jueves, 4 de diciembre de 2025

LA CUEVA DE SANTA ROSALÍA

 

VI.-Encuentro con la anciana Francesca

Si  a algo temía Marta tanto o más que a la muerte, no era otra cosa que al sufrimiento. Y eso es lo que le esperaba en aquella casa. Los primeros días dieron a entender que su vida discurriría como una balsa de aceite entre aquellas personas, pero pronto comprobó que se trataba de un simple espejismo. Fue ya en la fría mañana del tercer día, desde su llegada, cuando los dueños enseñaron sus garras con toda crudeza, como lo hace un felino encolerizado. Primero fue abofeteada por uno de los hijos, por el hecho de no hallar el desayuno  a su gusto. Peores aún fueron las insinuaciones lujuriosas del hermano menor que, de forma desvergonzada, empezó con roces y manoseos, en absoluto consentidos. Marta lo rechazó, pero él insistía, considerando ser un derecho que le asistía. A fin de cuentas ella sólo formaba parte de los  objetos familiares de los que cabía aprovecharse. Pero es que la madre no iba a la zaga, pues empezó a tratarla como a un ser inepto, como a una despreciable esclava.

¿Adónde ir? ¿Cómo escapar de ese otro infierno? Además, ya se apreciaba su embarazo y deseaba proteger con toda su alma la vida que llevaba en su vientre. Para ella parecía no existir futuro y su presente estaba hecho sólo de miedo y confusión.

Aquello no era vida. Transcurrían los días y aumentaban los abusos, la esclavitud, los improperios, los golpes. Determinó escapar de aquel otro infierno. Lo hizo tal y como había llegado y, al día siguiente, cuando aún la noche cubría con su manto la vida que todavía dormía en la minúscula aldea, salió calladamente de la vivienda, emprendiendo rumbo a la ciudad.

Durante varios días perteneció al mundo del arroyo. Pidió limosna, compartió miserias, lloró su desgracia, sufrió las duras y crudas noches de  los portales, tuvo miedo, se sintió amenazada y proscrita,  hasta llegar a la desesperación.

Fue una tibia tarde de diciembre cuando una mujer muy mayor se aproximó a interesarse por ella, pues observó su llanto callado y acongojado. Todo, todo cambiaría a partir de ese momento, pues la acogió en su casa y le dio cama y comida. La convirtió en su hija. La vida empezaba, por fin, a ofrecerle su cara amable. Allí vendría Carla al mundo, allí creció hasta los cinco años, hasta aquella fatídica tarde en la que tropezaron con unas mujeres tan despiadadas como inhumanas, las sibilas.


lunes, 1 de diciembre de 2025

LA CUEVA DE SANTA ROSALÍA

 

V.-La mala estrella de Marta

Para muchas personas no existe peor miedo que el de la soledad, incluso peor que el del inhumano castigo. Y así ocurrió a Marta. Sentirse expulsada de aquella pérfida vivienda, pero que había sido la suya hasta ese día, para partir a un destierro tan desconocido como inseguro, le produjo tal sentimiento de tristeza y desolación que salió de allí como el reo que llevan al patíbulo. Su vista se nubló, ensordecieron sus oídos, se resecó completamente su boca, su lengua adquirió una súbita rigidez. Sus brazos se tambaleaban al ritmo inseguro de sus piernas, y su alma se descompuso en infinitos grumos de amargura. Ella no merecía nada de aquello y, sin embargo, ahora era escupida y destinada a vivir proscrita, desamparada, lanzada al arroyo.

Echó a andar sin rumbo fijo. El tenue sol de noviembre se deslizaba por entre los álamos del río que circundaba el pequeño pueblo, como tratando de romper la débil barrera que separa la vida y la muerte. Por primera vez soñó en lo bello que sería marchar con su madre, e imaginó la tranquilidad plena en la que aquella se hallaría. Amargas lágrimas, tanto como la tuera, resbalaban por sus mejillas,  nublando su vista e inundando su rostro.

