miércoles, 4 de febrero de 2026

LA CUEVA DE SANTA ROSALÍA

 XXII.-El imprevisible destino.

Era el tres de septiembre. La maldita epidemia había pasado como lo hace un huracán. Todo estaba ahora desolado. Por eso que se hacía imprescindible visitar a “la Santita”.  Una gran multitud se iba aproximando a la gruta. Formaban caravanas serpenteantes por todos los caminos que llevaban a la cueva. Todos lo hacían con un mismo fin: agradecer el favor de estar vivo e implorar que no se repitiese una epidemia como aquella.

“La Santita” había sido benefactora con todos ellos. Era la encargada ante el “Poder Divino” de implorar para que ni plagas, ni enfermedades contagiosas,  produjesen daños terribles como los que durante casi dos años habían devastado poblaciones casi enteras.

“Andrea” y las dos pitonisas restantes se hallaban ya entre las gentes que habían accedido a las proximidades de la cueva. Las sibilas lo hacían, no con finalidad religiosa, que también, pero sobre todo,  con la de obtener algún provecho de los múltiples ingenuos que sucumbían a las enredosas galimatías adivinatorias con las que  atosigaban a todo aquel que estuviese a su alcance. Eran implacables y agotadoras, y, además, no ocultaban su carácter más que tenebroso, si es que alguien les hacía cara.

En el camino más cercano a la gruta se fueron situando ciegos, cojos, mancos, tullidos de todo tipo, que pedían “una limosna por Dios y por la Santita”. Entre aquellas pobres gentes, el mayor símbolo de la miseria, se ubicaron las tres pitonisas.

Una de ellas pregonaba la grandeza y el poder casi milagroso de la pitonisa más joven, “Andrea”, que, pese a su juventud, unos veinte años, tenía ya la mayor capacidad adivinatoria que nadie pudiese imaginar.

-¡Acérquese y vea, y si le convence, no dude en ser el siguiente en conocer todo lo bueno que le espera en su larga vida! ¡Acérquense, vean y comprueben! ¡Seguro que nuestra bella joven le hará temblar de gozo sabiendo los bienes que le aguardan!, -proclamaba a los cuatro vientos una de las pitonisas.

-¡No pasen de largo, señoras y señores! ¡No pasen de largo, pues la capacidad de profética de la joven “Andrea” asombra a propios y extraños! Sepan, además, que cuando niña vivió como una culebra, siendo la atracción principal en todas las ciudades, pues recogía el dinero que le lanzaban, arrastrándose como lo hace una serpiente-, proclamaba la mujer, diciendo también que aquel proceder le venía motivado por una mala maldición que de niña le habían echado.

Así estaba aquel insólito grupo escuchando a la vieja agorera, cuando hasta allí se acercó Marta, que en su inquebrantable fe hacia “la Santita” había acudido a dar gracias por estar viva. La curiosidad la condujo hasta el pelotón de gente por saber qué podían estar pregonando. Escuchó por un momento, sin dar crédito a lo que oía. La edad de aquella joven debía coincidir con la de su hija. Pero, lo que realmente la dejó anonadada y perpleja fueron las palabras que hacían alusión a una maldición. Aquello la retrotrayó quince años atrás, a la calle entre la plaza de la ciudad y el mercado, a su hija cogida de la mano, a las adivinas maldiciéndola.

La cabeza pareció explotarle de nuevo, como aquel aciago día en que le robaron a su niña. Se le heló la sangre. A punto estuvo de caer como le ocurriera en aquel maldito encuentro con las adivinas. En este momento Marta se encontraba sola. Nadie conocía su situación. Todos eran ajenos, indiferentes a lo que por ella estaba pasando.

Se hizo un hueco entre los más próximos a la pregonera. La miró con detenimiento y con descaro, mientras su boca se resecó y sus piernas, y todo su cuerpo, temblaban. Procuró escuchar bien lo que la mujer voceaba. Se tambaleó un par de veces. Se le volvió a nublar la vista. Y sí, estaba en lo cierto: hablaba de su hija, de Carla. Aquella joven, sin duda, era su hija. Se aproximó a ella. La observó de cerca. Tenía sus mismas facciones, y un rostro, no ya semejante, sino igual al suyo. Tembló más intensamente. No se atrevía a decir nada. Se acercó más, tanto que ya la rozaba, y en un alarde de valentía le pidió que le leyera la mano. Fue entonces cuando madre e hija se miraron, frente a frente, de cara. Y fue, también entonces, cuando Marta se abalanzó sobre Carla en un abrazo incontenido. Carla, por miedo a sus  dueñas, la apartó un tanto bruscamente. Marta cayó de rodillas, implorando que la escuchara.

