XVIII.-La violación
La comitiva descendía lentamente
por un camino abrupto, sembrado de guijarros, mientras la noche se iba
ennegreciendo como boca de lobo. Oscuros
nubarrones ocultaban por completo el camino tortuoso, una cuesta infinita,
hacia la pequeña población que se escondía, cientos de metros más abajo, entre
álamos, arbustos de ribera y los frutales de sus huertas. A esa hora la
población dormía gozosa, preparándose para la fiesta mayor.
Descendiendo a trancas y barrancas
por aquella especie de enmarañada pendiente, caminaba “Andrea”, junto a sus
raptoras, varios años después de que éstas hubieran cometido el infame
secuestro. Se habían unido a trapicheantes, a truhanes, a buscavidas de todo
tipo y hasta un titiritero iba en la comitiva. De esa manera se hacían compañía
y hasta se protegían, si es que algún maleante, -¡quién lo iba a decir!-, les
salía al paso.
Era el titiritero hombre entrado en
años, por lo menos cincuenta, de andares ligeros, cara siempre de mal fario, y
de palabras obtusas y groseras. Llevaba un burro, tan hambriento como el perro
de un afilador, aquel que hasta las chispas se comía, por comer algo. Era,
además, el animal, patoso en exceso, pues no había piedra en el camino que el
jumento no arrancase con sus pezuñas. A cada tropezón el dueño soltaba un
improperio, una blasfemia o una injuria. Así que se pasaba todo el tiempo
echando lindezas por su boca, pues el dichoso asno tropezaba más que andaba. El
titiritero le gritaba y le arreaba con una vestruguilla, aunque de poco servía,
pues el burrillo, como queda dicho, era más pasto de la necesidad que del miedo
a los improperios, o a la vara que una vez y otra soplaba fuerte sobre su lomo.
Una calesa adelantó a la comitiva a todo correr, tirada por un
solo caballo. Salpicó sobre ellos piedras y barro, exacerbando la furia del
titiritero que emitió todo tipo de votos y maldiciones, al ver cómo su burro se
daba de bruces en el suelo, con toda la carga. En este barullo que originó la
calesa, la muchacha atravesó a tientas el camino, viniendo a caer al lado del
impúdico perseguidor, quien puso más ahínco, si cabe, no dejando de mirarla de
hito en hito, pese a la tenebrosidad de la noche. Ella era totalmente ajena a
las maléficas intenciones de aquel monstruo.
El “repugnante” y sórdido viejo
había puesto sus ojos en “Andrea” que, por entonces, contaba tan sólo con catorce o quince años. Su figura
ya estaba entallada, con formas similares a las que tuviera su madre cuando tenía esa edad. Estaba un tanto consumida por la
vida denigrante que llevaba, además de
tener el cuerpo severamente lastimado y dolorido por el ejercicio de
serpiente a la que la sometían diariamente, pero, su aspecto adolescente era
muy atractivo. Las formas de su cuerpo, aunque delgado, empezaban a adquirir la
elegancia y la robustez de una Venus griega, lo que daba pie a que cualquier
impúdico o calenturiento pervertido suspirase por ella.
Desde que la viera aquella tarde,
el titiritero estaba obsesionado por yacer con la muchacha. No sabía cómo
proceder para conseguirlo. Su rabia se volvía incontenida, su fogosidad,
incontrolable. El pobre jumento pagaba como siempre los agrios humores del
amo. A éste sólo se le ocurría un
camino: ofrecer dinero a las que parecían ser sus amas, pues ellas la mandaban
como si de un objeto se tratase.
Sin pensarlo más, cuando ya se
aproximaban a una pequeña explanada, entre el pequeño riachuelo y el poblado,
el depravado personaje se dirigió sigilosamente a la que él había considerado
matriarca de aquellas adivinas. Lo hizo con cautela y le ofreció una
sustanciosa cantidad si le permitía los favores de la chica. A la impúdica
bruja la boca se le hizo agua, los ojos le hacían chiribitas, brillándole como
brillan los de un felino en la noche, pensando en el suculento bocado que la
muchacha podría proporcionarles con sus servicios. Y aquello ya no sería sólo entonces, sino en adelante, pues
hombres tan hambrientos de goce carnal como lo estaba el titiritero, suspirarían
por ella.
