miércoles, 4 de febrero de 2026

LA CUEVA DE SANTA ROSALÍA

 XXIV.-En la cueva de Santa Rosalía

Madre e hija necesitaron tiempo, mucho tiempo para asimilar la nueva situación, tan soñada y esperada por la madre, tan sorprendente para la hija. Fue tiempo de explicaciones,  de aclaraciones, de intimidades, de ir asimilando el milagro, como bien queda dicho.

En aquel milagro tal vez algo pudo tener que ver “la Santita”. Es por eso que decidieron agradecer tan divino acontecimiento. La fe de ambas era inquebrantable. La mejor forma no era otra que visitarla en su gruta y prosternarse ante su imagen. Pero aquella visita debía encerrar otro cometido: visitar igualmente al lego, al perverso y execrable personaje cuyo comportamiento había sido tan vil, pero que también era padre de Carla.

Postergaron casi indefinidamente aquella ineludible visita a “la Santita”, previendo, igualmente, las posibles consecuencias que el hecho en sí pudiera acarrearles. Especularon sobre la conveniencia o no de plantarse ante Raimundo y manifestarle abruptamente lo que su conducta había sido y era, para desenmascarar su hipocresía y su maldad.

Y así llegó el día. Fue una mañana de mayo, ya el sol trepaba en el cielo, cuando emprendieron la marcha. Sus pechos dilatados denotaban la brisa que respiraban y la brisa que las unía. Se trataba de no más de unos cuatro kilómetros. Era el día en el que Carla cumplía los veintiún  años. Su madre andaba ya por los treinta y seis. Durante la noche, ninguna de las dos había conciliado el sueño. Los fantasmas del pasado acudían recordándoles el abismo en el que sus vidas habían estado estancadas durante ese tiempo. Habían sido años vacíos de algo gratificante y sí llenos de tormento y penalidades. Ambas habían sido perseguidas y torturadas por una mala estrella que ahora parecía alejarse, pero que dejaba un rastro de recuerdos demasiado amargos. Sin embargo, estaban en el presente y era imprescindible recuperarse.

Y así se pusieron en camino durante el cual tuvieron un sueño: la posibilidad de rescatar a cuantos niños y niñas habían quedado huérfanos o desprotegidos tras la terrorífica epidemia de “gripe” que había asolado la ciudad. Volcarse en los más frágiles y vulnerables sería la mejor labor que podrían realizar: rescatarlos antes de que cayesen en las garras de depredadores tan pérfidos como los que las habían atrapado a ellas.

Sin percatarse habían llegado a la cabaña del lego ermitaño. Presionaron la frágil puerta de madera que sólo estaba entornada. En su interior se hallaba Raimundo, largo como un ciprés y tan seco como una caña. Por entonces ya estaría cerca de los cincuenta y tantos años. Su pelo, el poco que le quedaba era canoso, su andar algo torpe, su mirada huidiza, sus palabras bruscas y algo soeces. Junto a él se encontraba una hembra de unos cincuenta años, gruesa y panzuda, cabello suelto y de grandes pechos caídos. Por lo visto, las ansias amatorias y lascivas del lego no habían disminuido, -la imaginación y  deseo son inagotables-, aunque seguro que lo habían hecho ya sus capacidades, sus bríos y sus fuerzas. La mujer se hallaba desnuda, echada sobre el lecho que ocupaba gran parte de la estancia.

De momento se percataron, madre e hija, de que era una tarada mental, desequilibrada y esquizofrénica, obsesionada con la procreación. Tan pronto  entraron, la loca empezó a gritar llamándoles “¡putas-rameras!”, conminándolas a que no se atrevieran ni a mirarlo, que no eran hembras adecuadas ni aptas para robárselo, y que si lo intentaban las mataba allí mismo. Él trató de tranquilizarla. En la cabaña se armó tal confusión y griterío que pronto más pareció aquello un manicomio que otro sitio.

Marta y Carla  increparon al lego, vomitando contra él  todo tipo de improperios, desde indigno y desvergonzado, a repugnante y cruel. No escatimaron en descalificaciones ni tampoco en el uso de cuantos adjetivos despreciables llegaron a sus bocas. Maldijeron su estampa, deseándole que se pudriera en su propia miseria moral, y que su alma, si es que existía infierno, fuese llevada hasta allí para que disfrutara eternamente de la vileza y ruindad de sus pecados. Marta le recordó, con todo detalle, la desventura que sufrió tras ser embaucada por él y llevada, por la mentira, al aprovechamiento y al escarnio de su cuerpo. Como producto de aquel hecho, delante tenía lo que había sido el fruto del mismo. Finalmente le escupieron en la cara y, asqueadas, salieron hacia la cueva de la “Santita”.  Mientras, el lego siguió a lo suyo, “arreglar” a la loca.

Creer o no creer es sólo cuestión personal e íntima. La fe suele ser inquebrantable y firme, y ellas la tenían. La fe suele ser un fortín para aquellos que sólo reciben desgracias; y para los embaucadores es el mejor recurso para la obtención de beneficios. Así y todo, ellas creían en “la Santita”, pero estaban desengañadas de los inmundos seres humanos que se la apropian para sacar provecho en su nombre.

