jueves, 24 de noviembre de 2011

ROMANCE: "LA CONFRONTACIÓN DE UN PADRE CON SU HIJA"


 MALDAD Y CALUMNIA PUEDEN
 DESTROZAR VIDAS.


Del Candil de la Fuentecica a su bienhechor y protector don Diego de la Caparrota. Me complace, mi señor don Diego, dirigirme a vuesa merced con el propósito de hacerle conocedor  de cómo transcurre mi vida en estas fechas. Jamás agradeceré lo suficiente su interés por mí y he de referirle que en  estos días me muevo  más suelto que atado, algo que es muy de alegrar y solaza además sobremanera mis humores, pues resta ya  muy poco para que esta libertad llegue a su fin, siendo que en breve deberé desplazarme  hasta la casa  donde la restricción, severidad, disciplina  y obligación se tornan en  una misma cosa.  Estoy seguro que satisfará en gran medida  a su merced que le relate algunas de las vicisitudes  que por allí suelen acaecer y de las que ya poseo abundante cantidad para contarle, amén de las muy divertidas que también espero estén por venir, pues no todo ha de ser constreñimiento. De seguro que tendrá cumplida información sobre todas, pero, mi señor don Diego, eso será en posteriores escritos, pues aquí  no cabe todo, aparte de que, llegada esta hora, Morfeo se ha adueñado de  éste su humilde servidor y  ahora mismo  aquí estoy, pegado a la chimenea,  con los ojos más cerrados que abiertos, junto a una pobre  lumbrecilla cuyas ascuas se consumen a la vez que mis párpados ya ni se sostienen.  A estas horas todos duermen y sólo  Rigodón me hace compañía, runruneando junto a las cenizas, no sé si abatido por el hambre o  por el sueño.  Así que ya  no puedo decir más, pues  aceite y torcida del candil tocan también a su fin.
Sólo me resta referirle que hoy ha obsequiádome mi abuelo con un romancillo adquirido en el mercado de Albox a alguno de los  ciegos que lo frecuentan, y que no tengo por menos de hacérselo llegar para su distracción y sabiduría,  por si alguna enseñanza extrajera del  mismo, que nunca se sabe, mi señor, en qué nos podremos ver ni cómo. En su lectura verá  cuán terroríficas son  la maldad y el infundio.
Y ya doy por finalizada esta comunicación,  que el candil ya no alumbra, el fuego quedó todo en cenizas  y Rigodón no cesa en ésta su música nada celestial. Pero, no se apure su merced, que pronto recibirá más noticias de éste su sempiterno servidor

El Candil de la Fuentecica



LA CONFRONTACIÓN DE UN PADRE CON SU HIJA


                    En la provincia de Sevilla,
                    en el pueblo da Marchena,
                    habitaba un matrimonio
                    que eran personas muy buenas.

                    Ellos vivían muy felices
                    con su hija Isabel,
                    la madre era costurera
                    y el padre albañil fue.

                    Pero una mala vecina
                    por envidia murmuraba
                    a esta pobre mujer
                    sin tener razón de nada.

                    Paseando con su hijita
                    un domingo por la tarde,
                    esa ingrata vecina
                    lo llamó para hablarle.

                    Mira, Antonio, si supieras
                    de lo que me he enterado,
                    que tu mujer no es muy buena
                     y a ti te está traicionando.
                    Qué me dices, Margarita,
                    yo no lo puedo creer,
                    ella a mí me quiere mucho,
                    como yo a ella también.

                    Pues yo a ti te desengaño
                    y no lo debes dudar,
                    cuando tú vas al trabajo
                    con otro suele estar.

                    Lleno de ira y dolor,
                    creyendo en esa cruel,
                    a su hija él ha besado;
                    sin decir nada se fue.

                    Antonio marchó a Segovia
                    y ha empezado a trabajar,
                    y dio con unos señores
                    que fue su felicidad.

