sábado, 31 de enero de 2026

LA CUEVA DE SANTA ROSALÍA

 XV.-El dasahucio. La muerte de Francesca

Alguien dijo que “Los recuerdos sólo son el acantilado por el que dejamos caer el pasado, mientras intentamos sujetarnos al presente”. Francesca ya había desprendido todos sus recuerdos por el abismo de la amargura y no le restaba más porvenir que la muerte. Lo  que le quedara por vivir sólo sería ya un tiempo nulo e inhumano. La vida para ella se había convertido en “nada”. Deseaba morir con toda su alma, pero ni siquiera eso sabía hacer.

El día había amanecido frío y ventoso, tanto que fuertes rachas de vendaval amenazaban con devastar la frágil y humilde vivienda que habitaba la anciana, en una zona de los arrabales de la población. Desde algunos años atrás el dueño de aquellas humildes viviendas, que no era otro que un poderoso banco extranjero, amenazaba con expulsarla, pues una importante firma inmobiliaria andaba detrás de echar el guante a la zona para construir un residencial de lujo. Como de costumbre, los políticos de turno, siempre a la expectativa de sacar tajada, habían dado su aval a  los promotores.

Francesca había afrontado los gastos de alquiler mientras los hijos le hicieron aportaciones económicas, pero éstas no llegaban desde hacía un tiempo. Tampoco sabía nada de ellos. Ahora, gracias al pequeño sueldo que Marta aportaba, se habían afrontado todos los gastos.

Sin embargo, de repente todo había cambiado. “¿Qué había pasado con Marta y con su niña? ¿Dónde estaban? ¿Dónde se habían metido? ¿Por qué se había marchado sin decir nada? ¿Acaso merecía ella eso?” Esas y otras muchas interrogantes se hacía Francesca, pues Marta y Carla llevaban más de tres meses sin aparecer por la casa. Tras el secuestro de la niña, sólo en una ocasión regresó Marta y lo hizo sólo por saber si a Francesca le había llegado alguna noticia acerca del paradero de su hija. Pero cuando Marta fue a visitar a  Francesca, ésta ya no estaba.

Y es que a Francesca la vida también la había machacado a golpes y ahora le faltaba la desaparición de aquellas dos mujeres que le habían aportado un último rayo de luz, asestándole un duro e inesperado zarpazo. Sin embargo, aún habría más, quedaba otro golpe, el definitivo, para sesgarle lo que de vida le restaba. Fue un mediodía. Se presentaron dos policías acompañados de un agente judicial con una orden de desahucio por impago de alquiler. Le leyeron la orden y le comunicaron que tendría quince días para abandonar la vivienda. Transcurridos esos días volverían para desalojarla, si es que ella no lo había hecho. Francesca, que nada tenía, que su vida había sido un rosario de desgracias, una tras otra, se veía ahora abocada a vivir sus últimos momentos en la calle.

Exhausta, derrotada, trató de beberse a grandes tragos la aterradora noticia mientras un escalofrío sobrecogedor le congeló el alma, un alma, la suya, que ya no le pertenecía, pues el abismo del tiempo tiraba de ella para llevarla hasta donde sólo pueden estar los  menesterosos: bajo las sombras que imponen las botas del poderoso.

Ella no tenía ya nada ni a nadie, y sólo habitaba con los fantasmas de los desposeídos. Sin embargo, el jefe que mandaba ejecutar aquella orden de desahucio contaba sus ganancias diarias por millones. ¿Podía ser la realidad tan injusta, tan indigna para con ella?, ¿para con los menesterosos? Sólo los ricos parecían tener derecho a la vida. Con su dinero podían comprarlo todo, también a Dios, su Dios, bondadoso para con los poderosos, implacable y castigador de los menesterosos Sin embargo, siempre queda algo que no es asequible con dinero: la dignidad. Y en eso sí que ella era millonaria. ¿Pero de qué valía su dignidad si se le negaba la existencia misma? 

Sólo deseaba ya una cosa: que aquella fuera la última amenaza, que no hubiese otra, que antes de que llegara aquel momento, haber rendido cuentas de una vida plagada de  fatalidades. ¿Qué había hecho ella para merecer tanta desdicha? Así se encontraba Francesca, absorta por la noticia que colmaba el vaso de su triste destino, cuando la muerte, que llega cuando es su momento, apareció por allí, funesta, enlutada, sin dar tiempo a que los de la justicia volvieran con su orden maldita. Cayó de rodillas y, como un pajarillo helado por el frío invierno, se desplomó su cuerpo sin un solo aleteo. Morir es sólo cuestión de tiempo y el suyo se había cumplido. La dignidad se la llevaba ella. Los ricos se quedaban con todo lo demás.