Marcharon a la gruta y prendieron una vela. A continuación, Marta cortó la larga cabellera de Carla, la depositaron en la mesita que contenía las ofrendas y la dejaron como dádiva. Fue su generosidad por aquel milagro del reencuentro, como era la de muchas mujeres que se desprendían de un bien tan preciado como es el cabello. El mismo serviría para que elaborar pelucas que aliviaran el sufrimiento de aquellas otras que, por cualquier razón, lo habían perdido. Lo  que ellas, y todas, desconocían es que el lego, con aquel pelo, también hacía negocio. Hasta ese extremo llegaba su ruindad.

Tanto Marta como Carla decidieron emprender en adelante una misión: hacer realidad el sueño que se habían propuesto, salvando a cuantos niños y niñas pudieran de las garras de depredadores, tales como el lego, las sibilas, el titiritero, y tantos otros, y convertir así su fe en paladín de los más débiles. Y para ello, se marcharon a la ciudad.

Madre e hija rezaron una última oración y, al salir, a diferencia de la esposa de Lot, no volvieron la vista atrás.  Tampoco regresaron jamás a aquel lugar. Para ellas quedó proscrito. El lego Raimundo lo había convertido en la nueva Sodoma.

LA CUEVA DE SANTA ROSALÍA

 XXIII.-Siempre acecha la misma trampa: la atadura a la Religión

Pues sí, a Marta y Carla no les fue fácil reconocerse. Cierta desconfianza, cuando no miedo, las acompañó durante largo tiempo. Entre ellas hubo silencios infinitos, monólogos casi inaudibles y, por supuesto, charlas esclarecedoras. Habían sido muchos los años en los que la vida las había machacado por separado. Carla era muy niña cuando la separaron de Marta y apenas la recordaba. Tenía que hacer verdaderos juegos de memoria intentando evocar anécdotas o vivencias de aquel primer tiempo pasado en unión a Francesca, y que su madre le iba recordando. En Carla surgieron dudas sobre el auténtico motivo de la separación, pues nada recordaba sobre el hecho ocurrido junto al mercado. Fue el paso del tiempo lo que creó confianza y seguridad entre ellas.

Para esa nueva realidad debió nacer un nuevo conocimiento mutuo, perdido durante quince largos años. Se vieron obligadas a intercambiar todo tipo de elementos que permitieran reconocerse como lo que eran, una como madre, la otra como hija. Todo había estado ausente durante aquel infausto tiempo en el que ambas tuvieron secuestrados cuerpo y alma.

Uno de los momentos más abruptos surgió con el tema de la religión, cuando la madre, en un alarde de valentía, aclaró a Carla el origen de su existencia, el día que la informó de quién era hija y del motivo por el que ella se había dejado arrastrar por aquel depravado. Le habló de la juventud licenciosa del pueblo, hábilmente conducida por el lego Raimundo.

La explicación dada por Marta supuso toda una convulsión en el alma de Carla, un seísmo que la llevó a que sus músculos se contrajeran, su expresión se petrificase, y su rostro se transformase hasta quedar completamente lívido. Enmudeció. Todo aquello merecía una explicación clara y precisa, que Marta le dio fielmente y Carla entendió.

Dentro de aquella conversación entre madre e hija apareció el tema religioso. Ambas eran creyentes. Ambas estaban mediatizadas por poderosas creencias. Sus almas estaban atrapadas por esa especie de amalgama de dogmas que conforma la atadura religiosa. El ser humano es frágil y débil por naturaleza. Enfermedades, guerras, catástrofes, persecuciones, amenazas, tristezas o cualquier otro tipo de penalidad o calamidad lo han conducido a buscar protección en “un algo superior” que le ayude a superar la adversidad. También ha acudido a ese “ser superior” cada vez que ha implorado un beneficio, una recompensa, un provecho, una merced. Así ha sucedido a lo largo de los tiempos, y así será mientras el ser humano recale en el planeta Tierra. Desde su más remota aparición, se hicieron presentes los miedos y, por ende, las creencias y el apego hacia tótems, o hacia diversas fuerzas de la Naturaleza o seres míticos, sólo existentes en la conciencia de esos seres que se consideraban desprotegidos y buscaban, por tanto, amparo para resolver situaciones para las que carecían de salida.

Cuando una epidemia, una guerra, una catástrofe ha asolado y devastado un territorio y sus habitantes no han hallado una respuesta, han puesto su mirada en esos seres superiores, o sobrenaturales, que conocemos con el nombre de “dioses”.  Es una reacción natural y frecuente.

A los “dioses” se han unido el de “santos” u otros apelativos, según las distintas religiones, las cuales van surgiendo con el propósito de aunar y controlar al grupo, con el fin de que éste no se disgregue. Sólo los ateos convencidos, que son los menos, quedan al margen, achacando cualquier desgracia al propio devenir de la Naturaleza, o al efecto de malos comportamientos del propio ser, aunque, autoinculparse no es lo corriente.