                    Él tomó muchas contratas
                    e hizo muchos edificios,
                    ganando muchos dineros
                    y llegó a ponerse rico.

                     Aunque él estaba muy bien,
                     con mucha felicidad,
                     pero a su hija Isabel
                     nunca la pudo olvidar.

                     Esta niña tan bonita
                     con su madre se crió,
                     cuando tenía quince años
                     sola en el mundo quedó.

                     Ella quiso ser artista
                     porque el teatro le gustaba,
                     y a los dos años ya era
                     de las que mejor cantaban.

                     Toda España recorría
                     en los teatros más grandes,
                     hasta que llegó el día
                     que se encontró con su padre.

                     Una noche en el teatro
                     cuando ella estaba cantando,
                     un señor que allí había
                     su sombrero le ha echado.

                     Al terminar su trabajo
                     el sombrero devolvió,
                      y el caballero a la joven
                      a cenar la invitó.

                     Estando solos le dijo:
                     si aceptas mi petición
                     de casarte tú conmigo,
                     seríamos felices los dos.

                     En este mismo momento
                     no lo puedo contestar,
                     porque el asunto es muy serio
                     y lo tengo que pensar.

                     No debes pensarlo más,
                     yo te hablo con franqueza;
                     sólo y sin familia soy,
                     tuya será mi riqueza.

                      A la respuesta de esto
                      la joven le contestó:
                      pues yo también estoy sola
                      y acepto su petición.

                      Díme como tú te llamas
                      y del pueblo donde eres,
                      para mandar enseguida
                      a pedirte los papeles.

                      Me llamo Isabel Fernández
                      y mi madre Encarnación,
                      soy del pueblo de Marchena,
                      mi padre me abandonó.

                       Al oír estas palabras
                       el padre inmóvil quedó,
                       y al recobrarse le dijo:
                       hija de mi corazón.

                       Cómo te dejó tu madre,
                       dímelo, hijita mía,
                       cómo ha tenido el valor
                       que tú lleves esta vida.

                       De edad de quince años
                       yo a mi madre perdí,
                       y no teniendo otro amparo
                       padre no reconocí.

                       Hija querida de mi alma,
                       qué feliz soy al encontrarte,
                       para ti acabó esa vida,
                       hoy ya tienes a tu padre.

                        Al público que me escucha:
                        recordad este dolor,
                        que por una mala lengua
                        esta familia sufrió.

Letra:  D. Soroco

GLOSARIO:

Contratas: acción de contratar. Acuerdo entre dos partes para realizar un trabajo.
Mala lengua: se aplica a persona difamadora, calumniadora, que levanta bulos para hacer daño a otra.
Infundio: bulo, calumnia, rumor.
Andanza: correría, aventura, viaje, peripecia
Solazar: recrear, entretener, distraer, disfrutar.
Vicisitud: acontecimiento, suceso, incidente.
Constreñimiento: en este caso se refiere obligaciones que se imponen para hacer algo y la reducción o limitación para otras.
Emborracharse como una cuba: tomar tal cantidad de alcohol que se pierden totalmente las facultades física.
Candil: pequeño objeto metálico que sirve para alumbrar

NOTA: el texto es copia exacta del original, con errores ortográficos incluidos.


          
Izquierda: cocina de leña
Centro: candil de aceite
Derecha: ciego vendiendo sus romances de cordel

