miércoles, 4 de febrero de 2026

LA CUEVA DE SANTA ROSALÍA

 XIX.-Una visitante inesperada

Todo había sucedido igual que un fuego que se extiende veloz por entre la maleza y herbazales de un bosque. Primero abraza a un árbol, luego a otro, después otro, y otro, y otro más,…; así hasta convertirse en una incontrolada e ingente pavesa que se extiende hasta el infinito. Lo mismo ocurrió con aquella maldita enfermedad.

Elevada fiebre, dolor de cabeza, escalofríos, tos seca, dolor de garganta, dolores musculares o corporales, cansancio, una sensación de malestar general y falta de aire. Así se presentaba, de improviso, aquella condenada epidemia que empezó a asolar, sin piedad, a gran parte de la población. En realidad nadie tenía claro su origen ni cómo o por qué se causaba. Sólo sabían que se transmitía de forma pertinaz, sin miramientos, sin esperar. Nadie conocía su procedencia, aunque todos la denominaban “gripe”. Con ella viajaba la muerte.

Si hay una viajera que nunca descansa, que nunca siente fatiga, que no repara en el día ni en la noche, para la que no existe el tiempo; que visita, por igual, en cualquier época del año;   que es, a la vez, tan odiada como temida pues, no respeta a nadie, esa es la muerte. Llegaba a cada aldea, a cada pueblo, a cada ciudad, de forma insolente y traicionera. Penetraba en cada rincón, en cada vivienda, sin importarle quién estuviera, ni a quién enfrentarse.

Antes de amanecer y al atardecer de cada día, por la misma calle que unía la plaza y el mercado, aquella en la que las sibilas raptaron a Carla, bajaba, con su pesada carga de muertos, una carreta tirada por una bestia. La acompañaban dos hombres que, con el rostro cubierto, iban recogiendo los difuntos que, durante la noche o el día habían depositado, envueltos en rudimentarios e improvisados sudarios, a la puerta de las viviendas.

El discurrir de la carreta iba acompañado de un lamento triste y monótono, desencadenado por el rechinar de sus vastas ruedas de hierro en el roce con la piedra y por el pisar lánguido de un macilento y escuálido asno. Esta carreta cumplía el mismo oficio que tuviera en su tiempo la barca de Caronte, cuando  trasladaba los muertos por la laguna Estigia, camino del Tártaro. La única diferencia estaba en que, en esta ocasión, los muertos no portaban moneda alguna bajo la lengua.

Por aquel tiempo la pequeña polis permanecía más muerta que viva, tan muerta como lo estaban los mismos difuntos que, a través de sus calles, hacían su último viaje. Ni un alma por calles ni plazas, sólo algún perro solitario, o algún gato vagabundo, en busca de residuos, o hasta de excrementos, para poder sobrevivir. Las puertas permanecían cerradas y si alguien se atrevía a salir, lo hacía cubriendo la cara, tapando nariz y boca, con el fin de no contagiarse de aquella maldita enfermedad.

Los enterradores, por su relación con la muerte, estaban considerados como apestados, a los que los vivos rehuían. Evitaban el contacto con ellos, tanto que habitaban en covachas, en las proximidades del camposanto, alimentándose tan sólo de los productos que la tierra les proporcionaba.

La enfermedad hizo que Marta fuese cambiando de actitud, de visión sobre su propia realidad. Quien la amparaba hasta ahora, la guardiana del mercado, también había sido víctima de aquella horrenda epidemia. Ya no le quedaba a nadie en la ciudad y un pensamiento empezó a rondarla, a la vez que se hacía persistente: regresar a la aldea, aquella que de alguna forma la había proscrito. Tampoco Blas, su padre, estaba ya en el mundo. Todo podría ser distinto en adelante. Lo que había sido su hogar, un hogar más bien maldito, estaba ahora vacío y tal vez podría rehabilitarse. También la fragua podría funcionar de nuevo o venderla, pero debía funcionar de nuevo. Aquella idea se imponía en su mente.   

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