Como consecuencia de aquella enfermedad contagiosa que había supuesto la desgracia, cuando no la muerte de muchas criaturas, se originó una larga etapa de mantras compuestos por sacrificios, ofrendas, promesas y donativos que sobrepasaban con creces los habidos normalmente. Y fue la cueva de “la Santita” la que más visitas recibió, -a ella le imploraban y a ella le adjudicaban el milagro de estar vivos-, y la que más se benefició de oraciones, presentes, peticiones o juramentos que sirviesen para aplacar la cólera de las potencias divinas. No en balde era patrona y salvadora de cualquier enfermedad contagiosa, y aquella que había asolado el territorio había sido la más dura jamás conocida.

Así, la religión volvía a ser lo que siempre había sido, la mejor trampa, aprovechada por predicadores y políticos, que no pierden ocasión para atraer al rebaño y reconducirlo por donde siempre debiera caminar, y así favorecer sus mezquinos intereses. Una de las dádivas que más agradaba a “la Santita”, según los predicadores, consistía en que las muchachas jóvenes, llegadas desde cualquier lugar, cortasen sus bellas cabelleras y las ofreciesen a la “Santita” en señal sumisión y penitencia por los muchos pecados cometidos por el pueblo. De esa forma se asemejarían a la “Santa Rosalía”. La estarían imitando y haciendo lo mismo que ella hiciera en su día.

Las cabelleras tendrían como destino el servir a otras mujeres que las necesitaban. Todo se haría de forma altruista. Pero todo fue una gran farsa, pues era el propio Raimundo, y otros agregados a la religión, los que obtenían pingües beneficios con la venta. Una vez más el ganado era hábilmente encarrilado por el camino correcto. Una vez más el ganado pecaba de incauto y de ingenuo. Una vez más sacaban tajada los de siempre, los que predicaban sumisión, resignación y obediencia. Una vez más la tramposa religión se imponía. Y así será mientras el mundo sea mundo, pues las carencias y las  fragilidades del ser humano lo obligan a  buscar refugio en lo sobrenatural, en lo desconocido, en lo metafísico.

Pero algo se les empezaba a escapar de las manos a los predicadores, tal vez, también para siempre, pues el deseo de goce y disfrute era más intenso que nunca. Suele ocurrir tras una calamidad. Nada ni nadie pudo hacer que desapareciese al diablo, aquel que gozara de la bella Orberosa. Ese diablo permaneció allí, con ellos, haciendo que la leyenda tuviera tal asentamiento que no hubo religión que la derribase, ni muralla que se le resistiese. Las bellas jóvenes orberosas libaban, con más pasión que lo hicieran sus antepasadas, el néctar del placer que los pobres diablos depositaban en sus cuerpos. La cueva no fue sólo  solaz de oración y reconciliación con los poderes divinos, sino que se había convertido en lugar de peregrinación del divino hedonismo, en el lugar en el que tenía su máxima expresión el disfrute de la carne.

Hasta allí llegaron un día Marta y Carla.

LA CUEVA DE SANTA ROSALÍA

 XXII.-El imprevisible destino.

Era el tres de septiembre. La maldita epidemia había pasado como lo hace un huracán. Todo estaba ahora desolado. Por eso que se hacía imprescindible visitar a “la Santita”.  Una gran multitud se iba aproximando a la gruta. Formaban caravanas serpenteantes por todos los caminos que llevaban a la cueva. Todos lo hacían con un mismo fin: agradecer el favor de estar vivo e implorar que no se repitiese una epidemia como aquella.

“La Santita” había sido benefactora con todos ellos. Era la encargada ante el “Poder Divino” de implorar para que ni plagas, ni enfermedades contagiosas,  produjesen daños terribles como los que durante casi dos años habían devastado poblaciones casi enteras.

“Andrea” y las dos pitonisas restantes se hallaban ya entre las gentes que habían accedido a las proximidades de la cueva. Las sibilas lo hacían, no con finalidad religiosa, que también, pero sobre todo,  con la de obtener algún provecho de los múltiples ingenuos que sucumbían a las enredosas galimatías adivinatorias con las que  atosigaban a todo aquel que estuviese a su alcance. Eran implacables y agotadoras, y, además, no ocultaban su carácter más que tenebroso, si es que alguien les hacía cara.

En el camino más cercano a la gruta se fueron situando ciegos, cojos, mancos, tullidos de todo tipo, que pedían “una limosna por Dios y por la Santita”. Entre aquellas pobres gentes, el mayor símbolo de la miseria, se ubicaron las tres pitonisas.

Una de ellas pregonaba la grandeza y el poder casi milagroso de la pitonisa más joven, “Andrea”, que, pese a su juventud, unos veinte años, tenía ya la mayor capacidad adivinatoria que nadie pudiese imaginar.

