miércoles, 4 de febrero de 2026

LA CUEVA DE SANTA ROSALÍA

 XVIII.-La violación

La comitiva descendía lentamente por un camino abrupto, sembrado de guijarros, mientras la noche se iba ennegreciendo como boca de  lobo. Oscuros nubarrones ocultaban por completo el camino tortuoso, una cuesta infinita, hacia la pequeña población que se escondía, cientos de metros más abajo, entre álamos, arbustos de ribera y los frutales de sus huertas. A esa hora la población dormía gozosa, preparándose para la fiesta mayor.

Descendiendo a trancas y barrancas por aquella especie de enmarañada pendiente, caminaba “Andrea”, junto a sus raptoras, varios años después de que éstas hubieran cometido el infame secuestro. Se habían unido a trapicheantes, a truhanes, a buscavidas de todo tipo y hasta un titiritero iba en la comitiva. De esa manera se hacían compañía y hasta se protegían, si es que algún maleante, -¡quién lo iba a decir!-, les salía al paso.

Era el titiritero hombre entrado en años, por lo menos cincuenta, de andares ligeros, cara siempre de mal fario, y de palabras obtusas y groseras. Llevaba un burro, tan hambriento como el perro de un afilador, aquel que hasta las chispas se comía, por comer algo. Era, además, el animal, patoso en exceso, pues no había piedra en el camino que el jumento no arrancase con sus pezuñas. A cada tropezón el dueño soltaba un improperio, una blasfemia o una injuria. Así que se pasaba todo el tiempo echando lindezas por su boca, pues el dichoso asno tropezaba más que andaba. El titiritero le gritaba y le arreaba con una vestruguilla, aunque de poco servía, pues el burrillo, como queda dicho, era más pasto de la necesidad que del miedo a los improperios, o a la vara que una vez y otra soplaba fuerte sobre su lomo.

Una calesa adelantó  a la comitiva a todo correr, tirada por un solo caballo. Salpicó sobre ellos piedras y barro, exacerbando la furia del titiritero que emitió todo tipo de votos y maldiciones, al ver cómo su burro se daba de bruces en el suelo, con toda la carga. En este barullo que originó la calesa, la muchacha atravesó a tientas el camino, viniendo a caer al lado del impúdico perseguidor, quien puso más ahínco, si cabe, no dejando de mirarla de hito en hito, pese a la tenebrosidad de la noche. Ella era totalmente ajena a las maléficas intenciones de aquel monstruo.

El “repugnante” y sórdido viejo había puesto sus ojos en “Andrea” que, por entonces, contaba  tan sólo con catorce o quince años. Su figura ya estaba entallada, con formas similares a las que tuviera su madre cuando tenía  esa edad. Estaba un tanto consumida por la vida denigrante que llevaba, además de  tener el cuerpo severamente lastimado y dolorido por el ejercicio de serpiente a la que la sometían diariamente, pero, su aspecto adolescente era muy atractivo. Las formas de su cuerpo, aunque delgado, empezaban a adquirir la elegancia y la robustez de una Venus griega, lo que daba pie a que cualquier impúdico o calenturiento pervertido suspirase por ella.

Desde que la viera aquella tarde, el titiritero estaba obsesionado por yacer con la muchacha. No sabía cómo proceder para conseguirlo. Su rabia se volvía incontenida, su fogosidad, incontrolable. El pobre jumento pagaba como siempre los agrios humores del amo.  A éste sólo se le ocurría un camino: ofrecer dinero a las que parecían ser sus amas, pues ellas la mandaban como si de un objeto se tratase.

Sin pensarlo más, cuando ya se aproximaban a una pequeña explanada, entre el pequeño riachuelo y el poblado, el depravado personaje se dirigió sigilosamente a la que él había considerado matriarca de aquellas adivinas. Lo hizo con cautela y le ofreció una sustanciosa cantidad si le permitía los favores de la chica. A la impúdica bruja la boca se le hizo agua, los ojos le hacían chiribitas, brillándole como brillan los de un felino en la noche, pensando en el suculento bocado que la muchacha podría proporcionarles con sus servicios. Y aquello ya no  sería sólo entonces, sino en adelante, pues hombres tan hambrientos de goce carnal como lo estaba el titiritero, suspirarían por ella.

