sábado, 13 de diciembre de 2025

LA CUEVA DE SANTA ROSALÍA

 

XI.-Despertar en la enfermería del Mercado

Cuando Marta despertó se hallaba en una vieja y sucia camilla que, en un lúgubre recinto del interior del mercado, hacía las veces de enfermería. Era tarde y tuvo un despertar tan desconcertado como desorientado. Miró hacia los lados y no vio a nadie. Todo estaba oscuro. Se sobresaltó al no reconocer el lugar y un grito de pánico escapó de su boca. No recordaba nada. La vieja que se quedaba durante las noches como guardiana del mercado, y que era la encargada de abrir las puertas a los primeros labriegos y mercaderes que llegaban con sus productos antes del alba, escuchó la voz asustada de Marta. Sabía que la joven se hallaba en dicho habitáculo y conocía la razón por la que se encontraba allí.

Bajo la custodia de la anciana estaban todas las llaves del recinto. También tenía acceso a la enfermería, pero dudó antes de hacerlo y esperó a que la joven llamase de nuevo. Pronto volvió a escucharse aquella voz angustiada y, en esta ocasión lo hacía con un nombre de mujer:

-“¡Carla! ¡Carla! ¡Carla! ¿Dónde estás, Carla, hija mía?¿Dónde estás?”

La vieja, de corazón noble, pero de actitud lenta, dejó salir un suspiro de sus labios y sin excesiva presteza, se dirigió hacia la enfermería. Prefería seguir esperando alguna señal de alarma que la incitase a prestar más atención a la muchacha. No tardaría en llegar un grito de desesperación que produjo estupor en la vieja y ésta aceleró el paso. Llegó sigilosamente y  con su cuerpo ejerció una leve presión sobre la puerta del oscuro cuartucho, penetrando en su interior casi como un espectro.

-No se alarme, señora. Soy Juliana, -soltó con premura la anciana-. Soy la encargada de las puertas del mercado. Ayer la hallaron mareada muy cerca de aquí. Una curandera-adivina la estuvo observando y dijo que usted necesitaba descansar, que estaba muy pálida y débil y debía reponerse. La trajeron a esta habitación; por esa razón se encuentra aquí. No se asuste. Durmió durante toda la tarde y lo que va de noche. Todo ha pasado ya. Tome un poco de agua, otra cosa no puedo darle.

Marta escuchó, desconcertada entre la rabia, la desesperación y la incertidumbre, las palabras de aquella desconocida, mientras le surgían confusos interrogantes:

-¿Quién era aquella mujer? ¿Qué había ocurrido? ¿Por qué estaba ella allí?

Cuando Juliana dio por finalizada su lacónica explicación, Marta con ánimo exaltado, tanto como si las tres Furias se hubieran encarnado al unísono en su alma, agarró con vehemencia a la mujer por la cintura, preguntando por su hija:

-¿Y mi hija? ¿Dónde está mi Carla? ¿Dónde está mi hija?- gritaba entre el espanto y el horror-¿Quién se llevó a mi hija de mi lado?

-No sé, señora, -repuso la vieja asustada-. Sólo vi a unas mujeres, las adivinas del mercado, que se hacían cargo de la niñita que estaba junto a usted. No sé más, señora. Tal vez los hombres que acudieron a socorrerla cuando se mareó, puedan darle alguna explicación.

La noticia descompuso a la joven que, como una exhalación, herida en lo más profundo de su ser, escapó a todo correr hacia aquella plaza, atravesando en un suspiro la calle que la unía con el mercado, la misma en la que se había tropezado con las augures. Dormían las gentes de la ciudad. La plaza aparecía desierta, negra como la noche, alquitranada de  soledad, salvo la presencia de un borracho que, a malas penas se sostenía en una pared de aquellos soportales. Sólo se escuchaba  lejano el “cric-cric” de un insolente grillo que aún no había atrapado el sueño, y el aullido lastimero de un perro. Y sólo las lejanas  estrellas, luciendo como perlas brillantes, en un firmamento inmenso, podían dar, en aquella oscura noche, un toque de belleza y esperanza.

Pero Marta no entendía de esperanza y menos aún de belleza. Ella corría y corría. Se sentía desolada, y no dejaba de  llamar a su hija. Corría sí, pero corría como loca por una ciudad que de repente se había convertido para ella en una sombra lúgubre, en el destino macabro de su propia fatalidad. Lo hacía como sonámbula, como abstraída, sin ideas, sin fuerza, odiando todo lo que la pequeña urbe encerraba. Sí, corría, pero corría hacia ninguna parte.

viernes, 12 de diciembre de 2025

LA CUEVA DE SANTA ROSALÍA

 

X.-Cinco años felices

“No hay dolor ni dicha que más de cien años dure”. Tras el nacimiento de Carla, los días fueron de sumo ajetreo, de desbordada alegría y de duro aprendizaje. Que una mamá, que era aún niña, tenga a una criatura en sus brazos, que depende completamente de ella, resulta fascinante, pero también sumamente complejo y atemorizante. Y esa era la situación de Marta: júbilo, preocupación, felicidad y tensión, a partes iguales, ante aquel regalo, que, aunque fue algo envenenado en su origen, ahora se había convertido en el obsequio más preciado que se puede soñar. Además, a su lado siempre estaba Francesca.

