, pues su dolor, desde que uniera su vida con la de aquel monstruo, sobrepasaba cualquier límite y su existencia se había convertido en la nada, en un goteo de días, a cual más oscuro. Pero sólo pensar que aquel ser maligno se quedase con la pequeña, la amedrentaba de tal forma que un terrible escalofrío le recorría el cuerpo, apretándolo, como si una serpiente tratase de asfixiarla. Sin embargo, sí que se iba consumiendo poco a poco y a tal punto llegó su debilidad que, una noche, cuando Blas llegó con sus improperios y amenazas, Lucrecia ya no estaba en este mundo, se había desangrado, víctima de una hemorragia interna. Junto a aquel cuerpo inerte, bañado en sangre, la niña lloraba, y podría decirse que su vida se convirtió en llanto el resto del tiempo que permaneció en aquella casa.


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