XXIII.-Siempre acecha la misma trampa: la atadura a la Religión
Pues sí, a Marta y Carla no les fue
fácil reconocerse. Cierta desconfianza, cuando no miedo, las acompañó durante
largo tiempo. Entre ellas hubo silencios infinitos, monólogos casi inaudibles
y, por supuesto, charlas esclarecedoras. Habían sido muchos los años en los que
la vida las había machacado por separado. Carla era muy niña cuando la
separaron de Marta y apenas la recordaba. Tenía que hacer verdaderos juegos de
memoria intentando evocar anécdotas o vivencias de aquel primer tiempo pasado
en unión a Francesca, y que su madre le iba recordando. En Carla surgieron
dudas sobre el auténtico motivo de la separación, pues nada recordaba sobre el
hecho ocurrido junto al mercado. Fue el paso del tiempo lo que creó confianza y
seguridad entre ellas.
Para esa nueva realidad debió nacer
un nuevo conocimiento mutuo, perdido durante quince largos años. Se vieron
obligadas a intercambiar todo tipo de elementos que permitieran reconocerse
como lo que eran, una como madre, la otra como hija. Todo había estado ausente
durante aquel infausto tiempo en el que ambas tuvieron secuestrados cuerpo y
alma.
Uno de los momentos más abruptos
surgió con el tema de la religión, cuando la madre, en un alarde de valentía,
aclaró a Carla el origen de su existencia, el día que la informó de quién era
hija y del motivo por el que ella se había dejado arrastrar por aquel
depravado. Le habló de la juventud licenciosa del pueblo, hábilmente conducida
por el lego Raimundo.
La explicación dada por Marta
supuso toda una convulsión en el alma de Carla, un seísmo que la llevó a que
sus músculos se contrajeran, su expresión se petrificase, y su rostro se
transformase hasta quedar completamente lívido. Enmudeció. Todo aquello merecía
una explicación clara y precisa, que Marta le dio fielmente y Carla entendió.
Dentro de aquella conversación
entre madre e hija apareció el tema religioso. Ambas eran creyentes. Ambas
estaban mediatizadas por poderosas creencias. Sus almas estaban atrapadas por
esa especie de amalgama de dogmas que conforma la atadura religiosa. El ser
humano es frágil y débil por naturaleza. Enfermedades, guerras, catástrofes,
persecuciones, amenazas, tristezas o cualquier otro tipo de penalidad o
calamidad lo han conducido a buscar protección en “un algo superior” que le
ayude a superar la adversidad. También ha acudido a ese “ser superior” cada vez
que ha implorado un beneficio, una recompensa, un provecho, una merced. Así ha
sucedido a lo largo de los tiempos, y así será mientras el ser humano recale en
el planeta Tierra. Desde su más remota aparición, se hicieron presentes los miedos
y, por ende, las creencias y el apego hacia tótems, o hacia diversas fuerzas de
la Naturaleza o seres míticos, sólo existentes en la conciencia de esos seres
que se consideraban desprotegidos y buscaban, por tanto, amparo para resolver
situaciones para las que carecían de salida.
Cuando una epidemia, una guerra,
una catástrofe ha asolado y devastado un territorio y sus habitantes no han
hallado una respuesta, han puesto su mirada en esos seres superiores, o
sobrenaturales, que conocemos con el nombre de “dioses”. Es una reacción natural y frecuente.
A los “dioses” se han unido el de
“santos” u otros apelativos, según las distintas religiones, las cuales van
surgiendo con el propósito de aunar y controlar al grupo, con el fin de que
éste no se disgregue. Sólo los ateos convencidos, que son los menos, quedan al
margen, achacando cualquier desgracia al propio devenir de la Naturaleza, o al
efecto de malos comportamientos del propio ser, aunque, autoinculparse no es lo
corriente.
Como consecuencia de aquella
enfermedad contagiosa que había supuesto la desgracia, cuando no la muerte de
muchas criaturas, se originó una larga etapa de mantras compuestos por
sacrificios, ofrendas, promesas y donativos que sobrepasaban con creces los
habidos normalmente. Y fue la cueva de “la Santita” la que más visitas recibió,
-a ella le imploraban y a ella le adjudicaban el milagro de estar vivos-, y la
que más se benefició de oraciones, presentes, peticiones o juramentos que
sirviesen para aplacar la cólera de las potencias divinas. No en balde era
patrona y salvadora de cualquier enfermedad contagiosa, y aquella que había
asolado el territorio había sido la más dura jamás conocida.
Así, la religión volvía a ser lo
que siempre había sido, la mejor trampa, aprovechada por predicadores y
políticos, que no pierden ocasión para atraer al rebaño y reconducirlo por
donde siempre debiera caminar, y así favorecer sus mezquinos intereses. Una de
las dádivas que más agradaba a “la Santita”, según los predicadores, consistía
en que las muchachas jóvenes, llegadas desde cualquier lugar, cortasen sus
bellas cabelleras y las ofreciesen a la “Santita” en señal sumisión y
penitencia por los muchos pecados cometidos por el pueblo. De esa forma se
asemejarían a la “Santa Rosalía”. La estarían imitando y haciendo lo mismo que
ella hiciera en su día.
Las cabelleras tendrían como
destino el servir a otras mujeres que las necesitaban. Todo se haría de forma
altruista. Pero todo fue una gran farsa, pues era el propio Raimundo, y otros
agregados a la religión, los que obtenían pingües beneficios con la venta. Una
vez más el ganado era hábilmente encarrilado por el camino correcto. Una vez
más el ganado pecaba de incauto y de ingenuo. Una vez más sacaban tajada los de
siempre, los que predicaban sumisión, resignación y obediencia. Una vez más la
tramposa religión se imponía. Y así será mientras el mundo sea mundo, pues las
carencias y las fragilidades del ser
humano lo obligan a buscar refugio en lo
sobrenatural, en lo desconocido, en lo metafísico.
Pero algo se les empezaba a escapar
de las manos a los predicadores, tal vez, también para siempre, pues el deseo
de goce y disfrute era más intenso que nunca. Suele ocurrir tras una calamidad.
Nada ni nadie pudo hacer que desapareciese al diablo, aquel que gozara de la
bella Orberosa. Ese diablo permaneció allí, con ellos, haciendo que la leyenda
tuviera tal asentamiento que no hubo religión que la derribase, ni muralla que
se le resistiese. Las bellas jóvenes orberosas libaban, con más pasión que lo
hicieran sus antepasadas, el néctar del placer que los pobres diablos
depositaban en sus cuerpos. La cueva no fue sólo solaz de oración y reconciliación con los
poderes divinos, sino que se había convertido en lugar de peregrinación del
divino hedonismo, en el lugar en el que tenía su máxima expresión el disfrute
de la carne.
Hasta allí llegaron un día Marta y
Carla.
No hay comentarios:
Publicar un comentario