Había llegado el momento de dejar de arrastrarse como las culebras y empezaba otro nuevo, el de la prostitución obligada.

Titiritero y adivina acordaron  una apetitosa cantidad y la forma de ejecutar el encuentro, con la condición de que durara lo que de noche restaba. Una vez se perdiera la Luna por el horizonte, el titiritero haría su pago. Antes debía haber gozado a la muchacha cuantas veces quisiese. Sin embargo,  la vieja  no cayó en la trampa que le estaba tendiendo el vil personaje, pues aquella noche la Luna no brillaba.

Llegados a la explanada, adivinas y titiritero ocuparon un espacio extremo de la misma, algo oculto por la frondosidad del bosque de ribera. Viento y lluvia habían extendido en el suelo un alfombrado de hojas de olmo que, empapadas por la lluvia, estaban pegadas como si formasen la piel de la tierra,  y que les serviría de dulce colchón, pues otro no había.

Una vez se echaron para descansar, “Andrea” pronto quedó profundamente dormida, abatida como estaba, por el cansancio. Fue cuando la pitonisa aprovechó para poner sobre su boca un trapo con cloroformo, tanto que dejó a la muchacha totalmente a la voluntad del impúdico hombre. El titiritero, sin perder ni un momento abusó y abusó de la pobre infeliz que, por primera vez, era víctima de agravio tan cruel. El viejo la violó en repetidas ocasiones. La chica, una vez que despertó, quedó paralizada, presa de pánico, desgarrada en todos los sentidos, con un cuerpo destrozado por la brutalidad fiera de aquel salvaje, y con un alma deshecha en jirones de angustia y dolor. No sabía qué había pasado. No entendía por qué aquel desgraciado estaba encima de ella, por qué estaba dentro de su sagrado cuerpo, por qué en sus muslos había sangre. Asqueada intentó zafarse, escurrirse. Peleó y luchó con denuedo, y gritó, pero todo fue inútil. Sólo pudo vomitar, tras una tremenda bofetada que el repugnante personaje le propinó.

Hastiada, agotada, derrotada, sin ánimo de seguir viviendo, “Andrea” quiso morir cuanto antes. En el mismo momento que escapó de las garras de aquel monstruo se lanzó al río. Sólo la pericia de uno de los miembros de la comitiva, que observó la actuación de la joven, pudo salvarla. Pero, ¿para qué? La suerte de la muchacha, una vez más, estaba echada, ya que aquella macabra violación sirvió para que en adelante su cuerpo se convirtiese en muladar de depravados y pervertidos. Las pitonisas se enorgullecían por haberla raptado. El cuerpo de “Andrea” pasaría a ser su mejor y casi única fuente de ingresos.

Sin embargo, en aquella primera violación, la astucia del pervertido titiritero se impuso a la sagacidad de la enredadora adivina,  manipuladora de aquel acto de lujuria, algo que aquella líder no presintió ni supo ver, y es que, aquella noche, nadie vio esconderse la Luna tras el horizonte, porque no hubo Luna. Y había sido lo convenido. Trifulca con gritos, maldiciones a cientos, improperios y amenazas atronaron el ambiente, pero todo fue inútil. El comediante no pagó lo acordado y, tras muchos golpes y forcejeos, escaparon como pudieron, cada uno por su lado. La joven “Andrea” partió derrotada, desvanecida, acobardada y anonadada, humillada y abatida en lo más sagrado que le quedaba. “Andrea” se sentía vencida por completo. Su llanto se convirtió en lamento agrio y en un suspiro denso e inacabable.

LA CUEVA DE SANTA ROSALÍA

 XVII.-La muerte de Blas

Despojado de cualquier apoyo que se pueda tener en la vida, sin familia, sin amigos, solo, Blas había traspasado todos los límites como ser perteneciente a la especie humana. Cada día que había transcurrido, más se había arrinconado en el abandono, en la rabia, en el odio hacia todos y hacia todo. Cada día había avanzado un poco más hacia el abismo de su propio infierno. Sin duda, era un despojo humano. Lo había sido siempre, y se regodeaba en ello, con serlo cada día un poco más.

