II.-En la cueva de Santa Rosalía
No lejana del pueblo de Marta
existía una cueva que, desde años casi inmemoriales, estaba dedicada a Santa
Rosalía. Se accedía al antro por una entrada bastante angosta, que pronto se
ensanchaba y daba lugar a un vasto espacio en cuya pared frontal dormitaba una
imagen de “la Santita” (como era conocida), ya deslucida por el transcurrir del
tiempo. Una puerta compuesta a base de lienzos de diferentes maderas, algunas
ya carcomidas, fraguadas entre sí por deformadas chapas y clavos de hierro,
cerraba el conjunto de aquella especie de basílica. Al cargo de dicha
gruta-santuario hallábase el lego Raimundo. Había llegado de lejanas tierras y representaba
como nadie al arquetipo perfecto de la doble moral. Era personaje aficionado a
contar historias, muy dado a las mujeres, además de entregado a ciertos
menesteres y “otras cosas” nada nobles, más que consagrado a deberes divinos.
A decir del mismo, todas aquellas
historias que contaba se las había oído a un viejo fraile de la abadía de la
que procedía. La que tiene que ver con el relato presente la había conocido el
susodicho fraile en un antiguo libro, cuyo título el lego no recordaba. Aquella
historia venía a decir más o menos así:
“Existía una antigua leyenda, según la cual una mujer, llamada Orberosa, fue
gozada por el diablo en una caverna donde mucho tiempo después los mozos y
mozas del pueblo jugaban a diablos y bellas orberosas.”
He aquí el origen de cuanto aconteció
posteriormente en la pequeña población.
por la que se extendió la citada crónica.
Pese a las severas restricciones
mentales impuestas por la religión, allí empezó a tomar cuerpo el juego entre
mozos y mozas, al modo de la leyenda contada por el lego y en pocos años
convirtió aquella gruta de “la Santita”, en famoso lugar de peregrinaje
hedonista. Hasta allí acudían tantos diablos y bellas orberosas que aquellos
espacios se hicieron insuficientes para albergar a tanta juventud con ansias de
gozo carnal, tanto que podría asegurarse que superaban con creces las fiestas
orgiásticas de las Lupercales de Roma. Y
no es que el resto del año no dieran rienda suelta a sus delirios eróticos,
sino que aquella era la fecha establecida para una celebración conjunta.
Acontecía cada noche que precedía
al tres de septiembre de cada año,
(también solían hacerlo el trece de julio). Fue, primero, la juventud del
pueblo, seguida de la de territorios limítrofes, la que llegaba a venerar
durante la noche y el día cuatro, día de la festividad de la Santa, a la que
consideraban libertadora de enfermedades infecciosas, de epidemias tan
maléficas como la peste, y Santa siempre protectora en momentos difíciles.
La religión, que durante siglos
había sido mordaza y tortura, estaba adoleciendo de rigor, aunque aún quedaban
muchachas jóvenes que, pese a su comportamiento licencioso, jugaban cada semana
a liberarse del lastre de sus pecados, postrándose ante el confesionario con el
deseo de ser redimidas de sus voluptuosos pensamientos e irresistibles ansias
de placer. Pero de nada valía, pues, una
vez que se sentían liberadas del pecado, renovaban con mayor ímpetu, si cabe,
una nueva etapa de lozanía y desenfreno. Y siempre así.
De esa manera, la religión dejó de
ser lo que era y aquella romería que, en principio, encerraba una finalidad
piadosa, más pronto que tarde se convirtió en una bacanal del placer. Podría decirse que el hedonismo se fue adueñando de la mente
y cuerpos de toda aquella juventud, más proclive a los instintos de la carne
que a la devoción por la Santa, pues deducían que la religión sólo aportaba
miedo, miseria e ignorancia, frente a la libertad del gozo y deleite que les
otorgaba el desprendimiento de prejuicios y ataduras impuestas por falsas
creencias. Aquella juventud ya no tenía
más religión que el placer. Con todo, el motivo de “La Santita” les servía de
excusa más que sobrada para acudir a tan ineludible cita.
No eran muchos los que se
adentraban en la caverna para la práctica de un culto religioso, y sí
demasiados los que se esparcían por los arrabales de la gruta para disfrutar de
cuantos instintos pasionales se
encierran en el ser humano. Aquel fue, en adelante, el elemento primordial de
aquellas jornadas. Las jóvenes, bellas orberosas, pasaron a asemejarse a ninfas sacadas de lo
más profundo de los bucólicos bosques que rodeaban la gruta. Eran ninfas que incitaban la voluptuosidad de los mozos,
pobres diablos, y los arrastraban, seduciéndolos con su belleza, por entre
árboles, cañadas y valles, donde se adentraban para dar rienda
suelta a una lujuria que ni la misma Afrodita habría igualado.
Cada uno de aquellos mozos, que acudía cortejando y
acompañando a una bella doncella,
sucumbía a la irresistible tentación de rendirse ante la cautivadora dádiva de sumo placer que
se le ofrecía, tal y como le ocurriera al diablo con la virgen Orberosa. Lo
hacían con auténtico delirio y ninguno se encontró en la tesitura de llevar a
cabo un rapto como el que llevara Plutón con Proserpina, para saciar su
incontinencia y ansias lascivas. Sin embargo, el estupro habido entre el lego
Raimundo y la bella Marta sólo se debió a la farsa que él le montó y a la
ingenuidad de la joven.
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