Seguían las pláticas, ahora orientadas, sobre todo, a las atenciones con Carla. Transcurrían los días y las noches como si el tiempo no existiese. Y es que en realidad, el tiempo no existía, o mejor dicho, sí que existía, pero era como si allí se hubiese instalado en una permanencia sin fin, como principio y fin de aquella dicha que las embargaba. Aquel tiempo fue el todo y la nada, la nada y el todo de una suerte que nunca antes habían conocido. Era la eternidad misma medida desde lo finito y pasajero de unas vidas, sumamente agradecidas con lo poco, y en nada avariciosas de lo mucho.  Era como si el tiempo no pasara y fueran ellas las que pasaban por el tiempo. Sólo el desarrollo de Carla les permitía comprender que el tiempo es algo que no se detiene; y también eran conscientes de que sólo se vive el ahora, y eso hacían ellas: vivir intensamente cada momento de aquel presente, que está siempre ahí y, a la vez, escapándose como se escapa el agua de las manos. Sabían que no existía otro presente, sino aquel. Era, además, un presente tan hipnotizante que bien deseaban quedar atrapadas en él para siempre, como si eso fuera posible.

Sin embargo, por los muchos golpes llevados, eran sabedoras de que la vida es otra cosa. Es como un tren que no se detiene en estaciones, por más que éstas envuelvan en un maravilloso sueño; pues, también existen los oscuros túneles que obligan a despertar, que se convierten en pesadilla, que reintegran a la realidad del dolor. No tardarían en comprobarlo.

Habían transcurrido cinco años desde que Carla naciera. Todo había sido demasiado bello, todo demasiado excitante, hasta aquella tarde en la que madre e hija tuvieron la mala ventura de venir a darse de bruces con aquellas pérfidas mujeres.

Cuando se vive en un hogar en el que se halla amor y paz, aunque lo envuelva la pobreza, ese lugar se convertirá, sin duda, en el más seguro y protector de cuantos se puedan soñar, y, ante la inseguridad, jamás sería sustituido. Pero, para los desheredados, eso es sólo un sueño.

martes, 9 de diciembre de 2025

LA CUEVA DE SANTA ROSALÍA

 

IX.-Nacimiento de Carla

La noche se echó encima y no, precisamente, se presagiaba placentera. Todo lo contrario. Francesca se atrevió, pese a la inclemencia del tiempo, a salir en busca de una vecina que, por los muchos partos propios, más debía de entender de aquel menester que ella misma. El parto de Marta tal vez se prolongaría, pues, era muy joven y,  por demás, primeriza.  Francesca sabía que ella, por su edad y por su escasa fuerza, poca ayuda podría aportar. La vecina era mucho más joven y había pasado por la experiencia de cinco hijos. 

La lluvia arreciaba, a la vez que se escuchaba el rugir de un viento endiablado batiéndose contra cualquier elemento que se le interpusiera. Conociendo, incluso, el riesgo que corría, la mujer se dirigió en busca de ayuda. Paula, que así se llamaba la vecina, y ella, batiéndose ambas contra la inclemencia del temporal, pronto estuvieron junto a Marta.

El parto tendría lugar en la casa. No había hospitales para pobres. Además, Marta no quería que su criatura constase en papel alguno, que se supiese de su existencia. Pensaba que sería un peligro, pues las autoridades podrían sustraérsela por ser soltera y por carecer de recursos. Era conocida la frecuencia con que solía ocurrir. Siempre la Iglesia estaba de por medio, pues si una madre, incluso estando casada, acudía a solicitar ayuda a unas monjitas, éstas, lo primero que hacían era recoger al nacido y entregarlo en adopción.

Conforme avanzaba la noche el firmamento se fue preñando, cada vez más, de amenazantes nubarrones que iban llegando, como si de un rebaño desbocado se tratase, de infernales fogonazos junto a zumbidos ensordecedores. Era el espantoso presagio de un inminente diluvio sobre la pequeña ciudad. El viento arreciaba de manera enfurecida, como si quisiera arrancar de cuajo cuanto se le interponía. Se adivinaba una larga noche de tormenta, de furor.

De un impreciso lugar llegaba el lamento dolorido de un perro, y un “pajarraco”, sin duda una mascota llegada de tierras lejanas, anunciaba con su canto enloquecido, desde alguna terraza, las inmediatas precipitaciones. Había llegado mayo con su agradable temperatura primaveral, pero también era época de grandes borrascas, y la que se insinuaba tras la montaña que abrazaba  el poblado, no auguraba nada bueno. Tal vez era el vaticinio del nacimiento de una vida, la de Carla, con una predestinación  terrorífica y espantosa.

Durante toda una noche, que para la joven supuso tanto como la duración de varias terroríficas noches,  se sucedieron dolores y  contracciones  por igual, que, si en un principio estuvieron más distanciadas en el tiempo, luego se acortaron. Parecía ser un proceso sin fin. No dilataba y para colmo el bebé venía del revés, algo sumamente peligroso para su supervivencia. Ayudaron las dos mujeres a Marta, le dieron ánimo y durante largo tiempo la aprestaron para el esfuerzo último.

Cuando las tormentas seguían atronando el ambiente, con descargas que más bien parecían ser explosiones procedentes de lo más profundo del averno, y la lluvia era más rabiosa, Marta empezó a dilatar. Duró todo hasta el mediodía siguiente. Debatiéronse madre e hija (pues sería una niña), entre la vida y la muerte  durante toda una noche, y gran parte del siguiente día.

Por fin, la mujer que actuó de comadrona logró, no sin  la  ayuda de Marta, que el bebé  se diera la vuelta y escapara así de aquel primer peligro de su vida. Consiguió el milagro aquella comadrona improvisada,  tras fatigoso e interminable esfuerzo. Fue todo un tiempo  en el que se compaginaron, al unísono, la aterradora tormenta con el trance extremo del parto. Lo encaró Paula con tanta decisión como valentía y arrojo, conduciendo la situación hasta un final feliz. También la tormenta se había aplacado y la lluvia pasó a ser apacible como la caricia de un bebé. Hasta el aire se había vuelto agradable.