Totalmente desaliñado, con una vestimenta que por sí sola se habría tenido de pie, de haberla dejado, ya que jamás la lavó, ni tampoco se lavó él, lo convirtió en la imagen misma de la roña. Por más que en la tasca de “Los hombres machos” intentaron aconsejarle y meterlo en cintura, para que se comportara con cierto respeto, él desoyó todo, se mofó de todo, amenazó a todos, hasta que un día, viendo que chocaban con un muro de piedra, lo despidieron de la tasca sin contemplaciones.

La vida de Blas ya sólo consistía en beber y orinar, en orinar y volver a beber, hasta llegar al punto de que beber y orinar era lo mismo. En su calzón se apreciaba el líquido resbalando, mientras empapaba un tejido ya convertido en una masa putrefacta, que desprendía un olor nauseabundo que inundaba el recinto. Por eso lo despidieron.

Blas se refugió en la fragua, no para el trabajo, sino para consumir sus miserias solo, para soltar sus maldiciones, blasfemias y odios solo. Hasta allí le llevaba el tabernero una bestial ración de vino y, allí se rebañaba él en la podredumbre de sus propios excrementos. Y no, no era un Diógenes, era mucho más que eso. Era la imagen negra de la vida.

Tirado en el suelo lo halló una mañana cuando le llevaba la ración del néctar de Baco. Aún respiraba y el aliento que emitía no podía ser más repugnante. La imagen del lugar era macabra, propiamente dantesca. Una mirada imprecisa y revuelta, destellando bilis, emanaba de aquel único ojo que le quedaba. Estaba en blanco, como tratando de salir de su órbita. Las manos aferradas a una piedra, las mandíbulas desencajadas, las piernas encogidas y un balbuceo inaudible, denotaban el trance final. Allí, aquella mañana, acabaría una vida que no había sido una vida, sino la aberración y el fracaso de una existencia que feneció rabiando, como rabiando había vivido. Aquel cuerpo execrable, repleto de miseria, de alcohol, de cólera, de odio, pereció en su propia inmundicia, devolviendo así a las tinieblas el humo negro que había sido su existencia.

Aquella misma tarde le dieron sepultura en un lugar apartado y escondido del camposanto. Un arriero anónimo, de los que iban al mercado de la ciudad, se encargó, algún tiempo más tarde, de comunicárselo a Marta.

LA CUEVA DE SANTA ROSALÍA

 XVI.-La maldición se cumple

En ocasiones las sibilas permanecían durante largo tiempo en un mismo lugar, pero no era frecuente. Recorrer la tierra de un lado para otro era su sino. Nómadas siempre, siempre a los pies de la persecución, siempre a las sombras de la huida, derrotadas siempre por los principios de una sociedad que las despreciaba y las ahuyentaba. Así vivían ellas. Extorsionaban y engañaban, maldecían o adulaban, según acomodaba. Pregonaban imposibles y mostraban como bueno las dos caras de una misma moneda. Eran, en fin, zalameras y rastreras, según conveniencia. Era su vida, lo que ésta les había enseñado. Y en esa filosofía de lo fútil y lo deshilachado fue creciendo Carla.

Pero Carla ya no era Carla. Hasta el nombre le cambiaron y, aunque en un principio la niña lloraba, llamaba, buscaba y soñaba con su madre, repitiendo con una congoja desoladora tanto el nombre de Marta, como el suyo propio, con el paso del tiempo, hasta el cambio de nombre llegó  a asumir, como había aceptado que una de aquellas pitonisas se convirtiera en su gurú. De ella dependía para todo. Ella la obligaba, la guiaba, le enseñaba el arte de la adivinación, de las cartas, de la lectura de manos; al igual que le mostraba cómo proceder en caso de una contrariedad. Ella, en definitiva, fue la que la conminó a aceptar el nombre de “Andrea”. Así se llamaría en adelante. De esa forma se creaba una barrera para ser reconocida.

En ese ir y venir, en ese no estar y estar a la vez aquí y en ninguna parte, llegaron a una ciudad que el  mundo se conoce como la “ciudad de las luces”. Era una ciudad grande, enorme, atravesada por un gran río, surcado por bonitas embarcaciones y con música cadenciosa en bellos rincones de la misma. “Andrea” quedó atónita, embelesada. Pero, algo  extraño y repelente le aguardaba allí.

