miércoles, 4 de febrero de 2026

LA CUEVA DE SANTA ROSALÍA

 XX.-Marta emprende una nueva vida.

Durante más de quince años la vida de Marta había sido una sucesión de días y noches sin más sentido que el que tengan los giros que un caballo hace alrededor de una noria. Todo había girado en torno a una calle, a una plaza, a un mercado. Había deambulado como un animal sonámbulo intentando hallar una respuesta a su desesperación. Nada ni nadie supo o quiso darle una explicación, una idea sobre lo que pudo ocurrir aquella nefasta tarde. Miles de cábalas se hizo, miles de cábalas desechó. Pasado un tiempo todas sus esperanzas comenzaron a desbaratarse.

Supo de la muerte de Francesca y la lloró tanto como había llorado a su madre y se sintió más sola que nunca. Sólo un pequeño hueco quedaba para mitigar su soledad y su angustia. Era Juliana. Ella le brindó una protección que no halló por ningún otro lado. Juliana le hizo un lado en su humilde colchón, allí en el mercado que ella vigilaba y guardaba cada noche. También le aportaba algo de alimento, a la vez que ella le servía de compañía, pues las noches no eran fáciles para nadie, y menos para dos mujeres. Robos, amenazas, insultos, riñas, violaciones, pendencias y todo tipo de altercados se sucedían por los contornos que ella había convertido en su particular obsesión. Aquel lugar lo recorría una vez y otra, en un sentido y otro, con esperanza y lo contrario, y todo por hallar alguna pista que la condujera a Carla. Su vida estaba atrofiada, al igual que lo estaba su mente.

Aquella situación la sobrepasó, en especial cuando la maldita “gripe” se llevó con ella a Juliana. Ya sí que no le quedaba nadie que la socorriera, pues la sustituta de Juliana, Rosario, mujer delgada como un esparto, enlutada de pies a cabeza, y que era sorda como una tapia, tenía malas pulgas. Aquella mujer, fría, seca en el habla, algo que siempre hacía a voces, como emitiendo enormes gruñidos, distante, y poco o nada amiga de hacer favores, no tardó en despedir de la zona del mercado a Marta.

Fue entonces cuando la idea del regreso a la aldea empezó a tomar forma definitiva, pues, conocedora del fallecimiento de su padre, de que la fragua estaba abandonada, y pensando que la humilde vivienda amenazaría ruina de tanto estar cerrada, decidió volver a empezar una nueva vida. Era el momento del regreso, e incluso, en la aldea, podía tener más suerte y encontrar la respuesta que tanto había esperado. Es lo que suele acaecer cuando la desesperación y el desánimo viajan juntos: la respuesta se busca donde se sabe que no está, aunque, en esta ocasión … podría ser lo contrario.

Era verano, la enfermedad había empezado a remitir. Los días eran largos y cálidos. Eran los mejores para reemprender el regreso.

Fue una mañana, al alba, a la hora que las primeras luces despuntaban dejando entrever tejados, calles y árboles, cuando Marta, que había llegado sólo con lo puesto, salió, también, con lo puesto, camino del pueblo que había abandonado como una proscrita. A aquella hora nadie había por las calles. Al cruzar por los arrabales, los perros ladraban, retándose unos a otros; y lo mismo hacían los gallos, en una especie de concurso amañado y sin final, como anticipo del nuevo día. 

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