Caminó toda la mañana. Se sentía desfallecer cuando vino a tropezar con un pequeño grupo de arrieros que marchaban con mercancías a la ciudad. De entre los mismos hubo un hombre mayor, sólo uno, que la trató con respeto y cariño, prestándose  a ayudarle. Los demás, o le dieron la espalda, o le dedicaron soeces  y provocadoras insinuaciones, cuando no claras proposiciones obscenas. Ella, como si de un animalillo indefenso se tratara, se refugió al amparo de aquel viejo. En su compañía caminó atravesando angostos trechos o amplias llanuras. Llegaron, casi al anochecer, a una pequeña aldea en la que se detuvieron para descansar y tomar algo de alimento antes de proseguir la marcha. El arriero la condujo hasta una casa cercana en la que vivía una mujer mayor, viuda, con dos hijos a cual más déspota. Allí se quedó Marta, para ayudarles en las faenas caseras. Y allí empezó la segunda parte de su calvario.


domingo, 30 de noviembre de 2025

LA CUEVA DE SANTA ROSALÍA

 

IV.-Raimundo, un lego pervertido

Marta, pese a su juventud, estaba acostumbrada a sufrir el escarnio, las continuas amenazas y hasta la lujuria del padre. Desde el fallecimiento de la madre sobre ella cayó toda la crueldad de aquel inicuo y abyecto personaje. Cuanto hiciera, le era reprobado; cuanto dijera, le era refutado o contradicho; cuanto pidiera, le era denegado. Un castigo inmerecido la amenazaba noche y día, tanto que su vida se convirtió en un infierno, más oscuro aún que cuando su madre existía.  El malvado padre descargaba ahora sobre ella su ira y su maldad, convirtiéndola  también en refugio de todas sus obscenas pasiones. Cada noche, al regresar, ya beodo, obligaba a aquella indefensa criatura a cometer incesto, aunque, a diferencia del que cometiera Lot con sus hijas, él sólo recibió la animadversión, el repudio y el asco  de quien se siente tan impotente como derrotado ante un ser tan miserable. Él nunca llegó a consumar el acto, pues el alcohol lo había incapacitado.

Un día, cuando el calor estival aún fustigaba los campos, y mientras Blas gastaba silla en la tasca, Marta se dirigió hasta el arroyo para coger agua y lavar la ropa. Allí, con gran sorpresa, fue sorprendida y abordada por un hombre de entre treinta a cuarenta años, de alto talle y delgado cuerpo, tanto como un junco. Era el “hermano” Raimundo, (así le conocían en el pueblo), lego de una orden desconocida, que había conseguido autorización para dejar el monasterio y llegar hasta aquella minúscula población y ocuparse, en adelante, como anacoreta, de la cueva de Santa Rosalía.

Era éste un hombre ávido de sexo, un pervertido, embaucador y mentiroso charlatán, sin sentimientos ni escrúpulos para envolver con su palabrería y zalamería a cuantas mujeres jóvenes aparecían en su mundo; y, por supuesto, sin remordimientos. Solía elegir cuidadosamente a sus víctimas,  estudiaba sus características y con suma astucia, ponía en marcha su ansia lujuriosa, con tanta fuerza viril como la que tenía el joven pastor Marcelo, aquel que también yaciera con la virgen Orberosa, y que formaba parte de la leyenda del lego. El diablo habitaba plácidamente en el alma de aquel personaje, como un oso lo hace en su guarida. Ni el mismísimo marqués de Sade habría imaginado un sujeto tan aberrante: Permítanos entregarnos indiscriminadamente a todo lo que sugieren nuestras pasiones, y siempre seremos felices ... La conciencia no es la voz de la Naturaleza sino sólo la voz del prejuicio”. Nada encajaba tan adecuadamente al pensamiento del lego como esta expresión del marqués.