Como queda dicho, un día subieron hasta un monte, presidido por un gigantesco templo. En sus estribaciones multitud de gentes, en su mayoría bohemias, llegadas de todas partes, pintaban o curioseaban. Algunas de aquellas pinturas eran de enorme belleza, había dibujos de lo más variopinto. 

En medio de aquel gentío entraron ellas, conteniendo a unos, incordiando a otros, intentando vender también su arte, que no era otro que el de la extorsión y la falsedad. Y entre aquel barullo, unos crueles jóvenes les lanzaron unas monedas al suelo. Las monedas sólo serían de ellas, -les conminaron-, si la niña las recogía con la boca, arrastrándose como una culebra.  Aquello, que en principio parecía un juego, pronto se convirtió en la más lacerante humillación que “Andrea”  había sufrido  hasta entonces.

La maldición, salida de la boca de Blas, y cinco años más tarde de la boca de la pitonisa, estaba a punto de cumplirse. Desde entonces y hasta muchos años después, “Andrea” pasaría a ser la atracción favorita, la “niña-culebra” que recogía monedas con la boca, arrastrándose por el suelo, hasta llegar a ellas. El afán por verla fue en aumento, las recaudaciones, también.

¿Cuál había sido su pecado? ¿Cuál su culpa, para tan hiriente humillación? Era tan sólo una niña, a la que ni el pecho le había florecido aún, y ya estaba sometida a una de las vejaciones más ofensivas y degradantes que se le pueden hacer a un ser humano. ¿Era su pecado el haber sido concebida, -algo que ella desconocía-, por la inmundicia lujuriosa del lego, un ser abominable, y por la inocencia e ingenuidad de una adolescente que, al igual que Eva en el Paraíso, fue vilmente seducida y engañada por la serpiente de la maldad, y conducida al estupro?

Fuese por lo que fuese “Andrea” se convirtió en la “niña-culebra”, viéndose obligada a recoger con sus dientes, aún nacientes algunos, cuantas monedas les tiraban al suelo. Se convirtió en la atracción principal de aquellas abominables mujeres. No importaba cuánto se lastimara su cuerpo, ni cuánto sangrase su vientre, su pecho o sus muslos, escuálidos como cañas vacías. No importaban las lágrimas que, como perlas caídas de un cielo cándido y puro, se desprendían de sus ojos cada vez que tenía que arrastrarse. ¿Importaba algo? Sí, claro que importaba algo; lo que importaba es que fuese rentable aquel títere de feria.

sábado, 31 de enero de 2026

LA CUEVA DE SANTA ROSALÍA

 XV.-El dasahucio. La muerte de Francesca

Alguien dijo que “Los recuerdos sólo son el acantilado por el que dejamos caer el pasado, mientras intentamos sujetarnos al presente”. Francesca ya había desprendido todos sus recuerdos por el abismo de la amargura y no le restaba más porvenir que la muerte. Lo  que le quedara por vivir sólo sería ya un tiempo nulo e inhumano. La vida para ella se había convertido en “nada”. Deseaba morir con toda su alma, pero ni siquiera eso sabía hacer.

El día había amanecido frío y ventoso, tanto que fuertes rachas de vendaval amenazaban con devastar la frágil y humilde vivienda que habitaba la anciana, en una zona de los arrabales de la población. Desde algunos años atrás el dueño de aquellas humildes viviendas, que no era otro que un poderoso banco extranjero, amenazaba con expulsarla, pues una importante firma inmobiliaria andaba detrás de echar el guante a la zona para construir un residencial de lujo. Como de costumbre, los políticos de turno, siempre a la expectativa de sacar tajada, habían dado su aval a  los promotores.

Francesca había afrontado los gastos de alquiler mientras los hijos le hicieron aportaciones económicas, pero éstas no llegaban desde hacía un tiempo. Tampoco sabía nada de ellos. Ahora, gracias al pequeño sueldo que Marta aportaba, se habían afrontado todos los gastos.