No hubo plañideras, ni nadie fue a rezarle; ni siquiera se presentó alguien a despedirla o a darle un último “adiós”. Como un número más fue depositada en la tumba común de los desheredados, de los desconocidos y anónimos.

A los varios días, muchos, Marta apareció por donde había vivido Francesca, pero ésta ya no estaba.  Tampoco estaba la casa, ni las otras casas, ni la vecina que le había ayudado a traer al mundo a su pequeña Carla. Una pieza más se sumaba a su enorme puzle de desgracias. En ese momento Marta rompió en incontenidos e interminables  sollozos. Esa noche, como otras muchas, la joven se embargó en una melancolía espesa, en un llanto infinito.

LA CUEVA DE SANTA ROSALÍA

 XIV.-Carla, otra víctima más

Carla fue, desde su rapto, el ejemplo más palpable de las injusticias de este mundo, un mundo bastante más repugnante de lo que parece. Para ella, que sólo contaba con cinco añitos, todo se convirtió de golpe en tortura, en desventura. Arrastrando sus frágiles y entumecidos pies por maltrechos caminos,  a remolque siempre de las malvadas raptoras, las luces y sombras la abrazaban un día y otro, bajo la capa de un firmamento que recordaba su abominable destino.

A veces se topaban con algunos de aquellos viandantes vagabundos que llevaban algún carromato, cuando ellas ya habían perdido el suyo, y se les reblandecía el corazón viendo el sufrimiento e impotencia de la niña, y la subían en el carruaje.

Trotamundos, trúhanes, pícaros de toda clase, vividores, ilusionistas, estafadores, miserables bellacos a cientos, nómadas, vagabundos y bohemios a miles, frailes andariegos, chantajistas y otros diversos tipos de rufianes, conformaron durante muchos años un siniestro mundo para Carla.

De un lugar a otro siempre, de trotar por un camino polvoriento a hacerlo por otro embutido de cieno. El destino la había hecho compañera inseparable de la miseria y la esclavitud. Sin saber nunca dónde estaría cada día, ni qué cielo la cubriría cada noche. Tampoco le importaba, ni tampoco preguntaba por ello. Había hecho de la docilidad y la mansedumbre sus únicas amigas, sus otras inseparables compañeras de viaje, sus armas de supervivencia. Asumió sin rechistar, su desgraciada realidad. Así se fue desarrollando la vida de aquella chiquilla desde aquel triste día que la separaron de su madre.

Una de las  noches tocó viajar junto a unos aventureros que se dirigían hacia una pequeña ciudad amurallada. Sería ya la novena o décima noche sin descansar, pues era cuando aprovechaban para ir de una población a otra, siempre errantes, siempre huyendo, siempre pensando en una gloria que no existía para ellas.

Sólo durante el día descansaban, siempre que se dispusiese de un momento para ello. Ya se aproximaban a aquella minúscula ciudad, débilmente iluminada por candiles de gas, que más bien parecía de otros tiempos, sitio que parecía como un embrujo. Estupor y asombro fue lo primero que sintió Carla. Nunca había visto una población igual. Fue uno de aquellos compañeros de viaje quien le contó una leyenda extraña sobre aquella población. (En las largas caminatas siempre había alguien que contaba historias). Según la misma, la reina Carcas viendo su ciudad férreamente asediada por sus enemigos durante más de cinco años, decidió engordar el único cochinillo que les quedaba, con el único saco de trigo que también les quedaba. Una vez  engordado ordenó que lo lanzaran por la muralla. Cuando el jefe de los asediadores vio el cerdo, pensó que allí estaban sobrados de alimentos y ordenó la retirada. Este hecho salvó a la ciudad.” Todo este tipo de historias y leyendas dejaban a la niña boquiabierta. En aquella ocasión Carla sólo pensó en una cosa, que en aquella fiesta habría cochinillo para todos, también para ella, fatigada como iba, y nublada como se hallaba su mente por el mucho cansancio y  el escaso alimento.

Al día siguiente era la fiesta principal de la pequeña población amurallada, y Carla  continuó divirtiendo a la concurrencia con sus equilibrios y cabriolas, con sus sonrisas y sus muecas de extrañeza, con su dolor y su resignación. Pero aún le restaban por cruzar las barreras más denigrantes y humillantes que pueda atravesar el ser humano.

