XVII.-La muerte de Blas
Despojado de cualquier apoyo que se
pueda tener en la vida, sin familia, sin amigos, solo, Blas había traspasado
todos los límites como ser perteneciente a la especie humana. Cada día que
había transcurrido, más se había arrinconado en el abandono, en la rabia, en el
odio hacia todos y hacia todo. Cada día había avanzado un poco más hacia el
abismo de su propio infierno. Sin duda, era un despojo humano. Lo había sido
siempre, y se regodeaba en ello, con serlo cada día un poco más.
Totalmente desaliñado, con una
vestimenta que por sí sola se habría tenido de pie, de haberla dejado, ya que
jamás la lavó, ni tampoco se lavó él, lo convirtió en la imagen misma de la
roña. Por más que en la tasca de “Los
hombres machos” intentaron aconsejarle y meterlo en cintura, para que se
comportara con cierto respeto, él desoyó todo, se mofó de todo, amenazó a
todos, hasta que un día, viendo que chocaban con un muro de piedra, lo
despidieron de la tasca sin contemplaciones.
La vida de Blas ya sólo consistía
en beber y orinar, en orinar y volver a beber, hasta llegar al punto de que
beber y orinar era lo mismo. En su calzón se apreciaba el líquido resbalando,
mientras empapaba un tejido ya convertido en una masa putrefacta, que desprendía un olor nauseabundo que
inundaba el recinto. Por eso lo despidieron.
Blas se refugió en la fragua, no
para el trabajo, sino para consumir sus miserias solo, para soltar sus
maldiciones, blasfemias y odios solo. Hasta allí le llevaba el tabernero una
bestial ración de vino y, allí se rebañaba él en la podredumbre de sus propios
excrementos. Y no, no era un Diógenes, era mucho más que eso. Era la imagen
negra de la vida.
Tirado en el suelo lo halló una
mañana cuando le llevaba la ración del néctar de Baco. Aún respiraba y el
aliento que emitía no podía ser más repugnante. La imagen del lugar era
macabra, propiamente dantesca. Una mirada imprecisa y revuelta, destellando
bilis, emanaba de aquel único ojo que le quedaba. Estaba en blanco, como
tratando de salir de su órbita. Las manos aferradas a una piedra, las
mandíbulas desencajadas, las piernas encogidas y un balbuceo inaudible,
denotaban el trance final. Allí, aquella mañana, acabaría una vida que no había
sido una vida, sino la aberración y el fracaso de una existencia que feneció
rabiando, como rabiando había vivido. Aquel cuerpo execrable, repleto de
miseria, de alcohol, de cólera, de odio, pereció en su propia inmundicia,
devolviendo así a las tinieblas el humo negro que había sido su existencia.
Aquella misma tarde le dieron
sepultura en un lugar apartado y escondido del camposanto. Un arriero anónimo,
de los que iban al mercado de la ciudad, se encargó, algún tiempo más tarde, de
comunicárselo a Marta.
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