miércoles, 4 de febrero de 2026

LA CUEVA DE SANTA ROSALÍA

 XVI.-La maldición se cumple

En ocasiones las sibilas permanecían durante largo tiempo en un mismo lugar, pero no era frecuente. Recorrer la tierra de un lado para otro era su sino. Nómadas siempre, siempre a los pies de la persecución, siempre a las sombras de la huida, derrotadas siempre por los principios de una sociedad que las despreciaba y las ahuyentaba. Así vivían ellas. Extorsionaban y engañaban, maldecían o adulaban, según acomodaba. Pregonaban imposibles y mostraban como bueno las dos caras de una misma moneda. Eran, en fin, zalameras y rastreras, según conveniencia. Era su vida, lo que ésta les había enseñado. Y en esa filosofía de lo fútil y lo deshilachado fue creciendo Carla.

Pero Carla ya no era Carla. Hasta el nombre le cambiaron y, aunque en un principio la niña lloraba, llamaba, buscaba y soñaba con su madre, repitiendo con una congoja desoladora tanto el nombre de Marta, como el suyo propio, con el paso del tiempo, hasta el cambio de nombre llegó  a asumir, como había aceptado que una de aquellas pitonisas se convirtiera en su gurú. De ella dependía para todo. Ella la obligaba, la guiaba, le enseñaba el arte de la adivinación, de las cartas, de la lectura de manos; al igual que le mostraba cómo proceder en caso de una contrariedad. Ella, en definitiva, fue la que la conminó a aceptar el nombre de “Andrea”. Así se llamaría en adelante. De esa forma se creaba una barrera para ser reconocida.

En ese ir y venir, en ese no estar y estar a la vez aquí y en ninguna parte, llegaron a una ciudad que el  mundo se conoce como la “ciudad de las luces”. Era una ciudad grande, enorme, atravesada por un gran río, surcado por bonitas embarcaciones y con música cadenciosa en bellos rincones de la misma. “Andrea” quedó atónita, embelesada. Pero, algo  extraño y repelente le aguardaba allí.

Como queda dicho, un día subieron hasta un monte, presidido por un gigantesco templo. En sus estribaciones multitud de gentes, en su mayoría bohemias, llegadas de todas partes, pintaban o curioseaban. Algunas de aquellas pinturas eran de enorme belleza, había dibujos de lo más variopinto. 

En medio de aquel gentío entraron ellas, conteniendo a unos, incordiando a otros, intentando vender también su arte, que no era otro que el de la extorsión y la falsedad. Y entre aquel barullo, unos crueles jóvenes les lanzaron unas monedas al suelo. Las monedas sólo serían de ellas, -les conminaron-, si la niña las recogía con la boca, arrastrándose como una culebra.  Aquello, que en principio parecía un juego, pronto se convirtió en la más lacerante humillación que “Andrea”  había sufrido  hasta entonces.

La maldición, salida de la boca de Blas, y cinco años más tarde de la boca de la pitonisa, estaba a punto de cumplirse. Desde entonces y hasta muchos años después, “Andrea” pasaría a ser la atracción favorita, la “niña-culebra” que recogía monedas con la boca, arrastrándose por el suelo, hasta llegar a ellas. El afán por verla fue en aumento, las recaudaciones, también.

¿Cuál había sido su pecado? ¿Cuál su culpa, para tan hiriente humillación? Era tan sólo una niña, a la que ni el pecho le había florecido aún, y ya estaba sometida a una de las vejaciones más ofensivas y degradantes que se le pueden hacer a un ser humano. ¿Era su pecado el haber sido concebida, -algo que ella desconocía-, por la inmundicia lujuriosa del lego, un ser abominable, y por la inocencia e ingenuidad de una adolescente que, al igual que Eva en el Paraíso, fue vilmente seducida y engañada por la serpiente de la maldad, y conducida al estupro?

Fuese por lo que fuese “Andrea” se convirtió en la “niña-culebra”, viéndose obligada a recoger con sus dientes, aún nacientes algunos, cuantas monedas les tiraban al suelo. Se convirtió en la atracción principal de aquellas abominables mujeres. No importaba cuánto se lastimara su cuerpo, ni cuánto sangrase su vientre, su pecho o sus muslos, escuálidos como cañas vacías. No importaban las lágrimas que, como perlas caídas de un cielo cándido y puro, se desprendían de sus ojos cada vez que tenía que arrastrarse. ¿Importaba algo? Sí, claro que importaba algo; lo que importaba es que fuese rentable aquel títere de feria.

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