Raimundo, que desde tiempo atrás tenía señalada a Marta, pronto inició la conversación con la muchacha, que no contaba con más de quince años. Pese a su corta edad, su alma estaba envejecida por el dolor y el sufrimiento, pero para el lego eso no importaba, y hacer el mal se había convertido para él en otro placer más.

Marta estaba marcada por los frecuentes castigos de su progenitor, pero, con todo, su cuerpo se cimbreaba como una palmera movida por el viento y sus generosos senos invitaban a aquel desalmado a desearla con toda su furia. Sólo cabía el engaño, la farsa de la religión. El resto vendría solo. Y esto sólo sería posible si la convencía de la importancia de asistir a la festividad de Santa Rosalía y pasaba allí, devotamente, la noche de la fiesta.

Para ello le presentó la grandeza del alma, y cómo elevarla a los gozos más sublimes jamás soñados. Usó todas sus artimañas para convencerla en nombre de la religión, ese absurdo invento de la Humanidad, sólo rentable para los intereses de unos pocos, los poderosos, y comida barata para ingenuos y menesterosos. Mediante tales predicamentos, religión y poderosos, poderosos y religión, unidos en connivencia, manipulan mentes y dominan voluntades y sentimientos,  controlando el rebaño, siempre presto a la obediencia, a la sumisión y  a la resignación, -sin resignación no habría paz social-, prometiéndoles conseguir una vida feliz después de la muerte. Es la que se les promete en “el más allá”, y la misma que se les deniega siempre en “el más acá”.

Así convenció Raimundo a la joven y así la condujo al escenario del sexo, camino, según él, por el que discurría la voluntad de Dios para conseguir la gloria. 

La muchacha se mostró reticente en un principio, pero, a la vez, se sintió ofuscada por los planteamientos del lego. Estaba conminada por el padre a no hablar con hombre alguno, pero aquel era diferente, era el representante de “la Santita”. Tras no poca desconfianza terminó por convencerse de lo beneficioso de salvar el alma, pues su cuerpo ya estaba perdido y, contraviniendo las múltiples amenazas hechas por su progenitor, se presentó en la cueva la víspera de la fiesta. Allí la esperaba el desalmado religioso, que le pidió que lo acompañase hasta la cabaña que él habitaba, próxima a la gruta de Santa Rosalía.

Cualquiera puede imaginar hasta dónde condujeron los engaños, promesas, ofrecimientos y augurios que redundarían en beneficio de su espíritu si accedía a cuanto aquel perverso personaje le propuso. La ingenua muchacha quedó obnubilada, cayó en la trampa maldita que el religioso le tendía, se prestó a sus lujuriosos deseos, para, finalmente, regresar mucho más desolada y destruida de lo que ya estaba. Además, y por si fuera poco, también volvió con un engendro en su vientre. Cuando su padre lo supo, la maldición no se hizo esperar y, tras una terrorífica paliza, fue expulsada de la casucha, como si de una espantosa alimaña se tratara.


sábado, 29 de noviembre de 2025

LA CUEVA DE SANTA ROSALÍA

 

III.-Marta dentro de un infierno

Blas era un hombre rechoncho casi como un tonel. De estatura normal, entendiendo por tal el que no era ni alto ni bajo. Su cara era deforme y agrietada.  Su cuerpo más bien parecía el de Balor, monstruo de la mitología celta, el que tenía un solo ojo, pues también a él sólo le funcionaba uno, ya que el otro se lo había quemado en la fragua y se le había vaciado. Su mirada, la propia de un cíclope, era hosca y torva; y su voz, ronca y repulsiva. Estaba cojo y, por si fuera poco, era persona de malas entrañas, sin ningún amigo y sí abominado de cuantos lo conocían, por sus constantes acciones marcadas por la ruindad y la vileza.

Solía pasar Blas los días y parte de las noches en “La tasca de los hombres machos”, consumiendo vino peleón, como peleón era él, pues siempre andaba metido en pendencias. Acostumbraba a comer en la tasca, haciéndolo como un cerdo, mientras que estercolaba en su casa, donde lo hacía como una vaca. Como ya queda dicho, su naturaleza era de las que son desviados engendros humanos, debido a la mucha crueldad de su alma.