-¡Carla, tú eres Carla! Fuiste secuestrada por cuatro malditas mujeres hace quince años. Tú tenías sólo cinco. ¿No recuerdas nada, Carla? ¡Algo debes recordar!

La pregonera se aproximó escupiendo veneno:

-¿Quién es esta loca, “Andrea”? ¿La conoces de algo? ¡Apártate de ella! ¡Vámonos de aquí! 

-¿Que quién es esta loca?- gritó encolerizada Marta, aún de rodillas.-¡Pronto lo sabrás, maldita! ¡Todo el mundo conoce la historia del rapto del mercado y todo el mundo sabe quiénes sois! ¡No escaparéis sin vuestro castigo!

La pitonisa se echó hacia atrás, hizo un giro y desapareció. A todo esto, dos agentes, al escuchar el escándalo, se aproximaron para indagar el motivo de aquel barullo. Carla permanecía inmóvil, asustada como no lo había estado desde algún tiempo atrás. Marta, por su parte, recuperó energía y no se apartaba de Carla, a la que sujetaba fuerte por una mano. No dudó en dar explicación a los agentes de lo ocurrido quince años atrás, historia de la que también ellos habían oído hablar. Mientras tanto, a las otras dos pitonisas se las tragó la tierra, se habían esfumado. Habían puesto pies en polvorosa. Nadie sabía cómo ni por dónde habían desaparecido. Al igual que quince años atrás, cuando llevaron a cabo el rapto.

Carla iba asustada, pero intentando recordar que era ese y no otro su propio nombre. Acompañaron a la policía y fue Marta la que dio una extensa explicación  de cómo había ocurrido el secuestro y de que Carla era una inexistente legal. No la había legalizado debido al miedo a que se la sustrajesen, convirtiéndose, tristemente, en real su temor, pero de forma distinta a como había imaginado. Carla, por su parte, explicó cómo había sido tratada por aquellas desalmadas, cómo la habían vejado, la habían hecho arrastrarse como una serpiente para recoger el dinero que les tiraban al suelo, y, lo peor de todo: la habían obligado a prostituirse.

Inesperadamente, todo, por razón del destino, había acabado. Fue como el súbito despertar de una larga y terrorífica pesadilla, como si de golpe, cielo y tierra se hubieran confabulado para poner fin a tan infame desdicha. Madre e hija salieron abrazadas del puesto que los gendarmes habían preparado para la ocasión de la romería.

Ninguna de ellas creía en lo que estaba pasando. Les costaría tiempo reconocerse de nuevo. Y, sobre todo, les costaría reconocerse a sí mismas, recuperar la dignidad perdida, sobreponerse al estigma por el que estaban marcadas. No les sería fácil sentirse libres de la pesadilla que las había atormentado, de apartar aquella losa mental por la que sus vidas habían estado aplastadas tanto tiempo. Podría decirse que en aquel momento ambas salían de un profundo pozo de miserias, de vejaciones, de ignominias, de proscripción.

Pero, ¿cómo adaptarse a ese otro mundo en el que de golpe pasas a formar parte de la amplia lista de seres humanos, de sentirte ser humano, no discriminado, no señalado como si fueses un paria? Les resultaría sumamente difícil. Llegar a ser “otras” no les iba a ser nada fácil. Esa sombra las iba a acompañar para siempre, pero, al menos ahora estaban en ese otro lado del mundo en el que existen la dignidad, la comprensión, el amor.

En esta ocasión, la suerte sí que se había puesto  de su parte. Un rayo de felicidad iluminaría para siempre sus rostros en sus nuevas andaduras. 

LA CUEVA DE SANTA ROSALÍA

 XXI.-“Andrea”, la joven pitonisa.

