XXII.-El imprevisible destino.
Era el tres de septiembre. La
maldita epidemia había pasado como lo hace un huracán. Todo estaba ahora
desolado. Por eso que se hacía imprescindible visitar a “la Santita”. Una gran multitud se iba aproximando a la
gruta. Formaban caravanas serpenteantes por todos los caminos que llevaban a la
cueva. Todos lo hacían con un mismo fin: agradecer el favor de estar vivo e
implorar que no se repitiese una epidemia como aquella.
“La Santita” había sido benefactora
con todos ellos. Era la encargada ante el “Poder Divino” de implorar para que
ni plagas, ni enfermedades contagiosas,
produjesen daños terribles como los que durante casi dos años habían
devastado poblaciones casi enteras.
“Andrea” y las dos pitonisas
restantes se hallaban ya entre las gentes que habían accedido a las
proximidades de la cueva. Las sibilas lo hacían, no con finalidad religiosa,
que también, pero sobre todo, con la de
obtener algún provecho de los múltiples ingenuos que sucumbían a las enredosas
galimatías adivinatorias con las que
atosigaban a todo aquel que estuviese a su alcance. Eran implacables y
agotadoras, y, además, no ocultaban su carácter más que tenebroso, si es que
alguien les hacía cara.
En el camino más cercano a la gruta
se fueron situando ciegos, cojos, mancos, tullidos de todo tipo, que pedían
“una limosna por Dios y por la Santita”. Entre aquellas pobres gentes, el mayor
símbolo de la miseria, se ubicaron las tres pitonisas.
Una de ellas pregonaba la grandeza
y el poder casi milagroso de la pitonisa más joven, “Andrea”, que, pese a su
juventud, unos veinte años, tenía ya la mayor capacidad adivinatoria que nadie
pudiese imaginar.
-¡Acérquese y vea, y si le
convence, no dude en ser el siguiente en conocer todo lo bueno que le espera en
su larga vida! ¡Acérquense, vean y comprueben! ¡Seguro que nuestra bella joven
le hará temblar de gozo sabiendo los bienes que le aguardan!, -proclamaba a los
cuatro vientos una de las pitonisas.
-¡No pasen de largo, señoras y
señores! ¡No pasen de largo, pues la capacidad de profética de la joven
“Andrea” asombra a propios y extraños! Sepan, además, que cuando niña vivió
como una culebra, siendo la atracción principal en todas las ciudades, pues
recogía el dinero que le lanzaban, arrastrándose como lo hace una serpiente-,
proclamaba la mujer, diciendo también que aquel proceder le venía motivado por
una mala maldición que de niña le habían echado.
Así estaba aquel insólito grupo
escuchando a la vieja agorera, cuando hasta allí se acercó Marta, que en su
inquebrantable fe hacia “la Santita” había acudido a dar gracias por estar
viva. La curiosidad la condujo hasta el pelotón de gente por saber qué podían
estar pregonando. Escuchó por un momento, sin dar crédito a lo que oía. La edad
de aquella joven debía coincidir con la de su hija. Pero, lo que realmente la
dejó anonadada y perpleja fueron las palabras que hacían alusión a una
maldición. Aquello la retrotrayó quince años atrás, a la calle entre la plaza
de la ciudad y el mercado, a su hija cogida de la mano, a las adivinas
maldiciéndola.
La cabeza pareció explotarle de
nuevo, como aquel aciago día en que le robaron a su niña. Se le heló la sangre.
A punto estuvo de caer como le ocurriera en aquel maldito encuentro con las
adivinas. En este momento Marta se encontraba sola. Nadie conocía su situación.
Todos eran ajenos, indiferentes a lo que por ella estaba pasando.
Se hizo un hueco entre los más
próximos a la pregonera. La miró con detenimiento y con descaro, mientras su
boca se resecó y sus piernas, y todo su cuerpo, temblaban. Procuró escuchar
bien lo que la mujer voceaba. Se tambaleó un par de veces. Se le volvió a
nublar la vista. Y sí, estaba en lo cierto: hablaba de su hija, de Carla.
Aquella joven, sin duda, era su hija. Se aproximó a ella. La observó de cerca.
Tenía sus mismas facciones, y un rostro, no ya semejante, sino igual al suyo.