-¡Acérquese y vea, y si le convence, no dude en ser el siguiente en conocer todo lo bueno que le espera en su larga vida! ¡Acérquense, vean y comprueben! ¡Seguro que nuestra bella joven le hará temblar de gozo sabiendo los bienes que le aguardan!, -proclamaba a los cuatro vientos una de las pitonisas.

-¡No pasen de largo, señoras y señores! ¡No pasen de largo, pues la capacidad de profética de la joven “Andrea” asombra a propios y extraños! Sepan, además, que cuando niña vivió como una culebra, siendo la atracción principal en todas las ciudades, pues recogía el dinero que le lanzaban, arrastrándose como lo hace una serpiente-, proclamaba la mujer, diciendo también que aquel proceder le venía motivado por una mala maldición que de niña le habían echado.

Así estaba aquel insólito grupo escuchando a la vieja agorera, cuando hasta allí se acercó Marta, que en su inquebrantable fe hacia “la Santita” había acudido a dar gracias por estar viva. La curiosidad la condujo hasta el pelotón de gente por saber qué podían estar pregonando. Escuchó por un momento, sin dar crédito a lo que oía. La edad de aquella joven debía coincidir con la de su hija. Pero, lo que realmente la dejó anonadada y perpleja fueron las palabras que hacían alusión a una maldición. Aquello la retrotrayó quince años atrás, a la calle entre la plaza de la ciudad y el mercado, a su hija cogida de la mano, a las adivinas maldiciéndola.

La cabeza pareció explotarle de nuevo, como aquel aciago día en que le robaron a su niña. Se le heló la sangre. A punto estuvo de caer como le ocurriera en aquel maldito encuentro con las adivinas. En este momento Marta se encontraba sola. Nadie conocía su situación. Todos eran ajenos, indiferentes a lo que por ella estaba pasando.

Se hizo un hueco entre los más próximos a la pregonera. La miró con detenimiento y con descaro, mientras su boca se resecó y sus piernas, y todo su cuerpo, temblaban. Procuró escuchar bien lo que la mujer voceaba. Se tambaleó un par de veces. Se le volvió a nublar la vista. Y sí, estaba en lo cierto: hablaba de su hija, de Carla. Aquella joven, sin duda, era su hija. Se aproximó a ella. La observó de cerca. Tenía sus mismas facciones, y un rostro, no ya semejante, sino igual al suyo. Tembló más intensamente. No se atrevía a decir nada. Se acercó más, tanto que ya la rozaba, y en un alarde de valentía le pidió que le leyera la mano. Fue entonces cuando madre e hija se miraron, frente a frente, de cara. Y fue, también entonces, cuando Marta se abalanzó sobre Carla en un abrazo incontenido. Carla, por miedo a sus  dueñas, la apartó un tanto bruscamente. Marta cayó de rodillas, implorando que la escuchara.

-¡Carla, tú eres Carla! Fuiste secuestrada por cuatro malditas mujeres hace quince años. Tú tenías sólo cinco. ¿No recuerdas nada, Carla? ¡Algo debes recordar!

La pregonera se aproximó escupiendo veneno:

-¿Quién es esta loca, “Andrea”? ¿La conoces de algo? ¡Apártate de ella! ¡Vámonos de aquí! 

-¿Que quién es esta loca?- gritó encolerizada Marta, aún de rodillas.-¡Pronto lo sabrás, maldita! ¡Todo el mundo conoce la historia del rapto del mercado y todo el mundo sabe quiénes sois! ¡No escaparéis sin vuestro castigo!

La pitonisa se echó hacia atrás, hizo un giro y desapareció. A todo esto, dos agentes, al escuchar el escándalo, se aproximaron para indagar el motivo de aquel barullo. Carla permanecía inmóvil, asustada como no lo había estado desde algún tiempo atrás. Marta, por su parte, recuperó energía y no se apartaba de Carla, a la que sujetaba fuerte por una mano. No dudó en dar explicación a los agentes de lo ocurrido quince años atrás, historia de la que también ellos habían oído hablar. Mientras tanto, a las otras dos pitonisas se las tragó la tierra, se habían esfumado. Habían puesto pies en polvorosa. Nadie sabía cómo ni por dónde habían desaparecido. Al igual que quince años atrás, cuando llevaron a cabo el rapto.

Carla iba asustada, pero intentando recordar que era ese y no otro su propio nombre. Acompañaron a la policía y fue Marta la que dio una extensa explicación  de cómo había ocurrido el secuestro y de que Carla era una inexistente legal. No la había legalizado debido al miedo a que se la sustrajesen, convirtiéndose, tristemente, en real su temor, pero de forma distinta a como había imaginado. Carla, por su parte, explicó cómo había sido tratada por aquellas desalmadas, cómo la habían vejado, la habían hecho arrastrarse como una serpiente para recoger el dinero que les tiraban al suelo, y, lo peor de todo: la habían obligado a prostituirse.

Inesperadamente, todo, por razón del destino, había acabado. Fue como el súbito despertar de una larga y terrorífica pesadilla, como si de golpe, cielo y tierra se hubieran confabulado para poner fin a tan infame desdicha. Madre e hija salieron abrazadas del puesto que los gendarmes habían preparado para la ocasión de la romería.

