XX.-Marta emprende una nueva vida.
Durante más de quince años la vida
de Marta había sido una sucesión de días y noches sin más sentido que el que
tengan los giros que un caballo hace alrededor de una noria. Todo había girado
en torno a una calle, a una plaza, a un mercado. Había deambulado como un
animal sonámbulo intentando hallar una respuesta a su desesperación. Nada ni
nadie supo o quiso darle una explicación, una idea sobre lo que pudo ocurrir
aquella nefasta tarde. Miles de cábalas se hizo, miles de cábalas desechó.
Pasado un tiempo todas sus esperanzas comenzaron a desbaratarse.
Supo de la muerte de Francesca y la
lloró tanto como había llorado a su madre y se sintió más sola que nunca. Sólo
un pequeño hueco quedaba para mitigar su soledad y su angustia. Era Juliana.
Ella le brindó una protección que no halló por ningún otro lado. Juliana le
hizo un lado en su humilde colchón, allí en el mercado que ella vigilaba y
guardaba cada noche. También le aportaba algo de alimento, a la vez que ella le
servía de compañía, pues las noches no eran fáciles para nadie, y menos para
dos mujeres. Robos, amenazas, insultos, riñas, violaciones, pendencias y todo
tipo de altercados se sucedían por los contornos que ella había convertido en
su particular obsesión. Aquel lugar lo recorría una vez y otra, en un sentido y
otro, con esperanza y lo contrario, y todo por hallar alguna pista que la
condujera a Carla. Su vida estaba atrofiada, al igual que lo estaba su mente.
Aquella situación la sobrepasó, en
especial cuando la maldita “gripe” se llevó con ella a Juliana. Ya sí que no le
quedaba nadie que la socorriera, pues la sustituta de Juliana, Rosario, mujer
delgada como un esparto, enlutada de pies a cabeza, y que era sorda como una
tapia, tenía malas pulgas. Aquella mujer, fría, seca en el habla, algo que
siempre hacía a voces, como emitiendo enormes gruñidos, distante, y poco o nada
amiga de hacer favores, no tardó en despedir de la zona del mercado a Marta.
Fue entonces cuando la idea del
regreso a la aldea empezó a tomar forma definitiva, pues, conocedora del
fallecimiento de su padre, de que la fragua estaba abandonada, y pensando que
la humilde vivienda amenazaría ruina de tanto estar cerrada, decidió volver a
empezar una nueva vida. Era el momento del regreso, e incluso, en la aldea,
podía tener más suerte y encontrar la respuesta que tanto había esperado. Es lo
que suele acaecer cuando la desesperación y el desánimo viajan juntos: la
respuesta se busca donde se sabe que no está, aunque, en esta ocasión … podría
ser lo contrario.
Era verano, la enfermedad había
empezado a remitir. Los días eran largos y cálidos. Eran los mejores para
reemprender el regreso.
Fue una mañana, al alba, a la hora
que las primeras luces despuntaban dejando entrever tejados, calles y árboles,
cuando Marta, que había llegado sólo con lo puesto, salió, también, con lo
puesto, camino del pueblo que había abandonado como una proscrita. A aquella
hora nadie había por las calles. Al cruzar por los arrabales, los perros
ladraban, retándose unos a otros; y lo mismo hacían los gallos, en una especie
de concurso amañado y sin final, como anticipo del nuevo día.
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