Habían recorrido muchos caminos, llevaban muchas leguas hechas durante la oscuridad o en horas de luz, mucho calzado destrozado, mucha hambre y sed  camufladas bajo una mirada triste y necesitada de ayuda. Pasaban y pasaban por infinitos lugares. Resultaban incontables las plazas visitadas, así como las muchas predicciones y vaticinios  preñados de zalamerías y mentiras. En  todos los lugares las perseguían, en ninguno eran bien recibidas, en todos las trataban como unas apestadas, casi como lo más abominable de la sociedad.

La vida, que suele ser tan cruel e injusta para algunas personas, para “Andrea” lo era más aún. Su cuerpo cantaba que las deficiencias eran muchas, las sobras, ninguna.  Se fue criando casi raquítica, con frecuentes fiebres, adolecida de una alimentación mínimamente adecuada, pues ésta fue siempre totalmente deficiente y menesterosa, no ya sólo rayana en lo indigente sino inmersa en el hambre más absoluta, tanto que, a veces, ni reaccionaba cuando un mendrugo de pan ponían ante sus ojos. En esa miseria material y de espíritu le tocó crecer y vivir largo tiempo.

Ese fue su submundo, en el que también aprendió, porque así se lo enseñaron, el arte de  la adivinación, de la arrogancia o del despotismo, de la felonía o de la astucia,  de la seducción o la tracería, según conviniera. Esa fue su universidad, esos sus aprendizajes, en un oscurantismo de miseria, miedos, fatigas, amenazas y esclavitud constantes.

No tenía muchos años cuando, además de cabriolas, equilibrios, cantar o bailar al son que sus pitonisas la obligaban, o de arrastrarse como una serpiente, le llegó  lo más hiriente: el verse obligada a recoger unas monedas con la boca. Pero no fue aquello lo peor, pues lo más deleznable, la mayor traición había sido, sin duda, el que la obligaran a traficar con su cuerpo. Las monedas, las suyas propias, las monedas que correspondían a su vida, esas habían caído todas del peor lado posible.

“Andrea”, a sus dieciocho años, también había aprendido a hacer de adivina, a leer manos, a echar cartas, a ofrecer futuros tan prometedores como fantasiosos.  Su vida, día sí y día también, continuaba de la misma manera. Aquella vida errante, aquella vida sin sentido, ofreciendo al público unas profecías falsas, se había convertido para ella en algo tan inverosímil, tan increíble como la leyenda que dice que la sombra que podemos apreciar en la Luna, durante las noches de plenilunio, no es otra que la de un hombre con un haz de leña a la espalda, cruzándola de extremo a extremo.

Un día, a dos de sus raptoras también las alcanzó la maligna enfermedad que devastaba el continente, y las condujo a hacer el fatídico viaje que conduce a los infiernos, pues a ese lugar, y no a otro, debían viajar ellas.

La situación se complicaba. Pueblos y ciudades estaban cerrados a cal y canto. Nadie se atrevía a entrar ni a salir, ni estaba permitido. La escasez se convirtió en el estandarte del hambre y la necesidad. La miseria se respiraba por todos los lugares. El estado de depresión y de desesperación se hizo creciente. En el continente empezaron a sonar amenazas de guerra, cuyos tambores sonaban con más y más fuerza cada día. Una gran guerra se avecinaba. Era la lucha por la supervivencia.

Por ese tiempo decidieron las pitonisas, en su eterno periplo, llegar hasta la misma ciudad en la que habían raptado a “Andrea”, que, para ellas, se hallaba en uno de los extremos de la Tierra. Lo hacían, en esta ocasión, huyendo de una guerra que ya se oteaba en el horizonte mismo. Además, habían transcurrido más de quince años. Nadie recordaría lo que pasó, ni la joven sería ya reconocible. Y Carla tampoco se llamaba igual. 

LA CUEVA DE SANTA ROSALÍA

 XX.-Marta emprende una nueva vida.

Durante más de quince años la vida de Marta había sido una sucesión de días y noches sin más sentido que el que tengan los giros que un caballo hace alrededor de una noria. Todo había girado en torno a una calle, a una plaza, a un mercado. Había deambulado como un animal sonámbulo intentando hallar una respuesta a su desesperación. Nada ni nadie supo o quiso darle una explicación, una idea sobre lo que pudo ocurrir aquella nefasta tarde. Miles de cábalas se hizo, miles de cábalas desechó. Pasado un tiempo todas sus esperanzas comenzaron a desbaratarse.

