miércoles, 4 de febrero de 2026

LA CUEVA DE SANTA ROSALÍA

 XXII.-El imprevisible destino.

Era el tres de septiembre. La maldita epidemia había pasado como lo hace un huracán. Todo estaba ahora desolado. Por eso que se hacía imprescindible visitar a “la Santita”.  Una gran multitud se iba aproximando a la gruta. Formaban caravanas serpenteantes por todos los caminos que llevaban a la cueva. Todos lo hacían con un mismo fin: agradecer el favor de estar vivo e implorar que no se repitiese una epidemia como aquella.

“La Santita” había sido benefactora con todos ellos. Era la encargada ante el “Poder Divino” de implorar para que ni plagas, ni enfermedades contagiosas,  produjesen daños terribles como los que durante casi dos años habían devastado poblaciones casi enteras.

“Andrea” y las dos pitonisas restantes se hallaban ya entre las gentes que habían accedido a las proximidades de la cueva. Las sibilas lo hacían, no con finalidad religiosa, que también, pero sobre todo,  con la de obtener algún provecho de los múltiples ingenuos que sucumbían a las enredosas galimatías adivinatorias con las que  atosigaban a todo aquel que estuviese a su alcance. Eran implacables y agotadoras, y, además, no ocultaban su carácter más que tenebroso, si es que alguien les hacía cara.

En el camino más cercano a la gruta se fueron situando ciegos, cojos, mancos, tullidos de todo tipo, que pedían “una limosna por Dios y por la Santita”. Entre aquellas pobres gentes, el mayor símbolo de la miseria, se ubicaron las tres pitonisas.

Una de ellas pregonaba la grandeza y el poder casi milagroso de la pitonisa más joven, “Andrea”, que, pese a su juventud, unos veinte años, tenía ya la mayor capacidad adivinatoria que nadie pudiese imaginar.

-¡Acérquese y vea, y si le convence, no dude en ser el siguiente en conocer todo lo bueno que le espera en su larga vida! ¡Acérquense, vean y comprueben! ¡Seguro que nuestra bella joven le hará temblar de gozo sabiendo los bienes que le aguardan!, -proclamaba a los cuatro vientos una de las pitonisas.

-¡No pasen de largo, señoras y señores! ¡No pasen de largo, pues la capacidad de profética de la joven “Andrea” asombra a propios y extraños! Sepan, además, que cuando niña vivió como una culebra, siendo la atracción principal en todas las ciudades, pues recogía el dinero que le lanzaban, arrastrándose como lo hace una serpiente-, proclamaba la mujer, diciendo también que aquel proceder le venía motivado por una mala maldición que de niña le habían echado.

Así estaba aquel insólito grupo escuchando a la vieja agorera, cuando hasta allí se acercó Marta, que en su inquebrantable fe hacia “la Santita” había acudido a dar gracias por estar viva. La curiosidad la condujo hasta el pelotón de gente por saber qué podían estar pregonando. Escuchó por un momento, sin dar crédito a lo que oía. La edad de aquella joven debía coincidir con la de su hija. Pero, lo que realmente la dejó anonadada y perpleja fueron las palabras que hacían alusión a una maldición. Aquello la retrotrayó quince años atrás, a la calle entre la plaza de la ciudad y el mercado, a su hija cogida de la mano, a las adivinas maldiciéndola.

La cabeza pareció explotarle de nuevo, como aquel aciago día en que le robaron a su niña. Se le heló la sangre. A punto estuvo de caer como le ocurriera en aquel maldito encuentro con las adivinas. En este momento Marta se encontraba sola. Nadie conocía su situación. Todos eran ajenos, indiferentes a lo que por ella estaba pasando.