Ninguna de ellas creía en lo que estaba pasando. Les costaría tiempo reconocerse de nuevo. Y, sobre todo, les costaría reconocerse a sí mismas, recuperar la dignidad perdida, sobreponerse al estigma por el que estaban marcadas. No les sería fácil sentirse libres de la pesadilla que las había atormentado, de apartar aquella losa mental por la que sus vidas habían estado aplastadas tanto tiempo. Podría decirse que en aquel momento ambas salían de un profundo pozo de miserias, de vejaciones, de ignominias, de proscripción.

Pero, ¿cómo adaptarse a ese otro mundo en el que de golpe pasas a formar parte de la amplia lista de seres humanos, de sentirte ser humano, no discriminado, no señalado como si fueses un paria? Les resultaría sumamente difícil. Llegar a ser “otras” no les iba a ser nada fácil. Esa sombra las iba a acompañar para siempre, pero, al menos ahora estaban en ese otro lado del mundo en el que existen la dignidad, la comprensión, el amor.

En esta ocasión, la suerte sí que se había puesto  de su parte. Un rayo de felicidad iluminaría para siempre sus rostros en sus nuevas andaduras. 

LA CUEVA DE SANTA ROSALÍA

 XXI.-“Andrea”, la joven pitonisa.

Habían recorrido muchos caminos, llevaban muchas leguas hechas durante la oscuridad o en horas de luz, mucho calzado destrozado, mucha hambre y sed  camufladas bajo una mirada triste y necesitada de ayuda. Pasaban y pasaban por infinitos lugares. Resultaban incontables las plazas visitadas, así como las muchas predicciones y vaticinios  preñados de zalamerías y mentiras. En  todos los lugares las perseguían, en ninguno eran bien recibidas, en todos las trataban como unas apestadas, casi como lo más abominable de la sociedad.

La vida, que suele ser tan cruel e injusta para algunas personas, para “Andrea” lo era más aún. Su cuerpo cantaba que las deficiencias eran muchas, las sobras, ninguna.  Se fue criando casi raquítica, con frecuentes fiebres, adolecida de una alimentación mínimamente adecuada, pues ésta fue siempre totalmente deficiente y menesterosa, no ya sólo rayana en lo indigente sino inmersa en el hambre más absoluta, tanto que, a veces, ni reaccionaba cuando un mendrugo de pan ponían ante sus ojos. En esa miseria material y de espíritu le tocó crecer y vivir largo tiempo.

Ese fue su submundo, en el que también aprendió, porque así se lo enseñaron, el arte de  la adivinación, de la arrogancia o del despotismo, de la felonía o de la astucia,  de la seducción o la tracería, según conviniera. Esa fue su universidad, esos sus aprendizajes, en un oscurantismo de miseria, miedos, fatigas, amenazas y esclavitud constantes.

No tenía muchos años cuando, además de cabriolas, equilibrios, cantar o bailar al son que sus pitonisas la obligaban, o de arrastrarse como una serpiente, le llegó  lo más hiriente: el verse obligada a recoger unas monedas con la boca. Pero no fue aquello lo peor, pues lo más deleznable, la mayor traición había sido, sin duda, el que la obligaran a traficar con su cuerpo. Las monedas, las suyas propias, las monedas que correspondían a su vida, esas habían caído todas del peor lado posible.

“Andrea”, a sus dieciocho años, también había aprendido a hacer de adivina, a leer manos, a echar cartas, a ofrecer futuros tan prometedores como fantasiosos.  Su vida, día sí y día también, continuaba de la misma manera. Aquella vida errante, aquella vida sin sentido, ofreciendo al público unas profecías falsas, se había convertido para ella en algo tan inverosímil, tan increíble como la leyenda que dice que la sombra que podemos apreciar en la Luna, durante las noches de plenilunio, no es otra que la de un hombre con un haz de leña a la espalda, cruzándola de extremo a extremo.

Un día, a dos de sus raptoras también las alcanzó la maligna enfermedad que devastaba el continente, y las condujo a hacer el fatídico viaje que conduce a los infiernos, pues a ese lugar, y no a otro, debían viajar ellas.

La situación se complicaba. Pueblos y ciudades estaban cerrados a cal y canto. Nadie se atrevía a entrar ni a salir, ni estaba permitido. La escasez se convirtió en el estandarte del hambre y la necesidad. La miseria se respiraba por todos los lugares. El estado de depresión y de desesperación se hizo creciente. En el continente empezaron a sonar amenazas de guerra, cuyos tambores sonaban con más y más fuerza cada día. Una gran guerra se avecinaba. Era la lucha por la supervivencia.

Por ese tiempo decidieron las pitonisas, en su eterno periplo, llegar hasta la misma ciudad en la que habían raptado a “Andrea”, que, para ellas, se hallaba en uno de los extremos de la Tierra. Lo hacían, en esta ocasión, huyendo de una guerra que ya se oteaba en el horizonte mismo. Además, habían transcurrido más de quince años. Nadie recordaría lo que pasó, ni la joven sería ya reconocible. Y Carla tampoco se llamaba igual. 