lunes, 21 de noviembre de 2011

PERÚ Y SU AMO



LA AVARICIA DERROTADA POR EL INGENIO

Mi señor don Diego de la Caparrota, respondo a su misiva que llegado me ha de recién y en la cual, con enorme agudeza e intelecto, adviérteme y aconséjame del riesgo que corro con alargar tanto las mías que puede que, en llegando a la historia que me pide, ande su mente tan agotada y distraida que ya ni preste atención alguna. Nunca sabrá este servidor suyo agradecerle lo suficiente sus doctos consejos.
Ha sólo unos días torné por fin a esta mi casa, que es donde con más gozo y regocijo siempre me aguardan. Se debió mi regreso a la celebración de la matanza, siendo, como imaginará, el guarro el que menos se alegró de tal ceremonia, pero sí el resto, pues, aunque conlleva extraordinario trabajo, conviértese dicho ritual en jornadas festivas con abundantes decires y singulares historias, amén de que si no fuera por éstos y otros pequeños acopios de sustento, malamente transcurriría el interminable año de quehaceres y fatigas.
Pero, como bien sugiere y recomienda vuesa merced, no es importante el extenderse en pláticas previas sino el ir de corrido al grano. Así que paso a narrarle un extraordinario cuento que relataron mientras las apretadas y suculentas morcillas hervían en la caldera y nosotros gozábamos del favor de la lumbre, que ya el frío aprieta y, tan de lo lindo, que hasta las zaleas abrigando están al pie de los lechos. Pues bien, mi señor don Diego, el referido relato decía así:

