miércoles, 4 de febrero de 2026

LA CUEVA DE SANTA ROSALÍA

 XXI.-“Andrea”, la joven pitonisa.

Habían recorrido muchos caminos, llevaban muchas leguas hechas durante la oscuridad o en horas de luz, mucho calzado destrozado, mucha hambre y sed  camufladas bajo una mirada triste y necesitada de ayuda. Pasaban y pasaban por infinitos lugares. Resultaban incontables las plazas visitadas, así como las muchas predicciones y vaticinios  preñados de zalamerías y mentiras. En  todos los lugares las perseguían, en ninguno eran bien recibidas, en todos las trataban como unas apestadas, casi como lo más abominable de la sociedad.

La vida, que suele ser tan cruel e injusta para algunas personas, para “Andrea” lo era más aún. Su cuerpo cantaba que las deficiencias eran muchas, las sobras, ninguna.  Se fue criando casi raquítica, con frecuentes fiebres, adolecida de una alimentación mínimamente adecuada, pues ésta fue siempre totalmente deficiente y menesterosa, no ya sólo rayana en lo indigente sino inmersa en el hambre más absoluta, tanto que, a veces, ni reaccionaba cuando un mendrugo de pan ponían ante sus ojos. En esa miseria material y de espíritu le tocó crecer y vivir largo tiempo.

Ese fue su submundo, en el que también aprendió, porque así se lo enseñaron, el arte de  la adivinación, de la arrogancia o del despotismo, de la felonía o de la astucia,  de la seducción o la tracería, según conviniera. Esa fue su universidad, esos sus aprendizajes, en un oscurantismo de miseria, miedos, fatigas, amenazas y esclavitud constantes.

No tenía muchos años cuando, además de cabriolas, equilibrios, cantar o bailar al son que sus pitonisas la obligaban, o de arrastrarse como una serpiente, le llegó  lo más hiriente: el verse obligada a recoger unas monedas con la boca. Pero no fue aquello lo peor, pues lo más deleznable, la mayor traición había sido, sin duda, el que la obligaran a traficar con su cuerpo. Las monedas, las suyas propias, las monedas que correspondían a su vida, esas habían caído todas del peor lado posible.

“Andrea”, a sus dieciocho años, también había aprendido a hacer de adivina, a leer manos, a echar cartas, a ofrecer futuros tan prometedores como fantasiosos.  Su vida, día sí y día también, continuaba de la misma manera. Aquella vida errante, aquella vida sin sentido, ofreciendo al público unas profecías falsas, se había convertido para ella en algo tan inverosímil, tan increíble como la leyenda que dice que la sombra que podemos apreciar en la Luna, durante las noches de plenilunio, no es otra que la de un hombre con un haz de leña a la espalda, cruzándola de extremo a extremo.

Un día, a dos de sus raptoras también las alcanzó la maligna enfermedad que devastaba el continente, y las condujo a hacer el fatídico viaje que conduce a los infiernos, pues a ese lugar, y no a otro, debían viajar ellas.

La situación se complicaba. Pueblos y ciudades estaban cerrados a cal y canto. Nadie se atrevía a entrar ni a salir, ni estaba permitido. La escasez se convirtió en el estandarte del hambre y la necesidad. La miseria se respiraba por todos los lugares. El estado de depresión y de desesperación se hizo creciente. En el continente empezaron a sonar amenazas de guerra, cuyos tambores sonaban con más y más fuerza cada día. Una gran guerra se avecinaba. Era la lucha por la supervivencia.

Por ese tiempo decidieron las pitonisas, en su eterno periplo, llegar hasta la misma ciudad en la que habían raptado a “Andrea”, que, para ellas, se hallaba en uno de los extremos de la Tierra. Lo hacían, en esta ocasión, huyendo de una guerra que ya se oteaba en el horizonte mismo. Además, habían transcurrido más de quince años. Nadie recordaría lo que pasó, ni la joven sería ya reconocible. Y Carla tampoco se llamaba igual. 

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