Fue sobre el mediodía cuando llegó  al mundo Carla, una niña preciosa, el mismo mundo que le ofrecería su reverso, pues, salvo los cinco primeros años, la vida no fue halagüeña para ella. Pronto llegaría la adversidad. Una adversidad tan cruel o más que la que había vivido su propia madre, y que la marcaría para siempre.

Aquel día, de principio de mayo, daba comienzo una vida nueva, la vida de una desconocida, de una ilegal, de una apátrida, pues no existiría como ciudadana de este condenado mundo.

lunes, 8 de diciembre de 2025

LA CUEVA DE SANTA ROSALÍA

 

VIII.-Francesca relata sus desventuras 

La primavera es el período del año que hace soñar con la grandeza de la vida y con magnitud del Universo. Se dice  que el cuquillo, con su canto, es el notario que da fe de la llegada de esta estación y  abre el ciclo musical de las aves al principio de la misma. Y así es, pero, también se une todo un coro  variopinto y armónico de colores, ruidos, sabores y perfumes  que divinizan a la Naturaleza en su conjunto.  Abril había entrado, llenando, al igual que su predecesor marzo, de vida el campo y los pueblos.

Francesca y Marta habían intimado tanto  entre ellas, pese al escaso tiempo compartido, sólo unos meses, que se trataban como si el hilo del destino las hubiese unido desde el inicio de los tiempos. Francesca era guía y consejera. Marta era ayuda y soporte para Francesca. Ambas se protegían mutuamente. Horas y horas que deshacía el paso del tiempo, como los azucarillos se deshacen en el agua, era lo que ambas mujeres dedicaban a hablar y a intercambiar todo tipo de anécdotas y vivencias habidas. No hubo tema o cuestión que escapara a sus entretenidos coloquios, destacando por entonces el de la preparación para afrontar la inminente maternidad. También hubo otros muchos, que sobresalían por su trascendencia.

Y así pasaron los días y mayo estaba a las puertas, el mes más bullicioso y alegre dentro de la estación primaveral. Sería en ese mes cuando Marta aportaría al mundo una nueva vida, y lo que en un tiempo le había supuesto desolación y abatimiento, ahora significaba para ella, pese a su corta edad, el hecho más sublime y trascendental de su existencia. Con ello soñaba a todas horas, tanto despierta como dormida. Para ello se preparaba con toda su alma.

Mientras tanto, Francesca iba deshojando, en sosegado coloquio con la joven, múltiples temas. Marta  quedaba embelesada ante los relatos llenos de vida, de fuerza, de profundidad, que emanaban de la boca de su anfitriona. Nunca había escuchado hablar a una persona con tanta mesura, con tan profundas convicciones, con tanta autoridad. Aquella mujer la estaba enseñando a  entender la vida como nadie lo había hecho, ni tan siquiera su propia madre había tenido la capacidad para darle las directrices y consejos que estaba recibiendo ahora.

Francesca le hizo un pormenorizado relato de lo que había sido su vida, de sus múltiples desventuras.  Con un lenguaje  coloquial y sencillo vino a contarle, más o menos, cómo, tras la guerra que asoló el país, llegaron las represalias y las venganzas,  pues no hay guerra a la que no la secunden venganzas. Ernesto, su marido, había sido uno más entre las múltiples víctimas que se llevó por delante la revancha. Su único delito había sido el de manifestarse por causas tan justas como la de un salario más digno para el obrero. Por ese motivo, y no otro, fue ejecutado de manera horrible por unos abyectos asesinos. Ernesto, que había pasado la vida en una mina, era eliminado por aquellos que se habían nutrido y engordado con su sudor, pues les suponía un estorbo.

Una noche fue atrapado en su propia casa por cuatro desalmados. Se lo llevaron a culatazos de fusil y tras cuatro días de torturas, interrogatorios y martirio, terminaron asesinándolo junto a las tapias de un cementerio. Pero, eso no fue todo, pues, tres años más tarde, aún seguía la persecución, y sus hijos, casi unos niños, tuvieron que huir al exilio, ya que fueron avisados de que también iban a por ellos. Su delito no era otro que haber tenido a un padre luchador por la justicia social. Ahora se hallaban en un país extranjero, sin poder regresar y sin otra culpa que la de no prestarse a lamer la bota que los pisaba.

Se había quedado sola en la vida, sin nada ni nadie, sin ilusión, sin fuerza. Y si no tenía necesidades era gracias a que sus hijos se habían encargado, hasta el momento, de que nada le faltara. Sin embargo, ya llevaba algún tiempo que nada sabía de ellos. Esto la acongojaba.

Cuando recordaba aquello dejaba escapar una mueca dolorosa, pues eran remembranzas que la angustiaban, que le desolaban el alma. Marta se percataba de aquel dolor y le entristecía ver a la anciana ahogarse en recuerdos.