                                
                                               PERÚ Y SU AMO

Dicen los mayores que existía por estos andurriales, hace ya mucho, mucho tiempo, un buen hombre al que todo el mundo conocía con el nombre de Perú. Los que contaban esta historia nunca tuvieron claro si el nombre se debiera a que procedía de ese país o bien porque ese fuese su propio nombre. Sea como fuere, cuéntase de él que era muy  trabajador, aunque demasiado dado al vicio del tabaco churrasquero, que era el propio de los tiempos, en especial para los pobres. Este mal vicio parece que le restaba algo de su buena fama en lo referente al ejercicio de las labores en el quehacer del campo, pues se detenía con demasiada frecuencia a los placeres del humo, pero no por ello dejaba de ser considerado como el más rentable en las mismas.
Cuentan que hubo un  año de malas cosechas y que Perú, no teniendo qué llevar a la boca, emprendió la marcha en busca de algún buen amo que quisiera darle trabajo para ver si podía remediar la miseria por la que estaba atravesando.
Corrió caminos y caminos. Llegó agotado, un día tras otro, a aldeas y cortijos solitarios, sin otro alimento que lo que salía al paso, teniendo, las más de las veces, las tripas  cual  fuelle de acordeón, plegadas por hallarse más vacías que el bolsillo de un mendigo, al no tener nada  que llevar a ellas.
En esta pejiguera  llegó a una pobre posada que había en un camino solitario. Entró con la idea de pedir trabajo, pero sin otra esperanza ya que la del portazo en las narices. Así que se dirigió al amo de la misma diciendo:
-Buen hombre, ¿tiene usted un trabajillo “pa mi”?
El dueño se quedó mirando fijamente, y tras un tiempo que a Perú le pareció casi una  eternidad, dijo:
-Mira por donde llegas a tiempo,  pues tengo una viña y necesito un guardián que la proteja de las zorras y de los ladrones. Así que si estás interesado, quizás podamos entendernos.
A Perú le daba vueltas la cabeza como  si despertara de una larga pesadilla y, abriendo mucho los ojos, pues por su contención del hambre no daba crédito a lo que escuchaba, contestó:
-¿Qué cree “usté”? “Pa mi cualquier trabajo es "güeno". ¿"pos" no ve que llevo “cuasi” quince días sin comer?
-Vale- dijo el dueño de la posada que vio reflejada el hambre en la cara de Perú.- Mañana empezarás temprano y te pagaré dos reales al día. Pero una cosa te aviso: si te pillo comiendo una sola uva o veo un tallo de racimo por allí tirado, te afeito la cara de un bofetón.
Perú no durmió en toda la noche, pues nunca había visto tanto dinero y ya le daba vueltas a la cabeza pensando en qué emplearía aquel capital. Además, nada le impediría fumar a cada hora o cuando le viniese en gana. Así que se levantó temprano y se dispuso a partir hacia la viña. Pero iba sin comer y allí sólo encontraría uva,  aunque después de  lo que le había dicho el dueño…, mejor sería pensar algo. Pero no tuvo que dar muchas vueltas a la cabeza, pues siempre se ha dicho que “el hambre aguza el ingenio” y no iba a ser esta vez menos. Y dicho y hecho, cogió una “orza” que encontró abandonada, la echó al hombro y se fue a la viña.  Una vez allí la enterró bien honda y le puso un tubo de caña que salía a ras de la superficie. De esa forma Perú se comía las uvas y por el tubo echaba los desperdicios sin que el amo llegara a enterarse de nada.
Llegó un día el amo por la viña y le dijo a Perú:
-Oye Perú, ¿a ti te gustan las uvas?
-Qué va, amo, ¡a mí que me van a gustar! Si “usté” supiera, “pos” cuando yo era pequeño una vez me harté tanto, tanto de uvas que cogí un dolor de barriga y “entoavía” me resiento.
De esa manera el amo, que era tacaño donde los hubiera, se fue más tranquilo, pensando que su viña estaba bien guardada y no le faltaría un solo racimo.
Perú, que era mucho más listo que el amo, un día, cuando ya estaba cansado de guardar la viña y, en vista de que el amo no le pagaba, decidió tomar venganza. Viendo al amo por  allí, fue y le dijo, como muy en secreto:
-Mi amo, ¿sabe “usté” que en su finca hay un tesoro?
-¿Qué me dices, Peru? ¿Cómo sabes tú que en mi finca hay un tesoro?
-Ah, -respondió Perú-, porque yo lo ha visto. Yo me lo he “encontrao”
-Pero está en mi finca y es mío. Así que dime dónde está.
-No mi amo, no. Primero tenemos que llegar a un arreglo. Tiene que darme cien reales de oro, si no me los da no se lo digo ni aunque me mate.
El amo, que ya andaba en ascuas contando su riqueza, terminó ajustando con Perú la cantidad de cincuenta reales, nada menos que de oro. Así que Perú hubo cobrado, pues no se fiaba, le indicó al amo el lugar en el que se hallaba la orza, y con el dinero a buen recaudo, emprendió la marcha, mientras el amo y un criado sacaron la orza. Cargaron ésta en una mula, sin atreverse a abrirla ni a que los vieran con ella, por miedo a los ladrones y a la envidia de los vecinos, y emprendieron la vuelta al mesón. El criado que iba aguantando el enser para que no resbalara de la albarda, comenzó a pensar que aquello más olía a orujo de uva que a otra cosa y que  quizás lo que había dentro de la orza no fuese precisamente un tesoro. Así que, parando la mula, le dijo al amo:
-Mi amo, ¿no “sha dao uste” cuenta que esto más “güele” a uva “podría” que a otra cosa?
El amo, que estaba con la mosca detrás de la oreja, pues Perú se había ido muy rápido, mandó detener el animal, bajar la orza y mirar lo que había dentro, sin importarle ya ladrones ni nada. Y bien podéis imaginar cuál fue el chasco y cómo se puso: se lo llevaban los mismísimos demonios. Mandó de inmediato a los criados que salieran tras Perú y que lo capturaran como fuese. Perú que no era hombre muy desconfiado, se había parado a dormir debajo de un puente y, cuando los criados lo vieron, le echaron el guante, le ataron las manos, lo metieron en un saco y lo subieron en un burro, diciendo  a grandes voces y enormes carcajadas que lo iban a tirar por una terrera y que debajo encontraría un tesoro. Cuando uno de los criados se acercó al burro, Perú le arreó una patada por toda la cabeza que le hizo caer medio muerto, pues la nariz se la había hecho añicos. Y lo mismo hizo con el segundo. Los otros dos, al ver lo sucedido, dejaron al burro solo y se dieron a la huida, pensando que allí iba el mismo diablo. El burro siguió su camino hacia el precipicio y Perú decía a grandes voces:
-¡A casarme me llevan con la reina y yo no quiero! ¡A casarme me llevan con la reina y yo no quiero!
Un pastor que estaba por allí lo oyó y le preguntó:
-Hermano, ¿lo llevan a casarse con la reina y usted no quiere?
-¡No, no quiero!-decía a grandes voces Perú.
-¿Y usted me cambiaría el sitio a mí?- propuso el pastor.
-¿Qué si te cambiaría el sitio?- respondió Perú –Sácame de aquí y verás.
En un santiamén el pastor abrió el saco, saliendo Perú más que a escape y, con las  
mismas, se metió al pastor, pues el muy tonto se vio ya gobernando en el reino. Como pudo, Perú lo subió en el burro, y le arreó para que echara a andar, quedándose él con las ovejas.
Al poco, los criados y el amo, que había montado en cólera al verlos llegar sin Perú, dieron alcance al burro que ya estaba cerca de la terrera y, al llegar a ésta, empujaron el saco y lo hicieron caer, diciendo a grandes voces mientras caía:
-¡Perú, Perú, si quieres un tesoro, en el barranco lo hallarás! ¡Búscalo tú!
Creían haberse librado para siempre de Perú, pero, al volver,  lo hallaron fumando tranquilamente a la sombra de una higuera, mientras las ovejas pastaban en un pequeño prado. Y,  para qué decir cuál fue la sorpresa del amo y los criados, que ya empezaron a pensar si no sería cosa del mismísimo demonio. Así que, un tanto asustados y no menos encolerizados, empezaron a preguntarle:
-Pe…pero, Perú…¿tú, ..tú, tú,..tú no estás muerto en el fondo del barranco?
-¿Yo? ¿Yo muerto en el fondo del barranco?-decía Perú con burla, mientras chupaba  su cigarro churrasco.- ¡Bah, bah,  “Vusotros estáis tonticos”! ¿Yo?,…,¿muerto yo?
-¿Y esas ovejas, Perú? ¿De quién son las ovejas?
-Las ovejas, …las ovejas…Vaya, porque “ma veis tirao por el lao” de las ovejas, que anda que si me tiráis por el “lao” del oro…
-Perú,…¿has dicho oro? ¿Y hay mucho?
-¿Qué si he dicho oro? ¿Qué si hay “muncho”? Si fuerais ibais a ver.
La avaricia, que no tiene límites, hizo que el amo y los criados fueran a por el oro. Así que, en llegando a la terrera, el amo, que era el  más avaricioso del mundo, dijo a Perú:
-Vamos, Perú, empújame.
Perú, que estaba deseando la venganza, empujó con todas sus fuerzas. Todos  esperaron un buen rato a que regresara el amo, pero en vista de que no volvía, dijo uno de los criados:
-Y,...¿por qué no habrá vuelto ya el amo?
Perú que quería que los demás siguieran la misma suerte y, además, no se fiaba ni un pelo de no verse en la horca, les dijo con toda picardía:
Eso es que el amo no tiene hartura y está llenando los costales de oro, y hasta los bolsillos. Como no “sus deis priesa…”
Y los criados dijeron todos a la vez:
-¡“Pos”, empuja Perú! ¡Perú empuja que no quiero quedarme sin oro!
Y él fue empujando uno a uno hasta quedarse libre de aquellos avariciosos, heredando el rebaño y también la viña y haciéndose el más rico de aquellos contornos.
Él volvió con los suyos y fueron felices, comieron perdices y a mí no me dieron porque no quisieron. 


