miércoles, 4 de febrero de 2026

LA CUEVA DE SANTA ROSALÍA

 XVIII.-La violación

La comitiva descendía lentamente por un camino abrupto, sembrado de guijarros, mientras la noche se iba ennegreciendo como boca de  lobo. Oscuros nubarrones ocultaban por completo el camino tortuoso, una cuesta infinita, hacia la pequeña población que se escondía, cientos de metros más abajo, entre álamos, arbustos de ribera y los frutales de sus huertas. A esa hora la población dormía gozosa, preparándose para la fiesta mayor.

Descendiendo a trancas y barrancas por aquella especie de enmarañada pendiente, caminaba “Andrea”, junto a sus raptoras, varios años después de que éstas hubieran cometido el infame secuestro. Se habían unido a trapicheantes, a truhanes, a buscavidas de todo tipo y hasta un titiritero iba en la comitiva. De esa manera se hacían compañía y hasta se protegían, si es que algún maleante, -¡quién lo iba a decir!-, les salía al paso.

Era el titiritero hombre entrado en años, por lo menos cincuenta, de andares ligeros, cara siempre de mal fario, y de palabras obtusas y groseras. Llevaba un burro, tan hambriento como el perro de un afilador, aquel que hasta las chispas se comía, por comer algo. Era, además, el animal, patoso en exceso, pues no había piedra en el camino que el jumento no arrancase con sus pezuñas. A cada tropezón el dueño soltaba un improperio, una blasfemia o una injuria. Así que se pasaba todo el tiempo echando lindezas por su boca, pues el dichoso asno tropezaba más que andaba. El titiritero le gritaba y le arreaba con una vestruguilla, aunque de poco servía, pues el burrillo, como queda dicho, era más pasto de la necesidad que del miedo a los improperios, o a la vara que una vez y otra soplaba fuerte sobre su lomo.

Una calesa adelantó  a la comitiva a todo correr, tirada por un solo caballo. Salpicó sobre ellos piedras y barro, exacerbando la furia del titiritero que emitió todo tipo de votos y maldiciones, al ver cómo su burro se daba de bruces en el suelo, con toda la carga. En este barullo que originó la calesa, la muchacha atravesó a tientas el camino, viniendo a caer al lado del impúdico perseguidor, quien puso más ahínco, si cabe, no dejando de mirarla de hito en hito, pese a la tenebrosidad de la noche. Ella era totalmente ajena a las maléficas intenciones de aquel monstruo.

El “repugnante” y sórdido viejo había puesto sus ojos en “Andrea” que, por entonces, contaba  tan sólo con catorce o quince años. Su figura ya estaba entallada, con formas similares a las que tuviera su madre cuando tenía  esa edad. Estaba un tanto consumida por la vida denigrante que llevaba, además de  tener el cuerpo severamente lastimado y dolorido por el ejercicio de serpiente a la que la sometían diariamente, pero, su aspecto adolescente era muy atractivo. Las formas de su cuerpo, aunque delgado, empezaban a adquirir la elegancia y la robustez de una Venus griega, lo que daba pie a que cualquier impúdico o calenturiento pervertido suspirase por ella.

Desde que la viera aquella tarde, el titiritero estaba obsesionado por yacer con la muchacha. No sabía cómo proceder para conseguirlo. Su rabia se volvía incontenida, su fogosidad, incontrolable. El pobre jumento pagaba como siempre los agrios humores del amo.  A éste sólo se le ocurría un camino: ofrecer dinero a las que parecían ser sus amas, pues ellas la mandaban como si de un objeto se tratase.

Sin pensarlo más, cuando ya se aproximaban a una pequeña explanada, entre el pequeño riachuelo y el poblado, el depravado personaje se dirigió sigilosamente a la que él había considerado matriarca de aquellas adivinas. Lo hizo con cautela y le ofreció una sustanciosa cantidad si le permitía los favores de la chica. A la impúdica bruja la boca se le hizo agua, los ojos le hacían chiribitas, brillándole como brillan los de un felino en la noche, pensando en el suculento bocado que la muchacha podría proporcionarles con sus servicios. Y aquello ya no  sería sólo entonces, sino en adelante, pues hombres tan hambrientos de goce carnal como lo estaba el titiritero, suspirarían por ella.