Así ocurrió durante mucho tiempo, hasta que llegaron a aquella otra enorme urbe, donde  se estableció con las pitonisas para entretener, o más bien para importunar a las gentes. Aquellas mujeres seguían explotándola cada día con mayor desdén. Ella no era otra cosa que un animal de feria. 

jueves, 15 de enero de 2026

LA CUEVA DE SANTA ROSALÍA

 

XIII.-La locura de Marta

El día en el que Marta se dirigía al mercado, llevando de la mano a su hija Carla, fue el más aciago y negro en la ya de por sí su negra vida. El destino de algunas personas resulta ser  un engarce de desgracias que, al igual que las cuentas de un collar, cuando se suelta una, todas las demás caen seguidas. Y así le pasaba a ella. Lo poco que la vida le había sonreído se descomponía como un árbol taladrado por el rayo. Durante aquellos últimos años el presente presagiaba un futuro de esperanza, pero aquel último mazazo sólo predecía un futuro de terror. Su desventura era permanente. Su sino no era otro que el infortunio.

Como un cristal hecho añicos, como una brújula incapaz de marcar orientación alguna, salió Marta de la enfermería del mercado. El reloj de su vida había quedado sin manecillas que le marcaran los tiempos. Los espacios tampoco volverían a ser los mismos. En adelante jamás volvería a ser nada igual. En qué poco tiempo se puede descomponer todo, en qué poco tiempo pueden los sueños convertirse en perturbación y tortura. Así le ocurrió a ella una vez más. Ya le había ocurrido en diversas ocasiones, pero ésta superaba con creces todo lo imaginable.

Como un esperpento, desaliñada su humilde vestimenta, con pelo totalmente desgreñado, ojos bañados en lágrimas de desesperación y mirada perdida, así tomó Marta la calle, un día y otro, tal como si de una posesa se tratara. Y, en realidad, es lo que era.

Aquella primera noche, recién escapada de la enfermería, se dirigió hacia la plaza. No había nadie. Imperaban el silencio y el vacío que la noche impone. Corrió hacia un lado y otro, llamaba infructuosamente a su pequeña. Sin éxito alguno se detenía ante sombras que sólo emanaban de su perturbada imaginación, tratando de averiguar en ellas lo que la tenue luz de los farolillos, que  refulgían por las esquinas, le negaban.

No hubo callajuela que no recorriera, no quedó plaza que no pateara; penetró, sin miedo, por callejones más oscuros que la noche, no dejó de escudriñar en tantos portales y soportales como a su paso halló. Lo mismo lloraba a grito pelado que vociferaba el nombre de su hija, a la vez que maldecía con imprecaciones de todo tipo a las mujeres que habían cometido con ella el más horrendo de los crímenes que con una madre se pueda cometer. Como una perturbada se rasgaba el vestido, como una demente se arañaba la cabeza, convirtiendo  el cabello en mechones arrancados de cuajo, haciendo, incluso, brotar sangre del rostro, taladrado con furia por mil arañazos, con la rabia de una bestia incontenida. Vomitaba de desesperación y reabsorbía su propio vómito. Tal era su locura.

La vida acababa de sesgarle el alma, de romperle la ilusión y el deseo de vivir. Pero, a la vez, algo en ella le gritaba desde su interior, como vigía incandescente, la esperanza de hallar a Carla, a su Carla, cuando fuera y donde fuera.

Aquel primer día, destrozada, herida de muerte, no regresó a la vivienda. Permaneció girando sobre si misma en un bucle infinito de amargura, tormento y búsqueda. Tampoco regresó durante otros muchos días, días en los que no salió de aquel arroyo al que había vuelto, ese en el que suelen encontrarse los desposeídos, los indigentes, los apátridas, los oprimidos, los indeseables, los atrapados por la adversidad. A ese arroyo, que también era el suyo, había retornado, desesperada, víctima de un destino fatalista y cruel.  Pero allí, en ese submundo de desposeídos y desheredados, tal vez pudiera hallar algún hilo que la condujera hasta su pequeña. A fin de cuentas, aquellas que habían sustraído a su niña pertenecían a esa categoría de seres que para muchos son desechos humanos,  basura. En ese bajo mundo permanecería Marta ya por mucho tiempo, tanto como quince años, sólo con una obsesión: hallar a su hija, a su Carla.