Supo de la muerte de Francesca y la lloró tanto como había llorado a su madre y se sintió más sola que nunca. Sólo un pequeño hueco quedaba para mitigar su soledad y su angustia. Era Juliana. Ella le brindó una protección que no halló por ningún otro lado. Juliana le hizo un lado en su humilde colchón, allí en el mercado que ella vigilaba y guardaba cada noche. También le aportaba algo de alimento, a la vez que ella le servía de compañía, pues las noches no eran fáciles para nadie, y menos para dos mujeres. Robos, amenazas, insultos, riñas, violaciones, pendencias y todo tipo de altercados se sucedían por los contornos que ella había convertido en su particular obsesión. Aquel lugar lo recorría una vez y otra, en un sentido y otro, con esperanza y lo contrario, y todo por hallar alguna pista que la condujera a Carla. Su vida estaba atrofiada, al igual que lo estaba su mente.

Aquella situación la sobrepasó, en especial cuando la maldita “gripe” se llevó con ella a Juliana. Ya sí que no le quedaba nadie que la socorriera, pues la sustituta de Juliana, Rosario, mujer delgada como un esparto, enlutada de pies a cabeza, y que era sorda como una tapia, tenía malas pulgas. Aquella mujer, fría, seca en el habla, algo que siempre hacía a voces, como emitiendo enormes gruñidos, distante, y poco o nada amiga de hacer favores, no tardó en despedir de la zona del mercado a Marta.

Fue entonces cuando la idea del regreso a la aldea empezó a tomar forma definitiva, pues, conocedora del fallecimiento de su padre, de que la fragua estaba abandonada, y pensando que la humilde vivienda amenazaría ruina de tanto estar cerrada, decidió volver a empezar una nueva vida. Era el momento del regreso, e incluso, en la aldea, podía tener más suerte y encontrar la respuesta que tanto había esperado. Es lo que suele acaecer cuando la desesperación y el desánimo viajan juntos: la respuesta se busca donde se sabe que no está, aunque, en esta ocasión … podría ser lo contrario.

Era verano, la enfermedad había empezado a remitir. Los días eran largos y cálidos. Eran los mejores para reemprender el regreso.

Fue una mañana, al alba, a la hora que las primeras luces despuntaban dejando entrever tejados, calles y árboles, cuando Marta, que había llegado sólo con lo puesto, salió, también, con lo puesto, camino del pueblo que había abandonado como una proscrita. A aquella hora nadie había por las calles. Al cruzar por los arrabales, los perros ladraban, retándose unos a otros; y lo mismo hacían los gallos, en una especie de concurso amañado y sin final, como anticipo del nuevo día. 

LA CUEVA DE SANTA ROSALÍA

 XIX.-Una visitante inesperada

Todo había sucedido igual que un fuego que se extiende veloz por entre la maleza y herbazales de un bosque. Primero abraza a un árbol, luego a otro, después otro, y otro, y otro más,…; así hasta convertirse en una incontrolada e ingente pavesa que se extiende hasta el infinito. Lo mismo ocurrió con aquella maldita enfermedad.

Elevada fiebre, dolor de cabeza, escalofríos, tos seca, dolor de garganta, dolores musculares o corporales, cansancio, una sensación de malestar general y falta de aire. Así se presentaba, de improviso, aquella condenada epidemia que empezó a asolar, sin piedad, a gran parte de la población. En realidad nadie tenía claro su origen ni cómo o por qué se causaba. Sólo sabían que se transmitía de forma pertinaz, sin miramientos, sin esperar. Nadie conocía su procedencia, aunque todos la denominaban “gripe”. Con ella viajaba la muerte.

Si hay una viajera que nunca descansa, que nunca siente fatiga, que no repara en el día ni en la noche, para la que no existe el tiempo; que visita, por igual, en cualquier época del año;   que es, a la vez, tan odiada como temida pues, no respeta a nadie, esa es la muerte. Llegaba a cada aldea, a cada pueblo, a cada ciudad, de forma insolente y traicionera. Penetraba en cada rincón, en cada vivienda, sin importarle quién estuviera, ni a quién enfrentarse.

Antes de amanecer y al atardecer de cada día, por la misma calle que unía la plaza y el mercado, aquella en la que las sibilas raptaron a Carla, bajaba, con su pesada carga de muertos, una carreta tirada por una bestia. La acompañaban dos hombres que, con el rostro cubierto, iban recogiendo los difuntos que, durante la noche o el día habían depositado, envueltos en rudimentarios e improvisados sudarios, a la puerta de las viviendas.