Había llegado el momento de dejar de arrastrarse como las culebras y empezaba otro nuevo, el de la prostitución obligada.

Titiritero y adivina acordaron  una apetitosa cantidad y la forma de ejecutar el encuentro, con la condición de que durara lo que de noche restaba. Una vez se perdiera la Luna por el horizonte, el titiritero haría su pago. Antes debía haber gozado a la muchacha cuantas veces quisiese. Sin embargo,  la vieja  no cayó en la trampa que le estaba tendiendo el vil personaje, pues aquella noche la Luna no brillaba.

Llegados a la explanada, adivinas y titiritero ocuparon un espacio extremo de la misma, algo oculto por la frondosidad del bosque de ribera. Viento y lluvia habían extendido en el suelo un alfombrado de hojas de olmo que, empapadas por la lluvia, estaban pegadas como si formasen la piel de la tierra,  y que les serviría de dulce colchón, pues otro no había.

Una vez se echaron para descansar, “Andrea” pronto quedó profundamente dormida, abatida como estaba, por el cansancio. Fue cuando la pitonisa aprovechó para poner sobre su boca un trapo con cloroformo, tanto que dejó a la muchacha totalmente a la voluntad del impúdico hombre. El titiritero, sin perder ni un momento abusó y abusó de la pobre infeliz que, por primera vez, era víctima de agravio tan cruel. El viejo la violó en repetidas ocasiones. La chica, una vez que despertó, quedó paralizada, presa de pánico, desgarrada en todos los sentidos, con un cuerpo destrozado por la brutalidad fiera de aquel salvaje, y con un alma deshecha en jirones de angustia y dolor. No sabía qué había pasado. No entendía por qué aquel desgraciado estaba encima de ella, por qué estaba dentro de su sagrado cuerpo, por qué en sus muslos había sangre. Asqueada intentó zafarse, escurrirse. Peleó y luchó con denuedo, y gritó, pero todo fue inútil. Sólo pudo vomitar, tras una tremenda bofetada que el repugnante personaje le propinó.

Hastiada, agotada, derrotada, sin ánimo de seguir viviendo, “Andrea” quiso morir cuanto antes. En el mismo momento que escapó de las garras de aquel monstruo se lanzó al río. Sólo la pericia de uno de los miembros de la comitiva, que observó la actuación de la joven, pudo salvarla. Pero, ¿para qué? La suerte de la muchacha, una vez más, estaba echada, ya que aquella macabra violación sirvió para que en adelante su cuerpo se convirtiese en muladar de depravados y pervertidos. Las pitonisas se enorgullecían por haberla raptado. El cuerpo de “Andrea” pasaría a ser su mejor y casi única fuente de ingresos.

Sin embargo, en aquella primera violación, la astucia del pervertido titiritero se impuso a la sagacidad de la enredadora adivina,  manipuladora de aquel acto de lujuria, algo que aquella líder no presintió ni supo ver, y es que, aquella noche, nadie vio esconderse la Luna tras el horizonte, porque no hubo Luna. Y había sido lo convenido. Trifulca con gritos, maldiciones a cientos, improperios y amenazas atronaron el ambiente, pero todo fue inútil. El comediante no pagó lo acordado y, tras muchos golpes y forcejeos, escaparon como pudieron, cada uno por su lado. La joven “Andrea” partió derrotada, desvanecida, acobardada y anonadada, humillada y abatida en lo más sagrado que le quedaba. “Andrea” se sentía vencida por completo. Su llanto se convirtió en lamento agrio y en un suspiro denso e inacabable.

No hay comentarios:

Publicar un comentario