En uno de aquellos coloquios, le explicó Francesca lo que a su entender era una dictadura y cómo es algo que sólo interesa a unos pocos; cómo haciendo uso de los argumentos más falaces, manipuladores y mezquinos que se pueda imaginar, imponen su ley y su pensamiento mediante la fuerza; y cómo para ejecutarla se sirven de lo más despreciables y crueles seres del género humano. Basta sólo con que sean personas desprovistas de cerebro. Son personajes fáciles de convertir en verdugos, personajes que sólo aspiran a recibir la complacencia de los que consideran sus “jefes”, que elegidos por Dios, o por el destino, ¡a saber!, tienen como misión divina dirigir la vida de los demás. El papel de estos verdugos no es otro que el de ir eliminando a quienes sus jefes catalogan como seres miserables e indignos, irreverentes e insumisos a sus principios. A esos crueles justicieros no resulta difícil ganarlos con adulaciones y promesas, mejor que con dádivas, pues éstas son menos agradecidas, y las promesas, más lisonjeras.  Luego basta con enviarlos a que actúen y ejecuten órdenes.

Según la reflexión de la anciana, una dictadura, tenga el color que tenga, sólo se basa en la fuerza de la sinrazón. Está dirigida por gentes llenas de odio que permanentemente necesitan la persecución y la sangre  para saciar su sed de muerte y venganza. Es hija de la mentira y de la maldad, crece con el miedo, se alimenta de la extorsión, se protege difamando a su adversario, que no es otro que la libertad, y sobrevive con la indefensión de los perseguidos, mediante el terror que  impone la tiranía,  una tiranía que intenta, con todos los medios a su alcance, exterminar al enemigo.

De todo esto había transcurrido mucho tiempo, -Francesca contaba en la actualidad con más de ochenta años-, pero estaban pegados a su mente como se pega la hiedra a una pared.

-“¡Malditas guerras! ¡Malditos quienes las emprenden!”- pronunciaba estas palabras la anciana con un “deje” de tristeza infinita, de desolación y rabia contenidas, que sólo denotaban abatimiento, cuando Marta, que hasta aquel momento había permanecido atenta, sintió un repentino dolor de espalda, seguido de una fuerte contracción. Carla iba a nacer.

jueves, 4 de diciembre de 2025

LA CUEVA DE SANTA ROSALÍA

 

VII.-¿Quién es Francesca?

Francesca no era otra cosa que un saco de restos de vida, de una vida ya apagada. Sus huesos y venas conformaban un marchito manojo  de sarmientos retorcidos, envueltos en una piel enjuta que más bien parecía el sudario de un muerto en vida. Su cuerpo era alargado y esquelético. Su andar lento, por culpa del reúma, y su mirada, apagada y triste, le daban el aire de un ser completamente acabado. Había sido una batalladora, indignada por tantas y tantas injusticias, ahora no le quedaba otra lucha que la de su voz, la de su palabra, su amor y comprensión para con los desechados por la sociedad. Francesca continuaba siendo el símbolo mismo de la bondad, de una bondad sin límites.

Sobrepasaba  de largo  los ochenta el día que se acercó a preguntar a Marta el motivo de su llanto. La joven, asustada y reticente, contestó con imprecisión y medias palabras, sin ni tan siquiera mirar a la anciana. Sin embargo, ésta optó por sentarse en la parte desocupada del banco, intentando prestarle atención y ofrecerle ayuda, en la medida de sus posibilidades. Con su voz dulce y afable logró que la muchacha la escuchara.

El principio no fue fácil. Marta venía muy dañada y su desconfianza con todo y con todos era total. Poco a poco fue abriendo su alma a aquella desconocida mujer, con palabras casi entrecortadas, en un principio, y de forma más precisa y clara, después, terminó por aceptar lo que se le ofrecía.

Durante los primeros días Marta se mostró callada, unas veces; reticente, otras; huidiza, también; expectante siempre; hasta que comprendió la actitud bondadosa de Francesca,  pues así le había dicho que se llamaba. Poco a poco fue haciendo conocedora a la anciana de sus muchas penas, de sus muchos desengaños y frustraciones,  del cruel infierno que había sido su vida, pues en ésta nunca había habido un presente que le ofreciera el sueño de un halagüeño futuro; al contrario, cada presente sólo le mostraba un futuro cada vez más terrorífico. Para ella no había elección posible y en la dicotomía entre un mundo prometedor o un mundo de desolación, se hallaba instalada en este último.

La anciana la escuchaba siempre con total atención y también con enorme pena. Ella no podía hacer más de lo que había hecho: ofrecerle un techo, una mesa, una cama y, sobre todo, un gesto amable. Ella vivía sola, como solos vivían sus recuerdos,  aquellos que no quería que murieran postergados en un rincón de su memoria. Aquella joven le serviría de ayuda y compañía y, a la vez, la muchacha encontraría en ella el amparo y el apoyo que tanto necesitaba, anhelaba y merecía.

Transcurrieron los meses y Marta fue preparándose para recibir lo que llevaba en su vientre. Francesca se convirtió para ella en una auténtica madre, en su guía  y salvaguarda. Llegado mayo, allí mismo, con la ayuda de una vecina, -Paula, así se llamaba-, vino al mundo Carla que pasó a ser el pilar en torno al cual giraría en adelante  la vida de la madre, y también la de Francesca.

Unos meses más tarde, tras el parto, Marta halló un trabajo como ayudante de peluquería, quedando Carla al cuidado de la anciana. La niña había traído la luz y el gozo a aquellas paredes, donde las tres conformaban una familia. Aquella casa fue otra desde que arribara Carla.