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 XX.-Marta emprende una nueva vida.

Durante más de quince años la vida de Marta había sido una sucesión de días y noches sin más sentido que el que tengan los giros que un caballo hace alrededor de una noria. Todo había girado en torno a una calle, a una plaza, a un mercado. Había deambulado como un animal sonámbulo intentando hallar una respuesta a su desesperación. Nada ni nadie supo o quiso darle una explicación, una idea sobre lo que pudo ocurrir aquella nefasta tarde. Miles de cábalas se hizo, miles de cábalas desechó. Pasado un tiempo todas sus esperanzas comenzaron a desbaratarse.

Supo de la muerte de Francesca y la lloró tanto como había llorado a su madre y se sintió más sola que nunca. Sólo un pequeño hueco quedaba para mitigar su soledad y su angustia. Era Juliana. Ella le brindó una protección que no halló por ningún otro lado. Juliana le hizo un lado en su humilde colchón, allí en el mercado que ella vigilaba y guardaba cada noche. También le aportaba algo de alimento, a la vez que ella le servía de compañía, pues las noches no eran fáciles para nadie, y menos para dos mujeres. Robos, amenazas, insultos, riñas, violaciones, pendencias y todo tipo de altercados se sucedían por los contornos que ella había convertido en su particular obsesión. Aquel lugar lo recorría una vez y otra, en un sentido y otro, con esperanza y lo contrario, y todo por hallar alguna pista que la condujera a Carla. Su vida estaba atrofiada, al igual que lo estaba su mente.

Aquella situación la sobrepasó, en especial cuando la maldita “gripe” se llevó con ella a Juliana. Ya sí que no le quedaba nadie que la socorriera, pues la sustituta de Juliana, Rosario, mujer delgada como un esparto, enlutada de pies a cabeza, y que era sorda como una tapia, tenía malas pulgas. Aquella mujer, fría, seca en el habla, algo que siempre hacía a voces, como emitiendo enormes gruñidos, distante, y poco o nada amiga de hacer favores, no tardó en despedir de la zona del mercado a Marta.

Fue entonces cuando la idea del regreso a la aldea empezó a tomar forma definitiva, pues, conocedora del fallecimiento de su padre, de que la fragua estaba abandonada, y pensando que la humilde vivienda amenazaría ruina de tanto estar cerrada, decidió volver a empezar una nueva vida. Era el momento del regreso, e incluso, en la aldea, podía tener más suerte y encontrar la respuesta que tanto había esperado. Es lo que suele acaecer cuando la desesperación y el desánimo viajan juntos: la respuesta se busca donde se sabe que no está, aunque, en esta ocasión … podría ser lo contrario.

Era verano, la enfermedad había empezado a remitir. Los días eran largos y cálidos. Eran los mejores para reemprender el regreso.

Fue una mañana, al alba, a la hora que las primeras luces despuntaban dejando entrever tejados, calles y árboles, cuando Marta, que había llegado sólo con lo puesto, salió, también, con lo puesto, camino del pueblo que había abandonado como una proscrita. A aquella hora nadie había por las calles. Al cruzar por los arrabales, los perros ladraban, retándose unos a otros; y lo mismo hacían los gallos, en una especie de concurso amañado y sin final, como anticipo del nuevo día. 

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 XIX.-Una visitante inesperada

Todo había sucedido igual que un fuego que se extiende veloz por entre la maleza y herbazales de un bosque. Primero abraza a un árbol, luego a otro, después otro, y otro, y otro más,…; así hasta convertirse en una incontrolada e ingente pavesa que se extiende hasta el infinito. Lo mismo ocurrió con aquella maldita enfermedad.

Elevada fiebre, dolor de cabeza, escalofríos, tos seca, dolor de garganta, dolores musculares o corporales, cansancio, una sensación de malestar general y falta de aire. Así se presentaba, de improviso, aquella condenada epidemia que empezó a asolar, sin piedad, a gran parte de la población. En realidad nadie tenía claro su origen ni cómo o por qué se causaba. Sólo sabían que se transmitía de forma pertinaz, sin miramientos, sin esperar. Nadie conocía su procedencia, aunque todos la denominaban “gripe”. Con ella viajaba la muerte.

Si hay una viajera que nunca descansa, que nunca siente fatiga, que no repara en el día ni en la noche, para la que no existe el tiempo; que visita, por igual, en cualquier época del año;   que es, a la vez, tan odiada como temida pues, no respeta a nadie, esa es la muerte. Llegaba a cada aldea, a cada pueblo, a cada ciudad, de forma insolente y traicionera. Penetraba en cada rincón, en cada vivienda, sin importarle quién estuviera, ni a quién enfrentarse.