Poseía una fragua en la que apenas ardía el horno y raro era escuchar el golpe del martillo castigando el yunque. No era lo que se dice “un hierro viejo”, ya que apenas aparecía por el lugar de trabajo, y no porque se lo impidiera su cojera, que era leve, sino porque lo detestaba como se detesta un dolor de muelas. Usaba muleta para sostener el cuerpo por la mucha cantidad de vino que almacenaba en su abultado vientre, más que por necesidad. Si alguna vez aparecía por su lugar de trabajo y ganaba algo, ese algo siempre tenía el mismo destino: la tasca.

Blas siempre regresaba a su casa, un reducido y maltrecho habitáculo, echada la noche encima. Y mejor así, pues siempre regresaba borracho y siempre la liaba con Lucrecia, su pobre mujer, y con Marta, la única hija del matrimonio. Al llegar, destrozaba cuanto a su paso encontrase, que era poco o nada, y amenazaba a ambas por igual.  Siempre abofeteaba a Lucrecia,  la pateaba con la pierna sana, mientras se apoyaba en la muleta, o la arrastraba del pelo, o bien la estampaba contra la pared. Y no hablemos, por supuesto, de sus abusos en el lecho, donde actuaba como un perro rabioso. Cuando se cansaba de maltratar a la mujer, la emprendía con la niña, si es que estaba aún levantada, y la amenazaba de muerte. Estas amenazas sobrecogían y espantaban de tal modo a Lucrecia que, despavorida, corría a proteger a la pequeña, cuyo  aterrorizado llanto podía crispar el alma más dura.

La bondadosa mujer hubiese deseado morir, pues su dolor, desde que uniera su vida con la de aquel monstruo, sobrepasaba cualquier límite y su existencia se había convertido en la nada, en un goteo de días, a cual más oscuro. Pero sólo pensar que aquel ser maligno se quedase con la pequeña, la amedrentaba de tal forma que un terrible escalofrío le recorría el cuerpo, apretándolo, como si una serpiente tratase de asfixiarla. Sin embargo, sí que se iba consumiendo poco a poco y a tal punto llegó su debilidad que, una noche, cuando Blas llegó con sus improperios y amenazas, Lucrecia ya no estaba en este mundo, se había desangrado, víctima de una hemorragia interna. Junto a aquel cuerpo inerte, bañado en sangre, la niña lloraba, y podría decirse que su vida se convirtió en llanto el resto del tiempo que permaneció en aquella casa.


viernes, 28 de noviembre de 2025

LA CUEVA DE SANTA ROSALÍA

 

II.-En la cueva de Santa Rosalía

No lejana del pueblo de Marta existía una cueva que, desde años casi inmemoriales, estaba dedicada a Santa Rosalía. Se accedía al antro por una entrada bastante angosta, que pronto se ensanchaba y daba lugar a un vasto espacio en cuya pared frontal dormitaba una imagen de “la Santita” (como era conocida), ya deslucida por el transcurrir del tiempo. Una puerta compuesta a base de lienzos de diferentes maderas, algunas ya carcomidas, fraguadas entre sí por deformadas chapas y clavos de hierro, cerraba el conjunto de aquella especie de basílica. Al cargo de dicha gruta-santuario hallábase el lego Raimundo. Había  llegado de lejanas tierras y representaba como nadie al arquetipo perfecto de la doble moral. Era personaje aficionado a contar historias, muy dado a las mujeres, además de entregado a ciertos menesteres y “otras cosas” nada nobles, más que consagrado a deberes divinos.

A decir del mismo, todas aquellas historias que contaba se las había oído a un viejo fraile de la abadía de la que procedía. La que tiene que ver con el relato presente la había conocido el susodicho fraile en un antiguo libro, cuyo título el lego no recordaba. Aquella historia venía a decir más o menos así: “Existía una antigua leyenda, según la cual una mujer, llamada Orberosa, fue gozada por el diablo en una caverna donde mucho tiempo después los mozos y mozas del pueblo jugaban a diablos y bellas orberosas.”

