XIX.-Una visitante inesperada
Todo había sucedido igual que un fuego que se
extiende veloz por entre la maleza y herbazales de un bosque. Primero abraza a
un árbol, luego a otro, después otro, y otro, y otro más,…; así hasta
convertirse en una incontrolada e ingente pavesa que se extiende hasta el
infinito. Lo mismo ocurrió con aquella maldita enfermedad.
Elevada fiebre, dolor de cabeza, escalofríos,
tos seca, dolor de garganta, dolores musculares o corporales, cansancio, una
sensación de malestar general y falta de aire. Así se presentaba, de improviso, aquella
condenada epidemia que empezó a asolar, sin piedad, a gran parte de la
población. En realidad nadie tenía claro su origen ni cómo o por qué se
causaba. Sólo sabían que se transmitía de forma pertinaz, sin miramientos, sin
esperar. Nadie conocía su procedencia, aunque todos la denominaban “gripe”. Con
ella viajaba la muerte.
Si hay una viajera que nunca
descansa, que nunca siente fatiga, que no repara en el día ni en la noche, para
la que no existe el tiempo; que visita, por igual, en cualquier época del
año; que es, a la vez, tan odiada como
temida pues, no respeta a nadie, esa es la muerte. Llegaba a cada aldea, a cada
pueblo, a cada ciudad, de forma insolente y traicionera. Penetraba en cada
rincón, en cada vivienda, sin importarle quién estuviera, ni a quién
enfrentarse.
Antes de amanecer y al atardecer de
cada día, por la misma calle que unía la plaza y el mercado, aquella en la que
las sibilas raptaron a Carla, bajaba, con su pesada carga de muertos, una
carreta tirada por una bestia. La acompañaban dos hombres que, con el rostro
cubierto, iban recogiendo los difuntos que, durante la noche o el día habían
depositado, envueltos en rudimentarios e improvisados sudarios, a la puerta de
las viviendas.
El discurrir de la carreta iba
acompañado de un lamento triste y monótono, desencadenado por el rechinar de
sus vastas ruedas de hierro en el roce con la piedra y por el pisar lánguido de
un macilento y escuálido asno. Esta carreta cumplía el mismo oficio que tuviera
en su tiempo la barca de Caronte, cuando
trasladaba los muertos por la laguna Estigia, camino del Tártaro. La
única diferencia estaba en que, en esta ocasión, los muertos no portaban moneda
alguna bajo la lengua.
Por aquel tiempo la pequeña polis
permanecía más muerta que viva, tan muerta como lo estaban los mismos difuntos
que, a través de sus calles, hacían su último viaje. Ni un alma por calles ni
plazas, sólo algún perro solitario, o algún gato vagabundo, en busca de
residuos, o hasta de excrementos, para poder sobrevivir. Las puertas
permanecían cerradas y si alguien se atrevía a salir, lo hacía cubriendo la
cara, tapando nariz y boca, con el fin de no contagiarse de aquella maldita
enfermedad.
Los enterradores, por su relación
con la muerte, estaban considerados como apestados, a los que los vivos
rehuían. Evitaban el contacto con ellos, tanto que habitaban en covachas, en
las proximidades del camposanto, alimentándose tan sólo de los productos que la
tierra les proporcionaba.
La enfermedad hizo que Marta fuese
cambiando de actitud, de visión sobre su propia realidad. Quien la amparaba
hasta ahora, la guardiana del mercado, también había sido víctima de aquella
horrenda epidemia. Ya no le quedaba a nadie en la ciudad y un pensamiento
empezó a rondarla, a la vez que se hacía persistente: regresar a la aldea,
aquella que de alguna forma la había proscrito. Tampoco Blas, su padre, estaba
ya en el mundo. Todo podría ser distinto en adelante. Lo que había sido su
hogar, un hogar más bien maldito, estaba ahora vacío y tal vez podría
rehabilitarse. También la fragua podría funcionar de nuevo o venderla, pero
debía funcionar de nuevo. Aquella idea se imponía en su mente.