Los días pasaban, apagados como una candileja sin aceite, como apagados eran los rastros que pudieran conducirla hasta su niña. Ni una señal, ni un detalle que le diera una pista, hasta que se fue habituando al tránsito de días y noches, todos iguales. Su vida era ahora como el gorjeo triste del avecilla que ha perdido sus crías, como la lluvia cadenciosa y pertinaz, interminable, que produce, con su goteo monótono, un ritmo de tristeza, de postración y abatimiento sin límite, igual que el que anidaba en su alma. Esta fue la vida de la joven madre durante mucho tiempo, sin salir de aquel espacio que la obsesionaba y que, a la vez, la destruía y la carcomía. Fueron quince años en los que se consumió, en los que vivió como un animal acosado por la fuerza de una locura desenfrenada y sin rumbo.

lunes, 5 de enero de 2026

LA CUEVA DE SANTA ROSALÍA

 

XII.-El rapto de Carla

Eran cuatro y las cuatro estaban proscritas por el resto de la Humanidad. No habían nacido malas. Nadie nace siendo malo, pero las circunstancias de la vida te retuercen, a veces, el alma, y así la tenían ellas. Habían pasado por todo tipo de calamidades: persecuciones, hambre, torturas, vejaciones y abusos de toda índole. Deportadas de acá para allá, ilegales aquí y allí, apátridas en todos sitios. Para más inri pertenecían a la etnia gitana, siempre denigrada, siempre perseguida. Vulneraban leyes, socavaban moral y valores, minaban convivencia y costumbres, repudiaban lo diferente, burlaban lo desconocido, mostraban una cara y la contraria; eran, en definitiva, una cosa y la otra, las dos caras de una misma moneda, de la verdad y de la mentira. Así se comportaban. Habrían sido buenas si la vida hubiese sido justa con ellas, pero ésta les había dado la espalda desde su llegada a la misma. Pertenecían a la escoria de la Tierra.

Por eso que no sintieron remordimiento alguno, ni miedo, ni reparo en narcotizar a Marta cuando ésta se desplomó. Como si lo tuvieran previsto, la mayor de aquellas mujeres, que guardaba un botecillo de cloroformo en su faldón, bajo un estropeado delantal, en un abrir y cerrar de ojos, le empapó nariz y boca con aquel producto, antes de que se acercaran otros viandantes. Lo mismo hizo con la niña, aunque en menor grado, sólo lo suficiente como para que no llorara, apartándola seguidamente del círculo de curiosos que se iba formando en torno a la madre. Allí, disimulando, permanecieron dos de ellas, aportando la tracería que, para su negocio, habían aprendido en la universidad de la vida. Las otras dos marcharon, con la niña en volandas, a todo correr. La suerte de Carla estaba echada.

Minutos más tarde se encontraron en una de las calles más estrechas de la ciudad, con la niña adormecida y con la decisión clara de escapar de allí cuanto antes. En su poder tenían lo que podrían convertir, sin duda, en una mina de oro. Dos días fueron suficientes para poner a salvo su estrategia, los mismos que bastaron para cruzar una frontera que, aunque siempre les resultó complicada, en esta ocasión no hallaron dificultad, pese a ir con Carla.

Temían que la policía las detuviese y pusiera en conocimiento de las autoridades la maldad de la acción cometida, pues ¿cómo demostrar que la niña les pertenecía? Pero, escaparon al control policial y, por ende, también al gubernamental. A partir de entonces, con total osadía, emprendieron el insidioso y macabro plan que tendría como protagonista a la indefensa pequeña. Usaron en ocasiones una caravana. Recorrieron pueblos y ciudades. Acudían a cuantos mercados y fiestas llegaban a su conocimiento. Durante  aquel eterno peregrinaje, solían dormir, las más de las veces,  en una vieja tartana que les servía de habitáculo. Pero, en otras muchas ocasiones se veían obligadas a dormir bajo el resplandor de las estrellas, bajo el halo imprevisible de la Luna.

La más joven de las gitanas se hizo cargo de la pequeña Carla, a la que intentó seducir, en un principio, con melosas palabras, con objetos desconocidos que ella le entregaba como juguete. Pero todo resultó más complicado de lo esperado, así que optó por métodos más convincentes, pasando a emplear castigos corporales, amenazas y exabruptos continuos. Pasado el tiempo la niña fue entrando en razón obligada. Comenzaron con ejercicios de acrobacia y equilibrios. La pequeña Carla llegó, por fin, a comportarse como un dócil animalillo, siempre a las órdenes de aquella verduga.

Aprovechaban los circos ambulantes, con los que en muchas ocasiones compartían camino y población, para que Marta aprendiese algunos de los juegos, trucos o equilibrios propios a su edad. Cada año hacían los mismos recorridos, los mismos pueblos, las mismas plazas, las mismas fiestas. En aquel ambiente de miseria, explotación y podredumbre creció Carla, víctima de la inicuidad de una sociedad completamente corrupta. Fue lo que aprendió, lo que clavaron en su alma.