He aquí el origen de cuanto aconteció posteriormente  en la pequeña población. por la que se extendió la citada crónica.

Pese a las severas restricciones mentales impuestas por la religión, allí empezó a tomar cuerpo el juego entre mozos y mozas, al modo de la leyenda contada por el lego y en pocos años convirtió aquella gruta de “la Santita”, en famoso lugar de peregrinaje hedonista. Hasta allí acudían tantos diablos y bellas orberosas que aquellos espacios se hicieron insuficientes para albergar a tanta juventud con ansias de gozo carnal, tanto que podría asegurarse que superaban con creces las fiestas orgiásticas de las Lupercales de Roma.  Y no es que el resto del año no dieran rienda suelta a sus delirios eróticos, sino que aquella era la fecha establecida para una celebración conjunta.

Acontecía cada noche que precedía al  tres de septiembre de cada año, (también solían hacerlo el trece de julio). Fue, primero, la juventud del pueblo, seguida de la de territorios limítrofes, la que llegaba a venerar durante la noche y el día cuatro, día de la festividad de la Santa, a la que consideraban libertadora de enfermedades infecciosas, de epidemias tan maléficas como la peste, y Santa siempre protectora en momentos difíciles.

La religión, que durante siglos había sido mordaza y tortura, estaba adoleciendo de rigor, aunque aún quedaban muchachas jóvenes que, pese a su comportamiento licencioso, jugaban cada semana a liberarse del lastre de sus pecados, postrándose ante el confesionario con el deseo de ser redimidas de sus voluptuosos pensamientos e irresistibles ansias de placer. Pero de nada  valía, pues, una vez que se sentían liberadas del pecado, renovaban con mayor ímpetu, si cabe, una nueva etapa de lozanía y desenfreno. Y siempre así.

De esa manera, la religión dejó de ser lo que era y aquella romería que, en principio, encerraba una finalidad piadosa, más pronto que tarde se convirtió en una  bacanal del placer. Podría decirse  que el hedonismo se fue adueñando de la mente y cuerpos de toda aquella juventud, más proclive a los instintos de la carne que a la devoción por la Santa, pues deducían que la religión sólo aportaba miedo, miseria e ignorancia, frente a la libertad del gozo y deleite que les otorgaba el desprendimiento de prejuicios y ataduras impuestas por falsas creencias. Aquella juventud ya no  tenía más religión que el placer. Con todo, el motivo de “La Santita” les servía de excusa más que sobrada para acudir a tan ineludible cita.

No eran muchos los que se adentraban en la caverna para la práctica de un culto religioso, y sí demasiados los que se esparcían por los arrabales de la gruta para disfrutar de cuantos  instintos pasionales se encierran en el ser humano. Aquel fue, en adelante, el elemento primordial de aquellas jornadas. Las jóvenes, bellas orberosas,  pasaron a asemejarse a ninfas sacadas de lo más profundo de los bucólicos bosques que rodeaban la gruta. Eran ninfas  que incitaban la voluptuosidad de los mozos, pobres diablos, y los arrastraban, seduciéndolos con su belleza, por entre árboles,  cañadas y  valles, donde se adentraban para dar rienda suelta a una lujuria que ni la misma Afrodita habría igualado.

Cada uno de aquellos  mozos, que acudía cortejando y acompañando  a una bella doncella, sucumbía a la irresistible tentación de rendirse  ante la cautivadora dádiva de sumo placer que se le ofrecía, tal y como le ocurriera al diablo con la virgen Orberosa. Lo hacían con auténtico delirio y ninguno se encontró en la tesitura de llevar a cabo un rapto como el que llevara Plutón con Proserpina, para saciar su incontinencia y ansias lascivas. Sin embargo, el estupro habido entre el lego Raimundo y la bella Marta sólo se debió a la farsa que él le montó y a la ingenuidad de la joven.


lunes, 24 de noviembre de 2025

LA CUEVA DE SANTA ROSALÍA

 

“En la cueva de la penitencia

Santa Rosalía su pelo cortó,

El demonio la estaba mirando,

Ella se consuela con mirar a Dios.

