XXIV.-En la cueva de Santa Rosalía
Madre e hija necesitaron tiempo,
mucho tiempo para asimilar la nueva situación, tan soñada y esperada por la
madre, tan sorprendente para la hija. Fue tiempo de explicaciones, de aclaraciones, de intimidades, de ir
asimilando el milagro, como bien queda dicho.
En aquel milagro tal vez algo pudo
tener que ver “la Santita”. Es por eso que decidieron agradecer tan divino
acontecimiento. La fe de ambas era inquebrantable. La mejor forma no era otra
que visitarla en su gruta y prosternarse ante su imagen. Pero aquella visita
debía encerrar otro cometido: visitar igualmente al lego, al perverso y
execrable personaje cuyo comportamiento había sido tan vil, pero que también
era padre de Carla.
Postergaron casi indefinidamente
aquella ineludible visita a “la Santita”, previendo, igualmente, las posibles
consecuencias que el hecho en sí pudiera acarrearles. Especularon sobre la
conveniencia o no de plantarse ante Raimundo y manifestarle abruptamente lo que
su conducta había sido y era, para desenmascarar su hipocresía y su maldad.
Y así llegó el día. Fue una mañana
de mayo, ya el sol trepaba en el cielo, cuando emprendieron la marcha. Sus
pechos dilatados denotaban la brisa que respiraban y la brisa que las unía. Se
trataba de no más de unos cuatro kilómetros. Era el día en el que Carla cumplía
los veintiún años. Su madre andaba ya
por los treinta y seis. Durante la noche, ninguna de las dos había conciliado
el sueño. Los fantasmas del pasado acudían recordándoles el abismo en el que
sus vidas habían estado estancadas durante ese tiempo. Habían sido años vacíos
de algo gratificante y sí llenos de tormento y penalidades. Ambas habían sido
perseguidas y torturadas por una mala estrella que ahora parecía alejarse, pero
que dejaba un rastro de recuerdos demasiado amargos. Sin embargo, estaban en el
presente y era imprescindible recuperarse.
Y así se pusieron en camino durante
el cual tuvieron un sueño: la posibilidad de rescatar a cuantos niños y niñas
habían quedado huérfanos o desprotegidos tras la terrorífica epidemia de
“gripe” que había asolado la ciudad. Volcarse en los más frágiles y vulnerables
sería la mejor labor que podrían realizar: rescatarlos antes de que cayesen en
las garras de depredadores tan pérfidos como los que las habían atrapado a
ellas.
Sin percatarse habían llegado a la
cabaña del lego ermitaño. Presionaron la frágil puerta de madera que sólo
estaba entornada. En su interior se hallaba Raimundo, largo como un ciprés y
tan seco como una caña. Por entonces ya estaría cerca de los cincuenta y tantos
años. Su pelo, el poco que le quedaba era canoso, su andar algo torpe, su
mirada huidiza, sus palabras bruscas y algo soeces. Junto a él se encontraba
una hembra de unos cincuenta años, gruesa y panzuda, cabello suelto y de
grandes pechos caídos. Por lo visto, las ansias amatorias y lascivas del lego
no habían disminuido, -la imaginación y
deseo son inagotables-, aunque seguro que lo habían hecho ya sus
capacidades, sus bríos y sus fuerzas. La mujer se hallaba desnuda, echada sobre
el lecho que ocupaba gran parte de la estancia.
De momento se percataron, madre e
hija, de que era una tarada mental, desequilibrada y esquizofrénica,
obsesionada con la procreación. Tan pronto
entraron, la loca empezó a gritar llamándoles “¡putas-rameras!”,
conminándolas a que no se atrevieran ni a mirarlo, que no eran hembras
adecuadas ni aptas para robárselo, y que si lo intentaban las mataba allí
mismo. Él trató de tranquilizarla. En la cabaña se armó tal confusión y
griterío que pronto más pareció aquello un manicomio que otro sitio.
Marta y Carla increparon al lego, vomitando contra él todo tipo de improperios, desde indigno y
desvergonzado, a repugnante y cruel. No escatimaron en descalificaciones ni
tampoco en el uso de cuantos adjetivos despreciables llegaron a sus bocas.
Maldijeron su estampa, deseándole que se pudriera en su propia miseria moral, y
que su alma, si es que existía infierno, fuese llevada hasta allí para que
disfrutara eternamente de la vileza y ruindad de sus pecados. Marta le recordó,
con todo detalle, la desventura que sufrió tras ser embaucada por él y llevada,
por la mentira, al aprovechamiento y al escarnio de su cuerpo. Como producto de
aquel hecho, delante tenía lo que había sido el fruto del mismo. Finalmente le
escupieron en la cara y, asqueadas, salieron hacia la cueva de la
“Santita”. Mientras, el lego siguió a lo
suyo, “arreglar” a la loca.
Creer o no creer es sólo cuestión
personal e íntima. La fe suele ser inquebrantable y firme, y ellas la tenían.
La fe suele ser un fortín para aquellos que sólo reciben desgracias; y para los
embaucadores es el mejor recurso para la obtención de beneficios. Así y todo,
ellas creían en “la Santita”, pero estaban desengañadas de los inmundos seres
humanos que se la apropian para sacar provecho en su nombre.
Marcharon a la gruta y prendieron
una vela. A continuación, Marta cortó la larga cabellera de Carla, la
depositaron en la mesita que contenía las ofrendas y la dejaron como dádiva.
Fue su generosidad por aquel milagro del reencuentro, como era la de muchas
mujeres que se desprendían de un bien tan preciado como es el cabello. El mismo
serviría para que elaborar pelucas que aliviaran el sufrimiento de aquellas
otras que, por cualquier razón, lo habían perdido. Lo que ellas, y todas, desconocían es que el
lego, con aquel pelo, también hacía negocio. Hasta ese extremo llegaba su ruindad.
Tanto Marta como Carla decidieron
emprender en adelante una misión: hacer realidad el sueño que se habían
propuesto, salvando a cuantos niños y niñas pudieran de las garras de
depredadores, tales como el lego, las sibilas, el titiritero, y tantos otros, y
convertir así su fe en paladín de los más débiles. Y para ello, se marcharon a
la ciudad.
Madre e hija rezaron una última
oración y, al salir, a diferencia de la esposa de Lot, no volvieron la vista
atrás. Tampoco regresaron jamás a aquel
lugar. Para ellas quedó proscrito. El lego Raimundo lo había convertido en la
nueva Sodoma.