Antes de amanecer y al atardecer de cada día, por la misma calle que unía la plaza y el mercado, aquella en la que las sibilas raptaron a Carla, bajaba, con su pesada carga de muertos, una carreta tirada por una bestia. La acompañaban dos hombres que, con el rostro cubierto, iban recogiendo los difuntos que, durante la noche o el día habían depositado, envueltos en rudimentarios e improvisados sudarios, a la puerta de las viviendas.

El discurrir de la carreta iba acompañado de un lamento triste y monótono, desencadenado por el rechinar de sus vastas ruedas de hierro en el roce con la piedra y por el pisar lánguido de un macilento y escuálido asno. Esta carreta cumplía el mismo oficio que tuviera en su tiempo la barca de Caronte, cuando  trasladaba los muertos por la laguna Estigia, camino del Tártaro. La única diferencia estaba en que, en esta ocasión, los muertos no portaban moneda alguna bajo la lengua.

Por aquel tiempo la pequeña polis permanecía más muerta que viva, tan muerta como lo estaban los mismos difuntos que, a través de sus calles, hacían su último viaje. Ni un alma por calles ni plazas, sólo algún perro solitario, o algún gato vagabundo, en busca de residuos, o hasta de excrementos, para poder sobrevivir. Las puertas permanecían cerradas y si alguien se atrevía a salir, lo hacía cubriendo la cara, tapando nariz y boca, con el fin de no contagiarse de aquella maldita enfermedad.

Los enterradores, por su relación con la muerte, estaban considerados como apestados, a los que los vivos rehuían. Evitaban el contacto con ellos, tanto que habitaban en covachas, en las proximidades del camposanto, alimentándose tan sólo de los productos que la tierra les proporcionaba.

La enfermedad hizo que Marta fuese cambiando de actitud, de visión sobre su propia realidad. Quien la amparaba hasta ahora, la guardiana del mercado, también había sido víctima de aquella horrenda epidemia. Ya no le quedaba a nadie en la ciudad y un pensamiento empezó a rondarla, a la vez que se hacía persistente: regresar a la aldea, aquella que de alguna forma la había proscrito. Tampoco Blas, su padre, estaba ya en el mundo. Todo podría ser distinto en adelante. Lo que había sido su hogar, un hogar más bien maldito, estaba ahora vacío y tal vez podría rehabilitarse. También la fragua podría funcionar de nuevo o venderla, pero debía funcionar de nuevo. Aquella idea se imponía en su mente.   

LA CUEVA DE SANTA ROSALÍA

 XVIII.-La violación

La comitiva descendía lentamente por un camino abrupto, sembrado de guijarros, mientras la noche se iba ennegreciendo como boca de  lobo. Oscuros nubarrones ocultaban por completo el camino tortuoso, una cuesta infinita, hacia la pequeña población que se escondía, cientos de metros más abajo, entre álamos, arbustos de ribera y los frutales de sus huertas. A esa hora la población dormía gozosa, preparándose para la fiesta mayor.

Descendiendo a trancas y barrancas por aquella especie de enmarañada pendiente, caminaba “Andrea”, junto a sus raptoras, varios años después de que éstas hubieran cometido el infame secuestro. Se habían unido a trapicheantes, a truhanes, a buscavidas de todo tipo y hasta un titiritero iba en la comitiva. De esa manera se hacían compañía y hasta se protegían, si es que algún maleante, -¡quién lo iba a decir!-, les salía al paso.

Era el titiritero hombre entrado en años, por lo menos cincuenta, de andares ligeros, cara siempre de mal fario, y de palabras obtusas y groseras. Llevaba un burro, tan hambriento como el perro de un afilador, aquel que hasta las chispas se comía, por comer algo. Era, además, el animal, patoso en exceso, pues no había piedra en el camino que el jumento no arrancase con sus pezuñas. A cada tropezón el dueño soltaba un improperio, una blasfemia o una injuria. Así que se pasaba todo el tiempo echando lindezas por su boca, pues el dichoso asno tropezaba más que andaba. El titiritero le gritaba y le arreaba con una vestruguilla, aunque de poco servía, pues el burrillo, como queda dicho, era más pasto de la necesidad que del miedo a los improperios, o a la vara que una vez y otra soplaba fuerte sobre su lomo.

Una calesa adelantó  a la comitiva a todo correr, tirada por un solo caballo. Salpicó sobre ellos piedras y barro, exacerbando la furia del titiritero que emitió todo tipo de votos y maldiciones, al ver cómo su burro se daba de bruces en el suelo, con toda la carga. En este barullo que originó la calesa, la muchacha atravesó a tientas el camino, viniendo a caer al lado del impúdico perseguidor, quien puso más ahínco, si cabe, no dejando de mirarla de hito en hito, pese a la tenebrosidad de la noche. Ella era totalmente ajena a las maléficas intenciones de aquel monstruo.