El discurrir de la carreta iba acompañado de un lamento triste y monótono, desencadenado por el rechinar de sus vastas ruedas de hierro en el roce con la piedra y por el pisar lánguido de un macilento y escuálido asno. Esta carreta cumplía el mismo oficio que tuviera en su tiempo la barca de Caronte, cuando  trasladaba los muertos por la laguna Estigia, camino del Tártaro. La única diferencia estaba en que, en esta ocasión, los muertos no portaban moneda alguna bajo la lengua.

Por aquel tiempo la pequeña polis permanecía más muerta que viva, tan muerta como lo estaban los mismos difuntos que, a través de sus calles, hacían su último viaje. Ni un alma por calles ni plazas, sólo algún perro solitario, o algún gato vagabundo, en busca de residuos, o hasta de excrementos, para poder sobrevivir. Las puertas permanecían cerradas y si alguien se atrevía a salir, lo hacía cubriendo la cara, tapando nariz y boca, con el fin de no contagiarse de aquella maldita enfermedad.

Los enterradores, por su relación con la muerte, estaban considerados como apestados, a los que los vivos rehuían. Evitaban el contacto con ellos, tanto que habitaban en covachas, en las proximidades del camposanto, alimentándose tan sólo de los productos que la tierra les proporcionaba.

La enfermedad hizo que Marta fuese cambiando de actitud, de visión sobre su propia realidad. Quien la amparaba hasta ahora, la guardiana del mercado, también había sido víctima de aquella horrenda epidemia. Ya no le quedaba a nadie en la ciudad y un pensamiento empezó a rondarla, a la vez que se hacía persistente: regresar a la aldea, aquella que de alguna forma la había proscrito. Tampoco Blas, su padre, estaba ya en el mundo. Todo podría ser distinto en adelante. Lo que había sido su hogar, un hogar más bien maldito, estaba ahora vacío y tal vez podría rehabilitarse. También la fragua podría funcionar de nuevo o venderla, pero debía funcionar de nuevo. Aquella idea se imponía en su mente.   

LA CUEVA DE SANTA ROSALÍA

 XVIII.-La violación

La comitiva descendía lentamente por un camino abrupto, sembrado de guijarros, mientras la noche se iba ennegreciendo como boca de  lobo. Oscuros nubarrones ocultaban por completo el camino tortuoso, una cuesta infinita, hacia la pequeña población que se escondía, cientos de metros más abajo, entre álamos, arbustos de ribera y los frutales de sus huertas. A esa hora la población dormía gozosa, preparándose para la fiesta mayor.

Descendiendo a trancas y barrancas por aquella especie de enmarañada pendiente, caminaba “Andrea”, junto a sus raptoras, varios años después de que éstas hubieran cometido el infame secuestro. Se habían unido a trapicheantes, a truhanes, a buscavidas de todo tipo y hasta un titiritero iba en la comitiva. De esa manera se hacían compañía y hasta se protegían, si es que algún maleante, -¡quién lo iba a decir!-, les salía al paso.

Era el titiritero hombre entrado en años, por lo menos cincuenta, de andares ligeros, cara siempre de mal fario, y de palabras obtusas y groseras. Llevaba un burro, tan hambriento como el perro de un afilador, aquel que hasta las chispas se comía, por comer algo. Era, además, el animal, patoso en exceso, pues no había piedra en el camino que el jumento no arrancase con sus pezuñas. A cada tropezón el dueño soltaba un improperio, una blasfemia o una injuria. Así que se pasaba todo el tiempo echando lindezas por su boca, pues el dichoso asno tropezaba más que andaba. El titiritero le gritaba y le arreaba con una vestruguilla, aunque de poco servía, pues el burrillo, como queda dicho, era más pasto de la necesidad que del miedo a los improperios, o a la vara que una vez y otra soplaba fuerte sobre su lomo.

Una calesa adelantó  a la comitiva a todo correr, tirada por un solo caballo. Salpicó sobre ellos piedras y barro, exacerbando la furia del titiritero que emitió todo tipo de votos y maldiciones, al ver cómo su burro se daba de bruces en el suelo, con toda la carga. En este barullo que originó la calesa, la muchacha atravesó a tientas el camino, viniendo a caer al lado del impúdico perseguidor, quien puso más ahínco, si cabe, no dejando de mirarla de hito en hito, pese a la tenebrosidad de la noche. Ella era totalmente ajena a las maléficas intenciones de aquel monstruo.