Tembló más intensamente. No se atrevía a decir nada. Se acercó más, tanto que
ya la rozaba, y en un alarde de valentía le pidió que le leyera la mano. Fue
entonces cuando madre e hija se miraron, frente a frente, de cara. Y fue,
también entonces, cuando Marta se abalanzó sobre Carla en un abrazo
incontenido. Carla, por miedo a sus
dueñas, la apartó un tanto bruscamente. Marta cayó de rodillas,
implorando que la escuchara.
-¡Carla, tú eres Carla! Fuiste
secuestrada por cuatro malditas mujeres hace quince años. Tú tenías sólo cinco.
¿No recuerdas nada, Carla? ¡Algo debes recordar!
La pregonera se aproximó escupiendo
veneno:
-¿Quién es esta loca, “Andrea”? ¿La
conoces de algo? ¡Apártate de ella! ¡Vámonos de aquí!
-¿Que quién es esta loca?- gritó
encolerizada Marta, aún de rodillas.-¡Pronto lo sabrás, maldita! ¡Todo el mundo
conoce la historia del rapto del mercado y todo el mundo sabe quiénes sois! ¡No
escaparéis sin vuestro castigo!
La pitonisa se echó hacia atrás,
hizo un giro y desapareció. A todo esto, dos agentes, al escuchar el escándalo,
se aproximaron para indagar el motivo de aquel barullo. Carla permanecía
inmóvil, asustada como no lo había estado desde algún tiempo atrás. Marta, por
su parte, recuperó energía y no se apartaba de Carla, a la que sujetaba fuerte
por una mano. No dudó en dar explicación a los agentes de lo ocurrido quince
años atrás, historia de la que también ellos habían oído hablar. Mientras
tanto, a las otras dos pitonisas se las tragó la tierra, se habían esfumado.
Habían puesto pies en polvorosa. Nadie sabía cómo ni por dónde habían
desaparecido. Al igual que quince años atrás, cuando llevaron a cabo el rapto.
Carla iba asustada, pero intentando
recordar que era ese y no otro su propio nombre. Acompañaron a la policía y fue
Marta la que dio una extensa explicación de cómo había ocurrido el secuestro y de que
Carla era una inexistente legal. No la había legalizado debido al miedo a que
se la sustrajesen, convirtiéndose, tristemente, en real su temor, pero de forma
distinta a como había imaginado. Carla, por su parte, explicó cómo había sido
tratada por aquellas desalmadas, cómo la habían vejado, la habían hecho
arrastrarse como una serpiente para recoger el dinero que les tiraban al suelo,
y, lo peor de todo: la habían obligado a prostituirse.
Inesperadamente, todo, por razón
del destino, había acabado. Fue como el súbito despertar de una larga y
terrorífica pesadilla, como si de golpe, cielo y tierra se hubieran confabulado
para poner fin a tan infame desdicha. Madre e hija salieron abrazadas del
puesto que los gendarmes habían preparado para la ocasión de la romería.
Ninguna de ellas creía en lo que
estaba pasando. Les costaría tiempo reconocerse de nuevo. Y, sobre todo, les
costaría reconocerse a sí mismas, recuperar la dignidad perdida, sobreponerse
al estigma por el que estaban marcadas. No les sería fácil sentirse libres de
la pesadilla que las había atormentado, de apartar aquella losa mental por la
que sus vidas habían estado aplastadas tanto tiempo. Podría decirse que en
aquel momento ambas salían de un profundo pozo de miserias, de vejaciones, de
ignominias, de proscripción.
Pero, ¿cómo adaptarse a ese otro
mundo en el que de golpe pasas a formar parte de la amplia lista de seres
humanos, de sentirte ser humano, no discriminado, no señalado como si fueses un
paria? Les resultaría sumamente difícil. Llegar a ser “otras” no les iba a ser
nada fácil. Esa sombra las iba a acompañar para siempre, pero, al menos ahora
estaban en ese otro lado del mundo en el que existen la dignidad, la
comprensión, el amor.
En esta ocasión, la suerte sí que
se había puesto de su parte. Un rayo de
felicidad iluminaría para siempre sus rostros en sus nuevas andaduras.
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