Sin embargo, de repente todo había cambiado. “¿Qué había pasado con Marta y con su niña? ¿Dónde estaban? ¿Dónde se habían metido? ¿Por qué se había marchado sin decir nada? ¿Acaso merecía ella eso?” Esas y otras muchas interrogantes se hacía Francesca, pues Marta y Carla llevaban más de tres meses sin aparecer por la casa. Tras el secuestro de la niña, sólo en una ocasión regresó Marta y lo hizo sólo por saber si a Francesca le había llegado alguna noticia acerca del paradero de su hija. Pero cuando Marta fue a visitar a  Francesca, ésta ya no estaba.

Y es que a Francesca la vida también la había machacado a golpes y ahora le faltaba la desaparición de aquellas dos mujeres que le habían aportado un último rayo de luz, asestándole un duro e inesperado zarpazo. Sin embargo, aún habría más, quedaba otro golpe, el definitivo, para sesgarle lo que de vida le restaba. Fue un mediodía. Se presentaron dos policías acompañados de un agente judicial con una orden de desahucio por impago de alquiler. Le leyeron la orden y le comunicaron que tendría quince días para abandonar la vivienda. Transcurridos esos días volverían para desalojarla, si es que ella no lo había hecho. Francesca, que nada tenía, que su vida había sido un rosario de desgracias, una tras otra, se veía ahora abocada a vivir sus últimos momentos en la calle.

Exhausta, derrotada, trató de beberse a grandes tragos la aterradora noticia mientras un escalofrío sobrecogedor le congeló el alma, un alma, la suya, que ya no le pertenecía, pues el abismo del tiempo tiraba de ella para llevarla hasta donde sólo pueden estar los  menesterosos: bajo las sombras que imponen las botas del poderoso.

Ella no tenía ya nada ni a nadie, y sólo habitaba con los fantasmas de los desposeídos. Sin embargo, el jefe que mandaba ejecutar aquella orden de desahucio contaba sus ganancias diarias por millones. ¿Podía ser la realidad tan injusta, tan indigna para con ella?, ¿para con los menesterosos? Sólo los ricos parecían tener derecho a la vida. Con su dinero podían comprarlo todo, también a Dios, su Dios, bondadoso para con los poderosos, implacable y castigador de los menesterosos Sin embargo, siempre queda algo que no es asequible con dinero: la dignidad. Y en eso sí que ella era millonaria. ¿Pero de qué valía su dignidad si se le negaba la existencia misma? 

Sólo deseaba ya una cosa: que aquella fuera la última amenaza, que no hubiese otra, que antes de que llegara aquel momento, haber rendido cuentas de una vida plagada de  fatalidades. ¿Qué había hecho ella para merecer tanta desdicha? Así se encontraba Francesca, absorta por la noticia que colmaba el vaso de su triste destino, cuando la muerte, que llega cuando es su momento, apareció por allí, funesta, enlutada, sin dar tiempo a que los de la justicia volvieran con su orden maldita. Cayó de rodillas y, como un pajarillo helado por el frío invierno, se desplomó su cuerpo sin un solo aleteo. Morir es sólo cuestión de tiempo y el suyo se había cumplido. La dignidad se la llevaba ella. Los ricos se quedaban con todo lo demás.

No hubo plañideras, ni nadie fue a rezarle; ni siquiera se presentó alguien a despedirla o a darle un último “adiós”. Como un número más fue depositada en la tumba común de los desheredados, de los desconocidos y anónimos.

A los varios días, muchos, Marta apareció por donde había vivido Francesca, pero ésta ya no estaba.  Tampoco estaba la casa, ni las otras casas, ni la vecina que le había ayudado a traer al mundo a su pequeña Carla. Una pieza más se sumaba a su enorme puzle de desgracias. En ese momento Marta rompió en incontenidos e interminables  sollozos. Esa noche, como otras muchas, la joven se embargó en una melancolía espesa, en un llanto infinito.

LA CUEVA DE SANTA ROSALÍA

 XIV.-Carla, otra víctima más

Carla fue, desde su rapto, el ejemplo más palpable de las injusticias de este mundo, un mundo bastante más repugnante de lo que parece. Para ella, que sólo contaba con cinco añitos, todo se convirtió de golpe en tortura, en desventura. Arrastrando sus frágiles y entumecidos pies por maltrechos caminos,  a remolque siempre de las malvadas raptoras, las luces y sombras la abrazaban un día y otro, bajo la capa de un firmamento que recordaba su abominable destino.