En la cueva de la penitencia

Santa Rosalía su pelo cortó,

Con su pelo hizo una soguilla

Tan la hizo que al cielo llegó.

………………………………………..

I.-Las pitonisas del mercado

Como un ejército de acosadoras y perversas sibilas, las organizadas pitonisas se abalanzaron sobre la joven madre, Marta, que más bien tuvo que arrastrar, cogida de la mano, a una niña de no más de cinco años, que había sido concebida por el efecto de una desenfrenada noche de lujuria de un lego y la ingenuidad de una adolescente.

Los hechos ocurrieron por la calle que unía la plaza principal de la ciudad con el mercado, lugar de concentración de aquellas adivinas sin escrúpulo, que asediaban a cuantos viandantes transitaban por la zona.

Portando pequeños ramos de romero en flor, atosigaron, con ínfulas de santas adivinas, a la desdichada mujer, conminándola a que se detuviese para derramar sus oráculos sobre ella y la niña. De no hacerlo, a la niña le sobrevendrían las más duras  desgracias y sobre la madre se  cernerían atroces males, jamás imaginados. La mujer, a malas penas, podía mantener el paso ante la obstrucción desvergonzada de aquellas mujeres, que pronto irrumpieron en amenazas y maldiciones, tan diabólicas como malignas. Una de aquellas augures, la más gruesa del grupo, tanto como una tinaja y tan negra como el azabache,  cuando ya se marchaban en busca de alguna otra presa que atrapar, se volvió hacia la madre y la conminó con esta maldición: “¡Que la niña que te acompaña, hija de tu maldito vientre, se arrastre como una culebra el resto de su vida!”  Ella se sobresaltó. Era la misma maldición que su padre había escupido sobre su rostro el día que la expulsó de su casa, al tener noticia del embarazo de la hija, fruto del estupro.

Cuando, por fin, se vio libre del asedio, no pudo por menos de asimilar ambas maldiciones como si se tratara de una terrorífica losa que pesaba sobre ella. Aquella ponzoñosa mujer acababa de maldecirla. Su padre lo había hecho unos cinco años atrás. Ambas imprecaciones se ajustaban. Ambas le produjeron una amarga sensación de culpabilidad y de terror, mientras un escalofrío recorrió su cuerpo, estremeciéndola bruscamente, a la vez que una especie de apoplejía le obstruía el cerebro. Todo transcurrió  en un instante. Lívida, desarmada de fuerza, y con el conocimiento perdido, le dio tiempo a sentarse en el suelo antes de caer. Carla, la niña, la siguió con mirada atónita y asustada, observando perpleja la situación de la madre.

miércoles, 13 de octubre de 2021

EL GALLO QUE SABÍA LEER

EL GALLO QUE SABÍA LEER  

     Cuenta una antigua leyenda que una fría mañana de invierno, una vecina se acercó a su corral para recoger los huevos que el día anterior habían puesto las gallinas. Ella no tenía gallo, por aquello de que los gallos son agresivos y malos, y atacan cuando te acercas al corral. Ella iba toda confiada, con su cestillo para hacer la recova, o lo que es lo mismo, la recogida de los huevos. Casi adormilada aún por el madrugón, entró distraída hasta donde estaba el gallinero. Y allí tuvo una gran sorpresa, pues sobre el palo en el que dormían las gallinas, ahora había un gallo rojo gigante, con cresta también gigante. La mujer, completamente confundida ante tan inesperado intruso, no se atrevió a acercarse, ni siquiera hasta los ponedores donde se hallaban los huevos. Se llevó, además, un gran susto, preguntándose cómo habría podido llegar aquel animal hasta allí. ¿O era sólo un espejismo, una alucinación debida a lo temprano de la hora? No hallando la respuesta a aquel estado tan confuso, dejó el gallinero y regresó a la casa bastante aturdida. 