LA CUEVA DE SANTA ROSALÍA

 

VI.-Encuentro con la anciana Francesca

Si  a algo temía Marta tanto o más que a la muerte, no era otra cosa que al sufrimiento. Y eso es lo que le esperaba en aquella casa. Los primeros días dieron a entender que su vida discurriría como una balsa de aceite entre aquellas personas, pero pronto comprobó que se trataba de un simple espejismo. Fue ya en la fría mañana del tercer día, desde su llegada, cuando los dueños enseñaron sus garras con toda crudeza, como lo hace un felino encolerizado. Primero fue abofeteada por uno de los hijos, por el hecho de no hallar el desayuno  a su gusto. Peores aún fueron las insinuaciones lujuriosas del hermano menor que, de forma desvergonzada, empezó con roces y manoseos, en absoluto consentidos. Marta lo rechazó, pero él insistía, considerando ser un derecho que le asistía. A fin de cuentas ella sólo formaba parte de los  objetos familiares de los que cabía aprovecharse. Pero es que la madre no iba a la zaga, pues empezó a tratarla como a un ser inepto, como a una despreciable esclava.

¿Adónde ir? ¿Cómo escapar de ese otro infierno? Además, ya se apreciaba su embarazo y deseaba proteger con toda su alma la vida que llevaba en su vientre. Para ella parecía no existir futuro y su presente estaba hecho sólo de miedo y confusión.

Aquello no era vida. Transcurrían los días y aumentaban los abusos, la esclavitud, los improperios, los golpes. Determinó escapar de aquel otro infierno. Lo hizo tal y como había llegado y, al día siguiente, cuando aún la noche cubría con su manto la vida que todavía dormía en la minúscula aldea, salió calladamente de la vivienda, emprendiendo rumbo a la ciudad.

Durante varios días perteneció al mundo del arroyo. Pidió limosna, compartió miserias, lloró su desgracia, sufrió las duras y crudas noches de  los portales, tuvo miedo, se sintió amenazada y proscrita,  hasta llegar a la desesperación.

Fue una tibia tarde de diciembre cuando una mujer muy mayor se aproximó a interesarse por ella, pues observó su llanto callado y acongojado. Todo, todo cambiaría a partir de ese momento, pues la acogió en su casa y le dio cama y comida. La convirtió en su hija. La vida empezaba, por fin, a ofrecerle su cara amable. Allí vendría Carla al mundo, allí creció hasta los cinco años, hasta aquella fatídica tarde en la que tropezaron con unas mujeres tan despiadadas como inhumanas, las sibilas.


lunes, 1 de diciembre de 2025

LA CUEVA DE SANTA ROSALÍA

 

V.-La mala estrella de Marta

Para muchas personas no existe peor miedo que el de la soledad, incluso peor que el del inhumano castigo. Y así ocurrió a Marta. Sentirse expulsada de aquella pérfida vivienda, pero que había sido la suya hasta ese día, para partir a un destierro tan desconocido como inseguro, le produjo tal sentimiento de tristeza y desolación que salió de allí como el reo que llevan al patíbulo. Su vista se nubló, ensordecieron sus oídos, se resecó completamente su boca, su lengua adquirió una súbita rigidez. Sus brazos se tambaleaban al ritmo inseguro de sus piernas, y su alma se descompuso en infinitos grumos de amargura. Ella no merecía nada de aquello y, sin embargo, ahora era escupida y destinada a vivir proscrita, desamparada, lanzada al arroyo.

Echó a andar sin rumbo fijo. El tenue sol de noviembre se deslizaba por entre los álamos del río que circundaba el pequeño pueblo, como tratando de romper la débil barrera que separa la vida y la muerte. Por primera vez soñó en lo bello que sería marchar con su madre, e imaginó la tranquilidad plena en la que aquella se hallaría. Amargas lágrimas, tanto como la tuera, resbalaban por sus mejillas,  nublando su vista e inundando su rostro.

Caminó toda la mañana. Se sentía desfallecer cuando vino a tropezar con un pequeño grupo de arrieros que marchaban con mercancías a la ciudad. De entre los mismos hubo un hombre mayor, sólo uno, que la trató con respeto y cariño, prestándose  a ayudarle. Los demás, o le dieron la espalda, o le dedicaron soeces  y provocadoras insinuaciones, cuando no claras proposiciones obscenas. Ella, como si de un animalillo indefenso se tratara, se refugió al amparo de aquel viejo. En su compañía caminó atravesando angostos trechos o amplias llanuras. Llegaron, casi al anochecer, a una pequeña aldea en la que se detuvieron para descansar y tomar algo de alimento antes de proseguir la marcha. El arriero la condujo hasta una casa cercana en la que vivía una mujer mayor, viuda, con dos hijos a cual más déspota. Allí se quedó Marta, para ayudarles en las faenas caseras. Y allí empezó la segunda parte de su calvario.


domingo, 30 de noviembre de 2025

LA CUEVA DE SANTA ROSALÍA

 

IV.-Raimundo, un lego pervertido

Marta, pese a su juventud, estaba acostumbrada a sufrir el escarnio, las continuas amenazas y hasta la lujuria del padre. Desde el fallecimiento de la madre sobre ella cayó toda la crueldad de aquel inicuo y abyecto personaje. Cuanto hiciera, le era reprobado; cuanto dijera, le era refutado o contradicho; cuanto pidiera, le era denegado. Un castigo inmerecido la amenazaba noche y día, tanto que su vida se convirtió en un infierno, más oscuro aún que cuando su madre existía.  El malvado padre descargaba ahora sobre ella su ira y su maldad, convirtiéndola  también en refugio de todas sus obscenas pasiones. Cada noche, al regresar, ya beodo, obligaba a aquella indefensa criatura a cometer incesto, aunque, a diferencia del que cometiera Lot con sus hijas, él sólo recibió la animadversión, el repudio y el asco  de quien se siente tan impotente como derrotado ante un ser tan miserable. Él nunca llegó a consumar el acto, pues el alcohol lo había incapacitado.

