miércoles, 4 de febrero de 2026

LA CUEVA DE SANTA ROSALÍA

 XXIII.-Siempre acecha la misma trampa: la atadura a la Religión

Pues sí, a Marta y Carla no les fue fácil reconocerse. Cierta desconfianza, cuando no miedo, las acompañó durante largo tiempo. Entre ellas hubo silencios infinitos, monólogos casi inaudibles y, por supuesto, charlas esclarecedoras. Habían sido muchos los años en los que la vida las había machacado por separado. Carla era muy niña cuando la separaron de Marta y apenas la recordaba. Tenía que hacer verdaderos juegos de memoria intentando evocar anécdotas o vivencias de aquel primer tiempo pasado en unión a Francesca, y que su madre le iba recordando. En Carla surgieron dudas sobre el auténtico motivo de la separación, pues nada recordaba sobre el hecho ocurrido junto al mercado. Fue el paso del tiempo lo que creó confianza y seguridad entre ellas.

Para esa nueva realidad debió nacer un nuevo conocimiento mutuo, perdido durante quince largos años. Se vieron obligadas a intercambiar todo tipo de elementos que permitieran reconocerse como lo que eran, una como madre, la otra como hija. Todo había estado ausente durante aquel infausto tiempo en el que ambas tuvieron secuestrados cuerpo y alma.

Uno de los momentos más abruptos surgió con el tema de la religión, cuando la madre, en un alarde de valentía, aclaró a Carla el origen de su existencia, el día que la informó de quién era hija y del motivo por el que ella se había dejado arrastrar por aquel depravado. Le habló de la juventud licenciosa del pueblo, hábilmente conducida por el lego Raimundo.

La explicación dada por Marta supuso toda una convulsión en el alma de Carla, un seísmo que la llevó a que sus músculos se contrajeran, su expresión se petrificase, y su rostro se transformase hasta quedar completamente lívido. Enmudeció. Todo aquello merecía una explicación clara y precisa, que Marta le dio fielmente y Carla entendió.

Dentro de aquella conversación entre madre e hija apareció el tema religioso. Ambas eran creyentes. Ambas estaban mediatizadas por poderosas creencias. Sus almas estaban atrapadas por esa especie de amalgama de dogmas que conforma la atadura religiosa. El ser humano es frágil y débil por naturaleza. Enfermedades, guerras, catástrofes, persecuciones, amenazas, tristezas o cualquier otro tipo de penalidad o calamidad lo han conducido a buscar protección en “un algo superior” que le ayude a superar la adversidad. También ha acudido a ese “ser superior” cada vez que ha implorado un beneficio, una recompensa, un provecho, una merced. Así ha sucedido a lo largo de los tiempos, y así será mientras el ser humano recale en el planeta Tierra. Desde su más remota aparición, se hicieron presentes los miedos y, por ende, las creencias y el apego hacia tótems, o hacia diversas fuerzas de la Naturaleza o seres míticos, sólo existentes en la conciencia de esos seres que se consideraban desprotegidos y buscaban, por tanto, amparo para resolver situaciones para las que carecían de salida.

Cuando una epidemia, una guerra, una catástrofe ha asolado y devastado un territorio y sus habitantes no han hallado una respuesta, han puesto su mirada en esos seres superiores, o sobrenaturales, que conocemos con el nombre de “dioses”.  Es una reacción natural y frecuente.

A los “dioses” se han unido el de “santos” u otros apelativos, según las distintas religiones, las cuales van surgiendo con el propósito de aunar y controlar al grupo, con el fin de que éste no se disgregue. Sólo los ateos convencidos, que son los menos, quedan al margen, achacando cualquier desgracia al propio devenir de la Naturaleza, o al efecto de malos comportamientos del propio ser, aunque, autoinculparse no es lo corriente.

Como consecuencia de aquella enfermedad contagiosa que había supuesto la desgracia, cuando no la muerte de muchas criaturas, se originó una larga etapa de mantras compuestos por sacrificios, ofrendas, promesas y donativos que sobrepasaban con creces los habidos normalmente. Y fue la cueva de “la Santita” la que más visitas recibió, -a ella le imploraban y a ella le adjudicaban el milagro de estar vivos-, y la que más se benefició de oraciones, presentes, peticiones o juramentos que sirviesen para aplacar la cólera de las potencias divinas. No en balde era patrona y salvadora de cualquier enfermedad contagiosa, y aquella que había asolado el territorio había sido la más dura jamás conocida.

Así, la religión volvía a ser lo que siempre había sido, la mejor trampa, aprovechada por predicadores y políticos, que no pierden ocasión para atraer al rebaño y reconducirlo por donde siempre debiera caminar, y así favorecer sus mezquinos intereses. Una de las dádivas que más agradaba a “la Santita”, según los predicadores, consistía en que las muchachas jóvenes, llegadas desde cualquier lugar, cortasen sus bellas cabelleras y las ofreciesen a la “Santita” en señal sumisión y penitencia por los muchos pecados cometidos por el pueblo. De esa forma se asemejarían a la “Santa Rosalía”. La estarían imitando y haciendo lo mismo que ella hiciera en su día.

Las cabelleras tendrían como destino el servir a otras mujeres que las necesitaban. Todo se haría de forma altruista. Pero todo fue una gran farsa, pues era el propio Raimundo, y otros agregados a la religión, los que obtenían pingües beneficios con la venta. Una vez más el ganado era hábilmente encarrilado por el camino correcto. Una vez más el ganado pecaba de incauto y de ingenuo. Una vez más sacaban tajada los de siempre, los que predicaban sumisión, resignación y obediencia. Una vez más la tramposa religión se imponía. Y así será mientras el mundo sea mundo, pues las carencias y las  fragilidades del ser humano lo obligan a  buscar refugio en lo sobrenatural, en lo desconocido, en lo metafísico.

Pero algo se les empezaba a escapar de las manos a los predicadores, tal vez, también para siempre, pues el deseo de goce y disfrute era más intenso que nunca. Suele ocurrir tras una calamidad. Nada ni nadie pudo hacer que desapareciese al diablo, aquel que gozara de la bella Orberosa. Ese diablo permaneció allí, con ellos, haciendo que la leyenda tuviera tal asentamiento que no hubo religión que la derribase, ni muralla que se le resistiese. Las bellas jóvenes orberosas libaban, con más pasión que lo hicieran sus antepasadas, el néctar del placer que los pobres diablos depositaban en sus cuerpos. La cueva no fue sólo  solaz de oración y reconciliación con los poderes divinos, sino que se había convertido en lugar de peregrinación del divino hedonismo, en el lugar en el que tenía su máxima expresión el disfrute de la carne.

Hasta allí llegaron un día Marta y Carla.

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