El “repugnante” y sórdido viejo había puesto sus ojos en “Andrea” que, por entonces, contaba  tan sólo con catorce o quince años. Su figura ya estaba entallada, con formas similares a las que tuviera su madre cuando tenía  esa edad. Estaba un tanto consumida por la vida denigrante que llevaba, además de  tener el cuerpo severamente lastimado y dolorido por el ejercicio de serpiente a la que la sometían diariamente, pero, su aspecto adolescente era muy atractivo. Las formas de su cuerpo, aunque delgado, empezaban a adquirir la elegancia y la robustez de una Venus griega, lo que daba pie a que cualquier impúdico o calenturiento pervertido suspirase por ella.

Desde que la viera aquella tarde, el titiritero estaba obsesionado por yacer con la muchacha. No sabía cómo proceder para conseguirlo. Su rabia se volvía incontenida, su fogosidad, incontrolable. El pobre jumento pagaba como siempre los agrios humores del amo.  A éste sólo se le ocurría un camino: ofrecer dinero a las que parecían ser sus amas, pues ellas la mandaban como si de un objeto se tratase.

Sin pensarlo más, cuando ya se aproximaban a una pequeña explanada, entre el pequeño riachuelo y el poblado, el depravado personaje se dirigió sigilosamente a la que él había considerado matriarca de aquellas adivinas. Lo hizo con cautela y le ofreció una sustanciosa cantidad si le permitía los favores de la chica. A la impúdica bruja la boca se le hizo agua, los ojos le hacían chiribitas, brillándole como brillan los de un felino en la noche, pensando en el suculento bocado que la muchacha podría proporcionarles con sus servicios. Y aquello ya no  sería sólo entonces, sino en adelante, pues hombres tan hambrientos de goce carnal como lo estaba el titiritero, suspirarían por ella.

Había llegado el momento de dejar de arrastrarse como las culebras y empezaba otro nuevo, el de la prostitución obligada.

Titiritero y adivina acordaron  una apetitosa cantidad y la forma de ejecutar el encuentro, con la condición de que durara lo que de noche restaba. Una vez se perdiera la Luna por el horizonte, el titiritero haría su pago. Antes debía haber gozado a la muchacha cuantas veces quisiese. Sin embargo,  la vieja  no cayó en la trampa que le estaba tendiendo el vil personaje, pues aquella noche la Luna no brillaba.

Llegados a la explanada, adivinas y titiritero ocuparon un espacio extremo de la misma, algo oculto por la frondosidad del bosque de ribera. Viento y lluvia habían extendido en el suelo un alfombrado de hojas de olmo que, empapadas por la lluvia, estaban pegadas como si formasen la piel de la tierra,  y que les serviría de dulce colchón, pues otro no había.

Una vez se echaron para descansar, “Andrea” pronto quedó profundamente dormida, abatida como estaba, por el cansancio. Fue cuando la pitonisa aprovechó para poner sobre su boca un trapo con cloroformo, tanto que dejó a la muchacha totalmente a la voluntad del impúdico hombre. El titiritero, sin perder ni un momento abusó y abusó de la pobre infeliz que, por primera vez, era víctima de agravio tan cruel. El viejo la violó en repetidas ocasiones. La chica, una vez que despertó, quedó paralizada, presa de pánico, desgarrada en todos los sentidos, con un cuerpo destrozado por la brutalidad fiera de aquel salvaje, y con un alma deshecha en jirones de angustia y dolor. No sabía qué había pasado. No entendía por qué aquel desgraciado estaba encima de ella, por qué estaba dentro de su sagrado cuerpo, por qué en sus muslos había sangre. Asqueada intentó zafarse, escurrirse. Peleó y luchó con denuedo, y gritó, pero todo fue inútil. Sólo pudo vomitar, tras una tremenda bofetada que el repugnante personaje le propinó.