Un día, cuando el calor estival aún fustigaba los campos, y mientras Blas gastaba silla en la tasca, Marta se dirigió hasta el arroyo para coger agua y lavar la ropa. Allí, con gran sorpresa, fue sorprendida y abordada por un hombre de entre treinta a cuarenta años, de alto talle y delgado cuerpo, tanto como un junco. Era el “hermano” Raimundo, (así le conocían en el pueblo), lego de una orden desconocida, que había conseguido autorización para dejar el monasterio y llegar hasta aquella minúscula población y ocuparse, en adelante, como anacoreta, de la cueva de Santa Rosalía.

Era éste un hombre ávido de sexo, un pervertido, embaucador y mentiroso charlatán, sin sentimientos ni escrúpulos para envolver con su palabrería y zalamería a cuantas mujeres jóvenes aparecían en su mundo; y, por supuesto, sin remordimientos. Solía elegir cuidadosamente a sus víctimas,  estudiaba sus características y con suma astucia, ponía en marcha su ansia lujuriosa, con tanta fuerza viril como la que tenía el joven pastor Marcelo, aquel que también yaciera con la virgen Orberosa, y que formaba parte de la leyenda del lego. El diablo habitaba plácidamente en el alma de aquel personaje, como un oso lo hace en su guarida. Ni el mismísimo marqués de Sade habría imaginado un sujeto tan aberrante: Permítanos entregarnos indiscriminadamente a todo lo que sugieren nuestras pasiones, y siempre seremos felices ... La conciencia no es la voz de la Naturaleza sino sólo la voz del prejuicio”. Nada encajaba tan adecuadamente al pensamiento del lego como esta expresión del marqués.

Raimundo, que desde tiempo atrás tenía señalada a Marta, pronto inició la conversación con la muchacha, que no contaba con más de quince años. Pese a su corta edad, su alma estaba envejecida por el dolor y el sufrimiento, pero para el lego eso no importaba, y hacer el mal se había convertido para él en otro placer más.

Marta estaba marcada por los frecuentes castigos de su progenitor, pero, con todo, su cuerpo se cimbreaba como una palmera movida por el viento y sus generosos senos invitaban a aquel desalmado a desearla con toda su furia. Sólo cabía el engaño, la farsa de la religión. El resto vendría solo. Y esto sólo sería posible si la convencía de la importancia de asistir a la festividad de Santa Rosalía y pasaba allí, devotamente, la noche de la fiesta.

Para ello le presentó la grandeza del alma, y cómo elevarla a los gozos más sublimes jamás soñados. Usó todas sus artimañas para convencerla en nombre de la religión, ese absurdo invento de la Humanidad, sólo rentable para los intereses de unos pocos, los poderosos, y comida barata para ingenuos y menesterosos. Mediante tales predicamentos, religión y poderosos, poderosos y religión, unidos en connivencia, manipulan mentes y dominan voluntades y sentimientos,  controlando el rebaño, siempre presto a la obediencia, a la sumisión y  a la resignación, -sin resignación no habría paz social-, prometiéndoles conseguir una vida feliz después de la muerte. Es la que se les promete en “el más allá”, y la misma que se les deniega siempre en “el más acá”.

Así convenció Raimundo a la joven y así la condujo al escenario del sexo, camino, según él, por el que discurría la voluntad de Dios para conseguir la gloria. 

La muchacha se mostró reticente en un principio, pero, a la vez, se sintió ofuscada por los planteamientos del lego. Estaba conminada por el padre a no hablar con hombre alguno, pero aquel era diferente, era el representante de “la Santita”. Tras no poca desconfianza terminó por convencerse de lo beneficioso de salvar el alma, pues su cuerpo ya estaba perdido y, contraviniendo las múltiples amenazas hechas por su progenitor, se presentó en la cueva la víspera de la fiesta. Allí la esperaba el desalmado religioso, que le pidió que lo acompañase hasta la cabaña que él habitaba, próxima a la gruta de Santa Rosalía.

Cualquiera puede imaginar hasta dónde condujeron los engaños, promesas, ofrecimientos y augurios que redundarían en beneficio de su espíritu si accedía a cuanto aquel perverso personaje le propuso. La ingenua muchacha quedó obnubilada, cayó en la trampa maldita que el religioso le tendía, se prestó a sus lujuriosos deseos, para, finalmente, regresar mucho más desolada y destruida de lo que ya estaba. Además, y por si fuera poco, también volvió con un engendro en su vientre. Cuando su padre lo supo, la maldición no se hizo esperar y, tras una terrorífica paliza, fue expulsada de la casucha, como si de una espantosa alimaña se tratara.


sábado, 29 de noviembre de 2025

LA CUEVA DE SANTA ROSALÍA

 

III.-Marta dentro de un infierno

Blas era un hombre rechoncho casi como un tonel. De estatura normal, entendiendo por tal el que no era ni alto ni bajo. Su cara era deforme y agrietada.  Su cuerpo más bien parecía el de Balor, monstruo de la mitología celta, el que tenía un solo ojo, pues también a él sólo le funcionaba uno, ya que el otro se lo había quemado en la fragua y se le había vaciado. Su mirada, la propia de un cíclope, era hosca y torva; y su voz, ronca y repulsiva. Estaba cojo y, por si fuera poco, era persona de malas entrañas, sin ningún amigo y sí abominado de cuantos lo conocían, por sus constantes acciones marcadas por la ruindad y la vileza.