A veces se topaban con algunos de aquellos viandantes vagabundos que llevaban algún carromato, cuando ellas ya habían perdido el suyo, y se les reblandecía el corazón viendo el sufrimiento e impotencia de la niña, y la subían en el carruaje.

Trotamundos, trúhanes, pícaros de toda clase, vividores, ilusionistas, estafadores, miserables bellacos a cientos, nómadas, vagabundos y bohemios a miles, frailes andariegos, chantajistas y otros diversos tipos de rufianes, conformaron durante muchos años un siniestro mundo para Carla.

De un lugar a otro siempre, de trotar por un camino polvoriento a hacerlo por otro embutido de cieno. El destino la había hecho compañera inseparable de la miseria y la esclavitud. Sin saber nunca dónde estaría cada día, ni qué cielo la cubriría cada noche. Tampoco le importaba, ni tampoco preguntaba por ello. Había hecho de la docilidad y la mansedumbre sus únicas amigas, sus otras inseparables compañeras de viaje, sus armas de supervivencia. Asumió sin rechistar, su desgraciada realidad. Así se fue desarrollando la vida de aquella chiquilla desde aquel triste día que la separaron de su madre.

Una de las  noches tocó viajar junto a unos aventureros que se dirigían hacia una pequeña ciudad amurallada. Sería ya la novena o décima noche sin descansar, pues era cuando aprovechaban para ir de una población a otra, siempre errantes, siempre huyendo, siempre pensando en una gloria que no existía para ellas.

Sólo durante el día descansaban, siempre que se dispusiese de un momento para ello. Ya se aproximaban a aquella minúscula ciudad, débilmente iluminada por candiles de gas, que más bien parecía de otros tiempos, sitio que parecía como un embrujo. Estupor y asombro fue lo primero que sintió Carla. Nunca había visto una población igual. Fue uno de aquellos compañeros de viaje quien le contó una leyenda extraña sobre aquella población. (En las largas caminatas siempre había alguien que contaba historias). Según la misma, la reina Carcas viendo su ciudad férreamente asediada por sus enemigos durante más de cinco años, decidió engordar el único cochinillo que les quedaba, con el único saco de trigo que también les quedaba. Una vez  engordado ordenó que lo lanzaran por la muralla. Cuando el jefe de los asediadores vio el cerdo, pensó que allí estaban sobrados de alimentos y ordenó la retirada. Este hecho salvó a la ciudad.” Todo este tipo de historias y leyendas dejaban a la niña boquiabierta. En aquella ocasión Carla sólo pensó en una cosa, que en aquella fiesta habría cochinillo para todos, también para ella, fatigada como iba, y nublada como se hallaba su mente por el mucho cansancio y  el escaso alimento.

Al día siguiente era la fiesta principal de la pequeña población amurallada, y Carla  continuó divirtiendo a la concurrencia con sus equilibrios y cabriolas, con sus sonrisas y sus muecas de extrañeza, con su dolor y su resignación. Pero aún le restaban por cruzar las barreras más denigrantes y humillantes que pueda atravesar el ser humano.

Así ocurrió durante mucho tiempo, hasta que llegaron a aquella otra enorme urbe, donde  se estableció con las pitonisas para entretener, o más bien para importunar a las gentes. Aquellas mujeres seguían explotándola cada día con mayor desdén. Ella no era otra cosa que un animal de feria. 

jueves, 15 de enero de 2026

LA CUEVA DE SANTA ROSALÍA

 

XIII.-La locura de Marta

El día en el que Marta se dirigía al mercado, llevando de la mano a su hija Carla, fue el más aciago y negro en la ya de por sí su negra vida. El destino de algunas personas resulta ser  un engarce de desgracias que, al igual que las cuentas de un collar, cuando se suelta una, todas las demás caen seguidas. Y así le pasaba a ella. Lo poco que la vida le había sonreído se descomponía como un árbol taladrado por el rayo. Durante aquellos últimos años el presente presagiaba un futuro de esperanza, pero aquel último mazazo sólo predecía un futuro de terror. Su desventura era permanente. Su sino no era otro que el infortunio.