Hastiada, agotada, derrotada, sin ánimo de seguir viviendo, “Andrea” quiso morir cuanto antes. En el mismo momento que escapó de las garras de aquel monstruo se lanzó al río. Sólo la pericia de uno de los miembros de la comitiva, que observó la actuación de la joven, pudo salvarla. Pero, ¿para qué? La suerte de la muchacha, una vez más, estaba echada, ya que aquella macabra violación sirvió para que en adelante su cuerpo se convirtiese en muladar de depravados y pervertidos. Las pitonisas se enorgullecían por haberla raptado. El cuerpo de “Andrea” pasaría a ser su mejor y casi única fuente de ingresos.

Sin embargo, en aquella primera violación, la astucia del pervertido titiritero se impuso a la sagacidad de la enredadora adivina,  manipuladora de aquel acto de lujuria, algo que aquella líder no presintió ni supo ver, y es que, aquella noche, nadie vio esconderse la Luna tras el horizonte, porque no hubo Luna. Y había sido lo convenido. Trifulca con gritos, maldiciones a cientos, improperios y amenazas atronaron el ambiente, pero todo fue inútil. El comediante no pagó lo acordado y, tras muchos golpes y forcejeos, escaparon como pudieron, cada uno por su lado. La joven “Andrea” partió derrotada, desvanecida, acobardada y anonadada, humillada y abatida en lo más sagrado que le quedaba. “Andrea” se sentía vencida por completo. Su llanto se convirtió en lamento agrio y en un suspiro denso e inacabable.

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 XVII.-La muerte de Blas

Despojado de cualquier apoyo que se pueda tener en la vida, sin familia, sin amigos, solo, Blas había traspasado todos los límites como ser perteneciente a la especie humana. Cada día que había transcurrido, más se había arrinconado en el abandono, en la rabia, en el odio hacia todos y hacia todo. Cada día había avanzado un poco más hacia el abismo de su propio infierno. Sin duda, era un despojo humano. Lo había sido siempre, y se regodeaba en ello, con serlo cada día un poco más.

Totalmente desaliñado, con una vestimenta que por sí sola se habría tenido de pie, de haberla dejado, ya que jamás la lavó, ni tampoco se lavó él, lo convirtió en la imagen misma de la roña. Por más que en la tasca de “Los hombres machos” intentaron aconsejarle y meterlo en cintura, para que se comportara con cierto respeto, él desoyó todo, se mofó de todo, amenazó a todos, hasta que un día, viendo que chocaban con un muro de piedra, lo despidieron de la tasca sin contemplaciones.

La vida de Blas ya sólo consistía en beber y orinar, en orinar y volver a beber, hasta llegar al punto de que beber y orinar era lo mismo. En su calzón se apreciaba el líquido resbalando, mientras empapaba un tejido ya convertido en una masa putrefacta, que desprendía un olor nauseabundo que inundaba el recinto. Por eso lo despidieron.

Blas se refugió en la fragua, no para el trabajo, sino para consumir sus miserias solo, para soltar sus maldiciones, blasfemias y odios solo. Hasta allí le llevaba el tabernero una bestial ración de vino y, allí se rebañaba él en la podredumbre de sus propios excrementos. Y no, no era un Diógenes, era mucho más que eso. Era la imagen negra de la vida.

Tirado en el suelo lo halló una mañana cuando le llevaba la ración del néctar de Baco. Aún respiraba y el aliento que emitía no podía ser más repugnante. La imagen del lugar era macabra, propiamente dantesca. Una mirada imprecisa y revuelta, destellando bilis, emanaba de aquel único ojo que le quedaba. Estaba en blanco, como tratando de salir de su órbita. Las manos aferradas a una piedra, las mandíbulas desencajadas, las piernas encogidas y un balbuceo inaudible, denotaban el trance final. Allí, aquella mañana, acabaría una vida que no había sido una vida, sino la aberración y el fracaso de una existencia que feneció rabiando, como rabiando había vivido. Aquel cuerpo execrable, repleto de miseria, de alcohol, de cólera, de odio, pereció en su propia inmundicia, devolviendo así a las tinieblas el humo negro que había sido su existencia.

Aquella misma tarde le dieron sepultura en un lugar apartado y escondido del camposanto. Un arriero anónimo, de los que iban al mercado de la ciudad, se encargó, algún tiempo más tarde, de comunicárselo a Marta.