Solía pasar Blas los días y parte de las noches en “La tasca de los hombres machos”, consumiendo vino peleón, como peleón era él, pues siempre andaba metido en pendencias. Acostumbraba a comer en la tasca, haciéndolo como un cerdo, mientras que estercolaba en su casa, donde lo hacía como una vaca. Como ya queda dicho, su naturaleza era de las que son desviados engendros humanos, debido a la mucha crueldad de su alma.

Poseía una fragua en la que apenas ardía el horno y raro era escuchar el golpe del martillo castigando el yunque. No era lo que se dice “un hierro viejo”, ya que apenas aparecía por el lugar de trabajo, y no porque se lo impidiera su cojera, que era leve, sino porque lo detestaba como se detesta un dolor de muelas. Usaba muleta para sostener el cuerpo por la mucha cantidad de vino que almacenaba en su abultado vientre, más que por necesidad. Si alguna vez aparecía por su lugar de trabajo y ganaba algo, ese algo siempre tenía el mismo destino: la tasca.

Blas siempre regresaba a su casa, un reducido y maltrecho habitáculo, echada la noche encima. Y mejor así, pues siempre regresaba borracho y siempre la liaba con Lucrecia, su pobre mujer, y con Marta, la única hija del matrimonio. Al llegar, destrozaba cuanto a su paso encontrase, que era poco o nada, y amenazaba a ambas por igual.  Siempre abofeteaba a Lucrecia,  la pateaba con la pierna sana, mientras se apoyaba en la muleta, o la arrastraba del pelo, o bien la estampaba contra la pared. Y no hablemos, por supuesto, de sus abusos en el lecho, donde actuaba como un perro rabioso. Cuando se cansaba de maltratar a la mujer, la emprendía con la niña, si es que estaba aún levantada, y la amenazaba de muerte. Estas amenazas sobrecogían y espantaban de tal modo a Lucrecia que, despavorida, corría a proteger a la pequeña, cuyo  aterrorizado llanto podía crispar el alma más dura.

La bondadosa mujer hubiese deseado morir, pues su dolor, desde que uniera su vida con la de aquel monstruo, sobrepasaba cualquier límite y su existencia se había convertido en la nada, en un goteo de días, a cual más oscuro. Pero sólo pensar que aquel ser maligno se quedase con la pequeña, la amedrentaba de tal forma que un terrible escalofrío le recorría el cuerpo, apretándolo, como si una serpiente tratase de asfixiarla. Sin embargo, sí que se iba consumiendo poco a poco y a tal punto llegó su debilidad que, una noche, cuando Blas llegó con sus improperios y amenazas, Lucrecia ya no estaba en este mundo, se había desangrado, víctima de una hemorragia interna. Junto a aquel cuerpo inerte, bañado en sangre, la niña lloraba, y podría decirse que su vida se convirtió en llanto el resto del tiempo que permaneció en aquella casa.


viernes, 28 de noviembre de 2025

LA CUEVA DE SANTA ROSALÍA

 

II.-En la cueva de Santa Rosalía

No lejana del pueblo de Marta existía una cueva que, desde años casi inmemoriales, estaba dedicada a Santa Rosalía. Se accedía al antro por una entrada bastante angosta, que pronto se ensanchaba y daba lugar a un vasto espacio en cuya pared frontal dormitaba una imagen de “la Santita” (como era conocida), ya deslucida por el transcurrir del tiempo. Una puerta compuesta a base de lienzos de diferentes maderas, algunas ya carcomidas, fraguadas entre sí por deformadas chapas y clavos de hierro, cerraba el conjunto de aquella especie de basílica. Al cargo de dicha gruta-santuario hallábase el lego Raimundo. Había  llegado de lejanas tierras y representaba como nadie al arquetipo perfecto de la doble moral. Era personaje aficionado a contar historias, muy dado a las mujeres, además de entregado a ciertos menesteres y “otras cosas” nada nobles, más que consagrado a deberes divinos.

A decir del mismo, todas aquellas historias que contaba se las había oído a un viejo fraile de la abadía de la que procedía. La que tiene que ver con el relato presente la había conocido el susodicho fraile en un antiguo libro, cuyo título el lego no recordaba. Aquella historia venía a decir más o menos así: “Existía una antigua leyenda, según la cual una mujer, llamada Orberosa, fue gozada por el diablo en una caverna donde mucho tiempo después los mozos y mozas del pueblo jugaban a diablos y bellas orberosas.”

He aquí el origen de cuanto aconteció posteriormente  en la pequeña población. por la que se extendió la citada crónica.

Pese a las severas restricciones mentales impuestas por la religión, allí empezó a tomar cuerpo el juego entre mozos y mozas, al modo de la leyenda contada por el lego y en pocos años convirtió aquella gruta de “la Santita”, en famoso lugar de peregrinaje hedonista. Hasta allí acudían tantos diablos y bellas orberosas que aquellos espacios se hicieron insuficientes para albergar a tanta juventud con ansias de gozo carnal, tanto que podría asegurarse que superaban con creces las fiestas orgiásticas de las Lupercales de Roma.  Y no es que el resto del año no dieran rienda suelta a sus delirios eróticos, sino que aquella era la fecha establecida para una celebración conjunta.

Acontecía cada noche que precedía al  tres de septiembre de cada año, (también solían hacerlo el trece de julio). Fue, primero, la juventud del pueblo, seguida de la de territorios limítrofes, la que llegaba a venerar durante la noche y el día cuatro, día de la festividad de la Santa, a la que consideraban libertadora de enfermedades infecciosas, de epidemias tan maléficas como la peste, y Santa siempre protectora en momentos difíciles.