    Indecisa entre contar o no lo que había observado, no fuese que su marido y sus hijos la tomasen por tonta, o loca, que es aún peor, determinó regresar de nuevo al corral. Y ahora la sorpresa fue total: el gallo se había puesto unas grandes gafas y leía una historia a las gallinas, que lo escuchaban embelesadas. No se le entendía bien, o, al menos, ella no lo entendía muy bien, pero la historia que contaba el gallo debía ser muy interesante. Ya no sabía si es que se había puesto de verdad tonta, o aquello era un milagro-prodigio de los que a veces le habían contado que ocurrían. Se ocultó detrás de un portalón y sin perder ni un momento la mirada hacia el gallo, observó cómo el animal, con sus lentes puestas y un libro de cuentos sostenido por sus alas, les narraba a las gallinas una historia sobre un pequeño mono que un abuelo había regalado a su nieto. 

   El gallo leía y leía sin parar, pero no cantaba, algo impropio de un gallo a esas horas de la mañana. La señora, muy extrañada ante lo que estaba pasando, decidió volver y contárselo al marido, no fuese que ella tuviera visiones, estuviera viendo cosas irreales. Pero, no, no era así. Pues cuando volvieron al gallinero, contemplaron cómo las gallinas aplaudían la historia y pedían que la repitiese. Y el gallo, como buen galante de sus anfitrionas, repitió la historia que sigue a continuación. 

   “Ángelo era un hombre de unos cincuenta años y, como todos los hombres mayores de 15 años y menores de 60, fue llamado por el rey para ir a la guerra. A la guerra sólo iban los pobres, pues el rey había dicho que quienes pagaran mil reales de plata podrían librarse. La guerra se hacía contra el reino vecino, por unas minas de oro que se hallaban en la frontera de ambos reinos. Y, como en todas las guerras, los pobres siempre luchan para salvar los intereses de los ricos, no los propios. Las minas eran del rey y de los ricos, por eso éstos podían librarse de ir a la guerra, pues tenían mucho dinero y podían pagar los mil reales de plata. Ángelo, que no poseía ni cinco reales, tuvo que marchar a la guerra. Allí conoció a Sandro, un buen hombre, como él. Se hicieron muy amigos. Sandro no tenía nadie en el mundo, sólo un mono, tan pequeño como un puño, que lo acompañaba a todas partes. Era travieso y juguetón como ningún otro mono, saltarín y hasta burlón. Pero lo principal de “Relámpago”, -así lollamaba su dueño-, es que hasta sabía hablar. 

     Una noche, antes de que fuese la batalla al día siguiente, Sandro le dijo a Ángelo que si le ocurría algo o moría en la lucha, que se hiciera cargo de “Relámpago”, que no lo dejase abandonado. Al día siguiente tuvo lugar la batalla alrededor de un monte que se conoce como el Cerro Gurugú. Allí hubo muchas víctimas, entre otras estuvo la de Sandro. Ángelo también fue herido, pero salvó la vida. Como ya no servía para seguir batallando, fue enviado a su casa y con él llevó a “Relámpago”. 

      Cuando su nieto Pietro lo vio, se encaprichó del pequeño mono y su abuelo tuvo que regalárselo. El niño no se portaba muy bien con los animales, cosa que no se hace, pero si él estaba enfadado por lo que fuese, se desfogaba con el animal, maltratándolo, castigándolo, dejándolo sin comer, y cosas así. Pietro también tenía una gata, llamada “Minerva”, blanca y negra, preciosa. 