LA CUEVA DE SANTA ROSALÍA

 XVI.-La maldición se cumple

En ocasiones las sibilas permanecían durante largo tiempo en un mismo lugar, pero no era frecuente. Recorrer la tierra de un lado para otro era su sino. Nómadas siempre, siempre a los pies de la persecución, siempre a las sombras de la huida, derrotadas siempre por los principios de una sociedad que las despreciaba y las ahuyentaba. Así vivían ellas. Extorsionaban y engañaban, maldecían o adulaban, según acomodaba. Pregonaban imposibles y mostraban como bueno las dos caras de una misma moneda. Eran, en fin, zalameras y rastreras, según conveniencia. Era su vida, lo que ésta les había enseñado. Y en esa filosofía de lo fútil y lo deshilachado fue creciendo Carla.

Pero Carla ya no era Carla. Hasta el nombre le cambiaron y, aunque en un principio la niña lloraba, llamaba, buscaba y soñaba con su madre, repitiendo con una congoja desoladora tanto el nombre de Marta, como el suyo propio, con el paso del tiempo, hasta el cambio de nombre llegó  a asumir, como había aceptado que una de aquellas pitonisas se convirtiera en su gurú. De ella dependía para todo. Ella la obligaba, la guiaba, le enseñaba el arte de la adivinación, de las cartas, de la lectura de manos; al igual que le mostraba cómo proceder en caso de una contrariedad. Ella, en definitiva, fue la que la conminó a aceptar el nombre de “Andrea”. Así se llamaría en adelante. De esa forma se creaba una barrera para ser reconocida.

En ese ir y venir, en ese no estar y estar a la vez aquí y en ninguna parte, llegaron a una ciudad que el  mundo se conoce como la “ciudad de las luces”. Era una ciudad grande, enorme, atravesada por un gran río, surcado por bonitas embarcaciones y con música cadenciosa en bellos rincones de la misma. “Andrea” quedó atónita, embelesada. Pero, algo  extraño y repelente le aguardaba allí.

Como queda dicho, un día subieron hasta un monte, presidido por un gigantesco templo. En sus estribaciones multitud de gentes, en su mayoría bohemias, llegadas de todas partes, pintaban o curioseaban. Algunas de aquellas pinturas eran de enorme belleza, había dibujos de lo más variopinto. 

En medio de aquel gentío entraron ellas, conteniendo a unos, incordiando a otros, intentando vender también su arte, que no era otro que el de la extorsión y la falsedad. Y entre aquel barullo, unos crueles jóvenes les lanzaron unas monedas al suelo. Las monedas sólo serían de ellas, -les conminaron-, si la niña las recogía con la boca, arrastrándose como una culebra.  Aquello, que en principio parecía un juego, pronto se convirtió en la más lacerante humillación que “Andrea”  había sufrido  hasta entonces.

La maldición, salida de la boca de Blas, y cinco años más tarde de la boca de la pitonisa, estaba a punto de cumplirse. Desde entonces y hasta muchos años después, “Andrea” pasaría a ser la atracción favorita, la “niña-culebra” que recogía monedas con la boca, arrastrándose por el suelo, hasta llegar a ellas. El afán por verla fue en aumento, las recaudaciones, también.

¿Cuál había sido su pecado? ¿Cuál su culpa, para tan hiriente humillación? Era tan sólo una niña, a la que ni el pecho le había florecido aún, y ya estaba sometida a una de las vejaciones más ofensivas y degradantes que se le pueden hacer a un ser humano. ¿Era su pecado el haber sido concebida, -algo que ella desconocía-, por la inmundicia lujuriosa del lego, un ser abominable, y por la inocencia e ingenuidad de una adolescente que, al igual que Eva en el Paraíso, fue vilmente seducida y engañada por la serpiente de la maldad, y conducida al estupro?

Fuese por lo que fuese “Andrea” se convirtió en la “niña-culebra”, viéndose obligada a recoger con sus dientes, aún nacientes algunos, cuantas monedas les tiraban al suelo. Se convirtió en la atracción principal de aquellas abominables mujeres. No importaba cuánto se lastimara su cuerpo, ni cuánto sangrase su vientre, su pecho o sus muslos, escuálidos como cañas vacías. No importaban las lágrimas que, como perlas caídas de un cielo cándido y puro, se desprendían de sus ojos cada vez que tenía que arrastrarse. ¿Importaba algo? Sí, claro que importaba algo; lo que importaba es que fuese rentable aquel títere de feria.