GLOSARIO:
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Caldera: gran recipiente metálico que se utilizaba en las matanzas para calentar o hervir agua y para cocer la morcilla.
Morcilla: embutido que se hacía en la matanza y cuyos ingredientes principales, en esta comarca, eran: cebolla, arroz, sangre del cerdo y algo de mantecas y grasas.
Zalea: piel curtida del carnero o de la oveja que conserva la lana y que se utilizaba como abrigo al pie da las camas. Protege del frío y humedad.
Matanza: ritual más propio del campo que consistía en sacrificar un cerdo,  a final de otoño por lo general. Era todo un ritual que solía durar unos dos días. Se hacían embutidos tales como morcilla, longaniza, chorizo, salchichón y butifarra.
Guarro: se denomina así al cerdo, también llamado aquí puerco, cochino o, simplemente, chino.
Tabaco churrasquero: tabaco de muy mala calidad y que por lo general era cultivado por el propio fumador, pese a estar prohibido.
Pejiguera: molestia, mal estado. pesadez.
Ir al grano: frase hecha cuyo significado es no detenerse en lo vanal sino ir a lo esencial y sin rodeos.
Andurriales: lugar, sitio.
Orza: vasija de arcilla que servía para echar aceites, carnes y grasas.
Enser: objeto, cosa
Terrera: aquí es conocido como terreno de corte vertical y de gran profundidad que cae a un barranco, rambla o río.Terraplén grande.
Hacer añicos: destrozar completamente algo, destruirlo.
Andar en ascuas: andar a la espera ansiosa de algo y de que ocurra  con prontitud.
Estar con las mosca detrás de la oreja: expresión cuyo significado es desconfiar, tener prevención sobre algo o alguien.
Albarda: objeto que se ponía sobre el aparejo de las bestias y sobre la misma se colocaba la carga.
Costal: objeto de lona de la misma forma que el saco y que se usaba para transportar grano.
Santiamén: expresión que significa que algo se hace rápidamente, al modo como suelen rezar las beatas las oraciones. De ahí la expresión.