    Relámpago se enamoró de Minerva y no la dejaba tranquila. La besaba, le gritaba al oído, le hacía cosquillas, se subía encima de ella, haciéndole rabiar continuamente. Un día apareció por la aldea un gato romano, grande y sabio como ningún otro. Minerva lo vio y enseguida se enamoró de él. Y como estaba harta de soportar a Relámpago y ya se había dado cuenta de que el mono estaba enamorado de ella, decidió marcharse con el gato, pues no entendía que un mono se enamorase de una gata. 

     Pietro, al saber que Minerva no estaba, encerró a Relámpago en un cuarto oscuro, sin comida ni agua, durante tres días. El día que salió, el mono escapó huyendo, no tanto para escapar de Pietro, si no como para buscar a Minerva, pues sin ella no sabía vivir. Recorrió aldeas y más aldeas, pero no la encontró. Muerto de hambre y cansancio decidió regresar con su dueño, Pietro. Éste se vengó de él amarrándolo con una cuerdecilla al balcón, para que no escapara de allí. Relámpago saltaba, brincaba, hacía puenting con la cuerdecilla por fuera del balcón, y así siempre. Las gentes de la aldea, que pasaban por la calle, se detenían al ver un mono tan simpático, y lo que más les sorprendía es que el mono hablara tan bien como ellos. 

    Un día el mono se soltó, pues se había roto el cordelillo, dio un salto dela balcón al suelo y se marchó para no regresar jamás. Tal vez fuera en busca de Minerva, o quizás porque no quería que volviesen a maltratarlo. El relato finalizaba diciendo que los ricos, generalmente, abusan de los pobres y también suelen hacer daño a muchos animales, divirtiéndose con su dolor.” 

     Esta es la historia que el gallo contaba a las gallinas. A la mañana siguiente la dueña del corral acudió muy temprano a ver si el gallo estaba contando otra historia, pero, no, el gallo ya no estaba. Había desaparecido como desaparece un fantasma. Estos hechos sorprendieron a los dueños del corral y a todos los vecinos, tanto que durante años y años en la aldea no se hablaba de otra cosa. Habían pasado varias generaciones y aún seguían contando lo del gallo que leía, cuando una noche de verano, en la que las gentes de la barriada tomaban el fresco bajo la brillante lamparilla de millones de estrellas, de improviso se presentó un hombre pobre, que bien se notaba que cabalgaba a lomos del hambre y la miseria. Dio las buenas noches y pidió algo de comer. Unos caritativos vecinos le saciaron el hambre. Él se sentó con ellos y les preguntó por la leyenda del “Gallo que sabía leer”. Ellos se la contaron, diciéndole que de eso habían pasado casi cien años. Fue entonces cuando él viajero los sorprendió diciéndoles que el gallo no era otro que un príncipe encantado por una bruja a estar cien años vagando y contando la historia del abuelo que regaló un mono a su nieto. Y es que el príncipe siempre se había portado muy mal con todos los animales, y también con los habitantes del reino. Cuando pasara ese tiempo volvería a desencantarse, pero antes tendría que ir visitando uno por uno todos los gallineros de todas las aldeas por las que había pasado hacía cien años, y que aquella aldea la visitaría al día siguiente. Sería la única forma de desencantarse. 

    Todos quedaron perplejos ante lo que el hombre les decía, mirándose unos a otros, sin decir palabra. De pronto se dieron cuenta de que el hombre ya no estaba, había desaparecido. Ningún vecino durmió aquella noche, esperando la madrugada. 




    Como era verano y en verano amanece muy temprano, a las cinco o así de la mañana ya estaban todos a la puerta del corral. Y, ¿sabéis qué pasó? Pues que, cuando llegaron ya estaban las gallinas despiertas y el gallo, con sus gafas puestas, leyendo la historia del abuelo que regaló un mono a su nieto. 

    Todos y todas quedaron asombrados al comprobar que la leyenda era cierta. El gallo les estaba aconsejando que jamás maltratasen a un animal. Él pasó el día en el corral, pero a la madrugada siguiente, cuando fueron los vecinos, éste ya había desaparecido.