miércoles, 4 de febrero de 2026

LA CUEVA DE SANTA ROSALÍA

 XXIV.-En la cueva de Santa Rosalía

Madre e hija necesitaron tiempo, mucho tiempo para asimilar la nueva situación, tan soñada y esperada por la madre, tan sorprendente para la hija. Fue tiempo de explicaciones,  de aclaraciones, de intimidades, de ir asimilando el milagro, como bien queda dicho.

En aquel milagro tal vez algo pudo tener que ver “la Santita”. Es por eso que decidieron agradecer tan divino acontecimiento. La fe de ambas era inquebrantable. La mejor forma no era otra que visitarla en su gruta y prosternarse ante su imagen. Pero aquella visita debía encerrar otro cometido: visitar igualmente al lego, al perverso y execrable personaje cuyo comportamiento había sido tan vil, pero que también era padre de Carla.

Postergaron casi indefinidamente aquella ineludible visita a “la Santita”, previendo, igualmente, las posibles consecuencias que el hecho en sí pudiera acarrearles. Especularon sobre la conveniencia o no de plantarse ante Raimundo y manifestarle abruptamente lo que su conducta había sido y era, para desenmascarar su hipocresía y su maldad.

Y así llegó el día. Fue una mañana de mayo, ya el sol trepaba en el cielo, cuando emprendieron la marcha. Sus pechos dilatados denotaban la brisa que respiraban y la brisa que las unía. Se trataba de no más de unos cuatro kilómetros. Era el día en el que Carla cumplía los veintiún  años. Su madre andaba ya por los treinta y seis. Durante la noche, ninguna de las dos había conciliado el sueño. Los fantasmas del pasado acudían recordándoles el abismo en el que sus vidas habían estado estancadas durante ese tiempo. Habían sido años vacíos de algo gratificante y sí llenos de tormento y penalidades. Ambas habían sido perseguidas y torturadas por una mala estrella que ahora parecía alejarse, pero que dejaba un rastro de recuerdos demasiado amargos. Sin embargo, estaban en el presente y era imprescindible recuperarse.

Y así se pusieron en camino durante el cual tuvieron un sueño: la posibilidad de rescatar a cuantos niños y niñas habían quedado huérfanos o desprotegidos tras la terrorífica epidemia de “gripe” que había asolado la ciudad. Volcarse en los más frágiles y vulnerables sería la mejor labor que podrían realizar: rescatarlos antes de que cayesen en las garras de depredadores tan pérfidos como los que las habían atrapado a ellas.

Sin percatarse habían llegado a la cabaña del lego ermitaño. Presionaron la frágil puerta de madera que sólo estaba entornada. En su interior se hallaba Raimundo, largo como un ciprés y tan seco como una caña. Por entonces ya estaría cerca de los cincuenta y tantos años. Su pelo, el poco que le quedaba era canoso, su andar algo torpe, su mirada huidiza, sus palabras bruscas y algo soeces. Junto a él se encontraba una hembra de unos cincuenta años, gruesa y panzuda, cabello suelto y de grandes pechos caídos. Por lo visto, las ansias amatorias y lascivas del lego no habían disminuido, -la imaginación y  deseo son inagotables-, aunque seguro que lo habían hecho ya sus capacidades, sus bríos y sus fuerzas. La mujer se hallaba desnuda, echada sobre el lecho que ocupaba gran parte de la estancia.

De momento se percataron, madre e hija, de que era una tarada mental, desequilibrada y esquizofrénica, obsesionada con la procreación. Tan pronto  entraron, la loca empezó a gritar llamándoles “¡putas-rameras!”, conminándolas a que no se atrevieran ni a mirarlo, que no eran hembras adecuadas ni aptas para robárselo, y que si lo intentaban las mataba allí mismo. Él trató de tranquilizarla. En la cabaña se armó tal confusión y griterío que pronto más pareció aquello un manicomio que otro sitio.

Marta y Carla  increparon al lego, vomitando contra él  todo tipo de improperios, desde indigno y desvergonzado, a repugnante y cruel. No escatimaron en descalificaciones ni tampoco en el uso de cuantos adjetivos despreciables llegaron a sus bocas. Maldijeron su estampa, deseándole que se pudriera en su propia miseria moral, y que su alma, si es que existía infierno, fuese llevada hasta allí para que disfrutara eternamente de la vileza y ruindad de sus pecados. Marta le recordó, con todo detalle, la desventura que sufrió tras ser embaucada por él y llevada, por la mentira, al aprovechamiento y al escarnio de su cuerpo. Como producto de aquel hecho, delante tenía lo que había sido el fruto del mismo. Finalmente le escupieron en la cara y, asqueadas, salieron hacia la cueva de la “Santita”.  Mientras, el lego siguió a lo suyo, “arreglar” a la loca.

Creer o no creer es sólo cuestión personal e íntima. La fe suele ser inquebrantable y firme, y ellas la tenían. La fe suele ser un fortín para aquellos que sólo reciben desgracias; y para los embaucadores es el mejor recurso para la obtención de beneficios. Así y todo, ellas creían en “la Santita”, pero estaban desengañadas de los inmundos seres humanos que se la apropian para sacar provecho en su nombre.

Marcharon a la gruta y prendieron una vela. A continuación, Marta cortó la larga cabellera de Carla, la depositaron en la mesita que contenía las ofrendas y la dejaron como dádiva. Fue su generosidad por aquel milagro del reencuentro, como era la de muchas mujeres que se desprendían de un bien tan preciado como es el cabello. El mismo serviría para que elaborar pelucas que aliviaran el sufrimiento de aquellas otras que, por cualquier razón, lo habían perdido. Lo  que ellas, y todas, desconocían es que el lego, con aquel pelo, también hacía negocio. Hasta ese extremo llegaba su ruindad.

Tanto Marta como Carla decidieron emprender en adelante una misión: hacer realidad el sueño que se habían propuesto, salvando a cuantos niños y niñas pudieran de las garras de depredadores, tales como el lego, las sibilas, el titiritero, y tantos otros, y convertir así su fe en paladín de los más débiles. Y para ello, se marcharon a la ciudad.

Madre e hija rezaron una última oración y, al salir, a diferencia de la esposa de Lot, no volvieron la vista atrás.  Tampoco regresaron jamás a aquel lugar. Para ellas quedó proscrito. El lego Raimundo lo había convertido en la nueva Sodoma.

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