NOTA: aparecen entrecomilladas todas aquellas palabras, expresiones o giros que están tomadas del habla popular-coloquial tal y como se expresan en dicha habla.
                                                      
                                                                           
                                   
   

                                         
       Arriba izquierda: matanza            Arriba derecha: burra con albarda
      Abajo izquierda: caldera con morcilla  Abajo derecha: zaleas de oveja

jueves, 17 de noviembre de 2011

LAS TRES PREGUNTAS

OMNIUM POTENTIOR EST SAPIENTIA


Mi señor don Diego de la Caparrota, grato me es comunicarle que ha unos días llegué por fin a esta singular morada en la que durante bastantes meses al año sobrevivo y me mantengo como puedo. No sabría bien decirle, aunque lo pienso, si ésto de seguir en pie e ir sobrellevando estas mis menguadas fuerzas, se debe más a la ayuda de muy especiales colegas, de cuyo ánimo se sirve mi espíritu, que al exiguo sustento que recibo. Lo que sí es que, al menos, ese buen aliento permite suplir lo que al cuerpo no llega. Claro que a esta mi adolescente y aún temprana edad se necesita mucho, pues el desgaste y la debilitación acechan por doquier. Es cierto que no nos atiborran pero aún comemos cada día, y no del todo mal, que no es poco, sino que tal vez nos estemos tornando en exigentes e insaciables. Puede, mi señor don Diego, que lo requiera la edad y también algo la necesidad, pues de nada andamos sobrados. Pero, conformémosnos, que con mucha más deficiencia haylos, de seguro.
Como le venía diciendo, mi señor, tengo buenos colegas, aunque los de verdad buenos distínguense no ya por las palabras, sino  por los hechos. Uno de éstos  es especialmente sabio, tanto diría yo que habría sido pionero, o paladín, o como prefiera llamarlo, de todo avance e invento  si no se le hubiese adelantado el Neolítico o  la Revolución Industrial y, ni el mismo Dédalo, Arquímedes, Leonardo da Vinci u otra eminencia le habría llegado a la suela del zapato.  Al parecer ahora anda muy herido por alguna flecha del Cupido, pues no da pie con bola y toda su sabiduría, si nada lo remedia, se consumará en una tahona de su pueblo, pues, mi señor,  es la panadera quien se ha adueñado de su mucha sapiencia.
Pero no sólo de ciencia es conocedor, que también de humanidades sabe un rato, y narra cuentos tan bellos como el que remito a vuesa merced de seguido, que déjanos a todos con la baba caída. Por demás, quedo a la espera de su sabio parecer acerca de la narración y de sus noticias todas, saludándole con veneración