La religión, que durante siglos había sido mordaza y tortura, estaba adoleciendo de rigor, aunque aún quedaban muchachas jóvenes que, pese a su comportamiento licencioso, jugaban cada semana a liberarse del lastre de sus pecados, postrándose ante el confesionario con el deseo de ser redimidas de sus voluptuosos pensamientos e irresistibles ansias de placer. Pero de nada  valía, pues, una vez que se sentían liberadas del pecado, renovaban con mayor ímpetu, si cabe, una nueva etapa de lozanía y desenfreno. Y siempre así.

De esa manera, la religión dejó de ser lo que era y aquella romería que, en principio, encerraba una finalidad piadosa, más pronto que tarde se convirtió en una  bacanal del placer. Podría decirse  que el hedonismo se fue adueñando de la mente y cuerpos de toda aquella juventud, más proclive a los instintos de la carne que a la devoción por la Santa, pues deducían que la religión sólo aportaba miedo, miseria e ignorancia, frente a la libertad del gozo y deleite que les otorgaba el desprendimiento de prejuicios y ataduras impuestas por falsas creencias. Aquella juventud ya no  tenía más religión que el placer. Con todo, el motivo de “La Santita” les servía de excusa más que sobrada para acudir a tan ineludible cita.

No eran muchos los que se adentraban en la caverna para la práctica de un culto religioso, y sí demasiados los que se esparcían por los arrabales de la gruta para disfrutar de cuantos  instintos pasionales se encierran en el ser humano. Aquel fue, en adelante, el elemento primordial de aquellas jornadas. Las jóvenes, bellas orberosas,  pasaron a asemejarse a ninfas sacadas de lo más profundo de los bucólicos bosques que rodeaban la gruta. Eran ninfas  que incitaban la voluptuosidad de los mozos, pobres diablos, y los arrastraban, seduciéndolos con su belleza, por entre árboles,  cañadas y  valles, donde se adentraban para dar rienda suelta a una lujuria que ni la misma Afrodita habría igualado.

Cada uno de aquellos  mozos, que acudía cortejando y acompañando  a una bella doncella, sucumbía a la irresistible tentación de rendirse  ante la cautivadora dádiva de sumo placer que se le ofrecía, tal y como le ocurriera al diablo con la virgen Orberosa. Lo hacían con auténtico delirio y ninguno se encontró en la tesitura de llevar a cabo un rapto como el que llevara Plutón con Proserpina, para saciar su incontinencia y ansias lascivas. Sin embargo, el estupro habido entre el lego Raimundo y la bella Marta sólo se debió a la farsa que él le montó y a la ingenuidad de la joven.


lunes, 24 de noviembre de 2025

LA CUEVA DE SANTA ROSALÍA

 

“En la cueva de la penitencia

Santa Rosalía su pelo cortó,

El demonio la estaba mirando,

Ella se consuela con mirar a Dios.

En la cueva de la penitencia

Santa Rosalía su pelo cortó,

Con su pelo hizo una soguilla

Tan la hizo que al cielo llegó.

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I.-Las pitonisas del mercado

Como un ejército de acosadoras y perversas sibilas, las organizadas pitonisas se abalanzaron sobre la joven madre, Marta, que más bien tuvo que arrastrar, cogida de la mano, a una niña de no más de cinco años, que había sido concebida por el efecto de una desenfrenada noche de lujuria de un lego y la ingenuidad de una adolescente.

Los hechos ocurrieron por la calle que unía la plaza principal de la ciudad con el mercado, lugar de concentración de aquellas adivinas sin escrúpulo, que asediaban a cuantos viandantes transitaban por la zona.

Portando pequeños ramos de romero en flor, atosigaron, con ínfulas de santas adivinas, a la desdichada mujer, conminándola a que se detuviese para derramar sus oráculos sobre ella y la niña. De no hacerlo, a la niña le sobrevendrían las más duras  desgracias y sobre la madre se  cernerían atroces males, jamás imaginados. La mujer, a malas penas, podía mantener el paso ante la obstrucción desvergonzada de aquellas mujeres, que pronto irrumpieron en amenazas y maldiciones, tan diabólicas como malignas. Una de aquellas augures, la más gruesa del grupo, tanto como una tinaja y tan negra como el azabache,  cuando ya se marchaban en busca de alguna otra presa que atrapar, se volvió hacia la madre y la conminó con esta maldición: “¡Que la niña que te acompaña, hija de tu maldito vientre, se arrastre como una culebra el resto de su vida!”  Ella se sobresaltó. Era la misma maldición que su padre había escupido sobre su rostro el día que la expulsó de su casa, al tener noticia del embarazo de la hija, fruto del estupro.

Cuando, por fin, se vio libre del asedio, no pudo por menos de asimilar ambas maldiciones como si se tratara de una terrorífica losa que pesaba sobre ella. Aquella ponzoñosa mujer acababa de maldecirla. Su padre lo había hecho unos cinco años atrás. Ambas imprecaciones se ajustaban. Ambas le produjeron una amarga sensación de culpabilidad y de terror, mientras un escalofrío recorrió su cuerpo, estremeciéndola bruscamente, a la vez que una especie de apoplejía le obstruía el cerebro. Todo transcurrió  en un instante. Lívida, desarmada de fuerza, y con el conocimiento perdido, le dio tiempo a sentarse en el suelo antes de caer. Carla, la niña, la siguió con mirada atónita y asustada, observando perpleja la situación de la madre.