miércoles, 4 de febrero de 2026

LA CUEVA DE SANTA ROSALÍA

 XVII.-La muerte de Blas

Despojado de cualquier apoyo que se pueda tener en la vida, sin familia, sin amigos, solo, Blas había traspasado todos los límites como ser perteneciente a la especie humana. Cada día que había transcurrido, más se había arrinconado en el abandono, en la rabia, en el odio hacia todos y hacia todo. Cada día había avanzado un poco más hacia el abismo de su propio infierno. Sin duda, era un despojo humano. Lo había sido siempre, y se regodeaba en ello, con serlo cada día un poco más.

Totalmente desaliñado, con una vestimenta que por sí sola se habría tenido de pie, de haberla dejado, ya que jamás la lavó, ni tampoco se lavó él, lo convirtió en la imagen misma de la roña. Por más que en la tasca de “Los hombres machos” intentaron aconsejarle y meterlo en cintura, para que se comportara con cierto respeto, él desoyó todo, se mofó de todo, amenazó a todos, hasta que un día, viendo que chocaban con un muro de piedra, lo despidieron de la tasca sin contemplaciones.

La vida de Blas ya sólo consistía en beber y orinar, en orinar y volver a beber, hasta llegar al punto de que beber y orinar era lo mismo. En su calzón se apreciaba el líquido resbalando, mientras empapaba un tejido ya convertido en una masa putrefacta, que desprendía un olor nauseabundo que inundaba el recinto. Por eso lo despidieron.

Blas se refugió en la fragua, no para el trabajo, sino para consumir sus miserias solo, para soltar sus maldiciones, blasfemias y odios solo. Hasta allí le llevaba el tabernero una bestial ración de vino y, allí se rebañaba él en la podredumbre de sus propios excrementos. Y no, no era un Diógenes, era mucho más que eso. Era la imagen negra de la vida.

Tirado en el suelo lo halló una mañana cuando le llevaba la ración del néctar de Baco. Aún respiraba y el aliento que emitía no podía ser más repugnante. La imagen del lugar era macabra, propiamente dantesca. Una mirada imprecisa y revuelta, destellando bilis, emanaba de aquel único ojo que le quedaba. Estaba en blanco, como tratando de salir de su órbita. Las manos aferradas a una piedra, las mandíbulas desencajadas, las piernas encogidas y un balbuceo inaudible, denotaban el trance final. Allí, aquella mañana, acabaría una vida que no había sido una vida, sino la aberración y el fracaso de una existencia que feneció rabiando, como rabiando había vivido. Aquel cuerpo execrable, repleto de miseria, de alcohol, de cólera, de odio, pereció en su propia inmundicia, devolviendo así a las tinieblas el humo negro que había sido su existencia.

Aquella misma tarde le dieron sepultura en un lugar apartado y escondido del camposanto. Un arriero anónimo, de los que iban al mercado de la ciudad, se encargó, algún tiempo más tarde, de comunicárselo a Marta.

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