Como un cristal hecho añicos, como una brújula incapaz de marcar orientación alguna, salió Marta de la enfermería del mercado. El reloj de su vida había quedado sin manecillas que le marcaran los tiempos. Los espacios tampoco volverían a ser los mismos. En adelante jamás volvería a ser nada igual. En qué poco tiempo se puede descomponer todo, en qué poco tiempo pueden los sueños convertirse en perturbación y tortura. Así le ocurrió a ella una vez más. Ya le había ocurrido en diversas ocasiones, pero ésta superaba con creces todo lo imaginable.

Como un esperpento, desaliñada su humilde vestimenta, con pelo totalmente desgreñado, ojos bañados en lágrimas de desesperación y mirada perdida, así tomó Marta la calle, un día y otro, tal como si de una posesa se tratara. Y, en realidad, es lo que era.

Aquella primera noche, recién escapada de la enfermería, se dirigió hacia la plaza. No había nadie. Imperaban el silencio y el vacío que la noche impone. Corrió hacia un lado y otro, llamaba infructuosamente a su pequeña. Sin éxito alguno se detenía ante sombras que sólo emanaban de su perturbada imaginación, tratando de averiguar en ellas lo que la tenue luz de los farolillos, que  refulgían por las esquinas, le negaban.

No hubo callajuela que no recorriera, no quedó plaza que no pateara; penetró, sin miedo, por callejones más oscuros que la noche, no dejó de escudriñar en tantos portales y soportales como a su paso halló. Lo mismo lloraba a grito pelado que vociferaba el nombre de su hija, a la vez que maldecía con imprecaciones de todo tipo a las mujeres que habían cometido con ella el más horrendo de los crímenes que con una madre se pueda cometer. Como una perturbada se rasgaba el vestido, como una demente se arañaba la cabeza, convirtiendo  el cabello en mechones arrancados de cuajo, haciendo, incluso, brotar sangre del rostro, taladrado con furia por mil arañazos, con la rabia de una bestia incontenida. Vomitaba de desesperación y reabsorbía su propio vómito. Tal era su locura.

La vida acababa de sesgarle el alma, de romperle la ilusión y el deseo de vivir. Pero, a la vez, algo en ella le gritaba desde su interior, como vigía incandescente, la esperanza de hallar a Carla, a su Carla, cuando fuera y donde fuera.

Aquel primer día, destrozada, herida de muerte, no regresó a la vivienda. Permaneció girando sobre si misma en un bucle infinito de amargura, tormento y búsqueda. Tampoco regresó durante otros muchos días, días en los que no salió de aquel arroyo al que había vuelto, ese en el que suelen encontrarse los desposeídos, los indigentes, los apátridas, los oprimidos, los indeseables, los atrapados por la adversidad. A ese arroyo, que también era el suyo, había retornado, desesperada, víctima de un destino fatalista y cruel.  Pero allí, en ese submundo de desposeídos y desheredados, tal vez pudiera hallar algún hilo que la condujera hasta su pequeña. A fin de cuentas, aquellas que habían sustraído a su niña pertenecían a esa categoría de seres que para muchos son desechos humanos,  basura. En ese bajo mundo permanecería Marta ya por mucho tiempo, tanto como quince años, sólo con una obsesión: hallar a su hija, a su Carla.

Los días pasaban, apagados como una candileja sin aceite, como apagados eran los rastros que pudieran conducirla hasta su niña. Ni una señal, ni un detalle que le diera una pista, hasta que se fue habituando al tránsito de días y noches, todos iguales. Su vida era ahora como el gorjeo triste del avecilla que ha perdido sus crías, como la lluvia cadenciosa y pertinaz, interminable, que produce, con su goteo monótono, un ritmo de tristeza, de postración y abatimiento sin límite, igual que el que anidaba en su alma. Esta fue la vida de la joven madre durante mucho tiempo, sin salir de aquel espacio que la obsesionaba y que, a la vez, la destruía y la carcomía. Fueron quince años en los que se consumió, en los que vivió como un animal acosado por la fuerza de una locura desenfrenada y sin rumbo.