El Candil de la Fuentecica



                                             LAS TRES PREGUNTAS

Había una vez un rey que salió de caza una buena mañana. Era bastante atrevido y caprichoso y decidió apartarse de su séquito para seguir la caza solo, así que al poco ya se había perdido. Quiso el azar que fuera a parar a un pequeño monasterio que se hallaba oculto entre aquellas enormes montañas.

A la mañana siguiente, cuando ya sus sirvientes lo habían localizado, se dispuso a partir. Pero antes de hacerlo dijo al prior del monasterio:

Vaya usted mañana al castillo y le haré tres preguntas y si las contesta bien le premiaré, pero si, por el contrario, falla, su castigo será la muerte.

Una vez el rey le había dicho esto al prior, partió para su castillo, quedando el abad muy preocupado por su vida, así que fue a contárselo a un humilde frailecillo. Éste le contestó que no se preocupara, que él lo suplantaría, vestiría sus ropas y ocultaría su rostro con la capucha a fin de que el rey no advirtiese el engaño.

Y fue así como se hizo. El humilde frailecillo se presentó en el castillo disfrazado de prior dispuesto a ser él quien contestase a las preguntas. Cuando ya estaba delante del rey, comenzó éste a preguntar:

-A ver, ¿cuánto valgo yo?

A lo que el frailecillo contestó:

-Veintinueve reales, señor.

-¿Veintinueve reales tan sólo?- preguntó el rey sorprendido.

-Sí.-repuso el fraile- A Jesucristo lo vendieron por treinta y es lógico que su majestad valga un real menos que Nuestro Señor.

El rey no tuvo más remedio que dar por válida la respuesta ya que no podía decir que valía más que Dios. Entonces hizo la segunda pregunta:

-¿Cuántas espuertas de tierra tiene el monte?

El fraile contestó:

-Una sola, majestad, en haciéndola tan grande como el monte.

El rey tuvo que dar por válida también esta respuesta, pues sabía que aquello era cierto. Sin más, el rey pasó a hacer la tercera y última pregunta:

-¿Qué es lo que yo pienso y no es?

A lo que el fraile respondió:

-Su majestad piensa que yo soy el prior del monasterio y no es así, pues no soy más que un humilde frailecillo.

El rey quedó asombrado ante la sabiduría y destreza del fraile y lo nombró prior del convento y al prior lo rebajó al oficio de fraile, perdonándole la vida ante la astucia de haber enviado al fraile.

Y colorín colorete, que por la chimenea cae un cohete.


GLOSARIO:

El real: era la cuarta parte de la peseta, moneda española anterior al euro.
Espuerta: objeto que normalmente estaba hecho con pleita que tenía como materia prima el esparto. Estaba hecho de forma manual y era utilizada para contener todo tipo de grano u otras materias del campo. Las había de mayor tamaño, estercoleras y, más pequeñas, terreras. En la actualidad se hace de caucho.
Capucha: gorro que solían llevar los frailes y que estaba unido al hábito por el cuello. A veces la echaban para atrás y otras la ponían cubriendo la cabeza.
Llegar a la suela del zapato: se emplea esta expresión para comparar, por lo general, a dos personas, bien por sus actuaciones, belleza, cualidades o cualquier otra característica, indicando que una está muy por debajo de otra.
Atiborrar: hartar, saciarse de algo.
Tahona: panadería.

                  
Izquierda: fraile con capucha
Centro: moneda de real
Derecha: espuerta de esparto