El “repugnante” y sórdido viejo había puesto sus ojos en “Andrea” que, por entonces, contaba  tan sólo con catorce o quince años. Su figura ya estaba entallada, con formas similares a las que tuviera su madre cuando tenía  esa edad. Estaba un tanto consumida por la vida denigrante que llevaba, además de  tener el cuerpo severamente lastimado y dolorido por el ejercicio de serpiente a la que la sometían diariamente, pero, su aspecto adolescente era muy atractivo. Las formas de su cuerpo, aunque delgado, empezaban a adquirir la elegancia y la robustez de una Venus griega, lo que daba pie a que cualquier impúdico o calenturiento pervertido suspirase por ella.

Desde que la viera aquella tarde, el titiritero estaba obsesionado por yacer con la muchacha. No sabía cómo proceder para conseguirlo. Su rabia se volvía incontenida, su fogosidad, incontrolable. El pobre jumento pagaba como siempre los agrios humores del amo.  A éste sólo se le ocurría un camino: ofrecer dinero a las que parecían ser sus amas, pues ellas la mandaban como si de un objeto se tratase.

Sin pensarlo más, cuando ya se aproximaban a una pequeña explanada, entre el pequeño riachuelo y el poblado, el depravado personaje se dirigió sigilosamente a la que él había considerado matriarca de aquellas adivinas. Lo hizo con cautela y le ofreció una sustanciosa cantidad si le permitía los favores de la chica. A la impúdica bruja la boca se le hizo agua, los ojos le hacían chiribitas, brillándole como brillan los de un felino en la noche, pensando en el suculento bocado que la muchacha podría proporcionarles con sus servicios. Y aquello ya no  sería sólo entonces, sino en adelante, pues hombres tan hambrientos de goce carnal como lo estaba el titiritero, suspirarían por ella.

Había llegado el momento de dejar de arrastrarse como las culebras y empezaba otro nuevo, el de la prostitución obligada.

Titiritero y adivina acordaron  una apetitosa cantidad y la forma de ejecutar el encuentro, con la condición de que durara lo que de noche restaba. Una vez se perdiera la Luna por el horizonte, el titiritero haría su pago. Antes debía haber gozado a la muchacha cuantas veces quisiese. Sin embargo,  la vieja  no cayó en la trampa que le estaba tendiendo el vil personaje, pues aquella noche la Luna no brillaba.

Llegados a la explanada, adivinas y titiritero ocuparon un espacio extremo de la misma, algo oculto por la frondosidad del bosque de ribera. Viento y lluvia habían extendido en el suelo un alfombrado de hojas de olmo que, empapadas por la lluvia, estaban pegadas como si formasen la piel de la tierra,  y que les serviría de dulce colchón, pues otro no había.

Una vez se echaron para descansar, “Andrea” pronto quedó profundamente dormida, abatida como estaba, por el cansancio. Fue cuando la pitonisa aprovechó para poner sobre su boca un trapo con cloroformo, tanto que dejó a la muchacha totalmente a la voluntad del impúdico hombre. El titiritero, sin perder ni un momento abusó y abusó de la pobre infeliz que, por primera vez, era víctima de agravio tan cruel. El viejo la violó en repetidas ocasiones. La chica, una vez que despertó, quedó paralizada, presa de pánico, desgarrada en todos los sentidos, con un cuerpo destrozado por la brutalidad fiera de aquel salvaje, y con un alma deshecha en jirones de angustia y dolor. No sabía qué había pasado. No entendía por qué aquel desgraciado estaba encima de ella, por qué estaba dentro de su sagrado cuerpo, por qué en sus muslos había sangre. Asqueada intentó zafarse, escurrirse. Peleó y luchó con denuedo, y gritó, pero todo fue inútil. Sólo pudo vomitar, tras una tremenda bofetada que el repugnante personaje le propinó.

Hastiada, agotada, derrotada, sin ánimo de seguir viviendo, “Andrea” quiso morir cuanto antes. En el mismo momento que escapó de las garras de aquel monstruo se lanzó al río. Sólo la pericia de uno de los miembros de la comitiva, que observó la actuación de la joven, pudo salvarla. Pero, ¿para qué? La suerte de la muchacha, una vez más, estaba echada, ya que aquella macabra violación sirvió para que en adelante su cuerpo se convirtiese en muladar de depravados y pervertidos. Las pitonisas se enorgullecían por haberla raptado. El cuerpo de “Andrea” pasaría a ser su mejor y casi única fuente de ingresos.

Sin embargo, en aquella primera violación, la astucia del pervertido titiritero se impuso a la sagacidad de la enredadora adivina,  manipuladora de aquel acto de lujuria, algo que aquella líder no presintió ni supo ver, y es que, aquella noche, nadie vio esconderse la Luna tras el horizonte, porque no hubo Luna. Y había sido lo convenido. Trifulca con gritos, maldiciones a cientos, improperios y amenazas atronaron el ambiente, pero todo fue inútil. El comediante no pagó lo acordado y, tras muchos golpes y forcejeos, escaparon como pudieron, cada uno por su lado. La joven “Andrea” partió derrotada, desvanecida, acobardada y anonadada, humillada y abatida en lo más sagrado que le quedaba. “Andrea” se sentía vencida por completo. Su llanto se convirtió en lamento agrio y en un suspiro denso e inacabable.