lunes, 5 de enero de 2026

LA CUEVA DE SANTA ROSALÍA

 

XII.-El rapto de Carla

Eran cuatro y las cuatro estaban proscritas por el resto de la Humanidad. No habían nacido malas. Nadie nace siendo malo, pero las circunstancias de la vida te retuercen, a veces, el alma, y así la tenían ellas. Habían pasado por todo tipo de calamidades: persecuciones, hambre, torturas, vejaciones y abusos de toda índole. Deportadas de acá para allá, ilegales aquí y allí, apátridas en todos sitios. Para más inri pertenecían a la etnia gitana, siempre denigrada, siempre perseguida. Vulneraban leyes, socavaban moral y valores, minaban convivencia y costumbres, repudiaban lo diferente, burlaban lo desconocido, mostraban una cara y la contraria; eran, en definitiva, una cosa y la otra, las dos caras de una misma moneda, de la verdad y de la mentira. Así se comportaban. Habrían sido buenas si la vida hubiese sido justa con ellas, pero ésta les había dado la espalda desde su llegada a la misma. Pertenecían a la escoria de la Tierra.

Por eso que no sintieron remordimiento alguno, ni miedo, ni reparo en narcotizar a Marta cuando ésta se desplomó. Como si lo tuvieran previsto, la mayor de aquellas mujeres, que guardaba un botecillo de cloroformo en su faldón, bajo un estropeado delantal, en un abrir y cerrar de ojos, le empapó nariz y boca con aquel producto, antes de que se acercaran otros viandantes. Lo mismo hizo con la niña, aunque en menor grado, sólo lo suficiente como para que no llorara, apartándola seguidamente del círculo de curiosos que se iba formando en torno a la madre. Allí, disimulando, permanecieron dos de ellas, aportando la tracería que, para su negocio, habían aprendido en la universidad de la vida. Las otras dos marcharon, con la niña en volandas, a todo correr. La suerte de Carla estaba echada.

Minutos más tarde se encontraron en una de las calles más estrechas de la ciudad, con la niña adormecida y con la decisión clara de escapar de allí cuanto antes. En su poder tenían lo que podrían convertir, sin duda, en una mina de oro. Dos días fueron suficientes para poner a salvo su estrategia, los mismos que bastaron para cruzar una frontera que, aunque siempre les resultó complicada, en esta ocasión no hallaron dificultad, pese a ir con Carla.

Temían que la policía las detuviese y pusiera en conocimiento de las autoridades la maldad de la acción cometida, pues ¿cómo demostrar que la niña les pertenecía? Pero, escaparon al control policial y, por ende, también al gubernamental. A partir de entonces, con total osadía, emprendieron el insidioso y macabro plan que tendría como protagonista a la indefensa pequeña. Usaron en ocasiones una caravana. Recorrieron pueblos y ciudades. Acudían a cuantos mercados y fiestas llegaban a su conocimiento. Durante  aquel eterno peregrinaje, solían dormir, las más de las veces,  en una vieja tartana que les servía de habitáculo. Pero, en otras muchas ocasiones se veían obligadas a dormir bajo el resplandor de las estrellas, bajo el halo imprevisible de la Luna.

La más joven de las gitanas se hizo cargo de la pequeña Carla, a la que intentó seducir, en un principio, con melosas palabras, con objetos desconocidos que ella le entregaba como juguete. Pero todo resultó más complicado de lo esperado, así que optó por métodos más convincentes, pasando a emplear castigos corporales, amenazas y exabruptos continuos. Pasado el tiempo la niña fue entrando en razón obligada. Comenzaron con ejercicios de acrobacia y equilibrios. La pequeña Carla llegó, por fin, a comportarse como un dócil animalillo, siempre a las órdenes de aquella verduga.

Aprovechaban los circos ambulantes, con los que en muchas ocasiones compartían camino y población, para que Marta aprendiese algunos de los juegos, trucos o equilibrios propios a su edad. Cada año hacían los mismos recorridos, los mismos pueblos, las mismas plazas, las mismas fiestas. En aquel ambiente de miseria, explotación y podredumbre creció Carla, víctima de la inicuidad de una sociedad completamente corrupta. Fue lo que aprendió, lo que clavaron en su alma.