Se hizo un hueco entre los más próximos a la pregonera. La miró con detenimiento y con descaro, mientras su boca se resecó y sus piernas, y todo su cuerpo, temblaban. Procuró escuchar bien lo que la mujer voceaba. Se tambaleó un par de veces. Se le volvió a nublar la vista. Y sí, estaba en lo cierto: hablaba de su hija, de Carla. Aquella joven, sin duda, era su hija. Se aproximó a ella. La observó de cerca. Tenía sus mismas facciones, y un rostro, no ya semejante, sino igual al suyo. Tembló más intensamente. No se atrevía a decir nada. Se acercó más, tanto que ya la rozaba, y en un alarde de valentía le pidió que le leyera la mano. Fue entonces cuando madre e hija se miraron, frente a frente, de cara. Y fue, también entonces, cuando Marta se abalanzó sobre Carla en un abrazo incontenido. Carla, por miedo a sus  dueñas, la apartó un tanto bruscamente. Marta cayó de rodillas, implorando que la escuchara.

-¡Carla, tú eres Carla! Fuiste secuestrada por cuatro malditas mujeres hace quince años. Tú tenías sólo cinco. ¿No recuerdas nada, Carla? ¡Algo debes recordar!

La pregonera se aproximó escupiendo veneno:

-¿Quién es esta loca, “Andrea”? ¿La conoces de algo? ¡Apártate de ella! ¡Vámonos de aquí! 

-¿Que quién es esta loca?- gritó encolerizada Marta, aún de rodillas.-¡Pronto lo sabrás, maldita! ¡Todo el mundo conoce la historia del rapto del mercado y todo el mundo sabe quiénes sois! ¡No escaparéis sin vuestro castigo!

La pitonisa se echó hacia atrás, hizo un giro y desapareció. A todo esto, dos agentes, al escuchar el escándalo, se aproximaron para indagar el motivo de aquel barullo. Carla permanecía inmóvil, asustada como no lo había estado desde algún tiempo atrás. Marta, por su parte, recuperó energía y no se apartaba de Carla, a la que sujetaba fuerte por una mano. No dudó en dar explicación a los agentes de lo ocurrido quince años atrás, historia de la que también ellos habían oído hablar. Mientras tanto, a las otras dos pitonisas se las tragó la tierra, se habían esfumado. Habían puesto pies en polvorosa. Nadie sabía cómo ni por dónde habían desaparecido. Al igual que quince años atrás, cuando llevaron a cabo el rapto.

Carla iba asustada, pero intentando recordar que era ese y no otro su propio nombre. Acompañaron a la policía y fue Marta la que dio una extensa explicación  de cómo había ocurrido el secuestro y de que Carla era una inexistente legal. No la había legalizado debido al miedo a que se la sustrajesen, convirtiéndose, tristemente, en real su temor, pero de forma distinta a como había imaginado. Carla, por su parte, explicó cómo había sido tratada por aquellas desalmadas, cómo la habían vejado, la habían hecho arrastrarse como una serpiente para recoger el dinero que les tiraban al suelo, y, lo peor de todo: la habían obligado a prostituirse.

Inesperadamente, todo, por razón del destino, había acabado. Fue como el súbito despertar de una larga y terrorífica pesadilla, como si de golpe, cielo y tierra se hubieran confabulado para poner fin a tan infame desdicha. Madre e hija salieron abrazadas del puesto que los gendarmes habían preparado para la ocasión de la romería.

Ninguna de ellas creía en lo que estaba pasando. Les costaría tiempo reconocerse de nuevo. Y, sobre todo, les costaría reconocerse a sí mismas, recuperar la dignidad perdida, sobreponerse al estigma por el que estaban marcadas. No les sería fácil sentirse libres de la pesadilla que las había atormentado, de apartar aquella losa mental por la que sus vidas habían estado aplastadas tanto tiempo. Podría decirse que en aquel momento ambas salían de un profundo pozo de miserias, de vejaciones, de ignominias, de proscripción.

Pero, ¿cómo adaptarse a ese otro mundo en el que de golpe pasas a formar parte de la amplia lista de seres humanos, de sentirte ser humano, no discriminado, no señalado como si fueses un paria? Les resultaría sumamente difícil. Llegar a ser “otras” no les iba a ser nada fácil. Esa sombra las iba a acompañar para siempre, pero, al menos ahora estaban en ese otro lado del mundo en el que existen la dignidad, la comprensión, el amor.

En esta ocasión, la suerte sí que se había puesto  de su parte. Un rayo de felicidad iluminaría para siempre sus rostros en sus nuevas andaduras. 

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