Había llegado el momento de dejar
de arrastrarse como las culebras y empezaba otro nuevo, el de la prostitución
obligada.
Titiritero y adivina acordaron una apetitosa cantidad y la forma de ejecutar
el encuentro, con la condición de que durara lo que de noche restaba. Una vez
se perdiera la Luna por el horizonte, el titiritero haría su pago. Antes debía
haber gozado a la muchacha cuantas veces quisiese. Sin embargo, la vieja
no cayó en la trampa que le estaba tendiendo el vil personaje, pues
aquella noche la Luna no brillaba.
Llegados a la explanada, adivinas y
titiritero ocuparon un espacio extremo de la misma, algo oculto por la
frondosidad del bosque de ribera. Viento y lluvia habían extendido en el suelo
un alfombrado de hojas de olmo que, empapadas por la lluvia, estaban pegadas
como si formasen la piel de la tierra, y
que les serviría de dulce colchón, pues otro no había.
Una vez se echaron para descansar,
“Andrea” pronto quedó profundamente dormida, abatida como estaba, por el
cansancio. Fue cuando la pitonisa aprovechó para poner sobre su boca un trapo
con cloroformo, tanto que dejó a la muchacha totalmente a la voluntad del
impúdico hombre. El titiritero, sin perder ni un momento abusó y abusó de la
pobre infeliz que, por primera vez, era víctima de agravio tan cruel. El viejo
la violó en repetidas ocasiones. La chica, una vez que despertó, quedó
paralizada, presa de pánico, desgarrada en todos los sentidos, con un cuerpo
destrozado por la brutalidad fiera de aquel salvaje, y con un alma deshecha en
jirones de angustia y dolor. No sabía qué había pasado. No entendía por qué
aquel desgraciado estaba encima de ella, por qué estaba dentro de su sagrado
cuerpo, por qué en sus muslos había sangre. Asqueada intentó zafarse,
escurrirse. Peleó y luchó con denuedo, y gritó, pero todo fue inútil. Sólo pudo
vomitar, tras una tremenda bofetada que el repugnante personaje le propinó.
Hastiada, agotada, derrotada, sin
ánimo de seguir viviendo, “Andrea” quiso morir cuanto antes. En el mismo
momento que escapó de las garras de aquel monstruo se lanzó al río. Sólo la
pericia de uno de los miembros de la comitiva, que observó la actuación de la
joven, pudo salvarla. Pero, ¿para qué? La suerte de la muchacha, una vez más,
estaba echada, ya que aquella macabra violación sirvió para que en adelante su
cuerpo se convirtiese en muladar de depravados y pervertidos. Las pitonisas se
enorgullecían por haberla raptado. El cuerpo de “Andrea” pasaría a ser su mejor
y casi única fuente de ingresos.
Sin embargo, en aquella primera
violación, la astucia del pervertido titiritero se impuso a la sagacidad de la
enredadora adivina, manipuladora de
aquel acto de lujuria, algo que aquella líder no presintió ni supo ver, y es
que, aquella noche, nadie vio esconderse la Luna tras el horizonte, porque no hubo
Luna. Y había sido lo convenido. Trifulca con gritos, maldiciones a cientos,
improperios y amenazas atronaron el ambiente, pero todo fue inútil. El
comediante no pagó lo acordado y, tras muchos golpes y forcejeos, escaparon
como pudieron, cada uno por su lado. La joven “Andrea” partió derrotada,
desvanecida, acobardada y anonadada, humillada y abatida en lo más sagrado que
le quedaba. “Andrea” se sentía vencida por completo. Su llanto se convirtió en
lamento agrio y en un suspiro denso e inacabable.
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